Guerra Colonial. Colonialismo, procesos postcoloniales y relaciones internacionales

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¿Españolizando magrebíes? El “marroquí bueno” ante el “marroquí malo”. Imágenes y construcciones culturales de la Liga Africanista Española (1913-1931) sobre el protectorado español de Marruecos

“Hispanizing maghrebis? The ‘Good Moroccan’ versus the ‘Bad Moroccan’. Images and Cultural Constructions of the Spanish Africanist League (1913–1931) Regarding the Spanish Protectorate in Morocco”

David Martínez Fiol

Universitat Autònoma de Barcelona

Recibido: 17/07/2025
Aceptado: 14/10/2025

DOI: https://doi.org/10.33732/RDGC.18.128

Resumen

En el presente artículo se expone cómo el colonialismo civilista español, en concreto la Liga Africanista Española (LAE), intentó construir, a lo largo de 1913 y 1931, un vasto proyecto de modernización intelectual, cultural y educativo del conjunto de la población autóctona marroquí, a la cual se quiso adaptar a los valores religiosos y morales españoles. Una adaptación que, en realidad, pretendía la españolización de árabes, bereberes y judíos, a partir del recuerdo reinventado y mitificado en clave positiva de lo que supuso en la Edad Media Al-Ándalus. Un objetivo sumamente complicado, puesto que su frustrada implementación se intentó ejecutar en el marco de una compleja coyuntura marcada por un sistema liberal en crisis, el de la Restauración Alfonsina, y el de una dictadura, la de Primo de Rivera, que resolvió el “problema marroquí”, no por la vía civil, sino por la vía militar, hecho que condicionó enormemente los objetivos de la LAE, los cuales se exponen y se analizan a partir de las publicaciones África Española y Revista Hispano-Africana.

Palabras clave
Marruecos, Zona de Influencia, Liga Africanista Española, Colonialismo, Españolización.

Abstract

This article presents how Spanish civilist colonialism, specifically the Spanish Africanist League (LAE), attempted to construct a vast project of intellectual, cultural, and educational modernization of the entire indigenous Moroccan population between 1913 and 1931, aiming to adapt them to Spanish religious and moral values. This adaptation actually sought to Spanishize Arabs, Berbers, and Jews, based on a reinvented and mythologized positive remembrance of what Al-Andalus represented during the Middle Ages. This was an extremely complicated objective, as its frustrated implementation was attempted within the framework of a complex situation marked by a liberal system in crisis, that of the Alfonsine Restoration, and a dictatorship, that of Primo de Rivera, which addressed the “Moroccan problem” not through civil means but through military means, a fact that greatly conditioned the objectives of the LAE which are presented and analyzed based on the publications África Española and Revista Hispano-Africana.

Keywords
Morocco, Influential zone, Spanish Africanist League, Colonialism, Spanishization.

Esta obra está bajo una licencia internacional Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0. CC BY

LA DIFICULTAD DE ENTENDER HISTORIOGRÁFICAMENTE LO MARROQUÍ

La literatura historiográfica, tanto española como hispanista que, desde la Transición y hasta la fecha, ha analizado y tratado la temática colonizadora del denominado popularmente Protectorado de Marruecos, ha trabajado fundamentalmente el proceso de conquista militar y el dominio político y administrativo que ejerció el Ejército como institución en la denominada oficial y administrativamente como zona de influencia española. Son significativos los estudios de Sebastian Balfour (2002), Gustau Nerín (2005), María Rosa de Madariaga (2002) o Rocío Velasco de Castro (2014), sobre la construcción militar africanista como origen y eje vertebrador de la España nacional de 1936-1939 y franquista hasta 1975. En este sentido, fueron trabajos que apostaron por explicar cómo se forjó un nacionalismo radical español militarista (incluso, al margen o, dicho de otra manera, con un sentimiento de superioridad moral respecto del ultraespañolismo civil), que tuvo su base intelectual y activista en las campañas coloniales de finales del siglo XIX en el Caribe y el Pacífico y que acabó por concretarse en la experiencia (o experiencias) marroquíes. Este tipo de análisis incidían en “el otro”, el marroquí, entendido este a la manera simplista y racista de la retórica propia del militarismo africanista sobre el modelo del “buen marroquí”.1

