Guerra Colonial. Colonialismo, procesos postcoloniales y relaciones internacionales

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El “Gran Juego” en Filipinas. Rivalidad interimperial y alianzas con los poderes nativos (1830-1880)

The “Great Game” in the Philippines. Interimperial rivalry and alliances with native powers (1830-1880)

Mikel Gómez Gastiasoro

Doctor en Historia, Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)*

Recibido: 02/09/2025
Aceptado: 28/10/2025

DOI: https://doi.org/10.33732/RDGC.18.130

Resumen

Desde el primer cuarto del siglo XIX el valor estratégico y económico del archipiélago filipino atrajo la atención de diferentes potencias imperiales. Las autoridades coloniales en Manila y el gobierno español en Madrid trataron de hacer frente a las presiones británicas, francesas y alemanas en un contexto de creciente conflictividad internacional y penetración europea en los mercados asiáticos. El avance colonial español en el sur del archipiélago filipino estuvo, en gran medida, impulsado por el temor a otros competidores imperiales. En este artículo partimos de este contexto general para tratar algunos eventos y casos de competencia interimperial ilustrativos, pero poco tratados por la historiografía. De esta manera, planteamos la hipótesis de la presencia y la expansión española en el Sudeste Asiático como la de una potencia de segundo orden acosada por el imperialismo informal de otras potencias.

Palabras clave
Filipinas, Imperialismo, Colonialismo, Guerra Colonial, Siglo XIX.

Abstract

From the first quarter of the 19th century, the strategic and economic value of the Philippine archipelago attracted the attention of different imperial powers. The colonial authorities in Manila and the Spanish government in Madrid tried to cope with British, French and German pressures in a context of growing international conflict and European penetration of Asian markets. The Spanish colonial advance in the southern Philippine archipelago was, largely, driven by fear of other imperial competitors. In this article, we start from this general context to discuss some illustrative events and cases that have received little attention in the historiography. In this way, we hypothesize that Spain's presence and expansion in Southeast Asia was that of a second-rate power beset by the informal imperialism of other powers.

Keywords
Philippines, Imperialism, Colonialism, Colonial Warfare, 19th century.

Esta obra está bajo una licencia internacional Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0. CC BY

INTRODUCCIÓN: IMPERIO INFORMAL Y COMPETENCIA INTERIMPERIAL

El imperialismo, como fenómeno complejo, ha sido y es analizado desde hace ya más de cien años tratando de averiguar sus orígenes, desarrollo y consecuencias. Lo fue en los trabajos fundacionales de John A. Hobson, de Vladimir I. Ulianov “Lenin” y todavía lo es en las obras más vanguardistas que se publican al respecto (Hobson, 1980; Lenin, 1999; Todd, 2021). Ahora, existen hitos en la evolución de los estudios sobre el imperialismo que, por su impacto en la producción posterior, destacan por encima del resto. Este fue el caso del célebre trabajo de John Gallagher y Ronald Robinson sobre lo que en su momento llamaron Imperialism of Free Trade (Gallagher & Robinson, 1953).

El desarrollo de tal concepto, hoy conocido como imperialismo informal,1 sirvió para prestar una mayor atención a aquellas zonas del mapa que, por decirlo de manera simple y llana, no aparecían coloreadas en rojo como parte de los dominios coloniales. Al interés por las campañas de conquista y el establecimiento de una administración colonial, le siguió un estudio de diferentes condiciones que, sin requerir una conquista expresa, suponían un control efectivo de un Estado sobre otro (Louis, 1976). La máxima de esta forma de imperio sería la siguiente: “el rechazo a la anexión no es prueba de la renuncia al control” (Gallagher & Robinson, 1953: 3).

Los flujos de capitales, los préstamos a gobiernos, la construcción y control de infraestructuras clave, el control de los flujos comerciales, de las condiciones de intercambio, las demostraciones de fuerza, la provisión de armas o asesoramiento militar, la presencia de una comunidad foránea poderosa, el prestigio cultural, la colaboración o cooptación más o menos forzada de una élite local, la externalización de costes ecológicos, etc. han sido estudiados y señalados como marcadores de ese imperio informal (Osterhammel, 1986: 297-299).

Uno de los apartados más interesantes y a la vez menos claros es el de la relación entre el imperio formal y el informal. ¿Qué motivó la existencia de uno u otro?, ¿y la transformación de uno a otro? Para responder a estas preguntas se ha señalado, fundamentalmente, a dos factores. El primero, el grado de desarrollo material y colaboración ofrecido por la élite nativa (Robinson, 1972). Si estos eran altos, no existía necesidad de emplear una gran fuerza para hacer valer los intereses de la potencia. No obstante, si esa élite era poco poderosa, inexistente o rechazaba la relación con los extranjeros, entonces una intervención militar y el establecimiento de una administración propia cobrarían sentido (Dillon, 2011). El segundo habría sido el grado de competencia interimperial en un territorio o región. La presencia de dos o más potencias podía conllevar la ocupación –casi preventiva– de un espacio con el objetivo de reclamarlo como propio y evitar la penetración de un rival en un territorio en disputa (Gallagher & Robinson, 1953; Onley, 2009).

El archipiélago filipino a mediados del siglo XIX ofrece, desde ambos puntos de vista, un escenario extraordinario. Por una parte, contamos con las frágiles y cambiantes alianzas entre los poderes musulmanes más o menos autónomos del sur y otras islas como Borneo, y las potencias coloniales. Por otro, a medida que el siglo fue avanzando, con la rivalidad entre Reino Unido, Francia, Países Bajos y España por garantizarse un territorio económicamente dinámico que sirviese como puerta de acceso a China. Ambos hechos se entrelazaron en una suerte de “Gran Juego” similar al desarrollado en Asia Central entre los imperios ruso y británico (Morrison, 2021).2

Así, la dinámica de alianzas y competencia entre imperios en este caso se presenta como una oportunidad. Una oportunidad para comprender el paso de una forma de control informal a una formal; y, también, como una oportunidad para señalar el amplio abanico de recursos, entre los que la conquista solo suponía una opción, empleados para asegurar un grado mayor de control sobre los poderes musulmanes del sur. Todo ello empuja a pensar en las Filipinas españolas como la posesión de una potencia en expansión en la región, sí, pero acosada por rivales más potentes dispuestos a emplear herramientas propias del imperialismo informal para minar la posición de su rival más débil. Para ello nos valdremos de la bibliografía más actualizada al respecto y también de fuentes primarias procedentes, fundamentalmente, de los fondos de “Filipinas”, “Exteriores” y “Ultramar” del Archivo Histórico Nacional (AHN) de España.3 De esta forma, presentamos un breve contexto para insertar al lector en el archipiélago filipino de mediados del siglo XIX y sus condicionantes geopolíticos. Tras esto, daremos cuenta de las presiones ejercidas por diferentes potencias imperiales para, después, emplear dos ejemplos poco estudiados que, sin embargo, ilustran la hipótesis principal del artículo: España actuó en las islas Filipinas como una potencia de segundo orden que, si bien pretendía su expansión, era muy consciente de las herramientas, propias del imperialismo informal, que sus competidores más directos emplearían para desplazarlo en la región. Ello, significó a la postre un intento de ocupación formal del territorio.

