José Manuel Azcona Pastor: El esplendor de la América española (1492-1898). Madrid, Edaf, 2025, 509 páginas
José Luis Neila Hernández
Universidad Autónoma de Madrid

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Del mismo modo que el aire tiende a ocupar todo el espacio disponible, la lectura de un libro, cuando este es excelente como el caso que nos ocupa, se esparce por su inercia natural y estimula la reflexión y el debate en el mundo académico. El esplendor de la América Española no rehúsa la confrontación rigurosa de un conocimiento historiográfico firmemente cimentado con los perímetros discursivos de la polémica política en torno a la imperiofobia de la presencia y la acción de la Monarquía española en América.
Una obra cuyo crecimiento he tenido la oportunidad, y permítaseme la licencia de hablar en primera persona, de seguir muy de cerca en foros académicos, en la lectura atenta de sus artículos en prensa y en conversaciones vis a vis con el profesor José Manuel Azcona. Sabedor de mi sensibilidad hacia los enfoques críticos decoloniales y que, en más de una ocasión, nos han conducido a reflexionar sobre los usos del relato en los textos historiográficos y en las construcciones narrativas de los museos, entre ellos el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía o el Museo Thyssen-Bornemisza, siempre he admirado y disfrutado de la capacidad y el rigor con que el profesor Azcona remite no sólo el debate académico, sino y sobre todo el eco mediático y político en torno a las narrativas sobre el Imperio español en América, a un marco rigurosamente historiográfico. La obra que atesora la atención de estas palabras culmina con brillantez el proyecto de Investigación de la Cátedra de Excelencia URJC-Santander Presdeia iniciado en 2021, en el curso del cual las idas y venidas transatlánticas han sido testigos de la exploración y consulta de un amplísimo y ambicioso abanico de fuentes y una extensa cartografía bibliográfica, cuyo capital nutre la ambición historiográfica que recorre su medio millar de páginas.
El esplendor de la América Española es una obra pertinente y necesaria a la estela de las miradas historiográficas y los debates suscitados al albur de la conmemoración del V Centenario del Descubrimiento de América, en especial el magno proyecto editorial impulsado por Ignacio Hernando de Larramendi que fructificaría en la publicación de 250 obras de historia y la participación de 330 historiadores bajo el sello de la colección Mapfre. En aquel horizonte se harían visibles puestas en escena desde las teorías críticas, en especial desde los enfoques decoloniales, en autores fundamentales como Walter D. Mignolo, Boaventura de Soussa Santos, María Paula Menesses, Ramón Grosfoguel o Anibal Quijano. El debate académico y la irradiación de prácticas culturales y políticas han conducido con el tiempo a una polarización de prácticas discursivas tanto apologéticas como críticas a la acción imperial de la Monarquía española en América, que en ocasiones no están respaldas por una sólida cimentación académica y un riguroso análisis de las fuentes.
En nuestra formación como historiadores difícilmente pueden olvidarse aquellos pasajes de la obra de Edward Hallet Carr o de Benedetto Croce en torno al presentismo y el persistente e inmanente diálogo entre el presente y el pasado, así como entre el sujeto cognoscente y el objeto de estudio en la producción de conocimiento historiográfico. Contra un mal uso de estos vasos comunicantes, advierte desde sus primeras páginas el profesor José Manuel Azcona de que “juzgar el pasado histórico con la perspectiva del presente no solo es un error, es un acto de ignorancia porque ningún personaje de la historia resiste la aplicación de las normas morales de nuestro tiempo”. En este sentido, quienes juzgan la historia sin interpretarla con métodos científico-académicos “son miembros de la demagogia más irracional y agresiva”. En suma, “la historia profesional tiene que alumbrar el pasado con el conocimiento con arreglo a sustentación académica para, de seguido, destruir mitos, leyendas y falsedades”. Y este es el leit motiv epistemológico en el que la obra nos embarca desde el inicio de su lectura y cuya argumentación en el mismo prólogo sirve de escenario para deconstruir historiográficamente los mitos, leyes y estereotipos enraizados en la lógica propagandística de la leyenda negra, cuyos ecos no pasarían en modo alguno inadvertidos en las narrativas de las nuevas repúblicas hispanoamericanas tras la emancipación colonial a comienzos del siglo XIX o las réplicas más recientes en la izquierda hegemónica en ciertos países iberoamericanos -caso de Venezuela, Bolivia, México, Argentina o Brasil-. En palabras de propio autor: “Muchas interpretaciones historicistas que leo como sustantivas y reiteradas hasta el infinito de la supuesta nefasta acción española en América no se corresponden con la realidad ni con los hechos por mí estudiados. Observo un perverso ‘efecto extranjero’ ensalzando la acción de los otros (ingleses, franceses, holandeses) y minimizando o anulando los logros civilizadores”. Muchas de estas interpretaciones partidistas tendrían como epicentro Inglaterra, en el marco de las guerras de religión en el viejo continente y en la dinámica de extraversión Europa hacia el mundo de ultramar emprendida desde el siglo XVI. Desde “su óptica metafísica protestante, utilizará la falsedad histórica y la exageración para derrumbar la obra de España en América”.