Esta idea del “buen marroquí” resultaba también sumamente unidireccional pues daba por supuesto que los marroquíes o “moros de Franco”, como los definió Madariaga, tendían a ser árabes y poco se profundizaba en la diversidad cultural existente en toda la extensión del Protectorado, ya fuese el ámbito francés como la también muy compleja zona de influencia española, en la que hay que situar el componente bereber o el rifeño que no necesariamente compartía objetivos con los ámbitos propiamente árabes. Por otro lado, existía una variopinta amalgama de líneas religiosas islámicas que convivían con comunidades judías, tampoco homogéneas. Todo lo cual implicaba la dificultad de definir, para los mismos “marroquíes”, que significaba ser marroquí, hecho que impactó sobremanera en los constructores del nacionalismo marroquí y en la futura historiografía sobre el denominado movimiento político.2

Ciertamente, los estudios al entorno del nacionalismo marroquí fueron y siguen siendo un espacio de análisis propio en su práctica totalidad de los círculos historiográficos del país del Atlas. Una historiografía que ha tendido las más de las veces a formular su interpretación con una notable carga patriótica: una necesidad de dotar de carácter científico a una construcción nacional que tampoco fue homogénea, con diversas formaciones políticas y culturales no siempre bien avenidas y que, además, aportaban características de ámbito regional. En este sentido, la misma República del Rif de Abd-el Krim fue visualizada por los círculos españoles de todo tipo como una rebelión marroquí, cuando esta se empeñó en evidenciar su carácter particularista del Rif y desvinculada de cualquier proyección nacionalista para todo el territorio del Protectorado y de la zona de influencia española. Incluso, en la actualidad, existen círculos intelectuales e historiográficos del Rif que muestran su malestar cuando se identifica la rebelión de Abd-el Krim como una revuelta para construir un estado “pre-marroquí”, o mejor dicho como un precedente del estado independiente de Marruecos, cuando la apuesta rifeña no contaba con la simpatía o complicidad de círculos nacionalistas propiamente marroquíes, ni, por supuesto, del sultán.3

Sin embargo, la actuación española en Marruecos no fue tan simplista como la omnipresente presencia y protagonismo del ejército español nos ha dado a entender. Frente a la visión y propensión militarista del colonialismo bélico, existió toda una literatura, organizaciones culturales y políticas y círculos empresariales que apostaron por lo que se denominó una “penetración pacífica” de la zona de influencia española. Su idea era proyectar una política civilizadora que suponía el introducir los valores de la civilización cristiana occidental junto con las conquistas de la definida como modernidad política (liberalismo) y económica (capitalismo en sus diferentes vertientes), todo ello en clave española. Dicho de un modo más explícito: a través de una administración civil (preferiblemente coordinada con una administración militar que debía actuar en un segundo plano o supeditada a la civil) nacionalizar pacíficamente el protectorado; convertir a sus habitantes en españoles a partir de la introducción de una enseñanza general básica y una enseñanza técnica. Establecer, como matiz importante, que el denominado Marruecos español no fue formalmente verdaderamente español, puesto que el supuesto Protectorado español fue en realidad una zona de influencia de gestión española dentro de lo que verdaderamente sí era un Protectorado francés. Pero, obviamente, para ello el protagonismo de la milicia debía ser minimizado y combatir la rebeldía antiespañola con cultura, educación y bienestar social.4 En cierto modo, ese fue el objetivo de la Liga Africanista Española (a partir de ahora LAE). En las páginas siguientes se expondrá cómo construyeron todo un vasto proyecto intelectual a lo largo de su existencia entre 1913 y 1931 en una compleja coyuntura marcada por un sistema liberal en crisis y una dictadura que resolvió el “problema marroquí” por la vía militar, hecho que condicionó enormemente los objetivos de la LAE.5

