Los criollos filipinos ante la revolución de 1896: un caso de estudio
The Filipino Creoles and the 1896 Revolution: A Case Study
María Dolores Elizalde Pérez-Grueso
Instituto de Historia, CSIC
Recibido: 15/09/2025
Aceptado: 12/12/2025
DOI: https://doi.org/10.33732/RDGC.18.131
Resumen
En este artículo se analiza la implicación de los criollos de Filipinas en la revolución independentista de 1896 a través de un caso de estudio: el de Francisco L. Roxas y Reyes y Pedro P. Roxas y Castro, dos primos de una familia de origen español, pero integrada en Filipinas desde hacía varias generaciones. Para analizar este caso y contextualizarlo en las Filipinas de fines del siglo XIX, se revisa la génesis de la revolución filipina de 1896; se caracteriza a la familia dentro de los criollos filipinos; y se estudia la vida, actividades y relaciones de los dos personajes en la sociedad de su tiempo, así como su posición ante la revolución y el impacto que tuvo en su devenir.
Palabras clave
Filipinas, Siglo XIX, Criollos filipinos, Revolución Filipina de 1896, Guerra Hispano-norteamericana.
Abstract
This article analyzes the involvement of Philippine Creoles in the 1896 independence revolution through a case study: that of Francisco L. Roxas y Reyes and Pedro P. Roxas y Castro, two cousins from a family of Spanish origin that had been established in the Philippines for several generations. To analyze this case and contextualize it within late 19th-century Philippines, the article reviews the origins of the 1898 Philippine revolution; characterizes the family within the Filipino Creoles; and examines the lives, activities, and relationships of the two men in the society of their time, as well as their position on the revolution and the impact it had on their development.
Keywords
Philippines, 19th century, Filipino Creoles, Philippine Revolution of 1896, Spanish-American War.

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INTRODUCCIÓN
En este artículo se analiza la implicación de los criollos de Filipinas en la revolución independentista de 1896. Para ello se centra, como caso de estudio, en dos primos de una familia criolla, Francisco L. Roxas y Reyes y Pedro P. Roxas y Castro, que sufrieron, como tanta población civil en otros enfrentamientos (Díaz-Esteve y Garcia-Balañà, 2025), los efectos colaterales de la revolución. Eran dos personas que destacaban en la vida económica, política y social de Filipinas a fines del siglo XIX y que estaban muy comprometidas con el progreso del archipiélago. En la cúspide de su carrera, fueron acusados de traición al régimen colonial por alentar la revolución. Uno fue apresado y fusilado en los primeros meses de la rebelión. El otro se vio obligado a partir al exilio para evitar una suerte similar y nunca volvió. En estas páginas se analiza su trayectoria dentro del contexto de las élites criollas filipinas, así como sus vicisitudes durante la revolución, tratando de averiguar también qué pudo haber de verdad detrás de las acusaciones.
Los criollos filipinos, siempre mirados con suspicacia por la Administración colonial española, no asumieron el mismo protagonismo que los criollos americanos en los procesos independentistas de sus respectivos países. Los criollos filipinos, a pesar de que a lo largo de todo el siglo XIX tuvieron una importancia política, económica y social muy destacada, no fueron los líderes de la revolución independentista filipina, sino que ésta fue impulsada por una base popular más amplia encabezada, en su fase final, por las principalías indígenas filipinas. A fin de refrendar las hipótesis planteadas, en este artículo se recordará, brevemente, la génesis de la revolución filipina y se caracterizará a las élites criollas para contextualizar, así, el caso de estudio que se va a analizar.
LA REVOLUCIÓN FILIPINA DE 1896
El 26 de Agosto de 1896, Andrés Bonifacio, líder del movimiento revolucionario Katipunan, en una reunión conocida como “el Grito de Balintawak”, ratificó la decisión de esta formación de levantarse en armas contra el gobierno español. En un gesto simbólico de insurrección contra Administración española que expresaba el creciente malestar de los filipinos con el régimen colonial, animó a sus seguidores a romper la cédula personal que identificaba a la población de las islas y fijaba las tasas que debían pagar. Empezó, así, la revolución de 1896 en Filipinas (Zaide, 1954; Santos, 1973; Richardson y Fast, 1979; Schumacher, 1991; Ileto, 1998; Richardson, 2013; May, 2007).
El estallido de la revolución respondió a la creciente disconformidad de la población filipina con el régimen colonial; disconformidad que había ido aumentando a lo largo del siglo XIX por la suma de diferentes factores. Por un lado, la desigualdad de derechos y oportunidades de los filipinos respecto a los peninsulares, la falta de representación parlamentaria y la negación de una mayor participación en la vida política. Por otro lado, las crecientes divergencias económicas con la metrópoli, que nunca se convirtió en un mercado preferencial de las exportaciones filipinas. Influyó también el obligado pago de impuestos y prestación de servicios personales que debían acatar los filipinos que vivían dentro del régimen colonial –la Administración española no llegó a controlar todo el territorio ni todos los grupos de población del extenso e intrincado archipiélago filipino. A ello se añadió la relegación en el Ejército de los oficiales nacidos en las islas frente a los peninsulares por sospecharse de su lealtad. Hubo, además, una creciente contestación ante la destacada posición que ocupaban las órdenes religiosas españolas en muy variados sectores de la vida de las islas y ante la postergación del clero filipino frente a los regulares peninsulares. La suma de esos problemas, expresados a lo largo del siglo a través de distintos movimientos y estallidos de violencia, la ausencia de una respuesta satisfactoria a las reivindicaciones filipinas por parte de las autoridades españolas, y las diferencias de intereses entre unos y otros llevaron, progresivamente, a reclamación de autogobierno, primero, y a la revolución independentista, después.
En el camino hacia la revolución, fueron muchos los grupos que alzaron sus voces reclamando un cambio en la organización política, económica y social de las islas: las élites políticas y económicas autóctonas, que deseaban mayor autonomía y participación en el control de los resortes de poder político y económico; los oficiales indígenas, a los que les era difícil escalar en el Ejército frente a los peninsulares; el grupo de los “Ilustrados”, que había forjado una conciencia nacional y defendía la plena capacidad de los filipinos, en contra de la tradicional discriminación justificada por el atraso de la población de las islas; los exportadores, que mantenían relaciones directas con otros países y para los que el mercado español no era complementario; los campesinos descontentos con el sistema de propiedad y cultivo de la tierra; los obreros urbanos, que subsistían en pésimas condiciones; el clero filipino, que se sentía agraviado frente a las poderosas órdenes religiosas presentes en las islas, al igual que los movimientos religiosos populares de raíces sincrónicas entre el catolicismo y las creencias autóctonas. No todos tenían los mismos objetivos ni deseaban las mismas estrategias y liderazgos, pero todos participaron, en un momento u otro, en las reclamaciones frente al régimen colonial que llevaron a la revolución.
Ese fue un proceso discontinuo de largo alcance. En las primeras décadas del siglo XIX se produjeron diferentes levantamientos contra las autoridades coloniales. Entre ellos los motines de Tondo en los años veinte; la conspiración de los hermanos Bayot, unos oficiales criollos, en 1822; la revuelta impulsada por el sargento mestizo Andrés Novales, en 1823; el fallido atentado contra las autoridades coloniales promovido por los hermanos Palmero con la complicidad de diferentes sectores, en 1828; las acciones de una cofradía religiosa, popular y más allá del control de la Iglesia, impulsada por el nativo Apolinario de la Cruz, en los años cuarenta; y quizás el más significativo, el Motín de Cavite de 1872, en el que confluyeron dinámicas civiles, militares y religiosas. No es que fueran movimientos lineales hacia la revolución, ni que todos ellos persiguieran esa finalidad. Cada uno tuvo motivos, protagonistas, momentos, desarrollos y consecuencias diferentes. Pero no por ello dejaron de conformar una línea común de expresión contra el régimen colonial y sirvieron para crear un estado de opinión antes de la revolución, por más que ésta tuvo una génesis propia y diferenciada de los movimientos anteriores. Para la Administración española, sin embargo, todos los levantamientos fueron amenazas palpables a su soberanía en las islas. Frente a esos movimientos, y frente a posibles ambiciones internacionales, su propósito y sus esfuerzos se encaminaron a asegurar su continuidad en el gobierno de Filipinas, a afirmar el control de las islas y a potenciar su progreso. Para ello introdujo las reformas que consideró necesarias para lograr un mejor gobierno y una modernización de la educación, la sanidad, las infraestructuras y demás sectores, pero sin abrir vías a la representación parlamentaria, a una participación en la vida política más amplia de la concedida, ni a la igualdad entre los habitantes.
Esas medidas, aunque fueron positivas para el país, no calmaron las expectativas filipinas, por lo que, con el paso de los años, fueron apareciendo formaciones, cada vez más organizadas, dispuestas a defender los intereses isleños. Así, en los años setenta se formó el “Comité de Reformadores”, defensor de la introducción en Filipinas de reformas propiciadas por las políticas aperturistas del Sexenio Democrático. En los años ochenta se consolidó el movimiento de “La Propaganda”, impulsado por los grupos ilustrados de Filipinas, tan influyentes en la creación de una identidad filipina unificada y cuyo principal órgano de expresión fue el periódico La Solidaridad. Uno de los ilustrados más reconocidos fue José Rizal, considerado el primer líder e ideólogo del movimiento nacionalista filipino (Retana, 1907; Craig, 1913; Palma, 1949; Alip, 1961; Costa, 1961; Joaquin, 1974; Baron, 1980; Zaide, 1984; Ortiz, 1998; Guerrero, 2001; Ocampo, 2008; Goujat, 2010). Rizal fundó, en 1992, la “Liga Filipina”. Sus reivindicaciones iniciales, promovidas desde los años ochenta, eran moderadas y todavía no cuestionaban la unión con España. Solo cuando, después de muchos problemas, comprendió que los españoles nunca concederían muchas de las demandas filipinas, entendió que debían prepararse para luchar por el autogobierno. Ese camino, preconizaba sin embargo, debía hacerse de manera pacífica, evitando cualquier acción violenta. Aun así, sus ideas parecieron tan subversivas que el gobierno colonial le exilió a Dapitán, en el sur del archipiélago. Aunque estando allí fue invitado a ello, no quiso participar en los movimientos revolucionarios que se estaban organizando desde otras posiciones y solicitó permiso para viajar a Cuba a ejercer como médico. Eso permitió que otra fuerza política, el “Katipunan”, promovido por Andrés Bonifacio, se hiciera con el liderazgo de las reivindicaciones filipinas. Era más radical en sus planteamientos, aspiraba ya a la independencia completa y no renegaba del uso de la violencia para lograr los cambios deseados. Tenía el apoyo de sectores procedentes de los antiguos barangays nativos, la pequeña burguesía y la población urbana y rural menos favorecida. El movimiento se fue extendiendo gracias una gran labor de propaganda y al periódico Kalaayan, en el que se llamaba ya a los filipinos a la lucha armada contra los españoles. Paulatinamente se fue organizando, además, una lucha de guerrillas con gran éxito popular. Las reclamaciones de estos movimientos políticos pasaron, así, de pedir mayor igualdad y autonomía, pero aún bajo la unión con España, a reivindicar la independencia y la ruptura de lazos con los españoles.
