Guerra Colonial. Colonialismo, procesos postcoloniales y relaciones internacionales

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La cúspide de violencia. Las ’guerras piráticas’ en las Islas Filipinas a mediados del siglo XVIII

The Pinnacle of Violence. The “Piratical Wars” in the Philippines in the Middle of the 18th Century

Eberhard Crailsheim

Instituto de Historia (CSIC), Madrid, España

Recibido: 01/10/2025
Aceptado: 28/10/2025

DOI: https://doi.org/10.33732/RDGC.18.133

Resumen

Numerosos historiadores han detectado un auge de la violencia en los pueblos costeros de Filipinas a mediados del siglo XVIII. Este artículo analiza los hechos que subyacen en esta afirmación mediante el análisis de fuentes impresas y manuscritas de observadores contemporáneos. Al explicar los antecedentes históricos del conflicto entre la Manila colonial y las diversas etnias del sur de Filipinas, destacamos la naturaleza del enfrentamiento durante estos años y las razones que llevaron al aumento de la violencia. A tal efecto tomamos en cuenta en este enfrentamiento tanto la agencia española como la indígena.

Palabras clave
España, Islas Filipinas, Siglo XVIII, Piratería, Agencia indígena.

Abstract

Numerous historians have detected the peak of violence in the Philippine coastal villages in the middle of the 18th century. This article takes closer look at the reality behind this statement by analyzing printed and manuscript sources from contemporary observers. Explaining the historical background of the conflict between Spanish Manila and the many ethnicities of in the South of the Philippines, we highlight the character of the confrontation during these years and the reasons that led to the surge of violence during these years. Thereby, we focus on the Spanish as well as the indigenous agency of this confrontation.

Keywords
Spain, Philippines, 18th century, Piracy, Native agency.

Esta obra está bajo una licencia internacional Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0. CC BY

INTRODUCCIÓN

La violencia constituye uno de los ejes interpretativos más fecundos para analizar la dinámica de las sociedades a lo largo de la historia, desde la prehistoria hasta el mundo contemporáneo (Casamayor, Portero, Álvarez, 2021). Representa no solo un fenómeno de impacto cotidiano y simbólico, sino también un prisma a través del cual hemos buscado entender transformaciones sociales, resistencias, construcción de poderes y procesos de dominación cultural y política. Con el advenimiento de la Edad Moderna, la violencia adquirió nuevas formas asociadas al surgimiento de los Estados modernos, la conexión atlántica, conflictos religiosos y la intensificación del control social. Obras fundamentales como las de Robert Muchembled, A History of Violence. From the End of the Middle Ages to the Present (2012), destacan el descenso relativo de la violencia en Europa occidental tras el siglo XVII, mientras que otras formas -como la violencia simbólica, judicial o colectiva- se transformaron y adaptaron al nuevo marco de relaciones de poder. La historiografía reciente subraya la importancia de rastrear estas huellas en archivos judiciales y crónicas contemporáneas, lo cual permite observar la historicidad y las múltiples representaciones del fenómeno. En el contexto colonial, la violencia fue un instrumento central del dominio imperial, no solo como imposición militar sino también como violencia estructural ejercida a través del trabajo forzoso, la apropiación de recursos y la destrucción de sistemas sociales indígenas. En el caso del imperio español, varios estudios como La invasión de América: una historia de violencia y destrucción, de Antonio Espino López (2022), o debates recientes sobre la “Leyenda Negra” examinan la brutalidad de la conquista, incluyendo episodios de matanzas, mutilaciones, uso sistemático del terror y prácticas como el “aperreamiento”. Al mismo tiempo, estos estudios no pierden de vista la compleja interacción de violencia, resistencia y negociación en el proceso colonizador. De igual forma ya desde hace algunos años, el fenómeno de la guerras en zonas fronterizas de contextos coloniales ha experimentado un auge considerable en la historiografía colonial (Weber, 2005; Hämäläine, 2008).

Entre los muchos conflictos violentos de la Monarquía Hispánica en Ultramar, la confrontación con los pueblos del sur de las Islas Filipinas destaca por su longevidad. La gobernación de Filipinas (1565-1898) estuvo casi constantemente en estado de alerta por las muchas incursiones, sobre todo en el sur y el centro del archipiélago, o sea la isla de Mindanao y las Islas Bisayas. En principio, se puede hablar de un solo conflicto, pero hay que tomar en cuenta que su carácter varió a lo largo de los años, igual que su extensión e intensidad, como bien ha resaltado Cesar Majul (1973). Unas constantes del conflicto fueron su carácter socio-económico (interés de ambos lados en esclavos como remeros, mercancía o vasallos), político-colonial (gobernación de Manila vs. Estados locales) y religioso (religiones locales e Islam vs. Catolicismo). A lo largo de los siglos, la importancia de cada uno de esos factores variaba, mientras que el entrelazamiento con el contexto global aumentó paulatinamente.

El objetivo de este artículo1 es analizar una de las fases más violentas del conflicto, estudiar sus peculiaridades y averiguar las razones de su intensidad. La época de más interés para ese estudio son los años centrales del siglo XVIII, que habitualmente han sido considerados los más dinámicos y violentos y, desde el punto de vista español, funestos. Esto se refleja en las escrituras de los contemporáneos, como Juan de la Concepción (1788-1792: libro XIII, cap. 1, no. 1)2, de historiadores del siglo XIX, como Vicente Barrantes (1878: 18-45)3 y José Montero y Vidal (1888: vol. 1, 253-318) y también de investigadores más recientes como Cesar Adib Majul (1973: 197-252) o Julio Albi de la Cuesta (2022: 326).

Debido a la escasez de fuentes indígenas, este trabajo se apoya sobre todo en fuentes primarias españolas (impresos y manuscritos). Al mismo tiempo arrojamos luz a la parte indígena apoyándonos en estudios antropológicos de la región, como Thomas Kiefer (1972), Ghislaine Loyré de Hauteclocque (1989), Laura Junker (2000), Arlo Nimmo (2001), Jennifer Gaynor (2012) o Matt Matsuda (2012). Entre las fuentes primarias, destacan diferentes cartas e informes del Archivo General de Indias (que se leen “against the archival grain”) y los 14 tomos de la Historia General de Filipinas del agustino recoleto Juan de la Concepción (1724-1786) publicados póstumamente entre 1788 y 17924. Era el cronista de los recoletos en Filipinas y al mismo tiempo un testigo importante de los sucesos en el archipiélago en los años cincuenta. Esa época, con sus violentas “guerras piraticas” (Barrantes Moreno, 1878) forma el fin de su Historia y ocupa tres de sus 14 tomos (XII-XIV), gracias a lo cual tenemos hoy unas observaciones muy valiosas de los eventos y de las preocupaciones de los frailes recoletos en Filipinas. Empezamos el estudio directamente con la violencia del año 1754, cúspide de la violencia entre ambas partes, para luego analizar su contexto.

EL AÑO “FUNESTE” DE 1754

Dentro de los años “funestes” de mediados del siglo XVIII, el año 1754 ha sido considerado por muchos historiadores el más violento de todos (Martínez de Zuñiga, 1803: 574; Bernad, 1968: 694; Mallari, 1986: 272). Juan de la Concepción dedicó un capítulo entero de su Historia a los “estragos” de este año, o sea unas 60 páginas (XII, cap. 8).

A finales de este año circuló en Manila un librito de la imprenta de los jesuitas, llamado Relacion de la valerosa defensa de los Naturales de Bisayas del Pueblo de Palompong en la Ysla de Leyte, de la Provincia de Catbalogan en las Yslas Philipinas, que hicieron contra las Armas Mahometanas de Ylanos, y Malanaos, en el Mes de Iunio de 17545. Además de dar una descripción detallada del asedio de Palompong por los más de 1000 ilanos y malanaos,6 proporciona también una lista de pueblos (prioritariamente bajo administración de los jesuitas) que fueron atacados ese mismo año: en febrero estaban 2000 “moros” en Hilongos, isla de Leyte; en mayo en Gazang, isla de Marinduque, 2000 “moros”; en Lubang, isla del mismo nombre, 8 ioangas (barcos) de “moros”; en Antique, isla de Panay, 20 ioangas de “mahometanos”; en la isla de Cuyos, “moros” (sin número); y en Ylog, isla de Negros, 30 ioangas de “moros”; en julio en Catbalogan, isla de Samar, 50 ioangas de “moros”; en Calviga, isla de Samar, 300 “moros”; y en Boad, isla de Palasan (cerca de Samar), “moros”; en septiembre en Albay, isla de Luzón (administrado por los franciscanos), “moros”; y finalmente, “mahometanos” atacaron cuatro veces a los pueblos de Initao y Lubungan, al norte de la isla de Mindanao. El principal objetico propagandístico de este librito era animar a los habitantes de Filipinas para que luchasen más energéticamente contra los ataques de los “moros/mahometanos”, para lo cual se habían seleccionado ejemplos exitosos de resistencia indígena. Las incursiones que no encontraron resistencia afortunada -mucho más numerosas- no se encuentran en esa larga lista.