LA LIGA AFRICANISTA ESPAÑOLA Y LA AMBIVALENCIA ANTE LO ¿ESENCIALMENTE? MAGREBÍ. EL EJEMPLO DE EL RAISUNI

La Liga Africanista Española se fundó en 1913 en el marco del Palacio del Senado extendiéndose su andadura institucional y corporativa hasta 1931. La LAE apostó, como ya se ha indicado, por una estrategia de colonización del Protectorado de Marruecos conocida en círculos políticos e institucionales españoles como “penetración pacífica”. Esta estrategia se contraponía a la vía decididamente militar, la cual se fundamentó, en teoría, a partir de la construcción de un imaginario que presentaba a los hombres magrebíes como elementos sanguinarios refractarios a la presencia de los españoles y de lo español, tanto en un sentido militar como “civilizador”.6

En contraposición, la LAE, a través de sus dos publicaciones (África Española, 1913-1917 y Revista Hispano-Africana, 1922-1931) llegó a ofrecer imágenes confusamente ambivalentes de personajes notoriamente denostados por la cultura militar africanista como podía ser el mismo El Raisuni. Incluso, el general Dámaso Berenguer llegó a publicar artículos en los cuales defendía la nobleza del combatiente marroquí en los actos bélicos. Una muestra de hasta qué punto, el propio ejército español en el Protectorado y, en general, en el conjunto de España, mantenía posiciones internas diferenciadas sobre cómo debía ser la colonización española en Marruecos.7

Lo cierto es que el cherif Muley Ahmed ibn Muhammad ibn Abdallah al-Raisuni se caracterizó por ser un personaje políticamente pragmático. Hasta 1921 se le consideró como la mayor amenaza militar a la presencia española en el Protectorado, momento en el cual Abd-el Krim lo sustituyó como amenaza antiespañola. En lo que era un claro combate de egos políticos por el control del Rif y del Yebala, El Raisuni, para recuperar su hegemonía en la zona, optó por aliarse con sus antiguos enemigos, los españoles. En este sentido, El Raisuni pasó de ser el “marroquí malo” a devenir el “marroquí bueno” contrapuesto a un Abd-el Krim que, con el desastre de Annual de 1921, devino la “bestia negra” de la presencia española en Marruecos.8

Así, resulta interesante contraponer dos artículos de las publicaciones de la LAE referentes a El Raisuni, uno de septiembre de 1913 y otro de abril de 1925. El primero, titulado “Un día en Zinat. Hablando con El Raisuni”, se describía al Cherif del Yebala como un “ladrón” desde su juventud: “apenas se dio por aburrido de servir como doméstico a gentes extranjerizas, vióse, mozo aún, capitaneando crecido núcleo de yebalíes rudos, impetuosos, sin miedo a Dios ni al Diablo, y que no mas sentían escrúpulos de conciencia ante lo que no les reportaba provecho material tangible. El jerife había encontrado en el bandolerismo su natural elemento…/ Y su primera hazaña fué robarles a sus mismos primos algunos centenares de cabezas de ganado…”. El objetivo de esta descripción era quitarle toda dignidad militar al enemigo declarado. Era también una forma de minimizar la valía del rival. Pero ello se convirtió en un problema propagandístico para el militarismo africanista, puesto que surgía la gran pregunta de los sectores opuestos a la Guerra de Marruecos: si se estaba luchando contra pastores y ladrones sin cultura, ¿cómo debían entenderse las dificultades que el ejército español estaba encontrando para pacificar su zona de influencia? Una retórica despectiva sobre el “marroquí ladrón” que, a partir de 1921, fue redirigida a Abd-el Krim.9