EL ESCENARIO FILIPINO

Existieron en Filipinas una serie de circunstancias que resultaron en la combinación de la necesidad de una expansión territorial y el recurso a medios informales para ello. Desde el siglo XVI la colonización castellana en las llamadas Islas de Poniente fue débil. El archipiélago estaba formado por un mosaico de islas, lenguas, religiones y entidades políticas. La escasa presencia de colonos, llamados castilas, debido a la enorme distancia que separaba las islas de la metrópoli y lo poco atractivo del destino, fue una constante durante todo el período de administración colonial española (Machuca, 2020).

A la reducida presencia de peninsulares, que apenas llegaban a controlar la zona de intramuros de Manila y otros fuertes militares, se le sumaba el protagonismo de otros grupos foráneos de relevancia en el archipiélago. Este era el caso los sengleyes, los chinos asentados en Filipinas en gran número, que ya se encontraban en las islas antes de la llegada de los castellanos y que de manera intermitente durante el período colonial representaron un problema para el mantenimiento del orden. Los conflictos entre los musulmanes y las tribus animistas también formaron parte del complejo escenario sobre el que asentaron los colonizadores (Machuca, 2020).

Al margen de la situación interna, el archipiélago y la autoridad española en él fue amenazado por piratas chinos, japoneses e incursiones neerlandesas durante el siglo XVII. La posición geográfica del archipiélago, junto a China y las islas de las especias, lo convertían en un punto intermedio del tráfico de mercancías, personas e ideas. Junto a las autoridades militares peninsulares también se establecieron órdenes religiosas –jesuitas, franciscanos y agustinos– dispuestas a difundir el catolicismo. Su avance en las islas Bisayas supuso un refuerzo del poder metropolitano, pero también la aparición de instancias de poder paralelas con las que Manila tuvo que dialogar (García, 2023).

Estas relaciones de poder múltiples entre las autoridades metropolitanas, los poderes musulmanes, las órdenes religiosas y las tribus nativas atravesaron momentos de tensión y cambio. El avance de la evangelización y la colonización en las islas de Luzón y las Bisayas en los siglos XVII y sobre todo XVIII se vio alterado en numerosas ocasiones por las incursiones piráticas4 de los sultanatos y jefaturas del sur del archipiélago (Crailsheim, 2017). A su vez, la intervención española en las disputas entre sultanes y nobles sureños, los dattos, fue aumentando. La participación de las órdenes religiosas y la población nativa en la lucha contra los poderes musulmanes fue un hecho destacado y, también, la muestra de una constante durante el resto del período de dominación español (Crailsheim, 2017).

El aumento de la conflictividad y el interés de potencias rivales de España por las Filipinas está ligado de manera estrecha a un giro económico en el archipiélago. Desde el comienzo de su colonización, este había funcionado como un puente entre China y las posesiones americanas de la Monarquía. Las Filipinas servían, de esta forma, para hacerse con manufacturas chinas con una alta demanda en los mercados americanos y europeos, como los tejidos de seda o las porcelanas. En dirección opuesta, la plata americana llegaba hasta el Imperio Celeste (Elizalde, 2020).

Durante la segunda mitad del siglo XVIII este flujo comercial se vio alterado por una demanda cada vez mayor de productos tropicales en China y en el continente europeo. Los cultivos de cereales como el arroz y otros como el café, el añil, el abacá o el azúcar que se hallaban en Filipinas comenzaron a cambiar la balanza comercial, convirtiendo al archipiélago en un interesante exportador (Elizalde, 2019). A esto habría que añadir la exportación de elementos de lujo o medicinales en Asia Oriental como el cohombro de mar, las aletas de tiburón, las perlas o los nidos de pájaro. Si bien la administración española seguía dependiendo del situado procedente de Nueva España, esta fuente de riqueza no pasó inadvertida, generando un renovado interés por la colonización de territorios sobre los que se poseía cierta autoridad y aun sobre los que no.

La profunda inestabilidad por la que atravesó España tras la culminación de los procesos de independencia en la América continental también afectó a Filipinas. Las sospechas de invasiones y rebeliones existieron, llegando estas últimas a producirse (García, 2023). A pesar de esto, la falta de una conciencia nacional entre la élite criolla y los problemas de las nuevas repúblicas americanas para concretar una expedición, permitieron la permanencia del poder español a pesar de la interrupción del envío del situado novohispano, pieza clave en el mantenimiento de la administración colonial. El dinamismo económico del archipiélago, de hecho, permitió que durante el primer tercio del siglo XIX la gobernación contase con mayores recursos, todo ello en un contexto de escasez e inestabilidad en la metrópoli.

El final de las guerras napoleónicas en Europa centró la atención de las potencias en los mercados americanos y en el control de nuevos territorios en África, Asia y Oceanía. De esta manera en las Filipinas convergieron una serie de características que convirtieron al archipiélago en un escenario propicio para las disputas interimperiales. De manera sintética, podemos describir las Filipinas como un espacio fragmentado, conflictivo, sin una autoridad capaz de imponerse al resto en su conjunto, con un renovado interés económico, geoestratégico y una presencia cada vez mayor de potencias extranjeras. Además, en ellas existían jefaturas y sultanatos musulmanes que trazaban alianzas con potencias europeas, pero también entre sí. No es de extrañar, por tanto, que, en un escenario de gran importancia, pero lejano y poblado tuviera lugar una forma de dominio informal, sí, pero visible a través del conflicto interimperial.

La posición de Filipinas como punto de cruce entre tensiones coloniales e interimperiales no ha sido investigada en su plenitud desde el prisma del imperialismo informal.5 Sin embargo, contamos con una serie de trabajos, algunos ya clásicos y otros más recientes, que se han aproximado a algunas de las cuestiones consideradas clave por los estudios del imperialismo informal. El caso de The Sulu Zone 1768-1898, la obra más referenciada del historiador James F. Warren resulta interesante porque, a pesar de ser su objeto de estudio el sultanato de Joló, a través de las transformaciones que sufrió su comercio exterior durante los siglos XVIII y, sobre todo, XIX, podemos apreciar la gran influencia británica que existió en el mar de Joló (Warren, 1981). Algunos textos resultados del proyecto “IMERLIB” (Imperialismo, Mercantilismo, Liberalismo) encabezado por las universidades Université Côte d’Azur y la Universitat Pompeu Fabra han ofrecido resultados interesantes respecto a esta cuestión, como el trabajo de Xavier Huetz de Lemps sobre la penetración comercial francesa en Filipinas, que chocó con el imperialismo informal británico en la región (Huetz de Lemps, 2021: 149). También cabe mencionar los resultados del proyecto “Los cónsules extranjeros en Filipinas y el mar de China, siglo XIX”, que relatan la forma de proceder de los diplomáticos extranjeros en Filipinas en favor de sus gobiernos, a menudo recurriendo a prácticas informales de persuasión que, a su vez, respaldaban actividades comerciales no oficiales (Elizalde, 2024). Otros trabajos se han encargado de investigar el papel de los tratados desiguales empleados por España como medio de control de las entidades políticas musulmanas del sur del archipiélago (Tremml-Werner, Poggio & López, 2024). Por último, señalaremos que la mayor parte de estos resultados han sido retomados como punto de partida para un nuevo proyecto dirigido por María Dolores Elizalde y Eberhard Crailsheim, participantes en este dossier.6