De tal forma se llegó a la revolución iniciada en Balintawak, en agosto de 1896, que se extendió rápidamente a Manila y a sus alrededores y se expandió luego por otras partes del archipiélago. El gobernador general Ramón Blanco puso inmediatamente en marcha los mecanismos previstos ante una posible insurrección que la Administración llevaba temiendo desde hacía tiempo. Tras un fallido período de gracia de cuarenta y ocho horas, en el que se anunció que, si en ese tiempo los insurrectos se rendían, no sufrirían represalias, el 30 de Agosto Blanco declaró el estado de emergencia en ocho provincias, decretó el embargo de bienes de los rebeldes y de sus posibles apoyos, y pidió refuerzos a la Península. Con las fuerzas que tenía en Manila, más otras llegadas de otras partes del archipiélago filipino, el gobernador general consiguió defender la capital, pero no logró detener la revolución. Tras varios meses de contiendas, el Gobierno peninsular consideró que la política de Blanco no era suficientemente enérgica, por lo que a principios de diciembre de 1896 le sustituyó por el general Camilo García de Polavieja, el cual inició una acción mucho más contundente para acabar con la revolución (Castellanos, 1998; Mas, 1998; Puell de la Villa, 2013; Calleja, 2019; Elizalde, 2023). En ese interregno, José Rizal, en viaje ya a Cuba con permiso del gobernador Blanco, fue detenido al llegar a Barcelona y enviado de nuevo a Manila, donde fue juzgado como inspirador de la revolución, y fusilado en diciembre de 1896.
En los meses siguientes, mientras se luchaba contra los españoles, y al hilo de las batallas, en el movimiento independentista filipino se originó un problema de liderazgo entre dirigentes que encarnaban distintos grupos. Andrés Bonifacio, que no era un militar ni un gran estratega, comenzó a perder posiciones. Frente a él emergió la figura de Emilio Aguinaldo, miembro de una familia mestiza china-filipina, ilustrada y de buena posición, que durante más de ocho años desempeñó cargos municipales en Cavite. Tras su reconversión como oficial de las tropas revolucionarias, sus triunfos en las batallas en torno a Cavite, donde se había establecido el núcleo de la insurrección, le granjearon una gran popularidad. En marzo de 1897, en medio de la contienda, y con profundas disensiones en el movimiento insurreccionista, se creó un gobierno revolucionario, en el cual Aguinaldo fue elegido presidente, mientras que Bonifacio era nombrado secretario de interior. Sin embargo, las luchas entre los partidarios de cada uno de los líderes, defensores de proyectos políticos diferentes, acabaron en un juicio contra Bonifacio, en el cual éste fue considerado culpable de traición y condenado a muerte. Aguinaldo revocó la pena, pero, el 10 de mayo de 1897, en una maniobra todavía hoy poco clara, un pistolero asesinó al fundador del Katipunan. Aguinaldo quedó, así como líder del movimiento independentista filipino.
La intensificación de las operaciones llevada a cabo por el gobernador general Camilo Polavieja apoyado por un gran contingente de soldados y oficiales llegados de la Península, y las duras batallas libradas en torno a Cavite, replegaron a los revolucionarios a las montañas del interior, pero aun así no se consiguió la pacificación. Un nuevo gobernador, el general Fernando Primo de Rivera, emprendió en mayo de 1897 otra política, combinando acciones bélicas y diplomáticas. Logró, finalmente, ante el desgaste de las fuerzas filipinas, el inicio de una negociación que culminó en el Pacto de Biak Na Bató, firmado el 14 de diciembre de 1897. El Gobierno español albergó con ello la esperanza de empezar una nueva etapa en la que la concesión de importantes medidas autonomistas pudiera pacificar las islas. No consiguió acallar, sin embargo, la lucha de las guerrillas ni las reclamaciones de independencia del régimen colonial. La intervención estadounidense en Filipinas, durante la guerra hispano-norteamericana de 1898, sirvió de nuevo acicate a la lucha revolucionaria filipina y conllevaría, pocos meses después, la obligada retirada española de Filipinas, tras más de trescientos años de presencia en las islas.
CRIOLLOS FILIPINOS
En ese contexto, los criollos filipinos desempeñaron en la revolución contra los españoles un papel muy diferente al que los criollos americanos habían protagonizado en los procesos independentistas de aquel continente. Lo cual era concordante con una evolución de los criollos en Filipinas distinta a la ocurrida a la otra orilla del Pacífico. Ese sector de los criollos filipinos, de origen español pero arraigados en las islas y con intereses definitivamente vinculados al archipiélago, ha sido poco abordado por la historiografía, a pesar de la relevancia que tuvieron en la modernización de la economía isleña y en su conexión con empresas transnacionales y los mercados exteriores (Nolasco, 1969; Mojares, 2006; Llobet, 2011; Hidalgo, 2017; Huetz, 2018).
La propia denominación diferenciaba a los criollos filipinos de los americanos. En Filipinas, a los criollos se les llamaba “hijos del país”, o “filipinos”, en vez de criollos, para resaltar su nacimiento en el archipiélago. Eran, en cualquier caso, descendientes de españoles nacidos en Filipinas, pero siempre con progenitores de origen peninsular. En tanto que descendientes de españoles contaban con el mismo estatus jurídico que éstos y tenían los mismos derechos y privilegios. Existían, sin embargo, diferencias sutiles entre peninsulares, criollos y mestizos españoles, lo cual les situaban en lugares diferentes dentro de la sociedad colonial, con distinto acceso a la vida política e institucional. Tanto las autoridades metropolitanas y coloniales como los españoles peninsulares que vivían en las islas defendieron la conveniencia de que fueran estos últimos, los peninsulares, libres de veleidades sospechosas, quienes controlaran las principales instituciones, en especial las de rango estatal, así como los cargos de mayor responsabilidad en las fuerzas armadas. Eso hizo que, excepto en momentos y para cuestiones muy puntuales, como pudo ser en las primeras y en las últimas décadas del XIX, los criollos filipinos no tuvieran el protagonismo político de los criollos americanos.
Hubo también tenues distinciones entre los criollos y los mestizos españoles que marcaron fronteras no escritas en la participación de unos y otros en la vida política y social, tal como han demostrado por ejemplo estudios sobre la incorporación de unos y otros al Cabildo de Manila (Huetz de Lemps, 2017). La diferencia entre ellos estribaba en que, en teoría, los criollos eran descendientes de peninsulares por rama paterna y materna, mientras que los mestizos españoles eran de sangre mezclada, por lo general de un padre de origen peninsular y de una madre nativa o mestiza china. No obstante, las disimilitudes entre unos y otros no siempre dependieron de criterios estrictamente raciales, sino que en numerosas ocasiones al determinar la posición de una persona influyeron otros factores más arbitrarios como la pertenencia a determinadas redes familiares y sociales, la situación económica, la práctica del catolicismo, la educación recibida, el desempeño profesional o las actividades practicadas (Elizalde, 2017a, 2017b, 2019). Conviene recordar también que, en cualquier caso, la sociedad filipina se caracterizó siempre por la diversidad de su población, compuesta por más de cincuenta etnias nativas de las islas, por los musulmanes que vivían en el sur del archipiélago, por un importante sustrato de mestizos chinos, cada vez más integrados en las islas, por chinos que mantuvieron su identidad y por un creciente número de otros extranjeros que se asentaron en Filipinas en el siglo XIX. A pesar de que hasta los últimos años del siglo se mantuvieron las categorías legales y fiscales que diferenciaban a la población por criterios étnicos, remitiéndoles a un lugar determinado dentro de la sociedad, luego la convivencia, los mestizajes y los intereses creados propiciaron también que las fronteras entre unos y otros fueran más permeables de lo que parecía, dependiendo de las circunstancias (Elizalde, 2022).
Durante el siglo XIX, los diferentes grupos de población que vivían en las islas, en un complejo proceso de colaboración y conflicto, lucharon también por aumentar sus cuotas de poder dentro de la limitada vida política a la que tenían acceso los nacidos en las islas. Si bien, tal como se decidió al comienzo de la colonización, las principalías indígenas gobernaban los “pueblos de indios”, los procesos políticos abiertos por las Cortes de Cádiz marcaron la eclosión de los criollos en la vida pública. En las elecciones celebradas en las islas al convocarse Cortes Constituyentes en la Península, los elegidos para representar a Filipinas en el primer parlamento que reunió delegados de todos los territorios del imperio fueron criollos. También lo fueron muchos de quienes se incorporaron al gobierno de las instituciones constitucionales: el Cabildo de Manila, las diputaciones provinciales –que finalmente en esos primeros años de siglo no consiguieron organizarse en Filipinas-, y los nuevos ayuntamientos en pueblos de más de mil almas. La vuelta del Absolutismo decretada en 1813 por Fernando VII volvió a limitar la participación política filipina. Pero la población de las islas ya nunca se conformó con ese apartamiento del poder. Durante el período del Trienio Liberal, que volvió a convocar representantes filipinos a las Cortes, una vez más primaron los criollos en esa representación. Sin embargo, en las demás instituciones constitucionales hubo ya una dura competencia y se evidenció la emergencia de los nativos filipinos y de los mestizos chinos reclamando sus propios intereses y compitiendo por un lugar en esas instituciones (Llobet, 2011; Hidalgo, 2019; García Gimeno, 2023; Elizalde 2024). A pesar de que en 1837 se decidió que los ultramarinos no podrían tener representación parlamentaria y se les remitió a unas Leyes especiales, los criollos –al igual que los demás grupos de la población isleña- siguieron reclamando una mayor igualdad en todos los sentidos y defendiendo sus posiciones frente a cualquier tipo de restricción. Esa lucha de los criollos quedó bien reflejada en la familia a la que se va a analizar en este artículo.