Desde el prólogo hasta el ábside con el que la obra toca a su fin, el ejercicio de construcción de conocimiento historiográfico en torno al esplendor de la América Española se cimenta en dos pilares conceptuales: la concepción holística de la agenda de investigación y la historia comparada -de los imperios en relación con el español en América. En ambos casos sostenida desde la agilidad literaria de la narración maridada con el rigor académico manifiesto en la precisión en el uso de la terminología, la contextualización y el pertinente juego con las claves del tiempo largo, las coyunturas y los acontecimientos y, por último, el amplio registro cartográfico de fuentes y bibliografía.
La agenda de investigación ilustra una concepción de historia total, en cuya holística se dan cita la historia política y la geopolítica en torno al descubrimiento, la conquista y la expansión del imperio español en América en el contexto vasto de la extraversión europea y la construcción de los imperios ibéricos en ultramar. El encuentro entre dos mundos en el horizonte de la conquista y la construcción de los nuevos reinos de Indias da oportuna ocasión para analizar la naturaleza, la genealogía, las estructuras y formas de poder, así como su estructura socio-económica y las tradiciones culturales de los imperios Azteca e Inca. Una aproximación del todo necesaria para la comprensión de las fracturas internas en ambos imperios y las estrategias de conquista y asentamiento del poder español. Asimismo, una mirada del todo relevante frente a las recientes narrativas de reinvención del pasado, generando un edén imaginario -como el propio autor denuncia- carentes de todo fundamento historiográfico. Una de las dimensiones más singulares de la acción de España en América a tenor de la plena incorporación de los nuevos territorios en la Monarquía hispánica devendría, como ampliamente expone el autor en el texto, de la acción evangelizadora-civilizadora en el establecimiento de infraestructuras determinantes en el ámbito de la salud, mediante la creación de hospitales y una red de atención sanitaria, y el plano de la cultura y la ciencia, a tenor de la creación de universidades al otro lado del Atlántico, atendiendo a su temprana genealogía y como parte de la plena integración de los territorios bajo la Monarquía hispánica. Por último, el pormenorizado análisis del impacto del oro y la plata en el comercio -atlántico-, fundamental en el desarrollo del mercantilismo, serpentea entre los mitos del El Dorado, la industria extractiva, la organización del comercio y del transporte con el sistema de flotas y galeones desde su epicentro sevillano y el profundo impacto en la economía transatlántica. Y, asimismo, complementado con el análisis de otros sectores productivos atendiendo no sólo a la actividad económica, sino también al ámbito social del mundo del trabajo.
Flotando en este ejercicio de historia total transcurre una historia internacional a tenor de la cual se anclan las coordenadas del imperio español en América en el proceso de globalización que se acrisola al compás de la extraversión europea hacia ultramar. En este sentido, el protagonismo de los imperios ibéricos, y en particular el de la Monarquía Hispánica, en la genealogía de la Modernidad europea-occidental bien podría proyectarse como una pasarela interpretativa de visibilidad de la primera modernidad -y nuevamente remito a mi experiencia como lector- en la revisión que Walter D. Mignolo hacía de las primeras formulaciones del sistema-mundo moderno de Immanuel Wallerstein.
Especial mención merece en este sentido la transcendencia de la Escuela de Salamanca y el magisterio y la obra de Francisco Vitoria o Francisco Suárez, en la conformación del derecho de gentes y como caldo primigenio del que brotará el iusinternacionalismo. Un legado que, en la primera mitad del siglo XX, precisamente cuando se irán institucionalizando los estudios académicos sobre Hispanoamérica en el seno de Centro de Estudios Históricos, como institución dependiente de la Junta para Ampliación de Estudios, y una diplomacia cultural fuertemente canalizada hacia las otras repúblicas atlánticas hispanohablantes. Serían los internacionalistas españoles tanto de perfil liberal como de corte conservador y católico los que reivindiquen desde su presente el legado de la Escuela de Salamanca en plataformas nacionales, como la Asociación Francisco Vitoria, y en foros internacionales, algunos de ellos como la Conferencia de Estudios Internacionales vinculados a la cooperación intelectual.
A modo de clausura, la historia comparada gravita a lo largo del texto como una práctica historiográfica esencial en la medida en que permite confrontar las analogías y sobre todo las singularidades del imperio español en América en relación con los imperios portugués, holandés, francés e inglés en ultramar. Las peculiaridades institucionales del caso español a tenor de la incorporación plena de los nuevos reinos de Indias a la Monarquía Hispánica a diferencia de los otros imperios o la singularidad de la genealogía del derecho de gentes a tenor de la labor de Bartolomé de las Casas para limitar los abusos de los encomenderos y para incorporar jurídica y moralmente a los nativos al sistema legal y de gobernanza, corporeizado en la Leyes de Indias ilustran un indiscutible contrapunto en relación a las políticas ejercidas por los otros imperios respecto a las poblaciones nativas orientadas a su encapsulamiento territorial o a su exterminio en el peor de los casos.