Una relación mucho más completa se encuentra en el libro XIII de la Historia de Concepción (cap. 8, 190-250), que representaba igualmente un llamamiento por más iniciativa indígena en la defensa y por más esfuerzos por parte de la gobernación de Manila contra los “insultos” del enemigo. Destaca la descripción del asedio de Lubungan entre el 9 y el 19 de julio de 1754, ubicado unos kilómetros río arriba, a poca distancia de Dapitan en el norte de Mindanao:

“[...] llegó una gruesa armada de moros... su casta Malanaos, Mindanaos, Joloes y Lutaos partidarios; havia renegados entre ellos, y quien hablase muy bien la lengua Española y por relacion de un cautivo se supo habia dos sangleyes [Chinos] que hacian oficio de Ingenieros: las embarcaciones grandes que se contaron capaces de cincuenta hasta cien hombres; fueron treinta y seis, no pudiendo contar las de porte menor por su confusa muchedumbre; en dos mil hombres de computó el número de gente” (Concepción XIII, cap. 8, 233).

Estaban en el pueblo unos 500 habitantes, de los cuales 100 podían “manejar armas”, incluyendo a un chino y habitantes de la isla colindante de Bohol. Los sitiados aguantaban justo lo suficiente para ver la llegada de ayuda de Dapitan, que asustó tanto a los sitiadores que esos levantaron el asedio y buscaron su suerte en otros pueblos, dejando atrás entre 30 y 40 “moros” muertos (Concepción XIII, cap. 8, no. 34-45; Davin, 1754-1757: vol. 16, 32-50).

Como era agustino recoleto, Concepción tenía acceso privilegiado a las fuentes se su orden y pudo, por tanto, informar acerca de sus provincias, sobre todo Calamianes y la parte oriental de Mindanao, llamado Caraga. Lamentó los muchos sufrimientos de los habitantes y la perdida de pueblos por cautiverio, muerte o huida. De 800 tributos (unidad que equivale a una familia nuclear) en el partido de Butuan (en Caraga) quedaban, por ejemplo, solo 150. En la pequeña isla de Siargao, los siete pueblos (1100 tributos) quedaban “reducidos a ceniza [...], y sus naturales dispersos en varias provincias.” En el partido de Bislig, de cinco pueblos con 800 tributos solo quedaba el presidio de Catél, fortificado con un baluarte de madera y diez soldados españoles7, “que con sus armas y las de los naturales belicosos hicieron frente à la osadia de tales enemigos, y en el se reservaron como doscientos tributos.”

A esa historia de pérdidas en la provincia de los recoletos, se suma el asedio de la fuerza y capital de la provincia Tandag (también en Caraga) en julio de 1754. Justo antes había muerto el alcalde mayor Fernando Lino y habían desencadenado discordias por el mando de la provincia, cuando de repente los “Mindanao” de Tamontaca -avisados de las querellas por un espía- atacaron la capital por mar y tierra. La planta de la plaza era triangular, tenía 16 cañones de varios calibres, una compañía española y otra de pampangos y albergaba muchos refugiados del pueblo (Concepción XIII, cap. 8, no. 24, 217-219; Valdés Tamón, 2006: 139-141). Tras un mes y medio de asedio se agotaron las provisiones del fuerte y el teniente tuvo que imponer castigos draconianos para prevenir su entrega. No obstante, como no vinieron refuerzos la situación se enturbió:

“[...] el Theniente considerando su Fuerza en tan deplorable estado, mandó á su muger se vistiese los mejores vestidos, y se adornase con todo el oro de su uso: ya esto asi, y que los sitiadores de afuera hechaban con palancas y otros instrumentos la puerta principal, mató á su muger con el chafarote; metese entre los moros que entraban, y a su violencia quedó alli hecho pedazos” (Concepción XIII, cap. 8, no. 25, 221).

Así, tras casi 50 días de resistencia exitosa, las tropas locales de caragas, pampangos y españoles fueron masacrados mientras que los maguindanaos se quedaban con muchos niños y mujeres cautivados y la provincia de Caraga muy diezmada. Esta aglomeración de violencia e intensidad de ataques en las costas de Filipinas tenía sus antecedentes, tanto españoles como indígenas, y tiene que ser entendida en su contexto histórico y cultural, que se presentará en las siguientes páginas.

LA VUELTA A ZAMBOANGA Y LOS VECINOS MUSULMANES

En 1635, el gobernador general Juan Cerezo de Salamanca (1633-1635) hizo construir una fortaleza en la franja sur de la gobernación de Filipinas, en la península de Zamboanga. Ese fuerte, en el extremo oeste de Mindanao, se encontró justo entre los mayores actores musulmanes de la zona, el sultanato de los tausug en Joló (“joloanos”) (Kiefer, 1972) y el sultanato de los maguindanaos, en la Bahía de Illana en Mindanao (Mastura, 2023). Su objetivo era sobre todo frenar las incursiones “piráticas”8, que ya entonces afectaron las Islas Bisayas. En 1662, sin embargo, otras amenazas en el norte obligaron a la gobernación a concentrar casi todas las tropas en Manila y abandonar Zamboanga (Díaz-Trechuelo López Spínola, 1959: 362-375). En su clasificación de las confrontaciones entre los españoles y los sultanatos en Filipinas, Cesar Adib Majul no incluye la fase después de 1663 en su lista de etapas de guerra, sino como un interludio. Durante estos años no había mucha presencia española al sur de las Islas Bisayas y los puntos de roce entre ambos partidos eran menores. Solo en 1718 los “castilas” volvieron al sur, con lo cual se recrudecieron las hostilidades (Majul, 1973: 169-190; Laarhoven, 1989).

La vuelta de los españoles a Zamboanga fue percibida como una gran amenaza por ambos sultanatos, a la cual respondieron rápidamente con ataques militares. Sin embargo, las tropas españolas e indígenas del norte resultaron lo bastante fuertes para resistir a las fuerzas de Joló y Mindanao (Barrio Muñoz, 2012: 56; Hölck, 2024: 190-232). Durante los siguientes veinte años, los españoles confirmaron su reinserción militar en el sur del archipiélago filipino y los jesuitas volvieron a predicar el evangelio en la isla de Mindanao, sobre todo en la franja norte entre Zamboanga e Iligan, mientras que los agustinos recoletos ocuparon las misiones en el este de la isla, la zona de Caraga (Costa, 1961; Martínez Cuesta, 1995). En 1731 y en 1734, las huestes castellanas emprendieron otras expediciones militares contra Joló y Mindanao, pero debido a la escasez de recursos, Manila no tuvo grandes capacidades ofensivas y se limitó mayoritariamente a defender sus puestos. Destaca el gran empeño del gobernador-general Fernando Valdés Tamón (1729-1739) en la defensa de las zonas meridionales de Filipinas, no solo en Zamboanga, sino también en la isla de Palawan (Barrio Muñoz, 2012: 59-74).

Palawan era el segundo frente de Manila con los sultanatos del sur. En 1719 se estableció una fortaleza en Labo, en el sur de la isla, solo meses después de volver a Zamboanga (Hölck, 2024: 239-240). Este fuerte no aguantó ni un año, pero las tropas de Manila volvieron en 1723 a la isla, esta vez, sin embargo, se asentaron más al norte, en Taytay. La construcción de la fortaleza, llamada Santa Isabel, tardó varios años durante los cuales los españoles sufrieron ataques de los tausug y camuçones, un colectivo de etnias de Borneo (Okushima, 2003: 233-235). También los “burneyes” del sultanato de Brunéi refutaron la presencia española en Palawan. Durante estos años, no había soberanía clara sobre la isla de Palawan debido a varias cesiones solapantes y no implementadas entre los tres pretendientes, Brunéi, Manila y Joló, por lo cual todos intentaron recaudar tributos en Palawan al mismo tiempo. A mediados de los años treinta, los tausug resultaron victoriosos, dominando la mayoría de las costas de Palawan (Hölck, 2024: 242-248, 255-260).

El sultanato de Maguindanao, entre tanto, estaba involucrado en un guerra civil (Mastura, 2023: 44-50). El conflicto ya había empezado en 1710 con una revuelta del raja muda (príncipe heredero) Maulana contra sultán Kahar ud-Din Kuda y se prolongó por la siguiente generación, hasta que en 1734 el hijo de Maulana, Amiril, con la ayuda de los españoles logró imponerse “en nombre del rey de España”. Asumió el poder en la ciudad de Tamontaca como nuevo sultán bajo el nombre Muhammad Tahir ud-Din (1733-1748) y adoptó una política favorable a sus vecinos españoles. En contra de este líder pro-hispánico y supuestamente débil, los tausug de Joló lanzaron un ataque en 1734, pero Tahir ud-Din se mantuvo en el poder. Esa guerra civil de los maguindanaos fue un punto de inflexión en las relaciones con Manila, llevando a relaciones más pacíficas durante los siguientes años (Albi de la Cuesta, 2022: 309-310, 317-322; Barrio Muñoz, 2012: 96-117; Majul, 1973: 30, 191-207).

Este desarrollo muestra que, a mediados del siglo, el sultanato de Joló había llegado a ser el Estado más amenazador para los españoles. Parte de la estrategia española entonces fue aliarse con los otros dos Estados, con el sultanato de Tamontaca y con el de Brunéi (Hölck, 2024: 253, 256, 262). No obstante, las debilidades estructurales y conflictos internos de ambos en la década de los treinta impidieron el éxito de esa estrategia. Ante ese escenario, un nuevo sultán llegó al trono de los tausug en Joló en 1735, Azim ud-Din, conocido en fuentes españolas como Alimuddin.