EL “GRAN JUEGO” EN FILIPINAS: RIVALIDAD, GUERRA Y ALIANZAS

Tras las guerras napoleónicas las diferentes esferas de influencia coloniales en el sudeste asiático comenzaron a chocar entre sí. Como gran vencedor del conflicto, el Reino Unido incrementó su presencia en la región con vistas a introducirse en China. En su camino, las islas Filipinas aparecieron como una conquista apetecible. Ya en 1814 las autoridades españolas de Manila comenzaron a recibir misivas británicas, avisando sobre su asentamiento en el archipiélago, sobre todo si la piratería no disminuía. A lo largo de todo el proceso de planteamiento y puesta en práctica de esta estrategia de expansión la presión internacional fue un elemento clave. A pesar de no ser un escenario directo del conflicto independentista del primer cuarto del siglo XIX, la situación en la península ibérica y América también había afectado a Filipinas, pues la debilidad de la real armada y la real hacienda había contribuido todavía más al aislamiento de la colonia asiática. En un contexto semejante, las amenazas creíbles de intervención británica o de una invasión independentista procedente de las costas del Pacífico americano eran consideradas con gran seriedad. A pesar de que una conquista británica pudiera parecer algo exagerada, no lo era su asentamiento en puntos del archipiélago no controlados por España. De manera resumida, los británicos advertían que su empeño por acabar con la piratería en el mar de Filipinas también establecería su autoridad sobre islas como Joló.7

El recurso a la lucha contra la piratería, como veremos, fue empleado por todas las potencias como medio para legitimar su presencia y justificar nuevas campañas coloniales. La piratería fue un elemento constitutivo de las relaciones entre España y otros Estados europeos en Asia, antes de que en el siglo XVII tuviera lugar la llamada “Edad de oro de la piratería” en el mar Caribe, la presencia de piratas chinos y malayos ya había moldeado la colonización de Castilla en el archipiélago filipino. La reciente obra de Kristie Flannery, Piracy and the Making of the Spanish Pacific World, muestra las complejidades del fenómeno en un laberinto comercial, étnico y religioso a lo largo de doscientos años desde la llegada de los castellanos (Flannery, 2024). El artículo de Eberhard Crailsheim en este mismo dossier da buena cuenta de su importancia para comprender la naturaleza de la relación entre España y los sultanatos del sur del archipiélago en el siglo XVIII. La preocupación por la modernización de las fuerzas militares asentadas en Filipinas y el temor a la alianza de los británicos con nobles musulmanes llevó en los años veinte a la toma de medidas. Como veremos, las herramientas de acción y persuasión naval, tan características del imperialismo informal en el siglo XIX fueron especialmente consideradas desde el consejo de ministros español y desde la capitanía general. En cualquier caso, el fenómeno de la piratería, tan complejo como el empleo de la misma palabra para referirse a una forma de raid o razzia, constituía un verdadero entramado de intereses cruzados que volvían casi imposible su erradicación.

De la misma forma que las autoridades de Manila sabían que comerciantes, militares españoles y súbditos nativos de las Bisayas se beneficiaban directa o indirectamente de los ataques piratas –mediante su participación en los mismos o en el comercio generado gracias a estos–, también sabían que sus depredaciones tocaban a otras potencias. Igualmente, esos terceros conocían el daño que con los ataques se podía causar al comercio español, incentivándolos o, en cualquier caso, sin evitar remediarlos. Pascual Enrile, ex capitán general y representante español en Londres, escribió en abril de 1828 al entonces presidente del consejo de ministros, Manuel González Salmón, lo siguiente:

“sobre el corso de Mahometanos de aquel archipiélago, dirigido contra las personas y bienes de los vasallos de S.M. para dar abasto al destructivo comercio de esclavos cristianos que ejercen con conocimiento de la Ynglaterra desde tantos años, y que tanto se opone a la prosperidad, y aumento de la población de dhas Yslas; siendo la voluntad del Rey N.S. dice V.E. que yo solicite del Gobierno Británico que prohíba el espresado comercio empleando todos sus esfuerzos para evitarlo.8

La respuesta del gobierno británico fue la negación de cualquier vínculo con la piratería y una vaga promesa de persecución. Las evasivas del Reino Unido no resultaban sorprendentes. Tanto ellos como los neerlandeses mantenían posesiones en la región y una fuerte influencia sobre islas y nobles en principio independientes. Esto era conocido en Manila y Madrid. Las sospechas sobre armamento de nativos opuestos a España o el simple aprovechamiento de la situación eran comunes y se reconocía que partía desde lugares en los que estas potencias ejercían un dominio indirecto. El mismo Enrile había tenido la oportunidad de presentar su opinión al presidente del consejo de ministros en enero de aquel 1828 en un extenso informe:

“…que una de las causas es el comercio de esclavos cristianos que hacen los Mahometanos de las Yslas sitadas, con los de las Celebes y otros de aquella parte del mundo en donde la Ynglaterra y la Holanda ejercen un poder directo en unas e indirecto en Otras.9

Los cambios tecnológicos que durante las décadas del 20 y del 30 se aplicaron a la construcción naval y a la navegación incidieron en el temor que la administración colonial española mostró hacia potencias como el Reino Unido. Entre julio de 1835 y mayo de 1836 la Sección de Marina del Consejo Real de España e Indias mantuvo una discusión con relación a la piratería en Filipinas en la que los buques de vapor tuvieron una importancia de primer orden. El informe resultante de aquellos meses de trabajo dejaba clara la necesidad española de hacerse con al menos dos o tres buques de vapor para Filipinas, ya fueran de fabricación extranjera o producidos en Cavite con motores comprados en Estados Unidos. Estos buques permitirían la represión de la piratería con una mayor rapidez y alcance. Además, no adquirirlos suponía otorgar una ventaja considerable a las potencias de la zona que sí lo hicieran. Se hizo saber que una de las razones para incorporar aquellos buques era evitar que los piratas pudieran hacerlo antes. De forma clara, se expresaba más adelante que estos serían obtenidos de manos de otra potencia, de la misma forma en la que obtenían armas de fuego.10 Si bien no se explicitaba quién sería el proveedor de aquellos buques de vapor para los moros, el contexto del informe hace pensar en el Reino Unido. De esta manera los piratas podían jugar un doble papel: una excusa para intervenir en Filipinas, a pesar de que también pudiesen proceder de la península malaya o de alguna isla indonesia; y un medio para desgastar a la potencia rival. La posibilidad de que los británicos decidieran proveer de buques de vapor a los sultanatos del sur del archipiélago puede resultar extraña, pero refleja el temor a la presencia de aquella potencia en la región y a su ambición capaz de desatar la inestabilidad en la colonia española.

La presencia francesa, aunque algo más tardía, también supuso un quebradero de cabeza para el gobierno español. En 1845 la toma francesa de la isla de Basilán –frente al extremo occidental de la isla de Mindanao– y el posterior tratado entre el comandante de la escuadra francesa Lagrenée y el sultán de Joló fue una cuestión de máxima prioridad. El modo de actuación de los franceses también resulta interesante. En un primer momento, los buques pasaron por Manila afirmando buscar mano de obra para impulsar las economías de plantación en sus colonias del Pacífico. Tras ser recibida esta propuesta con escepticismo por las autoridades españolas, prosiguieron su viaje hasta Basilán, donde ocurrió un supuesto incidente, a la postre reconocido como excusa, junto a la isla dependiente del Sultán de Joló (Nardin, 1978). A continuación, una demostración de fuerza, un breve combate y la exigencia de un acuerdo de paz con unas cláusulas típicas del período y tan señalados en la bibliografía sobre el imperio informal (Craven, 2005: 342-343). Las cláusulas de aquel tratado que nunca llegó a entrar en vigor incluían la retención de un pequeño punto del sultanato, en este caso Basilán, ventajas comerciales, garantías de seguridad y la prohibición de establecer tratados con otras potencias. En definitiva, un intento por establecer un dominio informal.11 Las presiones de España y la fragilidad de su posición en aquella parte del globo provocaron una marcha atrás en los planes franceses. Sin embargo, su presencia se incrementaría en los años siguientes, como demostró la campaña organizada contra Annam, en el actual Vietnam.