Los dos primos que vamos a analizar, Francisco y Pedro Roxas, procedían de una familia de origen peninsular, los Roxas (Elizalde et al., 2020). A través de sus antepasados se pueden comprobar tres circunstancias habituales en los criollos filipinos: primero, las circulaciones entre distintos territorios del imperio español, en busca de empleo y fortuna; segundo, su participación en el comercio entre Nueva España y Filipinas, propiciado por el Galeón de Manila, origen de muchas fortunas creadas en las islas; y tercero, un proceso creciente de mestizaje e integración con los diferentes grupos de población presentes en las islas. De hecho, el bisabuelo de los dos primos aquí estudiados, Mariano Máximo Roxas, nació ya en Filipinas, en 1758. Desde entonces la familia se arraigó en el archipiélago y sus miembros se casaron con descendientes de otros peninsulares, con mestizos o nativos del archipiélago y con personas de procedencia china o de otros países, pero ya con sus intereses y expectativas de futuro ligados a Filipinas. Se convirtieron, pues, en una familia conformada a través de distintos mestizajes. Sin embargo, su relevancia económica y social y su pertenencia a importantes redes hicieron que se les considerara siempre, no como mestizos más relegados en la escena pública, sino como criollos destacados dentro de la sociedad filipina.
De especial interés fue la figura de Domingo Roxas Ureta (1782-1843), abuelo de Pedro. Su esposa, María Saturnina Ubaldo, una mestiza de origen chino-filipino, aportó una herencia importante al matrimonio gracias a su abuela, María Pitco, una destacada comerciante china. Eso permitió a Domingo desarrollar los tradicionales negocios de la familia y adentrarse en nuevos sectores hasta convertirse en un empresario muy destacado en su época. Estuvo también muy comprometido con las reivindicaciones de los filipinos, hasta el punto de considerarle sospechoso de apoyar rebeliones contra el régimen colonial. Ello le llevó a ser apresado tras la conspiración de los hermanos Bayot, oficiales criollos, en los años veinte, y a detenerle de nuevo, en los años cuarenta, por su supuesto apoyo a la cofradía fundada por Aponinario de la Cruz, un religioso nativo. A resultas de esa última detención, murió preso en el Fuerte Santiago, el principal bastión defensivo de Manila, antes de que pudiera celebrarse el juicio (Elizalde, 2020; Llobet, 2020; Rodrigo, 2020).
La familia, en sus distintas generaciones, supo entender, adaptarse, e incluso promover, los cambios que se estaban produciendo en la economía de las islas cuando esta se inclinó hacia nuevos negocios que surgieron en el Índico y en el mar de la China. La economía filipina pasó, así, de ser una economía de intermediación articulada en torno al Galeón de Manila a convertirse en una economía productora y exportadora de productos filipinos que experimentaban una nueva demanda mundial. En ese marco, según avanzó el siglo, distintos miembros de la familia Roxas compraron y explotaron haciendas de azúcar, abacá, alcoholes y de otros productos tropicales. Se integraron en redes que compraban arroz y otros bienes a los productores locales y los exportaban hacia otros mercados, a menudo en colaboración con grandes compañías internacionales. Se interesaron por la explotación minera, por la cría de ganado, por el transporte de mercancías y personas, por el control de compañías navieras, por el desarrollo de las infraestructuras y otras muchas iniciativas de progreso. Gracias a su integración en redes transnacionales, y a su conocimiento de lo que ocurría en otros lugares del mundo, llevaron a Filipinas los últimos adelantos técnicos para mejorar la producción. En ese empeño se aliaron con grupos diversos que permiten desmentir una lectura monolítica de la sociedad de las islas. En defensa de sus propios intereses, coincidieron también con expectativas políticas y sociales que excedían a su grupo, reclamaron y apoyaron reformas para el archipiélago, mayores derechos y más amplias libertades, y participaron en las demandas de igualdad de oportunidades y derechos entre peninsulares e isleños, aún sin renunciar a sus privilegios como criollos frente al grueso de la población. Es en ese contexto donde se ha de entender la historia nuestros dos protagonistas, primos en segundo grado, pero de edades parecidas e hijos únicos ambos, que llegaron a ser amigos íntimos y socios en muchos negocios y a sufrir en los dos casos los efectos colaterales de la revolución de 1896.
DOS BIOGRAFÍAS PARALELAS
Tanto Francisco como Pedro Roxas fueron, por tanto, descendientes de peninsulares, pero con mestizajes importantes en las dos ramas de la familia –nativos, mestizos, chinos-. Simbólicamente, ambos vivieron fuera de Intramuros, más allá de lo que era el núcleo de la Manila colonial, en arrabales ligados al comercio, a la explotación de tierras y a la industria. En su momento, los dos se convirtieron en empresarios innovadores que abrieron caminos en los negocios de las islas, en colaboración con socios de diferentes sectores. Dadas sus relaciones económicas, sociales y familiares, estuvieron bien introducidos en importantes círculos de la sociedad isleña y con frecuencia ocuparon puestos como asesores en la administración de las islas. Sus negocios estuvieron muy internacionalizados y tuvieron relaciones con socios y compañías internacionales, pero también se relacionaron con las élites nativas y los círculos ilustrados filipinos, y entre ellos con José Rizal. Formaron parte de círculos de progreso que apoyaban la introducción de reformas y reclamaban la concesión de mayores derechos a los nacidos en las islas, lo cual, en ocasiones, provocó que se les considerara sospechosos de apoyar la revolución de 1896.
Francisco Luis (L.) Roxas y Reyes (1851-1896)
Francisco nació en Manila el 10 de octubre de 1851. Fue hijo de Juan Roxas Arroyo y de Vicenta (Arias) Reyes, con quienes vivió en su infancia en una finca en Malate, asomada a la bahía de la capital. Se casó con María Elio, hija de un magistrado de la Audiencia de Filipinas, Salvador Elio Ezpeleta, perteneciente a una importante familia navarra, y de una mestiza o una nativa de las islas, de la que no tenemos más noticia excepto las referencias que hace la madre de Salvador al escribir a su hijo cuando supo del nacimiento de la niña. Tuvieron seis hijos, Salvador, María Vicenta, Juan, Carmen, Presentación y Javier.
Francisco Roxas se convirtió en un comerciante destacado de “toda clase de mercancías y productos del país, géneros nacionales y extranjeros, y a la vez consignatario de buques y mercancías”.1 Como tal, tuvo una activa participación en la vida económica de las islas. Era frecuente que hacenderos y comerciantes de diversos sectores –azúcar, abacá, tabaco, alcoholes…- se hicieran con una flota propia para asegurarse el acopio y distribución de sus productos, así como el transporte de pasajeros. A veces compraban uno o varios barcos. Otras tenían la propiedad compartida sobre algunos de ellos. En ese contexto, Francisco Roxas fundó, primero, la naviera Roxas, Reyes y Compañía.2 En 1888, creó otra compañía naviera de mayor tamaño, dividida entre distintos socios, todos vecinos de Manila, que quedaron como pequeños propietarios de pequeñas porciones de la misma. Muchos de ellos eran de origen peninsular, pero estaban enraizados en Filipinas desde hacía muchos años, y entre ellos su primo Pedro P. Roxas de Castro.
Francisco se implicó también en el tráfico de pasajeros y bienes desde China a Filipinas, como parte de las actividades habituales en los barcos de cabotaje. En ese contexto, protestó cuando en los años 1880 el gobierno general de Filipinas restringió la llegada de inmigrantes chinos al archipiélago, una medida que las autoridades coloniales decidieron adoptar ante las dimensiones numéricas que estaba adquiriendo esta población.3 Francisco Roxas y sus socios resaltaron que nunca habían transportado pasajeros de forma inhumana ni abusiva, y que, además, limitar esa capacidad a los barcos españoles, pero no a los británicos, que también efectuaban esa ruta y esas actividades, solo podía causar perjuicios a las empresas del país, sin que por ello se frenara la llegada de pasajeros chinos a Filipinas. Y tuvieron razón: los emigrantes chinos siguieron llegando, pero en barcos de otros países, con el consecuente perjuicio a las empresas navieras españolas que se dedicaban al tráfico entre China y Filipinas (Ginés, 2020).
Tuvo también una casa en la Calzada de S. Rafael n. 2, una finca en Quiapo y otras fincas urbanas en los arrabales en torno a Manila y fue accionista en diferentes compañías, muchas de ellas participadas por su primo Pedro. Entre ellas la Compañía de Tranvías de Filipinas, el Banco Español Filipino, el Círculo Nacional Recreativo o una fábrica de aceite. A veces financiaba la producción de abacá y otros productos, que luego exportaba en sus barcos. Actuaba además como prestamista en otros pequeños negocios.4 Junto a esa actividad puramente empresarial, Francisco formó parte de varias instituciones económicas fundamentales en aquella época, como el Banco Español-Filipino o la Cámara de Comercio.
Dadas sus relaciones económicas, sociales y familiares, Francisco Roxas estuvo bien introducido en distintos círculos de la sociedad isleña. Ello le llevó a convertirse en miembro del Consejo de Administración de Filipinas, un órgano de asesoramiento al gobernador general con el que se pretendía que la máxima autoridad de las islas tuviera una perspectiva más amplia a la hora de tomar decisiones y también equilibrar de alguna manera el férreo control centralizado del gobierno de las islas con cierta participación local.5 El Consejo estaba formado por altos funcionarios coloniales españoles y algunos filipinos notables, con todo lo que ello implicaba de participación en redes de poder, información, contactos e influencia. Dentro de esa institución, Francisco Roxas representó al sector del comercio hasta sus últimos años de vida, y de hecho ocupaba ese cargo cuando estalló la revolución de 1896.