SULTÁN AZIM UD-DIN EN JOLÓ Y EL SISTEMA POLÍTICO

El periodo entre 1735 y 1745 refleja perfectamente la complejidad del poder en Joló: entre alianzas locales, resistencias internas y la presión externa de potencias coloniales. El ascenso al poder del “datu” (jefe) Lagasan como “Azim ud-Din” marcó una ruptura con la política anterior de confrontación con los españoles, iniciando una era de diplomacia activa. Azim ud-Din, educado en Batavia y con experiencia en comercio, guerra y estudios islámicos, mostró un perfil casi cosmopolita. Su gobierno buscó principalmente establecer relaciones pacíficas con Manila, lo que culminó en la firma de un tratado de paz en 1737, que pretendió garantizar comercio, ayuda mutua y el retorno de prisioneros, aunque su implementación fue limitada (Majul, 1973: 30, 191-200).

Este incumplimiento parcial se debió en parte a un factor decisivo en las sociedades del sureste de Asia, la poca centralización del poder político, que ya había observado Juan de la Concepción en su tiempo (Concepción XIII, cap. 15, no. 33). Para gobernar, al sultán estaba necesitado del apoyo de la alta nobleza, o sea los datus más poderosos. El poder en Joló estaba basado mucho en la capacidad del sultán de formar alianzas con otros jefes en vez de controlar “súbditos” (Junker, 2000: 82-86; Crailsheim, 2025). Esa realidad impidió el dominio de Azim ud-Din sobre todas las facciones políticas y le forzó a buscar compromisos. A pesar de su aparente voluntad de alcanzar la paz, continuaron las incursiones en Filipinas por parte de ciertos grupos semiautónomos, como los tirones de Borneo.

En 1740 estalló un conflicto interno cuando su hermano Bantilan y el antiguo sultán Nasar ud-Din (también conocido como Sabdula) instauraron un contra gobierno en Joló con la ayuda de Brunéi. Azim ud-Din recibió apoyo militar de España y pudo mantenerse en el poder, pero no logró consolidar su dominio por completo. Su intento de establecer una autoridad central fuerte en un entorno político heterárquico fracasó, revelando las limitaciones estructurales de los sultanatos insulares del sudeste asiático (Hölck, 2024: 300-389; Costa, 2002; Saleeby, 1908: 180-187).

LA CAMPAÑA CONTRA LOS TIRONES DE BORNEO

Entre 1746 y 1747, Azim ud-Din llevó a cabo una muy notable operación militar en conjunto con la Monarquía Hispánica. Este episodio marcó un punto decisivo en la cooperación diplomática entre Joló y Manila, aunque también preludió el declive del sultán por medio de la oposición interna. La campaña estaba centrada en la represión de las incursiones de los tirones (tirun/tidong/tidung), una etnia no-musulmana de las costas de Borneo nororiental (Okushima, 2003; Mallari, 1998). El poderío tausug en estas costas se basó legalmente en una cesión por parte de Brunéi (alrededor de 1700) y prácticamente en sus lazos familiares con las elites tirones, a través de las cuales ejercieron una considerable autoridad en muchas de sus jefaturas. Sin embargo, no se puede hablar de un dominio absoluto de los tausug sobre los tirones, ni mucho menos, más bien los tirones eran aliados, dispuestos a pagar algo de tributo (Hölck, 2024: 332-389:169).

En 1745, los continuos ataques de los tirones en las costas españolas de Palawan, Mindoro y las Calamianes generaron gran preocupación entre las autoridades coloniales. En ese contexto, Azim ud-Din ofreció a Manila a realizar una campaña conjunta para poner dique a sus “vasallos” desobedientes (Crailsheim, 2025: 236-241). El objetivo del sultán era múltiple: consolidar su autoridad frente a los tirones, ganar prestigio militar a nivel regional y afirmar su legitimidad interna como jefe de los tausug frente a fracciones que le cuestionaban, como su hermano Bantilan.

La campaña “punitiva” en Borneo se desarrolló en 1746 y 1747, con destacamentos navales de Zamboanga (tropas españolas e indígenas) y contingentes de Joló. Cuando los barcos llegaron a Borneo, muchos de los habitantes de los pueblos tirones ya habían huido a las montañas, por tanto, las tropas aliadas encontraron poca resistencia. Algunos jefes tirones iniciaron negociaciones con Azim ud-Din, tras la cuales se subyugaron oficialmente a su autoridad. Consiguientemente prometieron mantener la paz con los españoles, liberaron prisioneros cristianos y destituyeron bienes robados de Filipinas. Esta victoria motivó a las autoridades coloniales a reconocer públicamente a Azim ud-Din como “hermano y amigo”, otorgándole suministros, armas y honores diplomáticos (Mallari, 1998: 305-309; Hölck, 2024: 332-338, 389).

El éxito de esa campaña parece haber sido muy importante para el gobernador general Juan de Arechederra (1745-1750), porque un año después ordenó una encuesta extensa en todas las provincias. Quería saber, a mediados de 1748, si las diferentes provincias habían sufrido ataques de los tirones. Es indicativo que la vasta mayoría de las provincias, en los informes de los alcaldes mayores, provinciales, obispos y misioneros, declararon que no hubo ataques de tirones (ni de otros enemigos) durante el dicho tiempo. De ahí se entiende que la empresa tuvo un éxito y consiguió paz para los pueblos costeros de Filipinas, al menos por cierto tiempo9.

UNA REVUELTA EN JOLÓ

En Joló, a pesar de esa victoria, el descontento con el sultán aumentó. Ese se debió sobre todo a la dependencia de Azim ud-Din de la ayuda e incluso protección militar de Manila. Además de ese punto de discordia, había una razón religiosa, el permiso que Azim ud-Din había dado a los jesuitas para predicar el evangelio en la capital de Joló. Por añadidura, el sultán mostró poco respecto a las costumbres de Joló. Por ejemplo, humilló a una mujer de noble estirpe tausug y recibió a una embajada de Mindanao sin el debido respeto. Azim ud-Din pues se comportó como un rey superior, olvidando que su poder dependía de la aceptación de los demás datus tausug (Hölck, 2024: 374-375, 377).

En un carta que el comandante español Antonio Faveau de Quesada escribió años más tarde al gobernador general de Filipinas, subrayó que la oposición de Joló contra su sultán en esos tiempos tenía dos principales razones. Primero, el descontento surgió porque Azim ud-Din abrió la puerta a misioneros católicos y, segundo, porque quería “establecer entre los suyos el despotismo” (Concepción XIII, cap. 13, no. 41, 406). Su hermano Bantilan dijo entonces a Faveau muy explícitamente que la oposición no quería “la introducción de la religion catolica en este Reyno, y hacerse Rey Monarquico en él” (con la ayuda de fuerzas exteriores, o sea las armas españolas) (Concepción XIII, cap. 13, no. 42, 397).

El 2 de septiembre de 1748, cuando el sultán estaba preparando un viaje a Manila, se llevó a cabo un atentado contra su vida. No tuvo éxito, pero el sultán salió herido y se provocaron tumultos en la ciudad de Joló. Las agitaciones entre ambos bandos se agravaron en la ciudad y las negociaciones subsecuentes no tuvieron éxito. Finalmente, Azim ud-Din huyó de Joló a Zamboanga donde fue recibido honrosamente por el gobernador del fuerte, Juan González del Pulgar (Concepción XII, cap. 4; Majul, 1973: 214-217).

Con la huida de Azim ud-Din, los castellanos perdieron su aliado más importante en la zona y las hostilidades con los tausug volvieron (Concepción, vol. XII, cap. XIII, no. 5, 293). En Joló, Bantilan asumió el título de sultán bajo el nombre Muizz ud-Din (1748-1763), contando con el apoyo de las élites tausug, los tirones y otros pueblos marítimos de Mindanao y de Borneo. La fracción que ayudó a Muizz ud-Din estaba unida en su oposición contra los “castilas” en el sur de Filipinas y rechazó sus avances militares, comerciales y religiosos. Las concesiones de paz que los tirones habían acordado, tras la campaña común, por lo tanto, ya no valían, desatándose otra vez incursiones en las costas de Filipinas. Acorde con el deseo de soberanía de Muizz ud-Din y la necesidad económica y social de los tirones de capturar esclavos, sus ataques aumentaron drásticamente, contribuyendo a que los siguientes años se convirtieron en una de las épocas más violentas de la historia de Filipinas. Las fuerzas españolas, sin embargo, les pagaron con la misma moneda y lanzaron fuertes ataques desde Zamboanga, como veremos más abajo (Mallari, 1998: 309; Hölck, 2024: 399-467).

LA VUELTA FRACASADA

En enero de 1749, Azim ud-Din llegó a Manila, donde fue recibido con honores y gran pompa. El sultán esperaba un pronto regreso a su tierra con la ayuda de los “castilas”, pero tuvo que esperar en Manila. Mientras que las juntas de Manila estaban debatiendo sobre el mejor modo de actuar, el gobernador general interino Juan de Arechederra, dominico y obispo electo de la provincia de Nueva Segovia, persuadió al sultán de recibir instrucciones católicas y consiguió su bautismo en 1750, que fue celebrado solemnemente (Crailsheim, 2013).