En los años sesenta del siglo XIX se redactó un extenso informe a petición de la Secretaría de Estado para conocer cuáles eran los derechos de España en el sudeste asiático y el Pacífico sur. El informe, que trataremos con mayor detalle en el apartado dedicado a la presencia alemana en la región, recogió, además de los momentos y los documentos por los que podía existir una reclamación por parte de España sobre determinado territorio, todos los eventos que podían cuestionar los derechos españoles sobre los mismos. Supuso un repaso a los conflictos y preocupaciones exteriores para el gobierno de Manila en los años cuarenta y cincuenta del mismo siglo. En concreto, se consideraron peligrosas en el área filipina los proyectos comerciales de particulares británicos y estadounidenses, además del caso mencionado de Basilán. Nos referimos a la llegada del británico Sr. Brooke, el llamado “Rajá blanco”, y a la firma de un tratado al que llegó con los joloanos en 1851.12 También a la presencia del estadounidense Charles Lee Moses, cónsul estadounidense en Brunei, en Palawan con un acuerdo incluido con el Sultán de Borneo.13

Ambos casos guardaron paralelismos interesantes. En ambos se trató de figuras semioficiales, que en determinado momento fueron señaladas por trabajar para sus gobiernos de una manera informal o irregular. Otro punto en común era su propósito comercial, al menos inicial, que derivó en un interés político y estratégico. El tercer punto en común fue el uso de las alianzas con los poderes locales con la intención de involucrar a sus respectivos gobiernos y apartar a las jefaturas y sultanatos de la órbita de poder de Manila. También, en ambos casos se interpretó su presencia como la posible antesala de una intervención mayor de sus gobiernos, de un incremento de los ataques piratas, de un perjuicio para el comercio español y, en definitiva, de un riesgo para la permanencia de Filipinas bajo posesión española. La cuestión de su ánimo comercial no es menor, porque nos remite a la idea de la ficción jurídica de la empresa como una herramienta del imperio informal. Esta cuestión nos remite a la noción de gentlemanly capitalism o cómo los intereses empresariales eran capaces de involucrar a las autoridades coloniales, diseñar e impulsar una política colonial (Cain y Hopkins, 1986).

La respuesta española ante estas presiones fue un impulso claro a la expansión en el sur del archipiélago desde la década del treinta. Podemos comprobar que a pesar de las resistencias de diferentes dattos al avance del control español en Mindanao y en Joló existió una persistencia por seguir empleando una estrategia basada en el asentamiento en puntos fuertes, la firma de tratados desiguales, el control del flujo comercial y la alianza con dattos afines durante las décadas del cuarenta y del cincuenta del siglo XIX. El capitán general Narciso Clavería expuso en diferentes informes reservados enviados a Madrid su visión de la situación al sur del archipiélago. En su opinión no se estaban dando los resultados que cabría esperar con la línea de acción acordada hacía casi dos décadas, pero el análisis y conclusión no dejaban lugar a duda, era la correcta y el motivo de su éxito limitado era que no se había aplicado como debía.14 El capitán general llegó a la conclusión de que los tratados alcanzados en 1836 con los sultanes de Joló y Maguindanao habían sido correctos, pero afirmó que sus cláusulas no habían sido aplicadas como se debía y que era el momento de hacerlo para asentar las bases de un control mayor, una “dominación productiva” de las islas del sur. Por ello, volvía a hacer énfasis en la estrategia que alternaba una guerra dirigida exclusivamente al control de la piratería con la intensificación del comercio y las alianzas:

“…los principios que profeso en la materia, son: paz y alianza con los buenos; protección decidida a nuestro comercio por medio de factorías y puntos fortificados que nos aseguren con la exclusiva todas sus ventajas por ahora, y más adelante la dominación productiva de los países del Sur, que consideramos dentro del límite de nuestro derechos: guerra activa e irreconciliable a los piratas para afianzar la tranquilidad y fomento de nuestras provincias: alejar todo riesgo de estraña ocupación que comprometa el comercio, la prosperidad y aun la seguridad de estas colonias.15

Lejos de proyectar nuevas conquistas, hacía hincapié en el aprovechamiento de las posibilidades que los tratados habían ofrecido, como el establecimiento de puntos fuertes y la apertura al comercio sin gravámenes para los sultanes y dattos amigos. Las quejas del capitán general mostraban que, sin embargo, todas estas ventajas no habían sido aprovechadas como se debía y que el incumplimiento de estos tratados se debía a la inacción de Manila. El motivo por el que debía avanzarse en esta estrategia era la amenaza que otras potencias suponían para el control español del sur de Filipinas, lugar al que se refirió como a los países “de que nos llamamos dueños”, e incluso para la permanencia de la colonia al completo en manos de España. Más allá de las ventajas comerciales, el hecho de que los nobles locales reconociesen su dependencia de Manila, podía atajar las ambiciones de otras potencias. Clavería abogaba por hacer pasar del papel a la realidad una estrategia propia del imperio informal. Además, solicitaba que esta política permaneciera fija, apoyada por Madrid y no sujeta a cambios de personal o gobierno, una política de Estado.16 La posición que revelan los despachos del capitán general Clavería son las de una potencia de segundo orden que necesita expandirse pero que también se siente amenazada por otros competidores imperiales. De hecho, la expansión y control de los sultanatos aparece en sus despachos como una necesidad para impedir la entrada de terceras potencias en el archipiélago.

Por supuesto, existían diferencias entre los diversos competidores internacionales. Librarse de los piratas podía resultar conveniente, pero colaborar con otra potencia para combatirlos suponía ofrecer una oportunidad de ejercer una mayor influencia a un rival. Por ello, las autoridades españolas se cuidaron de permitir la entrada del Reino Unido y Francia en el mar de Filipinas siempre que pudieron. Ya hemos visto que la presencia de actores de gobiernos extranjeros, ya fueran formales o informales, era advertida e interpretada como una amenaza. Sin embargo, dependiendo del equilibrio de poder, podían realizarse excepciones. Este era el caso de los Países Bajos, ocupantes de numerosas islas en el sudeste asiático que también debían hacer frente a los piratas. Ante una oferta de colaboración un informe reservado elaborado por la sección de gobierno de la capitanía general expuso lo siguiente:

“…sin que tenga otro inconveniente que el de que parezca que aquella nación nos dispensa una especie de protección, si sus fuerzas navales son muy superiores a las nuestras; aun en este mismo caso tal vez convendría mucho mejor correr este riesgo que esponernos a proporcionar a Ynglaterra, descuidando la persecución de la piratería, un pretesto para resucitar pretensiones, no abandonadas acaso.17

Las campañas que en esos mismos años se llevaron a cabo también tenían una marcada intención propagandística o demostrativa. Ante una presencia cada vez mayor de otras potencias en torno a Joló, España condujo una expedición que no pasó inadvertida ante ojos extranjeros. Las observaciones que estos hicieron también muestran su idea de aquellos ataques y su finalidad. Teniendo en cuenta el alcance real del ataque a Joló de 1856 se llegó a decir que este había sido una demostración de fuerza de cara al exterior más que un intento por dominarlo o conquistarlo. Este fue, al menos, el parecer del cónsul portugués en Manila.18

LA GUERRA DE CRIMEA EN FILIPINAS (1854)

A pesar que la expresión “El Gran Juego” remita a la rivalidad habida entre los imperios ruso y británico en Asia Central durante gran parte del siglo XIX, esta se dejó ver en otros escenarios. El mayor conflicto habido entre estas potencias durante aquel siglo fue la Guerra de Crimea (1853-1856), donde una alianza entre el Imperio otomano, Francia, el Reino Unido y Cerdeña dio al traste con las aspiraciones rusas en el mar Negro. El principal teatro de operaciones de aquel conflicto fue la misma península de Crimea, donde los ejércitos y las armadas de estos países se enfrentaron con gran intensidad. Sin embargo, y dado que la presencia rusa, británica y francesa ya se extendía por la práctica totalidad de confines del mundo, también tuvo una dimensión asiática. En la documentación española remitida hacia y desde Filipinas, este conflicto era conocido como “la guerra de oriente” y en el año 1854 llamó a las puertas de Manila.