En esas empresas e instituciones, Francisco Roxas demostró ser una persona de ideas liberales, que apoyó la introducción de reformas en Filipinas y mayores derechos para los que vivían en las islas. Precisamente por eso, en numerosas ocasiones se ha dicho que perteneció a la masonería, pero no hemos encontrado constancia de ello ni aparece en las relaciones de miembros de esta sociedad que han elaborado los expertos a partir de los archivos (Jimeno, 2019). Más bien parece que esa afirmación se debe a la antigua tendencia a identificar a la masonería con las aspiraciones independentistas en las colonias, lo cual, no siempre fue cierto, sobre todo en las logias españolas (Sánchez Ferré, 1987: 481-496; Sánchez Ferrer, 1989:19-20; Paz-Sánchez, 2006: 737-760; Cuartero, 1999, t. II: 658). Tal como se desprende de sus acciones, Francisco Roxas esperaba que la autonomía de España se obtuviera por medios pacíficos a través de la negociación, y no a través del conflicto armado (Araneta, 2010:37). Sin embargo, al estallar la revolución filipina de 1896 se le acusó de pertenecer al Kakipunan que protagonizó la rebelión, pero esa acusación, que él negó hasta su muerte, parece poco probable dado su perfil.
Pedro. P. Roxas de Castro (1848-1912)
Pedro Pablo Roxas nació en Manila en 1848. Su padre fue José Bonifacio Roxas Ureta (1814-1888), hijo de Domingo Roxas. Su madre, Juana de Castro, una mestiza española. Pedro fue inscrito como hijo natural hasta que, una vez resueltos los problemas legales de un matrimonio anterior, sus padres pudieron casarse y reconocer a su hijo como hijo legítimo de un matrimonio legítimo, lo cual posibilitó que Pedro se convirtiera en el heredero de la familia. En su infancia, vivió con su madre y sus hermanastros, primero, en Binondo, el barrio del comercio en Manila, situado al otro lado del río Pasig, luego en Quiapo, y finalmente en la quinta de San Miguel donde José Bonifacio tenía establecida su residencia. Se casó con Carmen de Ayala y Roxas, prima suya en primer grado. Era hija de Antonio de Ayala, un navarro socio de Domingo Roxas, y de Margarita Roxas de Ayala, hermana de José Bonifacio e hija también de Domingo Roxas, con lo cual a través de ese matrimonio se reunificó buena parte de la herencia familiar. Tuvieron cinco hijos, desposados dentro de las élites manileñas, bien con peninsulares, bien con miembros de otras de las grandes familias de aquellas Filipinas, bien con extranjeros distinguidos, reforzando la posición social de los Roxas (Figura 1).
Figura 1. Pedro P. Roxas de Castro, en Los Roxas (2020: 47)

Pedro prosiguió las empresas de la familia y los negocios de su suegro, y se convirtió en el propietario de un amplio entramado de empresas, haciendas rurales y fincas urbanas. Se alió, además, en proyectos nuevos con peninsulares, criollos, mestizos, extranjeros, filipinos, sangleyes y chinos, sin que el origen étnico de los socios tuviera, en principio, mayor trascendencia en ese mundo de negocios transnacionales. Fundó la compañía Pedro P. Roxas y Cía., una de sus primeras iniciativas, y participó junto a otros socios la Compañía Ayala y Cía., dedicada a la fabricación y venta de alcoholes, en la creación de los Tranvías de Filipinas, en la concesión de una línea telefónica en Batangas y en la empresa de cervezas San Miguel, conocida hoy en el mundo entero. Tuvo también una fábrica dedicada a la manufactura de ladrillos, tejas y baldosas, materiales importantes en aquellas Filipinas que impulsaban entonces la construcción con materiales fuertes, y en 1894 creó una compañía dedicada a la extracción y tratamiento del aceite de coco junto a con otros socios representantes de las élites económicas de Filipinas.6
Junto a esa faceta como empresario, Pedro Roxas tuvo también una activa participación en la sociedad colonial de su tiempo. Fue regidor en el Cabildo de Manila en 1877 y 1878, alcalde primero en 1881, de nuevo regidor en 1884 y 1885, además de asesor del Consejo de Administración de Filipinas en los años noventa, quizás los puestos de mayor significación política. Formó parte también del consejo de numerosas instituciones responsables del progreso de las islas, tales como la Real Sociedad Económica Filipina de Amigos del País, la Cámara Española de Comercio de Filipinas, el Banco Español-Filipino, la Junta Central de Agricultura, Industria y Comercio, el Consejo de Administración del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Manila, el Real Hospicio de San José o el Hospital de San Juan de Dios, en todas las cuales trataba con personajes de gran influencia en las islas. Fue además un hombre bien relacionado tanto dentro de la sociedad manileña, como de la peninsular, e incluso de la internacional. Mantuvo una estrecha relación con muchas de las principales familias comprometidas en el desarrollo de las Filipinas decimonónicas, más allá del origen nacional de cada una de ellas, y también con la clase política y con círculos sociales y económicos destacados de la Península. Ello le llevó a recibir, junto a otros notables de Filipinas, honores tales como la concesión de la Orden de Isabel la Católica.7
Esa situación de cercanía al poder granjeó a este círculo las envidias y enemistades de algunos peninsulares en Filipinas, que no vieron nada bien la participación de estos españoles filipinos, “hijos del país”, en la vida de la colonia y criticaron, al principio de forma discreta, y después de agosto de 1896 abiertamente, la política de atracción desplegada hacia ellos:
Esa política de atracción, que ha ennoblecido a los indios y mestizos, en términos de conceder mercedes, gracias y honores, con tanta profusión que un Roxas lleva una gran Cruz sobre su pecho de traidor, y otros que no son Roxas pero que le siguen en la historia, han sido honrados con cargos públicos que no pudieron alcanzar peninsulares tan modestos como ilustrados; esa política de atracción es tanto más funesta cuanto representa un vejamen modestísimo para nosotros y un insulto a nuestra dignidad personal (Castillo, 1897:75-76).
La inquina que reflejan esas palabras revela el recelo que provocaba entre los círculos coloniales menos proclives a los cambios la implicación de hombres como Pedro P. Roxas en tareas de gobierno, temiendo que la participación de criollos y mestizos pudiera poner en peligro la posición de los peninsulares. Quizás ello pueda ayudar a comprender que Roxas fuera considerado tan fácilmente sospechoso de apoyar la revolución contra el régimen colonial.
Vemos, de tal forma, cómo los dos primos Roxas estaban a mediados de la década de 1890 en la cúspide de su carrera empresarial y familiar, con una sólida posición dentro de la sociedad filipina y muchos sueños y proyectos de futuro. Sin embargo, en 1896 todo cambió y en unos breves meses verían alterada para siempre su vida y todo lo construido.
LOS DOS PRIMOS ANTE LA REVOLUCIÓN FILIPINA DE 1896
Los rumores de que se estaba gestando una insurrección en Filipinas llevaban ya circulando desde fechas antes y se habían tomado medidas al respecto. Se había creado un Cuerpo de Vigilancia de Manila que controlaba estrechamente los movimientos de numerosos filipinos y criollos sospechosos de poder apoyar la independencia frente al régimen colonial o de pertenecer a la masonería antes de la rebelión. Este órgano elaboró un documento titulado “Relación de detenidos por complicidad, de deportados, de afiliados a la masonería, de tildados de separatistas, de sospechosos, de laborantes, de filibusteros, de personas a quienes debe detener la correspondencia, de individuos que componen las Juntas en el extranjero y de los masones afiliados a las logias Luz de Oriente, Modestia y Liga Filipina”, que sirvió de base para saber a quién se debía vigilar o detener en caso de nuevos indicios.8 La Guardia Civil Veterana distribuyó también una lista de sospechosos de masonería, en la que se incluía a Pedro P. Roxas y a Francisco L. Roxas, así como a personas cercanas a su familia y socios en sus negocios y a figuras destacadas de la sociedad filipina como eran Jacobo Zóbel de Zangróniz, Vicente D. Fernández, Manuel Abella, Ángel Azcárraga, José Basa, Joaquín Fabié, Bautista Lim, Trinidad Pardo de Tavera, Rafael del Pan, Alejandro Reyes, Mariano, Marcelo y Cipriano del Rosario, José Rizal, Faustino Villarroel, Francisco Chuidian, Felipe Buencamino o Felipe Agoncillo.9 Se estableció así un estrecho cerco de vigilancia sobre los sospechosos, informándose de las reuniones que tenían, con quién se veían, a dónde iban, o cualquier maniobra que despertara el menor recelo.10 En ese ambiente, se hizo notar que Jacinto Limjap, vecino inmediato de Pedro Roxas en la Calzada de General Solano, “había abierto de manera sigilosa unas puertas que daban a un callejón que desembocaba en el río, siendo fácil y oculto el acceso desde el mismo”, lo cual provocó que se estableciera vigilancia sobre la finca y la familia Roxas.11
El caso de Francisco Roxas
De igual manera, pero con consecuencias más dramáticas, se informó de que “un rico propietario, naviero y comerciante de esta capital, “hijo del país”, consejero de Administración y vocal de varias corporaciones oficiales”, esto es, Francisco L. Roxas, “se sospechaba que hacía negocios en el contrabando de armas, vendiéndolas de un modo sigiloso a individuos de las provincias de Batangas, Camarines, Bulacán y otras”. Se le consideraba “como muy desafecto a España y quizás en inteligencia con otros individuos sospechosos de estar insertos en las sectas masónicas y de trabajar en la propaganda separatistas”. Se documentaba, como indicio de delito, la inadecuación de vestimenta y de su conducta –sospechosa de oscuras intenciones- en una ceremonia social. Así, se señalaba que en una boda a la que asistían “las más distinguidas familias de la capital vistiendo los hombres traje de etiqueta” Francisco Roxas se presentó “de pantalón de lanilla oscuro, chaleco de la misma clase y chaqué de alpaca, como menospreciando la reunión”. No contento con ello, pasó la velada preguntando a un militar amigo sobre las fuerzas españolas presentes en Manila y en Cavite y las armas de las que estaban dotadas. Esas preguntas se consideraron tan graves que llevaron al inspector jefe del Cuerpo de Vigilancia a sospechar que Francisco Roxas debía saber algo de transcendencia que no había tenido el valor de descubrir a las autoridades, por lo que solicitó autorización para detenerle e interrogarle.12
En Manila se habían extendido también rumores, probablemente intencionados para conseguir adeptos en círculos más amplios, de que Francisco Roxas apoyaba al Katipunan. Luego se contó que la acusación se basó en que uno de los líderes de esa organización, Benedicto Nijaga, le pidió ayuda financiera para la causa, una situación habitual de los independentistas con la élite criolla adinerada. Francisco Roxas alegó en su defensa de esos cargos que se negó a hacerlo y amenazó con denunciar a la sociedad si persistían en ese intento. Esa amenaza molestó a Andrés Bonifacio, Pio Valenzuela y Emilio Jacinto, por lo que los tres decidieron elaborar documentos falsos enumerando una lista de ilustrados y hombres de negocios, entre ellos Francisco Roxas, Antonio Salas, Juan Luna, Antonio Luna, Ambrosio Rianzares Bautista y José Albert, en una acción que fue aprobada durante una reunión de la Cámara Negra, órgano secreto delKatipunan, en julio de 1896 (Araneta, 2010: 37-38). En aras de la prudencia, el Fiscal General Castaños ordenó el arresto de Francisco Roxas para ser sometido a interrogatorio y comprobar la veracidad de las acusaciones.