Entre tanto, Muizz ud-Din escribió una carta al gobernador general quejándose de ataques injustos contra su gente. Al mismo tiempo le amenazó con una alianza con “los Pueblos de Banar, Pasir, Mandal, Buguis, Macasares, y Ylanos, que todos estos son mis legitimos Hermanos, y dan cumplimiento à la Ley de Mahoma”, incluso había contactado a los otomanos para ayudarle en su guerra (Concepción XII, cap. 10, 240-245; Donoso Jiménez, 2015: 131-132). La esperanza de los castellanos para la paz se centró entonces en la restitución del poder de Azim ud-Din, convertido en rey católico Fernando I de Joló10. En 1751, el nuevo gobernador general, Francisco José de Ovando (1750-1754), un oficial naval con gran experiencia militar, montó una expedición para asediar a Joló y restituir al rey. Sin embargo, ese proyecto fracasó -supuestamente por traición del sultán- y Azim ud-Din fue encarcelado con su sequito de más de cien personas el 3 de agosto de 175111. De este modo, Azim ud-Din volvió a Manila como prisionero, lo que aumentó las tensiones con Joló12, donde probablemente hubieran estado dispuestos a aceptar la vuelta de su antiguo sultán. Muizz ud-Din salió fortalecido de esta confrontación, confirmando la posición de Joló como principal contrapeso del poder colonial de Manila en la región (Ortiz de la Tabla Ducasse, 1974).

En los siguientes meses hubo varios debates en Manila respecto a las muchas incursiones y una respuesta apropiada. Por fin, en junta de guerra del 28 de enero de 1752, se decidió “declarar guerra a fuego y sangre a los Mahometanos Joloes, Tirones, Camucones y otros que ayudan, fomentan a los tales nuestros enemigos” (Concepción XII, cap. 14, no 2, 11; Montero y Vidal, 1888: vol. 2, apéndice, 29-31). Entre las medidas tomadas para tal guerra destacaron las mejoras de las condiciones para el corso español13 y montar una armada para luchar los malanaos en Dapitan e Iligan (Concepción XII, cap. 13, no. 20).

Mucho se ha escrito acerca del fracaso de la restitución (Concepción XII, cap. 10-12; Hölck, 2024: 399-467, especialmente 422), pero a final de cuentas, es muy difícil averiguar si efectivamente existía una “traición” de Azim ud-Din o si hubo otras razones para cancelar la vuelta del sultán. El hallazgo de armas entre los tausug, que fueron presentados como prueba, resulta dudosa, por el valor simbólico de muchas de esas armas. Por tanto, se puede suponer que una de las razones que ha contribuido a ese fracaso fue la falta de entendimiento transcultural entre los dirigentes de la expedición. En vez de aprovecharse de Azim ud-Din (sultán pro-hispánico y bautizado) para pacificar a sus vecinos, pues, Manila solo logró intensificar el conflicto.

LA EMBAJADA DE PALAWAN Y EL DESASTRE DE JOLÓ

En esta situación crítica para Manila, gobernador general Ovando se dirigió a Borneo, donde esperaba reactivar a un viejo aliado, el sultán de Brunéi. En 1752, equipó una embajada bajo el factor de la Real Hacienda, el capitán Antonio Faveau de Quesada, con el propósito de aliarse contra el enemigo común, Muizz ud-Din, y sus continuas molestias al comercio y trato entre Brunéi y Manila. El día 4 de mayo de 1752, Faveau fue recibido ceremoniosamente en Brunéi por el joven sultán Omar Ali Saif ud-Din (1740-1795) y los datus más importantes. Uno de los resultados del encuentro fue que Brunéi cedió toda la isla de Palawan y la pequeña isla adyacente de Balabac “al Gran Rey de España”. En las décadas precedentes, la soberanía de aquella zona había sido muy controvertida porque las “cesiones” habían tenido muy poco valor práctico. Por lo tanto, más valor concreto tenía el consentimiento del sultán de no ayudar a Joló en sus guerras con los “castilas” y de formar una alianza con Manila en contra de aquel sultanato (Ovando, 1752; Barrio Muñoz, 2026; Saunders, 1994: 43, 65, Concepción XII, cap. 16 y 17).

El 23 de octubre de 1752, justo después de la embajada exitosa a Borneo, gobernador general Ovando escribió un informe de la lucha contra los “moros”, que en los últimos siete años habían cautivado a más de 11.000 habitantes de las Filipinas. En contra de los “intolerables” ataques de los tirones y tausug, “trabajando sin cesar los doze meses del año en sus piraterias”, Ovando se había empleado en los primeros dos años de su mandato “en ataques corsos, y bloqueos, [con] 6 Galerillas, una Galeaza, un Patache, una Galeota, y hasta más de cincuenta pequeñas embarcaciones en varios destacamentos14”. Además se habían ofrecido premios para todos los “honrrados vasallos” (en su mayoría indígenas) empleados en el corso contra el enemigo15. No obstante, todos sus esfuerzos no contribuyeron mucho a contener las incursiones, sobre todo por la insuficiencia de los barcos empleados, incapaces de alcanzar los veloces barcos del enemigo. Por tanto, concluyó Ovando, “la conquista es por ahora imposible”.

Con la embajada de 1752, sin embargo, se le ofreció otra opción: “la imbasion sobre las Islas de Balaba y Paragua contra los Moros, tomar possesion de las cesiones que nos ha hecho el Rey de Borneo.” Un nuevo fuerte en esta zona (una “ideada colonia”) debería mantener a los tirones bajo control y servir de “vigia y refugio de los cautivos, amparo de los naturales Paraguas y demas Amigos Borneyes, Sianes, Cambojas, y Cochinchinas, que todos padecen la crueldad y tirania de aquellos Barbaros”. Continuó Ovando diciendo que “extinguidos estos, solo nos resta contener o conquistar Joloes y Mindanaos”. En las últimas dos campañas, sin embargo, la poca aptitud de los comandantes había contribuido al fracaso del proyecto, así que Ovando se planteó emprender en su persona la doble campaña de 1753 contra los tirones y los tausug16. Al final, Ovando no realizó personalmente esas empresas y el intento de establecer una fortaleza en Palawan fracasó. Pero por lo menos, Brunéi quedaba del lado de Manila durante la confrontación con Joló (Concepción XII, cap. 16).

En paralelo a las negociaciones con Brunéi, se estaba llevando a cabo la campaña contra Muizz ud-Din. En mayo de 1752, una gruesa armada española con 1900 hombres atacó Joló. No obstante, desviado por malos consejos de los jesuitas (al menos desde la perspectiva de los recoletos17), esa expedición resultó en “funestos éxitos” para las armas españolas y en la pérdida de muchos soldados (Concepción XII, cap. 15, no. 2-5, 345-352). Juan de la Concepción atribuyó el fracaso de esta ofensiva a “la falta de política prudencia, en no computar antes las fuerzas propias con las que podía el enemigo”. Además, observó que “declarar la guerra con tanto furor, con tanto desprecio, era tocar alarma en toda la Morisma, a quienes unía la causa de Religión, y de defensa propia”. Para Concepción, la reacción obvia de Joló, habiendo acechado tan claramente la debilidad de las fuerzas españolas, era la intensificación de su propia ofensiva. Estimularon entre sus gentes y sus aliados ataques contra pueblos filipinos, devastando con “el furor bélico” las costas y aumentando los “estragos, robos, cautiverios, y muertes” (Concepción XII, cap. 15, no. 9, 361-363). Los tirones de Borneo, igual que los ilanos y malanaos de Mindanao intensificaron sus incursiones contra Filipinas, asolando en los siguientes meses repetidas veces la provincia de Caraga y las islas de Leyte, Panay y Negros (Concepción, XII, Cap 15, no. 10-13, pp. 363-369; Albi de la Cuesta, 2022: 313). Por lo tanto, Concepción alude a dos razones más para el incremento de ataques contra Filipinas. Primero la conducta agresiva de Manila, que sirvió para unir a sus enemigos y hacerles olvidar sus diferencias; y segundo, la aparente incompetencia militar española, que instigó a los enemigos a reforzar sus ataques contra un oponente debilitado e incapaz de defender sus costas. Entre tanto, el sultanato de Brunéi se mantuvo neutro, debido a los recientes tratos, y también los maguindanaos aseguraron no participar en estas empresas.

AGUDIZACIONES MILITARES Y DIPLOMÁTICAS

“Malogradas tantas, y tan fuertes Expediciones; desperdiciadas en ellas prodigamente tantas vidas, y caudales, sin freno el Moro corria libremente las Provincias, e insultaba a su satisfaccion las mas indefensas: El Sultan de Mindanao atendia con indiferencia nuestra amistad, aunque la aparentaba en lo público; y fomentaba la guerra en secreto” (Concepción XIII, cap. 1, No 1, 1).