Tras la finalización de la primera guerra del opio (1839-1842) el volumen comercial que franceses y, sobre todo, británicos mantenían en Asia Oriental hizo que una amenaza rusa desde el este de Siberia fuera considerada como grave. Un ataque ruso sobre Hong Kong era visto como factible y, todavía más, la posibilidad de la interrupción del comercio transpacífico amenazaba los intereses del Reino Unido y Francia en el continente americano. Debido a esto, los aliados franco-británicos destinaron una pequeña escuadra de seis buques al principal enclave ruso en aguas del Pacífico, Petropavlovsk, en la península de Kamchatka. Con unas fuerzas mucho más reducidas, pero con una posición defensiva sólida y artillada, el vice-almirante Yevfimiy Putyatin logró repeler el ataque y desembarco entre la última semana de agosto y la primera de septiembre de 1854. La retirada aliada resultó sorprendente y permitió a la escuadra rusa en el Pacífico una libertad de movimiento que, entonces sí, suponía una amenaza directa a los intereses comerciales aliados en Asia Oriental.

Las autoridades españolas en Manila recibieron en los meses siguientes avisos británicos de la supuesta presencia de la escuadra rusa en diferentes lugares, llegando incluso a considerarse un ataque sobre Hong Kong como inminente. De hecho, el gobernador de la colonia, el recientemente nombrado John Bowring, ya se había marchado meses antes del sitio de Petropavlovsk hacia Shanghai. Con la escuadra británica en busca de la rusa, la colonia quedaba a merced de los piratas de aquellos mares. La realidad, sin embargo, era distinta. La escuadra rusa carecía del poder suficiente como para arrebatar Hong Kong a los británicos y, además, debía evitar ser detectada por la todavía superior escuadra británica.19 Por ello, la sorpresa inundó Manila cuando el 2 de diciembre de 1854 la escuadra rusa se presentó frente a la plaza española.

El vicealmirante Putyatin, que en la documentación española fue llamado Pontantine, envío a un emisario a tierra para contactar con las autoridades españolas. Según el capitán general Manuel Pavía y Lacy, marqués de Novaliches, el vicealmirante solicitaba saber si el saludo de la escuadra rusa sería correspondido desde la plaza y si podrían obtener permiso para realizar algunas reparaciones en el arsenal de Cavite. La respuesta del capitán general fue clara: podían contar con el saludo y también con las reparaciones en Cavite siempre y cuando lo solicitasen por escrito.20 De esta manera los saludos fueron realizados y al día siguiente el vice-almirante y parte de la tripulación desembarcaron en Manila, donde fueron recibidos por las autoridades. Putyatin aprovechó aquel primer encuentro con el capitán general Pavía para insistir en sus peticiones, que ahora excedían la simple reparación de algunos de los buques.21 Tras la recepción en tierra, el vice-almirante solicitó:

1º permiso no ya para ir al arsenal de Cavite sino para que le permitiera un sitio en tierra a fin de hacer observaciones astronómicas y trabajos de reparación: 2º que de los depósitos de carbón del Gobierno se le facilitaran cincuenta toneladas y 3º que se le permitiese con los oficiales de su Escuadra hacer pequeñas excursiones en los alrededores de Manila e ir a la Laguna.22

La posición española podía quedar entonces comprometida. No solo la petición de Putyatin excedía lo previsible y usual en estos casos, sino que los cónsules británico y francés, que como el resto de la ciudad conocían la presencia de la escuadra, no tardarían en hacer saber a sus enclaves más cercanos la oportunidad de atacarla. El marqués de Novaliches optó entonces por dos argumentos que le permitieran salvar la neutralidad española. En primer lugar, aclaró a Putyatin que cualquiera de las peticiones debería ser presentada de manera formal por escrito. En segundo lugar, recordó que Rusia no había reconocido en su momento a Isabel como reina, decantándose por el pretendiente carlista. Por ello, y debido a la naturaleza de algunas de las peticiones, Rusia estaba incurriendo en una falta de respeto al decoro nacional de España. En cualquier caso, las peticiones fueron presentadas más adelante por escrito. El capitán general resolvió entonces negar cualquier lugar para la reparación, no permitir un emplazamiento para las observaciones astronómicas e impedir que los oficiales de la escuadra pudieran hacer excursiones. Sí accedió a la entrega del carbón y a la expedición de un pasaporte para que el vice-almirante y un ayudante pudieran visitar los alrededores de Manila.

El día 4 de diciembre el capitán general dio un paso más, invitando al vice-almirante y sus oficiales a una cena de gala en la que también estuvieron presentes los cónsules británico y francés. De esta forma, a más de 8.600 kilómetros de distancia del principal teatro de la guerra, Manila se transformaba en un punto en el que autoridades de las tres principales potencias en conflicto coincidían. La escuadra rusa no realizó más solicitudes y, según el capitán general, se comportaron en Manila de forma decorosa, tanto en sus tratos comerciales como personales. No obstante, y dado que su posición era ya conocida, no tardaron en abandonar Filipinas.

LA PUJANZA ALEMANA

Con el transcurso del siglo XIX el reino de Prusia comenzó a erigirse como toda una potencia en el continente europeo. Habitualmente es señalado que el principal interés de esta potencia emergente era la de su consolidación y extensión a través del control de los pequeños estados de habla germana, dejando a un lado aspiraciones de tipo colonial. También se suele señalar la conferencia de Berlín de 1885, cuya principal promotora fue la Alemania ya unificada bajo el imperio, como el punto de cambio en esa política y el comienzo de un colonialismo solo truncado por la Primera Guerra Mundial. El desarrollo industrial y financiero prusiano, sin embargo, alimentó apetitos coloniales en diversos escenarios. Durante la década de los sesenta y los setenta los ojos del rey de Prusia y káiser Guillermo I se posaron brevemente en el archipiélago filipino.

El vigor comercial prusiano se hizo patente en el sudeste asiático durante la década del sesenta, cuando las visitas de comerciantes prusianos a lugares como Joló comenzaron a resultar cada vez más frecuentes. Este hecho no pasó inadvertido para el Gobierno colonial de Manila, el cual trató de averiguar si las aspiraciones prusianas iban más allá de los intercambios comerciales. Desde finales de la década del cuarenta y comienzos de la del cincuenta España había tratado de reforzar su control sobre el sultanato de Joló y sobre el sur del archipiélago filipino en general. La presencia cada vez mayor del Reino Unido y Francia se mostraron como la principal preocupación española en aquel escenario. De ahí que el hecho de que una nueva potencia entrara en relaciones con el sultán resultase tan poco conveniente. Las campañas de castigo organizadas por España en 1849, 1851 y otras más pequeñas a lo largo de las décadas del cincuenta y del sesenta pretendieron crear una nueva relación con el sultán de Joló en la que la sumisión de este quedase patente. Sin embargo, la debilidad española para hacer valer su voluntad estratégica suponía el riesgo de convertir los tratados en papel mojado frente a otro rival imperial. Por su parte, era previsible que el sultán y los dattos menos afines a España pudieran querer valerse de un nuevo aliado para desprenderse del control de Manila.