La crónica de su arresto ha quedado narrada en la obra de su primo Felix Roxas, el cual explicaba cómo aquella noche, después de cenar en casa de Pedro Roxas, pasó por la vivienda de Francisco, que encontró muy iluminada. Al entrar en el zaguán, vio a tres miembros de la Guardia Civil Veterana. Retrocedió y se encontró con María Vicenta, la hija de 17 años de Francisco, que le informó de que su padre estaba siendo arrestado. Felix tuvo aún tiempo de avistar cómo se lo llevaban en un carruaje. Avisó rápidamente a Pedro Roxas y a otros amigos del círculo más cercano que también podrían verse afectados (Roxas, 1970, “The arrest of Francisco Roxas”:120-121; Araneta, 2010: 38-40). Comenzaba a cundir el temor ante la rapidez y la arbitrariedad de las detenciones, basadas a veces en simples rumores.
Inmediatamente la familia y los amigos se movilizaron. El gobernador general Blanco, del cual Francisco era asesor y a quien también se le ha atribuido ser miembro de la masonería, llamó directamente al militar que había arrestado a Roxas con orden tajante de que ningún consejero de su Administración fuera conducido al Fuerte Santiago sin su autorización, consiguiendo al menos que Francisco fuera interrogado en los cuarteles de la policía. Gregorio Araneta y Soriano, yerno de Rosa Roxas, una prima de Francisco, se encargó inicialmente de su defensa, pero, al estar Francisco Roxas acusado de sedición y traición, la causa fue llevada ante una corte militar, lo cual exigía un defensor militar, por lo que el abogado de la familia se tuvo que limitar a labores de apoyo.
En esos tiempos de sospecha y rumores, el inspector jefe del Cuerpo de Vigilancia, Federico Moreno, citando expresamente los casos de Francisco Roxas y José Rizal, ambos en prisión en espera de juicio, recomendó darles un castigo ejemplar para evitar otras acciones contra el régimen colonial:
Circulan rumores por la Capital, aumentados seguramente por los que vienen de los pueblos y de las provincias limítrofes, que si alguno de los más importantes individuos que se hallan presos por los sucesos actuales, entre ellos José Rizal y Francisco L. Roxas, son sentenciados a muerte por los consejos de guerra, los indios sus paisanos de esta y otras provincias que están a la expectativa del desarrollo de los acontecimientos se levantarán en armas, lanzándose al campo y pasando a engrosar las filas de los rebeldes… En mi pobre opinión, estimo ser de necesidad realizar un ejemplar castigo en los principales promotores de la rebelión actual contra la integridad del territorio español sin que arredre a ello las pueriles amenazas de unos cuantos insensatos que propagan semejantes ideas para mejor lograr sus fines perversos.
Dado el conocimiento y experiencia que tengo del país, de los trabajos preparatorios de la actual rebelión y del desarrollo de los tristes sucesos… como opinión personalísima me permito hacer presente a V.S. que será una gran desgracia para estas islas si el individuo José Rizal no sufre la más terrible de las penas, en la ocasión presente, purgando de este modo sus grandes delitos de haber sido bandera de la rebelión, encarnación del separatismo filipino y semi-Dios de los indios, rebeldes los muchos y simpatizantes los más, de la criminal idea del exterminio de la civilización europea en este país, al que la madre Patria con una generosidad sin límites ha concedido todos los mayores derechos de que están en posesión los países civilizados de la Europa y la América.13
Es un texto largo, pero representativo de cómo muchos españoles de la época veían la revolución filipina de 1896, no como una legítima aspiración de independencia, sino como una traición a España sin paliativos. Convencidos de las bondades civilizatorias de la acción colonial para los filipinos, no supieron distinguir entre las distintas opiniones de la población ante la revolución, ni advertir la postura de aquellos que, aspirando a una futura autonomía y a un modelo de gobierno alternativo al español, no apoyaban la acción violenta ni el liderazgo de los katipuneros, y esperaban alcanzar sus fines de manera pacífica. Se detuvo y encausó a todos los sospechosos de poder apoyar la rebelión, sin distinciones. Se cerró cualquier vía al diálogo y la negociación, excepto la deposición de las armas y la aceptación del fin de la revolución. El objetivo era acabar con la rebelión a toda costa. Sin matices.
En ese ambiente, a pesar de todas las gestiones que sus familiares y amigos realizaron para conseguir su liberación; a pesar de las buenas conexiones de Francisco, amigo de Ramón Blanco y del sucesor de éste, Valeriano Weyler y de su esposa, la marquesa de Tenerife, así como del marqués de Ahumada, segundo cabo del gobernador general de Filipinas a comienzos de los años 1890 y padrino de su hijo más joven, Javier; a pesar de los intentos de la familia de su mujer, los Elio, desde la Península; y a pesar de las declaraciones de inocencia de Francisco, nada pudo hacerse (Araneta, 2010: 39). Después de cinco meses en prisión, el tribunal militar que le juzgaba le declaró culpable de las acusaciones de traición y sedición. Fue fusilado en Luneta en la mañana del 11 de enero de 1897, junto a otros doce hombres, conocidos como los trece mártires de Bagumbayan. No todos eran miembros del Katipunan, ni tampoco todos formaban parte de la masonería. En propia placa de conmemoración que la National Historical Commission of The Philipinnes colocó en el lugar de los fusilamientos se señala públicamente que Francisco Roxas no era masón, a diferencia de los demás fusilados aquel día. Pero todos fueron declarados culpables de alentar la rebelión contra España y condenados a muerte (Figura 2).
Figura 2. Placa histórica instalada por el National Historical Institute en Rizal Park para conmemorar a los fusilados en aquel acto

Tras la ejecución de Francisco, su viuda, María Elio de Roxas, y sus seis hijos, con todos sus bienes embargados, prefirieron dejar las islas y partir al exilio, rumbo a Francia. La familia partió en abril de 1897, a bordo de un vapor francés de Messageries Maritimes. Pasaron por Marsella y Toulouse antes de asentarse en San Juan de Luz, arropados por la familia Elio, y en especial por Salvador, el padre de María- y por otros refugiados de Filipinas que vivían en Francia en ese momento, como Pedro P. Roxas y Severo Tuason, que acudieron a recogerles y les visitaron con frecuencia (Araneta, 2010: 39-42; Roxas, 1970, “The odyssey of the Roxas Family”: 122-123).
El caso de Pedro Roxas
En las confusas semanas que siguieron al inicio de la revolución, con rumores y acusaciones circulando por calles y despachos, se dijo que Pedro Roxas apoyaba las ideas separatistas, que había comprado fusiles para los rebeldes que ocultaba en los almacenes en la fábrica de San Miguel y desembarcaba por las noches en el estero del río Pasig. Varios testigos declararon, además, que pertenecía a la Liga Filipina de José Rizal o al Katipunan de Bonifacio y Aguinaldo (Santiago, 1952: 8). Hacía tiempo que el Cuerpo de Vigilancia de Manila le tenía bajo estrecha vigilancia y el propio jefe de ese servicio, el inspector Federico Moreno, denunció que mantenía correspondencia con Aguinaldo y las cartas le comprometían grandemente y demostraban que no había sido ajeno a los “manejos de los filibusteros ni a la preparación y desarrollo de la actual insurrección”.14
Como Pedro Roxas sabía de las detenciones que se estaban produciendo, y en especial de la de su primo Francisco, y temiendo que le ocurriera algo similar, organizó una rápida marcha de Filipinas para un descanso indefinido en Europa, justificado por problemas de salud. Su pasaporte de salida lo firmaron el gobernador general, Ramón Blanco, y el auditor de Guerra, Francisco de la Peña. Es decir, no huyó perseguido por la justicia, sino que salió legalmente del archipiélago con la autorización de las autoridades coloniales, antes de ser reclamado por la justicia (Fernández, 1918: 45). Sin embargo, su precipitada partida multiplicó las críticas a la tibieza del gobernador ante la revolución, esta vez por la marcha de Roxas, y motivó la orden del ministerio de Estado para que Roxas fuera vigilado por los cónsules o vicecónsules españoles en los puertos en los que desembarcara en su travesía hacia Europa.
El 3 de septiembre de 1896, Pedro Roxas partió de Manila en el vapor Isla de Panay, el mismo barco en el que viajaba José Rizal rumbo a las Antillas para ejercer allí como médico, lo cual le conduciría a su detención al llegar a Barcelona, acusado de alta traición, por lo que fue devuelto a Filipinas, encausado, condenado y fusilado poco después, tal como ya hemos apuntado. Pedro escapó a ese destino al desembarcar en Singapur el 8 de septiembre, apoyándose en una crisis nerviosa sufrida a bordo. El cónsul en Singapur, Luis Villar Peralta, había recibido ya la orden de vigilar a Roxas, temiendo que preparara un envío de armas a Filipinas. Se le había indicado, además, que, si era necesario, pidiera ayuda a las autoridades coloniales británicas, que ya estaban avisadas del caso.15 Villar siguió las instrucciones recibidas, e informó de los movimientos de Roxas y de sus contactos con Antonio del Rosario, un portugués residente en Hong Kong, con un británico llamado Sloan y con diversos abogados.16 De igual forma, dio orden a los vicecónsules de la zona de mantener una estrecha vigilancia si se dirigiera a otro puerto.17
Consciente de la situación que le cercaba, Pedro Roxas decidió proseguir viaje a Europa, donde le sería más fácil pasar desapercibido. El 21 de octubre partió de Singapur a bordo del vapor Natal, un buque de las Messageries Maritimes francesas sobre el que los españoles no tenían jurisdicción.18 El Gobierno español, que había decretado el embargo de sus bienes para evitar que pudiera utilizarlos en su huida o para ayudar a los revolucionarios, advirtió a las autoridades de los distintos puertos por donde pasaría el barco de la presencia a bordo de un peligroso filibustero a quien deseaban impedir cualquier acción que pudiera respaldar la revolución en Filipinas. Instó también a los cónsules españoles a vigilarle e impedir que enviara armas, así como a solicitar ayuda a las autoridades del lugar si era necesario prenderle. Escribió además a los embajadores españoles en Londres y en París para que recabaran el apoyo de los gobiernos de sus respectivos destinos y autorizaran la solicitud de embargo de las cuentas de Roxas en esos países, una cuestión en la que las autoridades de cada lugar afirmaron no poder intervenir.19
La siguiente escala de Roxas fue Colombo. En Londres, el embajador de España en la capital británica, Emilio Alcalá-Galiano, conde de Casa Valencia, había hablado con Lord Salisbury, quien le aseguró que el secretario de Estado para las Colonias telegrafiaría a Colombo dando órdenes para que vigilaran a Pedro Roxas.20 A pesar de esas medidas, el vicecónsul español en Colombo, que era honorario y solo hablaba inglés,21 no detectó a Roxas ni dejó constancia de su paso por la ciudad. Sin embargo, Roxas se embarcó allí en el Polynésien, un nuevo barco de las Messageries Maritimes francesas procedente de Australia, con destino a Marsella.