A pesar de la mencionada imparcialidad de los maguindanaos, sí participaron algunos de sus pueblos y aliados en empresas contra Filipinas. Concepción observó que la razón que llevó al sultán de Tamontaca a abandonar clandestinamente su amistad con Manila tenía su origen en la toma de un champán chino, con carga valiosa, camino a Mindanao. La apresuró la galera San Fernando (probablemente bajo el maestre de campo Ramón de Abad en 1751) y la trajo consigo a Zamboanga. El capitán chino, llamado Chouco presentó chapas justificativas de un negociante en Emuy, llamado Enjon, y del sultán Khair ud-Din (Pakir Maulana Kamsa/Jampsa) de Tamontaca (1748-1755). Tenía una tripulación de 43 chinos y llevó consigo “Loza, Tinajas, Cavas, y cien Picos de fierro; dos libras de pólvora, unas pocas municiones, seis Cámaras, dos Pinzotes, para la defensa del Barco de algunos alzados Chinos”.

En Manila pronto se resolvió que esta presa no era justa y se obligó a devolver el barco al capitán. No obstante, por la escasez de algunos de esos productos en Zamboanga, se permitió “comprarles de Real quenta todo lo que se discurriese a proposito, tasandose, y abaluandose con economía”. Además de la necesidad en el presidio de esos géneros, se justificó esa venta forzada también con el peligro que “podían usar los Moros de ellas [las armas y municiones] para armar una, o dos embarcaciones, de las que pirateaban nuestros Dominios y pueblos”. Notó Concepción que “esa presa, o detencion sintió vivamente el Rey de Mindanao; abandonó nuestros intereses, quejandose de alevosia publica” (Concepción XIII, cap. 1, no. 1-2, 1-5). Es muy probable que esa incidencia no fuera la única causa que desencadenó la “guerra en secreto” de Khair ud-Din contra los españoles, pero puede haber sido la gota que colmó el vaso. En cualquier caso, a más tardar en 1753, se unieron los maguindanaos a los tausug de Joló, los tirones de Borneo y los malanaos e ilanos del Lago Lanao (en Mindanao) en su lucha contra Manila. Además, las fuentes mencionan a veces a los “lutaos” (sama bajau18), que juntos con los tirones llegaron a ser conocidos como los camuçones (Okushima, 2003: 233-235).

En los siguientes meses los ataques a pueblos costeros bajo administración española aumentaron drásticamente (Concepción, XIII, cap. 1). Para el letrado Najeeb M. Saleeby, el año 1753 era el más sangriento en la historia de Filipinas (Saleeby, 1908: 185; Barrows, 1905) En algunos casos se podían distinguir los atacantes pero a menudo no. A veces era un solo grupo y a veces atacaron como federación. Entre las víctimas estaban los pueblos de las grandes islas de Mindanao (Iligan, Dapitan, Cagayan (de Oro), Butuan, Caraga, Surigao) y Mindoro (Naujan) y a una sería de islas más pequeñas como Siargao, Camiguin, Dinagat, Romblon, Ticao, Masbate y Calamianes (Concepción, XIII, cap. 13). Entonces empezó la fase, que por muchos contemporáneos fue percibida como cúspide de violencia en las costas Filipinas.

Al mismo tiempo que los españoles intentaron defenderse por vías militares, persiguieron medios diplomáticos para apaciguar a sus enemigos. En mayo de 1753, la princesa Fátima, hija de Azim ud-Din y presa en Manila, fue enviada a Joló a modo de embajadora. Según Concepción,

“cien embarcaciones, que había en Joló dispuestas para salir a hostilizar las Islas, se retiraron, y desarmaron con la llegada de la Princesa Fatima a aquel Reyno, aunque habían entrado otros, y quedaban en su lugar los Ylanos, o Moros de Tuboc [en la bahía de Illana], solicitados al principio de la guerra por Bantilan” (Concepción XIII, cap. 4, no. 15, 118).

Además, Fátima logró liberar a 50 prisioneros y regresó a Manila el 20 de diciembre de 1753 con una carta al gobernador general, que contenía la promesa de castigar a los tirones y la petición de liberar a su padre con su séquito (Majul, 1973: 241-242). Muizz ud-Din insistió en su posición como sultán de Joló, pero expresó su voluntad de seguir cualquier acuerdo que los “castilas” iban a firmar con su hermano Azim ud-Din. En esos días, príncipe Salicaya, un datu de la fracción pro-hispánica en la corte de Joló, contactó Manila e informó al gobernador general de la presencia de embajadores de Brunéi y de Tamontaca en Joló, haciendo hincapié en la urgencia de las negociaciones con Muizz ud-Din, porque “si no lograban buen excito sus tratados con el Superior Govierno, sin duda al año siguiente se juntarían todos contra aquel presidio, y demas pueblos de christianos” (Concepción XIII, cap. 4, no. 15, 118-120).

Junto con Fátima llegó a Manila un embajador de Joló, el datu Maharajalela (Marayalayla/Maharajá Lela), que de inmediato fue llevado al palacio real para empezar las negociaciones con el gobernador general y Azim ud-Din. No obstante, a pesar de la aparente urgencia, las negociaciones no avanzaron rápidamente, continuando entre tanto los destrozos: “Esta pena la recibian los miserables Indios de nuestras Islas Bisayas, muertos unos cruelmente, otros reducidos a vil cautiverio, quedando sus casas saqueadas y quemadas, los templos profanadas” (Concepción XIII, cap. 5, no. 17, 135-137). Pero entre la embajada tausug y la junta española reinaba la desconfianza y tardaron dos meses en formular artículos de paz. Finalmente se firmó un tratado preliminar el 28 de febrero de 175419 y a finales de marzo salió una gran armada de 19 barcos bajo el comando de Antonio Faveau20 a Zamboanga, escoltando al embajador de vuelta a Joló (Concepción XIII, cap. 5; Montero y Vidal, 1888: vol. 2, apéndice, 31-33; Majul, 1973: 241-244).

LAS PRINCIPALES OPERACIONES DE 1754

Antonio Faveau en Joló

La armada llegó a Zamboanga el 29 de abril de 1754. El embajador tausug volvió directamente a Joló, mientras que Antonio Faveau de Quesada empleó el destacamento en empresas militares en la costa adyacente, inspeccionando los pueblos musulmanes de la bahía de Sibuguey al este de Zamboanga. Sin embargo, pronto Faveau tuvo que dar un vuelco a todos sus planes ofensivos porque, “se había proyectado aquel crecido armamento sobre unos principios que solo existían en la imaginacion de quienes informaron a su Señoría”. Los medios necesarios para una guerra ofensiva contra los maguindanaos, opinaba Faveau, sobrepasaban largamente las posibilidades de Manila, porque incluso con mucho esfuerzo financiero y militar no se podía nunca suprimir el enemigo en sus tierras. Dado que los “moros” en costas propias siempre tenían la ventaja, Faveau propuso centrarse más en la defensiva, muchos menos costosa y más efectiva.21 Este razonamiento también incluía la diplomacia con los soberanos musulmanes (Concepción XIII, cap. 13, no. 2-17, 368-383).

El 7 de junio de 1754, la armada volvió a Zamboanga, donde todavía no se sabía nada del embajador Maharajalela. Por tanto Faveau fue enviado a Joló para investigar la situación. Llegó el 30 de junio y fue recibido con muchos agasajos por Muizz ud-Din. A lo largo de los próximos siete semanas ambos desarrollaron una muy buena relación y Faveau escribió más tarde haber llegado a un profundo entendimiento de la sociedad joloana y a confiar ampliamente en las palabras del sultán (Concepción XIII, cap. 13, no 18-36, 384-401). En su informe detallado de la relación hispano-tausug, Faveau mostró una gran empatía de la perspectiva de Muizz ud-Din. Comprendía que era muy difícil para aquello entender la posición española, debido a la conducta agresiva del antiguo gobernador de Zamboanga, Juan González del Pulgar, tras su toma de cargo en 1748. El sultán había expresado sus dudas y su confusión en una carta al gobernador del presidio, escribiendo “pues hasta no saber este estilo de el Español de matar a la gente Joloana, no sabrá corresponderle” (Concepción XII, cap. 10, no 1-5, 240-247; Montero y Vidal, 1888: vol. 2, apéndice, 23-26; Majul, 1973: 245). Efectivamente entre diciembre de 1748 y febrero de 1749, gobernador Pulgar había organizado varios ataques a barcos de abastecimiento para Joló y Mindanao, que mostraron un alto nivel de violencia. Algunos de esos barcos tenían incluso licencias vigentes del sultán Azim ud-Din (entonces todavía tratado con mucho respecto en Manila). Los tausug no parecían haber entendido este aumento de violencia por parte de Zamboanga y, en su carta, Muizz ud-Din preguntó, “¿acaso el Joló mató a los Españoles?” Además, refiriéndose a su hermano Azim ud-Din, indagó “que acaso está puesto en las Capitulaciones, de que quando nosotros los hermanos tengamos porfias, hayan de intervenir los Españoles con la gente de Joló?” Incluso el mismo Concepción opinó que “el Governador de Samboangan, [...] havia llavado la hostilidad mas allá de lo que convenia” (Concepción XII, cap. 10, no. 5, 245).