En 1866 una nueva visita comercial Prusiana a Joló despertó sospechas en este sentido. El cónsul español en Singapur, Manuel María Caballero, hizo saber en noviembre de aquel año que la presencia prusiana en Joló, lejos de ser comprensible para un país que no era una potencia marítima, obedecía a otros intereses: “Estos designios obedecen a su política de progresivo engrandecimiento y de una ambición que ha crecido desmesuradamente al calor de sus recientes vitorias en el continente europeo”.23 Según el diplomático, el sultán de Joló estaría esperando el momento justo para rebelarse. Meses después, se supo que aquella visita del buque mercante prusiano “Vampiro” había tenido como resultado un intento del sultán de Joló por contactar con el rey prusiano.

El representante español en Berlín se dispuso a reunir toda la información posible a este respecto. En enero de 1867 hizo llegar a Madrid su valoración. Al parecer se tenía por cierto que el sultán de Joló habría aprovechado la presencia del mercante prusiano comandado por un tal capitán Nolke para hacer llegar un petitorio y regalos al rey de Prusia.24 Este hecho se enmarcaba en un supuesto interés general prusiano por adquirir enclaves en el Pacífico y Asia. Sin embargo, a pesar de lo elaborado del documento y los regalos enviados junto a él, el rey de Prusia pareció no prestarle una excesiva atención. Según el representante español en Berlín, existía un desconocimiento general sobre Joló y su funcionamiento interno. A pesar de ello, las autoridades españolas mantuvieron desde aquel momento una actitud cautelosa respecto a Prusia y el imperio alemán.

En febrero de 1867 fue nombrado un nuevo representante español en Berlín. El ministro plenipotenciario Tenorio hizo saber que, aunque finalmente en Prusia no se había dado demasiada importancia a la petición del sultán, esta había existido y ello, por sí mismo, suponía un peligro. Al mismo tiempo, no descartaba que los prusianos hubieran tomado ejemplo de los intentos de injerencia de británicos y franceses y que más adelante se valieran de la presencia de comerciantes o aventureros prusianos en aquel lugar del mundo para dar lugar a un reclamo más o menos fundado. El enorme crecimiento de Prusia, que en menos de cuatro años daría lugar al imperio alemán, hacía ver que Asia y Oceanía serían lugares objetivo para esta nueva potencia. También es interesante señalar que Tenorio apuntó a la presencia y poder estadounidense en el continente americano como un aliciente para que las potencias europeas, y de manera más tardía Prusia, quisiera asentarse en alguno de los otros dos escenarios mencionados.25 Sea como fuere, aquel incidente no fue el final, sino más bien el comienzo del temor español a la Alemania imperial en el archipiélago filipino. Ello también causó una reacción; el deseo español por reforzar de cara a la opinión internacional su dominio sobre el sur de Filipinas y, en concreto, sobre el sultanato de Joló.26

El cónsul español en Singapur también hizo saber al gobierno a comienzos de 1867 que se preveía la participación prusiana en una expedición conjunta con el Reino Unido y Francia para acabar con la piratería en el Mar de China. Esta expedición podía ser en el caso prusiano una coartada para hacerse con algún territorio próximo o dentro de las consideradas posesiones españolas en Filipinas.27 Incluso, se hacía saber, tal vez con excesiva preocupación, que británicos y neerlandeses estarían dispuestos a dar cabida a proyectos coloniales prusiano e italianos en las posesiones españolas con tal de “querer derribar la casa del vecino para dar más amplitud a la propia”.28 Este temor, realzado tras la victoria alemana sobre Francia en la guerra franco-prusiana de 1870 tomo una nueva forma cuando el deseo de expansión alemana fuera de Europa se convirtió en algo más evidente.

La carta del sultán al rey de Prusia en 1866 y el progresivo avance británico, francés, neerlandés e italiano en la región motivaron un estudio de los derechos con los que España contaba para hacer frente a posibles rivales. En 1867 se había nombrado una comisión de investigación de los derechos de España en Asia y Oceanía a cargo del historiador Pascual de Gayangos, catedrático de la Universidad Central, y del archivero Francisco González de Vera, del Archivo General de Alcalá de Henares.29 Tras una profusa investigación que se extendió por años, y que necesitó de prórrogas y la renuncia al estudio de los derechos de España en Oceanía, el informe fue emitido en dos partes. La primera de ellas en junio de 1868 y la segunda en octubre de 1869. Este informe llegó a la conclusión de que por muchos que fueran los derechos históricos y legales con los que España contase en aquella región, y los investigadores se habían afanado en hacer un repaso isla por isla, debía confirmar el derecho por el hecho y llevar a cabo una política activa de ocupación si quería evitar que otra potencia se apropiase de según qué territorios (Manzano, 2013).

Lo cierto es que a comienzos de la década del setenta la presión española sobre Joló aumentó. Del fracasado intento por establecer una especie de monopolio comercial en 1860 se pasó a una estrategia de confrontación directa por lo menos desde 1871 que tuvo como resultado el aumento de la violencia en Joló y sus islas adyacentes. Las consecuencias de este acoso llegaron a comerciantes chinos que hicieron reclamaciones a las autoridades británicas en Singapur.30 Si bien el gobierno de Madrid recibió quejas formales por parte británica, la escalada de violencia no cesó. La situación del sultán de Joló y sus nobles, por tanto, continuó deteriorándose ante los ataques españoles, que fácilmente podían tornarse en otra campaña general contra el sultán. Fue en este contexto que se produjo una segunda petición del sultán de Joló al káiser Guillermo, en 1873.31 A finales de marzo de aquel año la corbeta alemana “Nymphe” arribó al puerto de Joló. Según decía el cónsul español en Singapur, esta corbeta tendría por misión, además de su carácter comercial, entregar una negativa formal a la oferta de protectorado planteada por el sultán en 1866. Sin embargo, el sultán habría enviado a tal embarcación un emisario con la intención de hacer llegar al káiser un nuevo pliego. No habría sido esta la única ocasión en la que el soberano de Joló habría intentado comunicarse con el emperador porque, de acuerdo con el cónsul, este también habría aprovechado la presencia de marinos alemanes en una barca británica para hacer llegar otro pliego al emperador.32

Si bien esta nueva petición también fue rechazada en Berlín, la preocupación germano-británica por un control directo de España sobre Joló se acrecentó. Si desde Manila se pretendía conquistar e incorporar el sur del archipiélago a la autoridad de la capitanía general, entonces estas dos potencias tratarían de garantizarse el acceso a su mercado en términos ventajosos.33 Las presiones diplomáticas fueron aumentando hasta 1876, cuando España lanzó su campaña de conquista. Incluso antes de que fuera lanzada, el gobierno español reconocía, tal y como se lo aconsejaba su representante en Berlín, la necesidad de negociar esta importante cuestión con el Reino Unido y el imperio alemán. El diplomático español en Berlín afirmó que las presiones de los comerciantes alemanes en el mar de China sobre los cónsules alemanes (y las de estos sobre su gobierno) ahora sí eran lo suficientemente fuertes como para suponer un problema a la soberanía española en el sur del archipiélago.34