La situación más insólita del viaje se vivió en Port Said, donde el ministerio de Estado solicitó al cónsul español, Antonio de la Corte, que no solo le vigilara, como en anteriores escalas, sino que procurara detenerle y embarcarle en un vapor de la compañía Transatlántica que también hacía escala en ese puerto, a fin de devolverle a Filipinas y ponerle a disposición del gobernador general y de los tribunales de justicia del archipiélago, en los que era reclamado y donde se le debía juzgar.22 De la Corte solicitó permiso al gobernador británico de la plaza para detenerle en la calle en cuanto desembarcara, pero éste le manifestó que no podía permitir que los diplomáticos extranjeros hicieran prisioneros en la vía pública, sino que debía ser la policía británica la que efectuara la detención. A tal fin idearon un dispositivo con espías incluidos y una rocambolesca puesta en escena a través de tiendas y un café de El Cairo, que luego fue narrada por los que quisieron detenerle. La maniobra salió mal y Roxas pudo escapar y volver a embarcar rápidamente en el buque francés. Ya no se movió de él hasta llegar a Francia.23
Mientras transcurría el viaje, el cónsul francés en Manila, Gabriel de Bérard -que sin duda conocía a Pedro Roxas de numerosas ceremonias en Manila-, informó a su Gobierno del papel que Roxas que había desempeñado en la revolución. Si bien en los inicios de sus informes le presentaba como un criollo distinguido,24 miembro de las élites económicas de Manila, pronto pasó a considerarle, junto a Gonzalo Tuason y Jacobo Zóbel, como parte del grupo de mestizos que habían sido líderes del movimiento independentista, pero habían evitado comprometerse con la revolución: “Todos poseen riqueza considerable y desean preservarla. Solo después del éxito de la conspiración podrán recibir los frutos de las operaciones clandestinas cuyo crecimiento hayan favorecido clandestinamente” (Informe del cónsul Bérard al ministro de Asuntos Exteriores, 26 de agosto de 1896, en Nardin, 2004: 114). Esa creciente racialización de su discurso fue aumentando según supo más de su partida de Filipinas y de las acusaciones que se estaban realizando en su contra en Manila. El 5 de septiembre de 1896, solo dos días después de partir de Manila, Bérard explicaba a su gobierno que Pedro Roxas era “el propietario mestizo más rico de las islas” y se le señalaba como un posible miembro del gobierno de una futura república de Filipinas.25 A fines de ese mes, Bérard calificaba ya a Roxas como un “indígena” implicado en la revolución, que conocía dónde estaban los fusiles que se utilizaron en el levantamiento contra el régimen colonial y sería “designado como presidente del gran consejo de la futura república de Filipinas”.26 El Gobierno francés estaba ya advertido, por tanto, de la significación que en esos momentos se le daba a Roxas.
En esa situación, las autoridades españolas pidieron ayuda a las francesas para cuando Pedro Roxas llegara a su territorio. El embajador en París, Fermín Lasala, Duque de Mandas, solicitó la colaboración del ministro de Exteriores francés, que se comunicó a su vez con el de Interior para que este ordenara el seguimiento a la Sûrete Nationale, que era la responsable de la seguridad de las personas en las provincias.27 El prefecto de Bouches-du Rhône, encargado de la llegada de los extranjeros, informó del interrogatorio al que fue sometido Roxas al entrar en el puerto. En él, a través de su hijo, que le acompañaba en el viaje y actuó como intérprete, Roxas enseñó la autorización para ausentarse de Filipinas durante ocho meses por motivos de salud; negó saber nada de la revolución, ni tener noticias de la situación actual del archipiélago; manifestó también que sabía que los periódicos españoles le estaban señalando como uno de los instigadores de la revolución, pero afirmó que eso no era cierto y que el Gobierno español no había podido formular ninguna acusación consistente en su contra. Reclamó, por tanto, que era libre para moverse, e informó de su intención de partir al día siguiente para París, donde se alojaría en casa de Ramón Abarca, en la rue Milton 19, por si se necesitaba contactar con él.28El prefecto no vio razón alguna para detenerle, por lo que le dejó marchar. Mientras estuvo en la ciudad, Roxas fue vigilado, además, por el comisario especial de Marsella, que explicó detenidamente todos sus pasos hasta que partió para París,29 y por el cónsul español en Marsella, que también siguió todos sus movimientos.30
Al llegar a la capital francesa se prosiguió el seguimiento de Roxas. Los agentes encargados no detectaron nada sospechoso y tiempo después indicaron que no creían útil seguir vigilándole.31 Sin embargo, a fines de noviembre de 1896, y de nuevo a principios de 1897, el ministerio de Exteriores insistió en que pese a todo debían continuar con esa labor, debido a que la situación de Filipinas se había agravado.32 No obstante, las pesquisas no dieron resultado alguno y no se comunicó ningún detalle sustancioso respecto a la estancia de Pedro Roxas en París en aquellos primeros meses de exilio, por lo que finalmente se desistió de esa vigilancia.
Roxas quedó al fin libre para moverse por Francia y rehacer su vida. Pero antes tendría que defenderse de las acusaciones que la Justicia española mantenía en su contra. Se negó a acogerse a los indultos que el Gobierno ofreció el 17 de mayo y el 17 de junio de 1897 a los insurrectos que depusieran su actitud. Eso le hubiera permitido regresar a Filipinas y acabar con el embargo a sus bienes. Pero no quiso reconocer las acusaciones de alta traición al rey y asociación ilícita por suponérsele uno de los principales promotores de la revolución y dirigente de las organizaciones que se alzaron en armas. Roxas afirmó que las acusaciones eran falsas y prefería someterse a los tribunales españoles para poder defender su inocencia.
Francisco Romero Robledo, un político de gran significación en la Restauración española, intervino a su favor. El 1 de junio de 1897 pronunció un encendido alegato en defensa de Roxas en el Congreso de los Diputados. Semanas antes, en la primavera de 1897, se había encontrado con Pedro Roxas en el sur de Francia (Roxas, 1970: “Romero Robledo’s visit to France”: 140-142). Ambos pertenecían a los mismos círculos coloniales con intereses en Cuba y en Filipinas, mantenían negocios con las mismas empresas de Londres -Zuluaga, Larrinaga, Lizardi, Murrieta- y tenían una estrecha relación con Ezequiel Ordoñez, íntimo amigo de Pedro Roxas en Manila y socio en algunos negocios, y, a su vez, consuegro de Romero Robledo y subsecretario del ministerio de Ultramar siendo aquel ministro del ramo. En su discurso en las Cortes, Romero Robledo defendió la colaboración de Pedro Roxas con la Administración colonial; subrayó los muchos autos de prisión injustos que en esos días se sucedían en Manila contra personas muy reconocidas y que justificaron la salida de Roxas de Filipinas con la aprobación del gobernador general, el arzobispo de Manila y la Junta de autoridades; y negó la veracidad de las acusaciones. Por ello reclamó ante el Congreso de los Diputados que se refutaran las causas judiciales contra Pedro Roxas, se reconociera su inocencia y se restituyera su honor.33
Meses más tarde, el gobernador general de Filipinas, Miguel Primo de Rivera, anunció por Decreto de 14 de marzo de 1898 que el juez instructor del caso, José Piqué Castelló, había comunicado a Enrique Brias de Coya, apoderado de Pedro Roxas en Manila –donde se desarrollaron el pleito y el juicio-, que de acuerdo con el dictamen del auditor general se sobreseía definitivamente la causa, sin declaración de responsabilidad y con todos los pronunciamientos favorables al procesado, de acuerdo con el artículo 536 del Código de Justicia Militar, y se levantaba el embargo de sus bienes.34 El instructor del caso dejó claro que su inocencia había quedado demostrada por haberse desvanecido los cargos que se le hicieron. Los acusadores se retractaron de sus aseveraciones de cargo, declarando que “en realidad no tenían ningún dato real en contra Pedro Pablo Roxas, que no habían mantenido con él relaciones de ningún género, que no lo habían visto en ninguna junta ni sesión de la Liga Filipina, que no sabían que hubiera prestado el menor auxilio ni ofrecido prestarlo a los separatistas, y que ni aún lo conocían”. Las acusaciones habían sido, por tanto, decía el instructor, “calumnias motivadas por la envidia de unos y por el deseo de otros de asegurar que la causa de la revolución estaba apoyada por hombres de la significación pública de Pedro Pablo Roxas…” que “por su cargo oficial y por su significación social podía dar importancia al separatismo y arrastrar adeptos en gran número”.35
Pedro Roxas era ya libre de retomar su vida. Sin embargo, no volvió a Filipinas, sino que decidió permanecer en Francia mientras en Manila se ocupaban de sus negocios su familia y sus apoderados. Tampoco estaba claro en ese momento qué iba a ocurrir en Filipinas. Si bien la revolución se había sofocado y en diciembre de 1897 se había firmado el Pacto de Biac Na Bato con los líderes de la revolución, pocos meses después, el 20 de abril de 1898, Estados Unidos había declarado la guerra a España por Cuba. Sin embargo, el primer acto de guerra se produjo el 1 de mayo de 1898, solo 11 días después de declararse el conflicto, con un ataque a la flota española en Cavite, en el corazón de la bahía de Manila, lo cual extendió el conflicto al archipiélago filipino. Durante la Guerra Hispano-americana, los revolucionarios filipinos decidieron sumarse a los estadounidenses en la lucha contra los españoles, esperando que con ello se acabara con el régimen colonial y pudieran alcanzar la independencia. En ese ambiente, en mitad de las batallas, el 12 de junio de 1898 Emilio Aguinaldo, líder de la revolución, proclamó la primera República Filipina, organizó un gobierno y ordenó comenzar a redactar una Constitución que sería aprobada en Malolos en enero de 1899. No obstante, nada de eso fue reconocido ni por españoles ni por americanos. Estados Unidos infringió una severa derrota a España en todas las colonias, por lo que se convocó una conferencia en París donde se negociaron los términos de la paz. En ella los americanos no aceptaron la presencia de los filipinos, decididos a hacerse con todo el archipiélago. El resultado fue el Tratado de Paz de París de 10 de diciembre de 1898, por el que Estados Unidos se anexionó Cuba, Puerto Rico, Filipinas y la isla de Guam. Los filipinos siguieron aspirando a la independencia, pero tendrían que esperar mucho más para conseguirla.