Esa carta y el informe de Faveau sirven para aclarar la perspectiva de los tausug y su consternación. Sin embargo, como mencionado arriba, con la toma de poder de Muizz ud-Din, sí aumentaron las incursiones en tierras filipinas, lo que se explica en parte por la vuelta de los tirones, pero también por ataques de datus de la isla de Basilan. Muizz ud-Din admitió que esos ataques habían ocurrido, pero los disculpó como una “venganza” justificada por las ferocidades que habían cometido los españoles antes (Hölck, 2024: 382-385). En fin, en 1748, ni el gobernador Pulgar ni la mayoría de los otros oficiales entendían las complejas redes de responsabilidades en Joló o sabían diferenciar los ataques de datus de Basilan de los asaltos de los datus de Joló. Esta nubosidad en las responsabilidades (posiblemente exagerado por Muizz ud-Din en su argumentación) llevó probablemente a ataques relativamente indiscriminados por parte de Pulgar entre 1748 y 1749. Eso en cambio irritó a los tausug de Joló, llevando a una situación en la cual “ya ahora no es posible contener a la gente de Joló, porque por mar, y por tierra están coligados con los Tirones, para saquear las costas de los Españoles”. Muizz ud-Din admitió que “todos están bajo mi Dominio”, pero dejó claro que no tenía las capacidades de ponerse en contra de su gente sin aserciones claras de paz por parte de Manila (Concepción XII, cap. 10, no. 3, 243).

Del mismo modo deben de entenderse las lamentaciones de Muizz ud-Din respecto a los ataques del maestre de campo Ramón de Abad y Monterde. Este oficial (que en la crónica de Concepción cayó bajo la damnatio memoriae, porque se refirió a él casi siempre solo como “el maestre de campo”) fue responsable de un innecesario bombardeo de Joló en 1751, del fallido intento de restituir a Azim ud-Din al trono y de otros ataques violentos a Joló en 175222. Además, se le responsabilizó por el mencionado saqueo del barco chino, que rompió la paz con Maguindanao. Muchos de los roces de ese periodo se deben pues, por un lado, al choque entre los intentos de Manila de frenar la violencia en sus costas y su incomprensión de entender el funcionamiento de los Estados heterárquicos del sureste de Asia y, por el otro lado, al descontento tausug, indignados por ser penalizados por acciones que no habían cometido (Concepción XIII, cap. 2, pp. 36-85; Hölck, 2024: 406-427).

José Ducós en Misamis

En paralelo a la misión de Faveau con los tausug, Manila envió un contingente a la Ensenada de Panguil, cerca de Iligan, para contener a los malanaos, que habían aumentado sus ataques durante estos años. Los pueblos españoles en el norte de Mindanao sufrieron mucho de las incursiones de los malanaos a principios de los años cincuenta. En 1753, el fuerte de Iligan, por ejemplo, tuvo que aguantar dos meses de asedio. Tras haber defendido con éxito ese fuerte, el jesuita José Ducós junto con el corregidor de Misamis, Felipe Carvallo, solicitaron más tropas para su defensa. Además subrayaron el valor estratégico de la Ensenada de Panguil, por ser el origen de todas la campañas de los malanaos contra Filipinas (Bernad, 1968: 707-709). Basado en esa evaluación, gobernador general Ovando decidió enviar una expedición a Iligan, más pequeña que la de Faveau en Zamboanga, pero todavía del considerable tamaño de 200 soldados españoles y unos 500 boholanos en tres grandes galeras y varios barcos menores (sacayanes). El contingente estaba bajo el comando de Miguel Gómez Valdés, pero en realidad era el jesuita Ducós quien planificó y realizó las operaciones. Empezaron sus ofensivas el 4 de junio de 1754 y paso por paso cerraron los embocaderos de los ríos al uso de los malanaos. El 15 de julio, Gómez Valdés salió para Zamboanga, dejando a Ducós como comandante oficial de la campaña. En los siguientes seis meses, los españoles, boholanos e iliganos avanzaron en unas operaciones exitosas para atacar y destruir tres pueblos, apresar 159 embarcaciones, matar al menos 2000 malanaos, rescatar 500 cautivos cristianos y explorar las extensiones de la gran Bahía de Panguil (Davin, 1754-1757: vol. 16, 28-29). Para solidificar este éxito y controlar la bahía, se construyó una nueva fortaleza en Misamis con una armada permanente de dos galeras y doce vintas. Este contingente contribuyó a reducir drásticamente las incursiones malanaos en tierras Filipinas por al menos un lustro (Compendio de los Sucesos, 1755; Davin, 1754-1757: vol. 16, pp. 1-30; Barrantes Moreno, 1878: 40-45; Concepción XIII, cap. 10, 296-330; Bernad, 1968: 710-725)23.

LA RATIFICACIÓN DE LA PAZ CON JOLÓ Y NEGOCIACIONES CON MINDANAO

Joló

Las cartas de Muizz ud-Din y Faveau llegaron tarde a Manila y fueron presentadas al gobierno, sultán Azim ud-Din, su hermana Banquilin y sus confidentes el 9 de abril de 1755. Ambas cartas incitaron a tausug y españoles a continuar las negociaciones en Manila y pronto se firmó un acuerdo. En respuesta a los expresados deseos de paz de los tausug y su disposición de devolver cautivos cristianos, Pedro Manuel de Arandía, que había remplazado a Ovando en junio de 1754 como gobernador general (hasta 1759), consintió la restitución de casi todos los prisioneros en Manila, de tal modo que solo quedaban en prisión española Azim ud-Din y su hijo Israel. Además, se acordó una alianza militar y un comercio mutuo. Asimismo se subrayó un aspecto esencial, que confirmó que los gobernantes de Manila habían entendido, al menos parcialmente, la delicada situación política de Joló: para robustecer la relación pacífica entre ambos partidos, se acordó que “no se ha de entender rota la guerra por qualquiera accidente o sentimiento que haya entre los particulares vasallos de uno y otro dominio.” Joló se comprometió a luchar contra todos aquellos que salieran a “piratear contra la nacion Española”, incluyendo sobre todo a los “Tirones sus vasallos” y prometieron que “pondran su poder y fuerzas para hacerles la guerra y castigarlos” (Concepción XIII, cap. 15, 428-433)24.

El 28 de abril de 1755, el designado nuevo gobernador de Zamboanga Pedro Zacarías Villarreal25, se embarcó en Manila junto con 25 mujeres (incluyendo a 5 princesas) y 109 hombres (6 príncipes) de Joló para su restitución26. Tardaron mucho en llegar a Zamboanga, donde Zacarías tomó posesión se su cargo el 17 de septiembre de 175527. El 4 de octubre tuvo lugar el primer rencuentro entre Zacarías y Muizz ud-Din, en el cual empezaron a abordar varios puntos abiertos, como el de los champanes chinos capturados por los españoles y las agresiones de Ramón de Abad en general. El retorno de los príncipes de Manila fue celebrado en Joló con gran “regocijada”. Respecto a la restitución de cautivos cristianos, el sultán aseguró intentar todo lo posible, pero subrayó que no tuvo mucho poder sobre datus aliados (que no eran “súbditos”). Además, notificó que maguindanaos y malanaos estaban preparando ataques a Zamboanga. Igualmente avisó que no pudo ir en contra de aquellos reinos “por tener paces estipuladas y juradas con ellos, las que no podía quebrantar sin que primero precediese el aviso de tener ajustada su paz con los Españoles” (Concepción XIII, cap. 15, 440-451)28.

Mindanao

Para avisar de su toma de posición como gobernador de Zamboanga, Pedro Zacarías envió al capitán Ignacio Saavedra a sultán Khair ud-Din. Sin embargo, entonces ya su hermano le había sucedido como sultán, llamado Pahar ud-Din (el 4 de septiembre de 1755, sultán hasta ca. 1780) (Majul, 1973: 30)29. En el curso de su misión, Saavedra observó también que en los esteros de Mindanao estaban preparándose cientos de barcos para su salida. Acorde a la información obtenida, los maguindanaos estaban preparándose en unión con los malanaos para salir contra el sultanato de Brunéi, lo que también reafirmó el mismo sultán. Otros canales de información, sin embargo, confirmaron la sospecha que Muizz ud-Din había pronunciado antes, que esa armada conjunta había tenido el objetivo de atacar a los españoles en Zamboanga. Era también sospechoso que Pahar ud-Din quiso a toda costa impedir negociaciones de paz entre uno de los jefes malanaos, Parinding de Tuboc, y Zacarías (Concepción XIII, cap. 15, 455-457)30.

Cuando los respectivos informes de Zamboanga llegaron a Manila31, causaron una gran preocupación y gobernador general Arandía intensificó la correspondencia con los maguindanaos para asegurarse de su fiabilidad, que era frágil desde 1753. El 15 de mayo de 1755, en sus últimos días como sultán, Khair ud-Din escribió una carta a Arandía en la cual se justificó por su conducta, sobre todo por no haber construido una iglesia en sus territorios y por haber abandonado su guerra contra los ilanos de Sabanilla y Tuboc. En general, explicó, había perdido la confianza en sus antiguos aliados los “castilas” por al menos tres razones. La primera era la falta de auxilios que Zamboanga habría tenido que enviar para la protección de las obras de construcción de una iglesia y para la guerra contra los ilanos (“al servicio de el Rey”). La segunda fueron los ataques aleatorios de los oficiales españoles desde finales de los años cuarenta, Juan del Pulgar y Ramón de Abad, de los cuales antes ya se habían quejado los tausug. La tercera razón estaba unida a la segunda, tratándose de la toma de un champán comercial de China, que los españoles habían capturado a pesar de las licencias correctas. Concluyó la carta diciendo que “parece que ya no me aprecian mis hermanos los Españoles”.