De esta forma se optó por una salida negociada que se concretó en el llamado Protocolo entre España, Alemania y la Gran Bretaña, reconociendo la libertad de navegación y comercio en el archipiélago de Joló.35 Este documento fue firmado en Madrid el 11 de marzo de 1877 y, en esencia, garantizaba al Reino Unido, Alemania y el resto de países el acceso al mercado joloano con el permiso de España. También, se reconocía que España no ejercía una ocupación efectiva sobre todo el archipiélago de Joló y que, por tanto, en aquellos puntos no ocupados, no tenía potestad para reclamar ningún tipo de impuesto. Además, se comprometía a mantener una administración adecuada en aquellos que sí permanecían ocupados. De esta manera se llegaba a un punto mutuamente beneficioso. La soberanía española quedaba reconocida y, al mismo tiempo, los intereses comerciales británicos y alemanes quedaban resguardados con la posibilidad, incluso, de burlar el pago de derechos. No sería este, sin embargo, el fin del interés alemán por las posesiones coloniales españolas, ya que, tras la guerra hispano-estadounidense de 1898, nuevas ofertas de compra llegarían para los restos del imperio español en el Pacífico.

CONCLUSIONES

El archipiélago filipino vivió desde el primer cuarto del siglo XIX una revalorización económica y estratégica. Al incremento de las rentas obtenidas por el aumento de los cultivos y de los intercambios comerciales se sumó el cada vez mayor interés y penetración de las principales potencias imperiales en Asia Oriental. Ello convirtió a las Filipinas en un enclave valioso, pero también codiciado. En este contexto complejo, cuestiones como la represión de las expediciones marítimas musulmanas se volvieron especialmente importantes como herramienta para demostrar frente a competidores imperiales la existencia de una autoridad reconocible. Ello no impidió que el Reino Unido o Francia, en diferentes momentos emprendieran intentos por hacerse con territorios que, a ojos de los españoles, formaban parte de sus dominios.

A pesar de que las Filipinas bajo control español no sufrieran una invasión hasta finales del siglo XIX, resulta claro que diferentes potencias imperiales planearon tentativas y que el archipiélago no permaneció ajeno a los principales conflictos que tuvieron lugar en Asia Oriental a lo largo del siglo. Esta presión internacional estuvo directamente vinculada con los avances coloniales que España realizó a costa de los sultanatos y jefaturas musulmanas del sur del archipiélago. En este sentido, el control informal basado en los acuerdos desiguales, la colaboración con una parte de la élite nativa y la dirección del comercio hacia Manila fue sustituida por una serie de campañas que garantizasen un control más formal y más reconocible para los competidores imperiales.

El caso de la presencia de la escuadra rusa en Manila durante el invierno de 1854 en el contexto de la guerra de Crimea da cuenta de la fragilidad de la posición española en el archipiélago. Por un lado, el capitán general se vio obligado a respetar la neutralidad española. Por otro, estaba interesado en limitar en lo posible la estancia de la escuadra y su colaboración con la misma, a sabiendas de que las escuadras británica y francesa en Asia podrían causar graves problemas a su gobierno colonial. La presencia alemana despertó todavía una mayor alarma, puesto que el equilibrio de poder entre británicos, franceses, neerlandeses y españoles, podía verse alterado por la aparición de una nueva potencia que aspiraba a disputar espacios coloniales. Esta amenaza se presentó primero bajo un interés comercial y, después, bajo la colaboración entre comerciantes alemanes con la élite joloana, en busca de una mayor autonomía frente a los esfuerzos de control españoles.

La forma de actuación de las autoridades españolas refleja una posición de relativa debilidad. Por una parte, su presencia y control en el archipiélago filipino era reconocida. Por otra, numerosas islas eran pretendidas por terceras potencias que no dudaban en perjudicar los intereses españoles. Esto, a su vez, obligó a una reacción expansiva capaz de poner coto a las ambiciones de rivales interimperiales. La capacidad española de expansión y consolidación, truncada a la postre por la conquista estadounidense, obedecía al temor a otras potencias asentadas o emergentes con un desarrollo industrial y mercantil superior.

FINANCIACIÓN

Este artículo ha contado con financiación en el marco del proyecto de investigación “Encuentros transimperiales en Filipinas. Soberanía, conflictos e interacciones, 1762-1885” (PID2024-161892NB-I00; IPs María Dolores Elizalde y Eberhard Crailsheim), proyecto del que forma parte el autor.

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* Miembro del grupo de investigación consolidado del sistema universitario vasco “País Vasco, Europa y América: vínculos y relaciones atlánticas” (GIU21/062) y del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Alcalá (IELAT). Miembro de los proyectos de investigación “Desimperialización y procesos de construcción nacional en el Atlántico hispano” (PID2022-136467NB-100; IPs José María Portillo y Víctor Amado); “La cultura política de la intervención posimperial. España y las repúblicas sudamericanas del Pacífico (1833-1866)” (FONDECYT regular 2024 - 1240232; IPs Rodrigo Escribano Roca y Gonzalo Serrano); y “Encuentros transimperiales en Filipinas. Soberanía, conflictos e interacciones, 1762-1885” (PID2024-161892NB-I00; IPs María Dolores Elizalde y Eberhard Crailsheim).

1 Las críticas y debates suscitados por historiadores y economistas liberales en torno a la contradicción entre imperio y libre comercio llevaron a que imperio informal se convirtiese en la forma comúnmente más aceptada de referirse a lo que Gallagher y Robinson llamaron en un primer momento Imperialism of Free Trade.

2 Alexander Morrison ha estudiado en profundidad la expansión rusa en Asia Central y, si bien no niega la existencia de la rivalidad entre los imperios ruso y británico como uno de los motivos de dicha expansión, considera que contribuye a borrar la presencia y acción de las diferentes entidades políticas y poblaciones presentes en la región en aquel momento. Podría realizarse una crítica similar al estudio de las tensiones imperiales en el archipiélago filipino.

3 Para este artículo también se ha empleado un extenso documento procedente del fondo del Consejo Real de España e Indias gestionado por el Archivo General de Simancas (AGS). A pesar de que el catálogo del Archivo General Militar de Madrid indica que este alberga información muy interesante para algunos de los episodios aquí narrados, no ha sido posible su consulta debido al proceso de redescripción al que están siendo sometidas unas 200 cajas.

4 Los trabajos más recientes sobre la relación entre los ataques musulmanes a las Bisayas, el desarrollo de la producción y el comercio y las preocupaciones de las autoridades metropolitanas señalan, en cualquier caso, la potente carga ideológica tras la etiqueta de piratas. Estas expediciones para capturar bienes y personas recibieron en el archipiélago el nombre de mangayaw. La calificación de los ataques procedentes de los sultanatos y jefaturas musulmanas como “piratería” obedece exclusivamente a la perspectiva del colonizador. Estos ataques, tan devastadores para las poblaciones de las Bisayas, estaban organizados por los dattos y sultanes, que requerían de mano de obra para el cultivo de productos en un contexto de expansión comercial, además de para mantener la lealtad de sus súbditos y colaboradores. El empleo de embarcaciones responde al medio geográfico insular y a la cultura naval que los pueblos de todo el Sudeste Asiático habían desarrollado. Por su parte, los españoles, neerlandeses y británicos recurrieron a acciones semejantes en sus expediciones de conquista y castigo, en las que la población nativa era capturada y dirigida a plantaciones de tabaco o azúcar, por ejemplo, en la isla de Luzón.