En ese proceso, Pedro Roxas tuvo de nuevo algún protagonismo. Al saberle en París, y conociendo sus buenas conexiones, Emilio Aguinaldo, además de solicitarle ayuda para comprar armas Mauser y Remington en la lucha que aún mantenían en las islas, le solicitó que se incorporara al Comité Central Filipino en París y que defendiera en esa capital las aspiraciones de los filipinos en las negociaciones de paz (Ocampo, 1994: 223 y 80-81; Agoncillo, 2006: 310-312; Kalaw, 1925: 118; Mahajani, 1971:71; Fernández, 1971).36
No sabemos de las posibles conversaciones que Roxas pudo tener con los componentes españoles de la comisión negociadora. Sí ha quedado constancia, sin embargo, de una entrevista que mantuvo con uno de los miembros de la comisión americana, el senador Cushman K. Davis, de Minnesota, para tratar del futuro de Filipinas Ocampo, 1994: 93). Lo hizo, según contaba su primo Felix Roxas, “entendiendo la necesidad de que cualquier filipino responsable ofreciera sus servicios a su país”, lo cual resaltaba, en su opinión, “el patriotismo de un hombre de naturaleza reservada, que, sin vacilaciones, adoptó una línea de acción después de una meditada consideración” (Roxas, 1970, “The Slur on a Filipino Patriot”: 177-179). Esa entrevista le dejó, no obstante, al margen de futuras iniciativas. Cuando, después de la firma de la paz entre españoles y americanos, Aguinaldo incluyó a Pedro Roxas en una delegación que debía viajar a Washington para defender las posiciones de los filipinos, tanto Felipe Agoncillo como Antonio Regidor decidieron dejarle fuera de la delegación por desconfiar de su posición. Les habían llegado noticias de que Pedro había comunicado a las autoridades estadounidenses que había muchos filipinos que no deseaban la independencia, sino que preferían algún tipo de autonomía similar a la que gozaba Australia respecto a Gran Bretaña.37 Eso le convertía en sospechoso de apoyar una anexión de Filipinas a Estados Unidos, por lo que le apartaron de puestos de mayor representación institucional filipina.
Tras esa fallida representación y la desilusión consecuente, Pedro Roxas se apartó de la vida pública, dedicado desde entonces a sus negocios desde París y a una intensa vida social con otros exiliados, filipinos y de otras nacionalidades, en la capital francesa, en Burdeos y en San Juan de Luz, hasta el momento de su muerte en París, el 12 de febrero de 1912.
CONCLUSIONES
Las desventuras de estos dos primos criollos, de origen peninsular pero arraigados en Filipinas y con un mestizaje importante en sus familias, durante la revolución de 1896 y la guerra hispano-norteamericana plantean varios interrogantes, algunos de los cuales se aclaran en el artículo, mientras que otros se mantienen abiertos.
Está claro que tanto la revolución como la guerra tuvieron efectos demoledores en la vida de ambos personajes, como lo tuvieron en su entorno social y en muchos de los grupos de población que componían la sociedad filipina. Rompieron su vida familiar, social, económica y política para siempre. Las causas abiertas contra ellos por los españoles acabaron en un fusilamiento fulminante en lo más crudo de la revolución, en un caso, y en un sobreseimiento por falta de pruebas, tras un precipitado exilio y muchos meses de procesos y testimonios, en los que no faltaron presiones de personas muy destacadas en la vida política española de la época, en el otro.
Queda claro también quiénes fueron esos personajes y su relevancia económica y política en la sociedad filipina, así como la influencia de los criollos en el desarrollo de Filipinas en el siglo XIX y las transformaciones de los distintos grupos de la población filipina, orientados en el fin de siglo hacia un modelo alternativo al español, que no quedaba claro todavía cuál debía ser, ni estaba consensuado entre todas las partes, lo cual tuvo una importancia decisiva en el desarrollo y desenlace de la revolución.
¿Pudieron los sectores representados por Francisco y Pedro Roxas apoyar esa revolución? ¿Qué futuro deseaban realmente para Filipinas? Frente a las acusaciones recibidas, las resoluciones de las causas demuestran que los dos personajes estudiados negaron su apoyo a la revolución y a los grupos que la habían originado, así como su pertenecía a la masonería, a la Liga Filipina promovida por José Rizal, o al Katipunan liderado por Andrés Bonifacio y Emilio Aguinaldo, causante finalmente del estallido de la revolución.
Sin embargo, otros indicios indican que hacía muchos años que ambos estaban comprometidos con el desarrollo de Filipinas, contribuyeron a su progreso y respaldaron la petición de mayores derechos e igualdad entre insulares y peninsulares. Existía una tradición familiar de fuerte compromiso a favor de las reformas y la afirmación de las capacidades de los nacidos en el país. El abuelo de Pedro, Domingo Roxas, había compartido las aspiraciones esgrimidas en varias de las revueltas de los años 1820-1840, y había muerto preso en Fort Santiago por defender esos ideales de mayor libertad e igualdad. Su padre, José Bonifacio, apoyó las acciones del Comité de Reformadores en los años setenta. Su madre, Juana de Castro, fue conocida por sus ideas progresistas. Ellos mismos pertenecían a aquellas instituciones de asesoramiento político en los que los criollos tenían cabida, representando la voz filipina. Pelearon para mejorar las condiciones de aquellos con intereses económicos en Filipinas, por arraigar las empresas en Manila y por controlar desde allí los circuitos económicos. Todo ello les sitúa en un lugar concreto de la sociedad, aquel que deseaba cambios importantes para Filipinas y un mayor reconocimiento de las capacidades de su población, pero no necesariamente implica un apoyo a la revolución que estalló en 1896 contra el régimen colonial. Por otra parte, trataron y colaboraron con los grupos de población que fue necesario para sus actividades, bien fueran políticas, económicas o sociales, y bien fueran sus interlocutores naturales o “indios”, mestizos o chinos, extranjeros o fuerzas transnacionales. Vivían inmersos en la sociedad local que les rodeaba y a la que en parte pertenecían. Pero también tenían relaciones importantes en la Península, con peninsulares en Filipinas y con círculos muy internacionalizados. Sabemos que conocían y mantenían correspondencia con Rizal, con Aguinaldo y con otros “Ilustrados”, como los hermanos Luna, los Pardo de Tavera o los Paterno, y que en las visitas de Pedro a Madrid y Barcelona se entrevistó con miembros de “La Propaganda”. Se les había pedido ayuda económica (y quizás también de otro tipo) tanto para apoyar las reivindicaciones de los “Propagandistas” y de la Liga Filipina, en los años 1880 y 1890, como del Katipunan y de la revolución en el fin de siglo. Ambos negaron haber concedido esos apoyos. Habían sido acusados por sedición y traición y estaban sometidos a juicio. No podían hacer otra cosa que proclamar su inocencia.
Pero, ¿fue esa inocencia total y absoluta? Es ahí donde permanecen las dudas. Es posible pensar que tanto Francisco como Pedro Roxas, como las élites criollas y mestizas a las que pertenecían, coincidieran con algunos de los ideales defendidos por Rizal y por la Liga Filipina y con las ideas primigenias que animaron la revolución contra el régimen colonial. Probablemente compartieran las aspiraciones de un mayor autogobierno y control de los resortes de poder. Es muy posible que quisieran una negociación pacífica con los españoles, como de hecho reclamó Rizal, para cambiar el estado de cosas en Filipinas. Pero es más difícil creer en una implicación hasta las últimas consecuencias, o en el apoyo a una rebelión abierta contra las autoridades coloniales como la que estalló en aquellas fechas. Pensar que estaban dispuestos a perder el lugar que ocupaban en la sociedad colonial y arriesgar sus negocios por apoyar la revolución de 1896, y dejar así que fueran los hombres de Bonifacio o de Aguinaldo quienes controlaran las riendas de la nación, parece una posibilidad muy poco probable. Eran criollos, mestizos en realidad -aunque jugando siempre como criollos, con más peso social-, que tenían sus intereses arraigados ya en Filipinas, pero que conocían la situación de privilegio que gozaban en la sociedad y el valor de la estabilidad para sus negocios. Por eso parece coherente la conversación de Pedro Roxas con los americanos hablando de que algunos círculos preferían una autonomía bajo control estadounidense. Esa autonomía hubiera podido ser bajo influencia española también, siempre que se hubieran reconocido los derechos y la posibilidad de acción de los filipinos y que el control de la situación permaneciera en manos de los círculos que representaban, aunque estuvieran dispuestos a negociar y colaborar con todos los grupos de población de las islas. Los acontecimientos de la revolución y de la guerra hicieron que fuera de otra manera. Ambos primos pagaron cara su participación, no deseada, en ambas circunstancias. Uno con la muerte. Otro con el exilio y el abandono de Filipinas.
Finalmente, llama la atención el despliegue de medios empleados por el Gobierno español para detener y perseguir a una persona, a un criollo filipino, que al fin y al cabo no fue central en la planificación ni en el desarrollo de la revolución. En ese esfuerzo, el Gobierno metropolitano implicó a varios gobiernos extranjeros, a sus embajadas en París y en Londres y a una amplia red de cónsules y vicecónsules, todos pendientes y empleando recursos y dinero para seguir a Pedro Roxas. Ello indica el enorme temor tuvieron las autoridades coloniales españolas ante la influencia y los posibles movimientos de los criollos en la sociedad filipina, y lo mucho que estuvieron dispuestas a hacer para evitar que pudieran, siguiendo el ejemplo de los criollos americanos, alentar o protagonizar una revolución independentista contra el régimen colonial y ponerse al frente de un gobierno independiente.