La respuesta que Arandía envió el 25 de enero de 1756 a Khair ud-Din y a su sucesor sultán Pahar ud-Din no restaba importancia a estos argumentos. Por su parte, el gobernador general reprochó a los maguindanaos de ser igualmente violentos por haber organizado en los últimos años varias incursiones en Bisayas, matado a un militar español comerciando en sus aguas y por la supuesta intención de atacar a Zamboanga con una armada de 70 barcos (refiriéndose a las observaciones de Ignacio Saavedra)32. Si bien la correspondencia entre el sultán y el gobernador general consistió básicamente en reproches mutuos, contribuyó posiblemente a un mejor entendimiento entre ambos bandos y, al menos verbalmente, incluyó sólidas afirmaciones de paz e intentos de restablecer la confianza mutua (Concepción XIV, cap. 1-2).

LOS AÑOS SIGUIENTES

Recapitulando la situación de los años 1754-1755, se puede citar al fiscal del Consejo de Indias, que confirmó el “deplorable estado en que quedaban las Islas Philipinas el año de 1755 inundadas de los Moros Joloanos, Tirones y Mindanao, y los Cautiberios, inzendios, rotos, y sacrilexios que padezian aquellos Miserables Basallos33”. En la segunda mitad de la década de los cincuenta, la situación se relajó un poco. Los misioneros y tropas de Manila podían volver a pueblos abandonados y restablecer sus fuertes, como por ejemplo en Tandag. Con la mejora de los sistemas defensivos (basados en un aumento en el número de atalayas) y las paces con Joló y Tamontaca volvieron tiempos menos turbios para los “castilas” en Asia (Martínez Cuesta, OAR, 1995: vol. 1, 541)34. También la Ensenada de Panguil experimentó más paz a partir de 1755, al menos hasta 1760, cuando las fuerzas de Misamis se dividieron, debido a querellas que los jesuitas tenían con los recoletos (Crailsheim, 2022: 224). Sin embrago, la situación no se pude calificar como pacífica. Ya en 1756, el gobernador interino de Zamboanga, Pedro Losada, tuvo que informar de un ataque directo de maguindanaos y malanaos a Zamboanga. Tras la defensa exitosa de esa plaza, muchos de los 120 embarcaciones involucrados se separaron y navegaron hacía el norte para atacar otra vez las Islas Bisayas.35

CONSIDERACIONES FINALES

A mediados de los años treinta del siglo XVIII, tras una fase conflictiva de 15 años, la Monarquía Hispánica entró en un periodo más pacífico con los tausug de Joló y los maguindanaos de Mindanao, mientras que ya estaba en paz con el sultanato de Brunéi. No obstante, otras etnias permanecían muy peligrosas para las costas filipinas, sobre todo los malanaos, ilanos y camuçones, organizadas en entidades políticas muy fragmentadas. Cuando las relaciones con los tausug y los maguindanaos volvieron a recrudecerse a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, la situación llegó a un colmo de violencia, descrita en muchas fuentes españoles de la época.

James Warren mantiene que con la diáspora de los ilanos (iranun) y la llegada de los británicos, se formó alrededor de 1768 lo que él ha llamado la “Sulu Zone”, un área de violencia marítima influenciada por la geopolítica imperial y los intereses comerciales de los británicos (Warren, 1985). No obstante, basado en lo mostrado arriba, se pueden objetar dos puntos. Primero, era ya antes de esa fecha que los ilanos (a menudo junto con los malanaos) formaron parte de ese ambiente violento en el sur de Filipinas. Y segundo, si bien es cierto que los británicos solo empezaron a insertarse en la región a partir de los años sesenta, ya antes había un actor europeo con influencia comercial y estratégica ahí, a saber, los neerlandeses. No estaban tanto interesados en los productos marítimos, que los británicos luego ambicionarían, pero sí tenían un interés en la venta de armas y la adquisición de gente esclavizada en Filipinas, que era vendida en el mercado de Batavia. De ese modo, la presencia neerlandesa en la región contribuyó mucho a la violencia en las costas Filipinas ya antes de la llegada de los británicos a la “Sulu Zone” (Barrantes Moreno, 1878: 44; Lopez, 2014; Andaya y Andaya, 2016: 262-263).

El cronista Juan de la Concepción reconoció al final de su Historia que una verdadera paz a mediados del siglo XVIII era imposible, sobre todo por la poca autoridad que gozaban los sultanes entre sus pueblos (Concepción XIII, cap. 15, no. 33). No obstante, contrario a las opiniones de otros testigos y expertos, el cronista recoleto no atribuyó este dilema a los gobernantes de Joló o Tamontaca y su presunta astucia, más bien reconoce que esos no eran jefes “absolutos”, ni mucho menos. Esos sultanes dependían mucho del respaldo de la alta nobleza, los datus más fuertes de su entorno. En contra de aquellos, ningún sultán pudo gobernar, con el resultado de que sus gobiernos eran finos tejidos de alianzas a nivel familiar, socio-comercial y político. Muchas veces, el sultán no supo controlar etnias formalmente aliadas. Los tirones, a pesar de ser aliados y dependientes de Joló, no se dejaron contener fácilmente y los ilanos y malanaos ni siquiera eran subordinados del sultán de Tamontaca, sino más bien aliados independientes (Concepción XIII, cap. 15, no. 33; Loyré de Hauteclocque, 1989; Okushima, 2003). Esta delicadez de alianzas se ve, por ejemplo, cuando el sultán Muizz ud-Din de Joló respondió al gobernador Zacarias que, en los preparativos de una paz con España, no podía luchar contra los malanaos por tener alianzas vigentes con ellos. No obstante, agregó que una vez materializada una sólida paz con Manila, los malanaos tendrían la opción de unirse a esa alianza o declararse enemigos de ambos (Concepción XIII, Cap. 15, no. 18), lo que efectivamente parecer haber ocurrido en 175636. En otra ocasión, Muizz ud-Din dijo que “su poder no era tanto como el de el Rey de España su hermano” con lo cual hacía falta negociar la restitución de los cautivos cristianos con los datus de su sultanato “con suplicas y no con rigor” (Concepción XIII, cap. 15, no. 22, 451). Igualmente, el sultán de Tamontaca recomendó al enviado español, capitán Ignacio Saavedra, regresar con cautela a Zamboanga por no ser capaz de controlar a los malanaos, que “podían hacerle daño” en el camino (Concepción XIII, cap. 15, no. 28, 457). Todos estos acontecimientos subrayan el poderío fragmentado de los sultanatos en el Mar de Joló y los muchos obstáculos para un fácil entendimiento con la Manila hispánica.

Este artículo ha mostrado que las razones para la extrema violencia y el alto número de choques violentos entre los sultanatos y la gobernación de Filipinas eran múltiples. Intentamos resumir al final brevemente los factores más destacados. A mediados del siglo XVIII, la Monarquía Hispánica ya no estaba en la temprana fase de conquistas sino más bien en una etapa de consolidación. El influyente Secretario de Hacienda en Madrid, el Marques de Ensenada (1743-1754), puso mucho énfasis en la defensa del imperio y en la protección de sus fronteras. Esa política también tenía su repercusión en Filipinas, así que los gobernadores generales Arechederra, Ovando y Arandía hicieron todo lo posible para garantizar seguridad y quietud en su gobernación, cada uno con métodos algo diferentes (Ovando más ofensivo, Arandía más defensivo), pero todos con considerables medios militares.

Con Azim ud-Din, los españoles tenían a un sultán en Joló que estaba de su parte y reprimía las incursiones de sus aliados en Filipinas. No obstante, a partir de 1749, su sucesor “soltó” otra vez a los tirones (forzados a una paz incómoda en 1746) y también los españoles se volvieron muy belicosos. La supuesta traición de Azim ud-Din y la fracasada expedición de 1751 agravaron la situación aún más, igual que la brutalidad arbitraria de los oficiales de Zamboanga. Al respecto, se puede subrayar que la violencia y el desarrollo del conflicto no solo dependían de los gobernantes, sino también de los comandantes locales. La conducta violenta de Juan González del Pulgar y Ramón de Abad contribuyó seguramente a más fricciones. Se puede suponer que estos dos oficiales ni entendían adecuadamente la situación geopolítica ni las estructuras de los Estados musulmanes y tampoco tenían la delicadeza diplomática necesaria para negociar con éxito en esta zona fronteriza de la Monarquía Hispánica. Los oficiales Antonio Faveau y Pedro Zacarías, por el contrario, parecen haber entendido mejor la situación y favorecieron relaciones más pacíficas. En cualquier caso, las tensiones con los tausug y los tirones solo se relajaron cuando las negociaciones llegaron a un acuerdo en 1755.