5 Quien escribe ha elaborado su tesis doctoral, todavía no publicada, sobre la expansión española en el archipiélago filipino desde esta perspectiva.

6 Se trata del reciente proyecto “Encuentros transimperiales en Filipinas. Soberanía, conflictos e interacciones, 1762-1885”.

7 AHN, FILIPINAS, 509, R.4, N.30

8 AHN, Mº_EXTERIORES_M, 2955, E, FILIPINAS, 1810-1828, Exp. 9, “Al Exclm Señor D. Manuel González Salmón. El Conde de la Alcudia nº604” (Londres, 27 de abril de 1828).

9 AHN, Mº_EXTERIORES_M, 2955, E, FILIPINAS, 1810-1828, Exp. 9, “Informe de Pascual Enrile a Manuel González Salmón” (Madrid, 26 de enero de 1828).

10 AGS, Consejo Real de España e Indias, Sección de Marina, Legajo 16, 1. Apostaderos, 4, p. 1.

11 AHN, Mº_EXTERIORES_M, 2957, E, FILIPINAS, 1844-1845, Exp. 8, “Informe Reservado nº52. Gobierno y Capitanía General de Filipinas (Narciso Clavería). Sección de Gobierno. Secretario de Estado y de Despacho” (Manila, 19 de enero de 1846), pp. 2-3.

12 AHN, ULTRAMAR, 5352, Exp.2, Tomo 2º.

13 AHN, ULTRAMAR, 5352, Exp.2, Tomo 2º.

14 Mº_EXTERIORES_M, 2957, E, FILIPINAS, 1844-1845, Exp. 8, “Informe Reservado nº52. Gobierno y Capitanía General de Filipinas, Narciso Clavería. Sección de Gobierno. Secretario de Estado y de Despacho” (Manila, 19 de enero de 1846), p. 2

15 AHN, Mº_EXTERIORES_M, 2957, E, FILIPINAS, 1844-1845, Exp. 8. “Informe Reservado nº52. Gobierno y Capitanía General de Filipinas, Narciso Clavería. Sección de Gobierno. Secretario de Estado y de Despacho” (Manila, 19 de enero de 1846), p. 5.

16 AHN, Mº_EXTERIORES_M, 2957, E, FILIPINAS, 1844-1845, Exp. 8. “Informe Reservado nº52. Gobierno y Capitanía General de Filipinas, Narciso Clavería. Sección de Gobierno. Secretario de Estado y de Despacho” (Manila, 19 de enero de 1846), p. 1.

17 AHN, ULTRAMAR, 5167, Exp.13, Nº6 “Informe reservado de la Primera Secretaría de Estado. Ultramar. A los señores Ministros de Guerra y Marina” (Madrid, 17 de enero de 1856), p. 5.

18 Instituto Diplomático de Lisboa, Consulado de Portugal em Filipinas, Caja 662. Es de agradecer al Doctor Francisco Javier Martínez Antonio, de la Universidad de Zaragoza, por haber proporcionado este documento.

19 AHN, Mº_EXTERIORES_M, 2958, E, FILIPINAS, 1846-1858, Filipinas 1854. Correspondencia del Capitán-General, Nº1 (Manila 7 de julio de 1854), pp. 1-5.

20 AHN, Mº_EXTERIORES_M, 2958, E, FILIPINAS, 1846-1858 Filipinas. Diciembre 1854. La Dirección de Ultramar, envía copia de la correspondencia habita entre el Capitán General de Filipinas, y el Vice-Almirante ruso Pontantine, con motivo de haber este solicitado que se le permitiese reparar sus buques en aquel arsenal, p. 1.

21 AHN, Mº_EXTERIORES_M, 2958, E, FILIPINAS, 1846-1858 Filipinas. Diciembre 1854. La Dirección de Ultramar, envía copia de la correspondencia habita entre el Capitán General de Filipinas, y el Vice-Almirante ruso Pontantine, con motivo de haber este solicitado que se le permitiese reparar sus buques en aquel arsenal, p. 1.

22 AHN, Mº_EXTERIORES_M, 2958, E, FILIPINAS, 1846-1858 Filipinas. Diciembre 1854. La Dirección de Ultramar, envía copia de la correspondencia habita entre el Capitán General de Filipinas, y el Vice-Almirante ruso Pontantine, con motivo de haber este solicitado que se le permitiese reparar sus buques en aquel arsenal, p. 2.

23 AHN, Mº_EXTERIORES_H, 2959, E, FILIPINAS, 1859-1869, Exp.4, Nº2 (Singapur 8 de noviembre de 1866).

24 AHN, Mº_EXTERIORES_H, 2959, E, FILIPINAS, 1859-1869, Exp.4, Nº3 (Berlín 7 de enero de 1867).

25 AHN, Mº_EXTERIORES_H, 2959, E, FILIPINAS, 1859-1869, Exp.4, Nº6 (Madrid 5 de febrero de 1867).

26 AHN, Mº_EXTERIORES_H, 2959, E, FILIPINAS, 1859-1869, Exp.4, Nº7 (Madrid 4 de marzo 1867).

27 AHN, Mº_EXTERIORES_H, 2959, E, FILIPINAS, 1859-1869, Exp.4, Nº7 (Singapur 6 de enero de 1867).

28 AHN, Mº_EXTERIORES_H, 2959, E, FILIPINAS, 1859-1869, Exp.4, Nº8 (Singapur 23 de mayo de 1873).

29 AHN, ULTRAMAR, 5352, Exp.2

30 AHN, Mº_EXTERIORES_H, 2959, E, FILIPINAS, 1859-1869, Exp. 3, Nº3 (es la traducción de un documento británico fechado en 2 de agosto de 1873).

31 AHN, Mº_EXTERIORES_H, 2959, E, FILIPINAS, 1859-1869, Exp.4, Nº8 (Singapur 23 de mayo de 1873).

32 AHN, Mº_EXTERIORES_H, 2959, E, FILIPINAS, 1859-1869, Exp.4, Nº8 (Singapur 23 de mayo de 1873).

33 AHN, Mº_EXTERIORES_H, 2959, E, FILIPINAS, 1859-1869, Exp. 8, Nº5 (Berlín 23 de febrero de 1876).

34 AHN, Mº_EXTERIORES_H, 2959, E, FILIPINAS, 1859-1869, Exp. 22 Filipinas – Joló. 1851. Noticias comunicadas por el cónsul de España acerca de las versiones que en Sigapor habían circulado respecto al comercio con Joló y a los derechos de España sobre esta isla, Protocolo entre España, Alemania y la Gran Bretaña, reconociendo la libertad de navegación y comercio en el archipiélago de Joló. Firmado en un solo texto francés. En Madrid a 11 de marzo de 1877.

35 AHN, Mº_EXTERIORES_H, 2959, E, FILIPINAS, 1859-1869, Exp. 22 Filipinas – Joló. 1851. Noticias comunicadas por el cónsul de España acerca de las versiones que en Singapor habían circulado respecto al comercio con Joló y a los derechos de España sobre esta isla, Protocolo entre España, Alemania y la Gran Bretaña, reconociendo la libertad de navegación y comercio en el archipiélago de Joló. Firmado en un solo texto francés. En Madrid a 11 de marzo de 1877.

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