FINANCIACIÓN
Este trabajo se realiza dentro del proyecto Encuentros transimperiales en Filipinas, PID2024-161892NB-I00.
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2 AGMS, FRR, fols. 191-193.
3 Microfilms de los documentos españoles en el Archivo Nacional de Filipinas sitos en la Biblioteca Tomás Navarro Tomás del Centro de Ciencias Humanas y Sociales, CSIC (Madrid), Negociado 5, 1888, Rollo 1138, Expediente sobre el excesivo número de inmigrantes que conducen los vapores que hacen la travesía entre China y este Archipiélago, Carta de José Reyes, Rafael Reyes y Francisco L. Roxas al gobernador general de Filipinas, 2 de septiembre de 1888.
4 AGMS-FRR.
5 Consejo de Administración de Filipinas: Real Decreto de 19 de Mayo de 1893 sobre reorganización de dicho cuerpo consultivo y reglamento interior del mismo, aprobado por S.M. En Digital Collection The United States and its Territories, 1870-1925: The Age of Imperialism. https://name.umdl.umich.edu/ask1024.0001.001. University of Michigan Library Digital Collections.
6 Archivo General Militar de Segovia (AGMS, Segovia), Sección 9ª, Caja 1562, exp. 12354, Fondo de Bienes Embargados, Rebelión Embargo, 1896, Expediente de embargo de bienes contra Pedro de Roxas y de Castro (en adelante AGMS, PRC).
7 Archivo Histórico Nacional (Madrid) (en adelante AHN), Ultramar, 5256, septiembre 1886, propuesta para conceder la Orden de Isabel la Católica a José Muñoz, Pedro Roxas, Manuel Ordóñez y Gonzalo Tuason: “Todos muy respetados y considerados en Manila”… “Sería una medida política muy bien recibida”.
8 Filipinas Heritage Library, Ayala Foundation Inc (FHL-AF), Manila. Archivo del Cuerpo de Vigilancia de Manila, “Relación de detenidos por complicidad, de deportados, de afiliados a la masonería, de tildados de separatistas, de sospechosos, de laborantes, de filibusteros, de personas a quienes debe detener la correspondencia, de individuos que componen las Juntas en el extranjero y de los masones afiliados a las logias Luz de Oriente, Modestia y Liga Filipina” A-10, 94 p. Consultado en los fondos Ayala-Zóbel-Roxas, doc. n. 51.
9 FHL-AF. Archivo del Cuerpo de Vigilancia de Manila, “Relación de las personas sospechosas de Masonería o Filibusterismo que tenían expediente abierto en la Comandancia de la Guardia Civil Veterana antes de estallar la insurrección”. A-1, doc. n. 188, leg. n. 6, 10 p. Consultado en los fondos Ayala-Zóbel-Roxas, doc. n. 48.
10 FHL-AF. “Correspondencia reservada del Ynspector Jefe del Cuerpo de Vigilancia de Manila al Gobernador Civil de Manila, relativa a la insurrección de las islas. Año 1896.” A-6. 267 p. Consultado en los fondos Ayala-Zóbel-Roxas.
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12 FHL-AF. Archivo del Cuerpo de Vigilancia de Manila, “Correspondencia reservada del Ynspector Jefe del referido Cuerpo al Gobernador Civil de Manila, relativo a la insurrección de las islas. Año 1896.” A-6. 267 p. “Sospechas sobre Francisco Roxas”, Inspector Jefe del Cuerpo de Vigilancia de Manila, Federico Moreno, al Gobernador Civil de Manila, 22 de agosto de 1896, pp. 63-66. Consultado en los fondos Ayala-Zóbel-Roxas de la Filipinas Heritage Library, doc. n. 50.
13 FHL-AF, Archivo del Cuerpo de Vigilancia de Manila, “Correspondencia reservada del Ynspector Jefe del referido Cuerpo al Gobernador Civil de Manila, relativo a la insurrección de las islas. Año 1896”. A-6. 267 p. “Sospechas sobre Francisco Roxas”, Inspector Jefe del Cuerpo de Vigilancia de Manila, Federico Moreno, al Gobernador Civil de Manila, 5 de diciembre de 1896, [no se ven las páginas.] Consultado en los fondos Ayala-Zóbel-Roxas, doc. n. 50.
14 FHL-AF. Archivo del Cuerpo de Vigilancia de Manila, “Correspondencia reservada del Ynspector Jefe del referido Cuerpo al Gobernador Civil de Manila, relativo a la insurrección de las islas. Año 1896”. A-6. 267 p. “Sospechas sobre Pedro P. Roxas”, Inspector Jefe del Cuerpo de Vigilancia de Manila, Federico Moreno, al Gobernador Civil de Manila, 4 de noviembre de 1896, pp. 192-193. Consultado en los fondos Ayala-Zóbel-Roxas de la Filipinas Heritage Library, doc. n. 50.
15 Archivo Histórico del Ministerio de Asuntos Exteriores, Madrid, España, (AMAE). Ultramar y Colonias, Filipinas, 1894-1899, H 2964, ministro de Estado a cónsul de España en Singapur, 13 de octubre de 1896.
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17 NAP, Sediciones y Rebeliones, 1884-1896, Comunicación n. 50 del cónsul interino de España en Singapur, Luis Villar Peralta al gobernador general de Filipinas, Singapur, 28 de octubre de 1896. Consultado en los fondos Ayala-Zóbel-Roxas de la Filipinas Heritage Library, doc. n. 25.
18 AMAE, Ultramar y Colonias, Filipinas, 1894-1899, H 2964, cónsul de España en Singapur, Luis Villar, a ministro de Estado, 23 de octubre de 1896.
19 AMAE, Ultramar y Colonias, Filipinas, 1894-1899, H 2964, telegramas varios del ministro de Estado a los embajadores de España en Londres y París y a los cónsules españoles en Singapur, Port Said y Marsella, 27 y 28 de octubre de 1896.
20 AMAE, Ultramar y Colonias, Filipinas, 1894-1899, H 2964, telegrama del embajador de España en Londres, Casa-Valencia, al ministro de Estado, 28 de octubre de 1896, e informe de Casa Valencia al ministro de Estado, n. 862, Política, 28 de octubre de 1896.
21 AMAE, Ultramar y Colonias, Filipinas, 1894-1899, H 2964, telegrama del ministerio de Estado a vicecónsul en Colombo, 28 de octubre de 1896.
22 AMAE, Ultramar y Colonias, Filipinas, 1894-1899, H 2964, ministerio de Estado a cónsul de España en Port Said, 27 y 30 de octubre de 1896.
23 AMAE, Ultramar y Colonias, Filipinas, 1894-1899, H 2964, ministerio de Estado a cónsul de España en Port Said, 27 y 30 de octubre de 1896; cónsul de España en Port Said al ministerio de Estado, 6 de noviembre de 1896; informe de José Marchesi al cónsul de España en Port Said y al ministerio de Estado, 5 de agosto de 1897.
24 Las cursivas son de la autora de estas líneas.
25 Archives du Ministère des Affaires Étrangères (AMAEP), Paris, Francia. Correspondence Politique des Consuls. Nouvelle Série, Espagne, Illes Philippines. NS 30, Philippines, 1896. Consulate de France aux Philippines. Direction Politique, n. XCIII, 5 de septiembre de 1896.
26 AMAEP, NS 30, Philippines, 1896. Consulate de France aux Philippines. Direction Politique, n. XCVI, 30 de septiembre de 1896; Consulate de France aux Philippines. Direction Politique, n. CII, 21 de octubre de 1896.
27 AMAEP, NS 30, Philippines, 1896. Nota sin fecha de la Embajada de España en París a M. Gauderan? (Interior); Telegrama del ministro de Asuntos Exteriores a Interior (Sureté), 8 de noviembre de 1896.
28 AMAEP, NS 30, Philippines, 1896. Informe del prefecto de Bouches-du-Rhône al ministerio del Interior, 9 de noviembre de 1896; Carta del ministro del Interior al ministro de Asuntos Exteriores, 14 de noviembre de 1896.
29 AMAEP, NS 30, Philippines, 1896. Informe del comisario especial de Marsella, 10 de noviembre de 1898.
30 AMAE, Ultramar y Colonias, Filipinas, 1894-1899, H 2964, Cónsul de España en Marsella al ministro de Estado, 8 de noviembre de 1896.
31 AMAEP, NS 30, Philippines, 1896. Nota del ministro de Interior al ministro de Asuntos Exteriores, trasmitiendo las noticias del director de la Sûreté Générale, 4º Bureau Police Génerále, 23 de noviembre de 1896.
32 AMAEP, NS 30, Philippines, 1896. Nota de Interior, sin firma, ordenando que continúe la vigilancia, 28 de noviembre de 1896. AMAEP, NS 31, Possesions d’Outre Mer, Philippines, 1897. Ministro del Interior a ministro de Asuntos Exteriores: “Conforme a su deseo, he dado instrucciones al Préfet de Police para que se continúe siguiendo a Pedro Roxas”, 4 de enero de 1897.
33Diario de Sesiones de las Cortes, 1 de julio de 1897: 2959-2967.
34 Decreto del Excmo. Sr. Capitán General. Manila, 14 de Marzo de 1898.
35Resoluciones recaídas en la causa que por rebelión y asociación ilícitas se formó contra Pedro P. Roxas y Castro con motivo de la insurrección que estalló en Filipinas a fines del año 1896 (1898).
36 Carta de Aguinaldo a Agoncillo, Bacoor, 7 de agosto de 1898: “Write to Pedro Roxas and Zarcal and tell them that if they cannot help me as I requested in the last letter which I wrote them, let them at least send Mauser and Remington ammunition, if they have patriotism. Furthermore, tell the said Roxas that I trust him and Don Juan Luna will aid the government and represent the same before the French Government”. En la carta se ponía de manifiesto que no era la primera vez que Aguinaldo y Roxas mantenían correspondencia.
37 Esto le fue revelado a Aguinaldo en una carta enviada por Agoncillo desde París el 22 de octubre de 1898, que se halla incluida en The Philippine Insurgent Records at the National Library: “Don Felipe did not reveal the source of his views and many have erroneously judged the actuations of D. Pedro, a deeply disappointed man, never returned to the land of his birth”.