Los malanaos e ilanos intensificaron sus ataques en la década de los cincuenta. Los malanaos solían empezar sus correrías en la Ensenada de Panguil, en la costa norte de Mindanao, pero con las campañas del comandante misionero José Ducós a partir de 1754, esa ruta se cerró. Entonces, los malanaos parecieron haber empezado a salir conjuntamente con los ilanos vía la Bahía de Illana en el suroeste de Mindanao, uniendo sus fuerzas a partir de 1753 con los maguindanaos. Los maguindanao, por su parte, tras años de guerras civiles, mantenían durante muchos años una conducta pacífica con Manila y solo en 1753 empezaron a enfrentarse a los “castilas”, debido a tratamientos percibidos como injustos. Además, no se debe olvidar que la presencia de los neerlandeses en esta zona también tenía un gran efecto al conflicto. Basado en Batavia y siendo grandes competidores de Manila, tenían un gran interés geoestratégico y comercial en Mindanao y el Mar de Joló.

En resumidas cuentas, se puede confirmar que la década central del siglo XVIII representó un momento culminante de las guerras entre Manila y las muchas entidades independientes en el sur del archipiélago y el noreste en Borneo. Las razones que llevaron a esta agudización eran múltiples y complejos y hay que reconocer que este estudio indudablemente no ha detectado todas. No obstante, los factores aquí reunidos pueden seguramente contribuir a explicar por qué estos años eran tan cargados de violencia y llenos de desesperación para innumerables habitantes de la región.

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1 Este es un estudio específico y no aborda las razones genéricas del conflicto, cuyo análisis se puede ver en otros lugares, como por ejemplo en Majul (1973), Warren (1985), Dery (1997), Lopez (2014) o Crailsheim (2020). Tampoco se estudia aquí el telón de fondo más amplio, que se puede ver en Lieberman (2009), Andaya y Andaya (2016) y Charney y Wellen (2018) o con una perspectiva económica en Frank (1998) y Reid (2004).

2 Otro lugar dónde se refleja esa violencia (sobre todo en 1754) es en las famosas Cartas edificantes de los jesuitas, en Davin (1754-1757: vol. 16, 1-50). No obstante, en esos años, la existencia de los jesuitas (expulsados de Filipinas en 1768) ya estaba en peligro, con lo cual hay que ser especialmente cuidadoso con sus fuentes porque es probable que exagerasen a propósito estos eventos con el objetivo de incrementar el valor de su compañía para la Monarquía Hispánica.

3 Se trata a una fuente llamada “Demostración histórica de cuantas depredaciones llevan cometidas los moros” de ca. 1806, editada por Barrantes.

4 Vea también https://agustinosrecoletos.org/2021/02/fray-juan-de-la-concepcion-agustino-recoleto-e-insigne-historiador/ (29/9/2025).

5 Archivo General de la Nación (AGN) GD 56, Impresos oficiales, vol. 4, exp. 19, ff. 113-127. Editado y traducido en Jesuits (1962).

6 Ambos eran etnias, en su mayoría musulmana, que vivían primordialmente entre el lago Lanao y Sabanilla y Tuboc (hoy Malabang), en la Bahía Illana. La diferenciación es difícil, pero se supone que los ilanos (iranun) se habían asentado entonces más cerca de la costa y los malanaos (maranao) habitaban más tierra adentro y alrededor del lago Lanao. Loyré de Hauteclocque (1989: 55–59); Clavé (2022). Blumentritt (1890) no hace diferenciación en su lista.

7 Dibujo y descripción de la fortaleza bajo el gobernador general Valdés Tamón (1729-1739) (2006: 138–144)

8 El concepto de “pirata” era principalmente una denominación utilizada por las victimas de agresiones marítimas, reforzando el carácter presuntamente ilegitimo de los ataques (contrastando con el “corsario”). En el contexto de Filipinas, se trata pues de un concepto unilateral y poco objetivo, sin tomar en consideración el contexto de las etnias del sureste de Asia. Crailsheim (2025); Junker (2000: 336–372).

9 Archivo General de Indias (AGI) Filipinas 264, N. 1, doc. 14, Manila, 19/12/1748. Traslado del expediente formado en virtud de una providencia gubernativa sobre que los prelados eclesiásticos, alcaldes mayores y corregidores de las provincias donde hacen sus correrías los moros tirones, certifiquen e informen de las hostilidades que hubiesen experimentado desde septiembre del año 1747, ff. 344–380.

10 AGI Filipinas 458, N. 17, Manila 1751. Duplicado de carta del marqués de Ovando sobre restitución del rey de Joló.

11 AGI Filipinas 707, N. 1, Manila 1752. Carta del marqués de Ovando sobre prisión y traición del rey de Joló.

12 National Archives of the Philippines (NAP) Despachos y Consultas SDS 12386, 1755-1758, 17/7/1756. Arandía da cuenta a VM de la necesidad de fortificaciones en las Islas Bisayas, ff. 199-207.

13 NAP Spanish Manila SDS 13820, 1751-1846, exp. 7, ff. 42-59r.

14 Para contextualizar los eventos en Filipinas hay que tomar en cuenta que las decisiones de Ovando estaban influenciadas por el influyente Secretario de Hacienda en Madrid, el Marques de Ensenada (1743-1754), que quería intensificar las defensas y fortalecer la presencia española en ultramar. Sierra Fáfila (2021); Stein y Stein (2000: 231–259).

15 Una fuente ilustrativa para el llamamiento al corso se encuentra en NAP Spanish Manila SDS 13820, 1751-1846, exp. 1, Manila 1751. Bando invitando a los habitantes de estas islas a servir voluntariamente, ff. 1-13.

16 Archive of the University of Santo Tomás, Manila (AUST) L. 81, n19, Manila 1752. Guerra contra los moros de Jolo y Borneo, ff. 209-221.

17 A mediados del siglo XVIII, había una fuerte competencia entre los jesuitas y agustinos recoletos en Filipinas.

18 Destaca el estudio sobre los sama dilaut de Arlo Nimmo (2001: 2) y más generalmente Gaynor (2016).

19 Según Concepción, sin embargo, eran “de condiciones imposibles en su execucion”, que era una opinión bien fundada, sobre todo, por las estipuladas restituciones de cautivos cristianos y tesoros eclesiásticos, que eran casi imposibles de realizar.

20 Las tropas terrestres estaban bajo el comando del César Falliet (Bernad, 1968: 710; Flannery, 2021: 494).

21 Esa observación iba en contra de los planes de Ovando, que en 1754 estaba convencido de la necesidad de intentar una conquista rápida y completa (al contrario de su convicción más cautelosa de 1752) y del razonamiento del arzobispo de Manila, en favor de una conquista lenta. Ortiz de la Tabla Ducasse (1974: 205–227).

22 El juicio de residencia de ese oficial se encuentra en AGI Filipinas 920, N. 11, 12/7/1754. Expediente sobre residencia del maestre de campo que comandó la armada contra Joló.

23 AGI Filipinas 920, N. 33, 12/7/1756. Expediente sobre carta de Pedro Zacarías Villarreal.

24 Vea también NAP Despachos y Consultas SDS 12386, 1755-1758, 14/7/1755. Se dio noticia a SM el proseguido preliminar de paces ff. 174-180.

25 Zaracías ya había ocupado este puesto entre 1736 y 1746. Aguilar Escobar (2022: 55). AGI Filipinas 118, N. 13, 1736-1750, Provisión de la plaza de gobernador del presidio de Zamboanga.

26 La narrativa de esa expedición está en Concepción XIII, cap. 15, 428-464.

27 NAP Despachos y Consultas SDS 12386, 1755-1758, 14/11/1755. Carta de Don Pedro Zacarias Villareal, ff. 184-188.

28 Vea también AGI Filipinas 920, N. 33, 12/7/1756. Expediente sobre carta de Pedro Zacarías Villarreal.

29 NAP Despachos y Consultas SDS 12386, 1755-1758, 7/10/1755. Carta del Sultan Muxamed dando la bienvenida al general Don Pedro Zacharías, f. 172; AGI Filipinas 920, N. 33, 12/7/1756, Expediente sobre carta de Pedro Zacarías Villarreal.

30 Concepción parece haber tomado su información de esa expedición de la carta de Ignacio Saavedra en AGI Filipinas 920, N. 33, 12/7/1756. Expediente sobre carta de Pedro Zacarías Villarreal.

31 El gobernador general atribuía la “Intencion de Imbadir aquel Presidio” a la “venganza de los progresos conseguidos sobre las Costas de Iligan y procesion de la ensenada de Misamis.” AGI Filipinas 920, N. 33, 12/7/1756. Expediente sobre carta de Pedro Zacarías Villarreal.

32 El gobernador general incluso habló de 200 barcos. AGI Filipinas 920, N. 33, 12/7/1756. Expediente sobre carta de Pedro Zacarías Villarreal.

33 AGI Filipinas 160, N. 22, 1758-1759. Expediente sobre irrupciones de los moros, informe del fiscal de 1758.

34 Vea las observaciones de Arandía en 1757: AGI Filipinas 160, N. 22, 1758-1759. Expediente sobre irrupciones de los moros.

35 Relación detallada en AGI Filipinas 160, N. 22, 1758-1759. Expediente sobre irrupciones de los moros.

36 AGI Filipinas 160, N. 22, 1758-1759. Expediente sobre irrupciones de los moros.

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