El segundo artículo, “Muley Ahmed er Raisuni ha muerto”, publicado en la Revista Hispano Africana en abril de 1925, establecía un relato sobre El Raisuni que transitaba de lo negativo a un ambivalente elogio. El articulista, Ángel Cabrera, resaltaba que había sido un personaje odiado por muchos españoles y también por muchos marroquíes que le consideraban un rival político, como el sultán y la administración del Majzen. Sin embargo, apreciaba el periodista de la LAE, “tal vez estas contradicciones nacen de que hemos estado mirando al Raisuni desde un plano muy distinto del suyo. Acaso nos lo encontraríamos si pudiésemos dar un salto atrás de siete siglos y volver a aquellos tiempos en que los nobles descendían de sus castillos para saquear a los vasallos y servían con sus mesnadas al mejor postor”. De repente, lo que era un compendio de ruindades en 1913, devino el descubrimiento de un mundo árabe complejo: El Raisuni no era un ser abyecto, sino que en sus ambigüedades se encontraba el verdadero islam (confundido sin más como sinónimo de mundo árabe), aquel que se había establecido en la Península Ibérica y había aportado lo mejor de sí mismo: “Porque ahí está, precisamente, lo mejor del Raisuni. Respetando todas las opiniones, para mi había en este cherif, encasillado en su palacio de Tazarut, un encanto especial: el encanto de ser lo único verdaderamente marroquí que quedaba en Marruecos, el único recuerdo vivo del Mogreb [sic] que se va, del Mogreb de los esclavos negros y de las bellas fantasías a caballo, de los serrallos fastuosos y los kedia despóticos, de los bandoleros en cuadrilla y los bárbaros castigos corporales, de los santos vivos y los señores feudales”.10 Toda una descripción del orientalismo romántico propio de los intelectuales europeos, pero que, en esencia, venía a significar para el articulista el fin del viejo Magreb para dar paso al moderno Marruecos que tras la campaña de 1925-1927 contra Abd-el Krim pretendía instaurar la por aquel entonces dictadura primorriverista.11

Pero no solo se presentaban las virtudes guerreras del marroquí, sino también su capacidad de trabajo y de organización de este, un factor que debería ayudar a la modernización económica, cultural y urbanística del Protectorado. Todo un proyecto propagandístico que siempre se vio lastrado por la difícil pacificación del Protectorado, la cual no se hizo efectiva hasta 1927. Por otro lado, las páginas de las publicaciones de la LAE recogían artículos y trabajos de una notable presencia del mundo intelectual y profesional mayoritariamente monárquico, lo cual suponía una paradoja. Esta se sustentaba en el hecho que la representación institucional de la Monarquía se simbolizaba en la figura de Alfonso XIII, siempre sospechoso, desde la oposición al régimen de los sectores republicanos y obreristas de izquierdas, de potenciar a los africanistas militares y militaristas en detrimento de los partidarios de la “penetración pacífica”. Pero como se verá en el apartado siguiente, existió todo un programa o, mejor dicho, una diversidad teórica sobre como atraer al complejo y diverso entramado sociocultural marroquí para la integración de la zona de influencia en las esencias de una teórica españolidad integradora.12

LA NACIONALIDAD DE LOS RIFEÑOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE UN MARRUECOS ESPAÑOL

Del número 2 de África Española de agosto de 1913 deben destacarse dos artículos esenciales para comprender los objetivos de la LAE en la zona de influencia española del Protectorado de Marruecos. Como se ha apuntado anteriormente, los directivos e integrantes de la Liga Africanista no parecían entender la colonización de Marruecos como una simple empresa de ocupación militar y posterior explotación desmedida del territorio. Ciertamente, existían ambiciones económicas sobre su área de influencia, pero entendían que la explotación por la explotación o el intervencionismo militar sistemático solo podía conducir a una empresa ruinosa carente de beneficios. Para que la ocupación y “protección” del Marruecos español diera sus frutos se entendía que debía aplicarse una política educativa general nacionalizadora y técnica. No parecía concebirse una emigración masiva a Marruecos de españoles obreros y campesinos en busca de oportunidades (al menos en esa primera fase), sino que se entendía que, en el protectorado, ya existía una población autóctona lo suficientemente amplia a la cual se debía educar y adaptar en las nuevas formas del trabajo capitalista (fuese industrial o agrario). Hay que tener en cuenta que, por aquellas fechas de principios de la década de los años diez del siglo XX, España ya había generado importantes flujos migratorios a América del Sur y empezaba, para consolidarse durante la Gran Guerra y la dictadura de Primo de Rivera, un proceso de migración de la España interior y del Mediterráneo sur a centros industriales urbanos como Barcelona o hacia Argelia desde puertos como el de Alicante. Por lo tanto, Marruecos no era percibido como un espacio de atracción laboral relevante para los trabajadores y campesinos españoles. En consecuencia, el objetivo de la modernización económica de Marruecos parecía pasar por la propia población autóctona de la zona de influencia bajo guía y orientación de los técnicos y emprendedores españoles.13

Pero para ello, existía una primera gran consideración para nada baladí: ¿eran españoles los rifeños, yebalíes y demás por razones del tratado de protectorado? De hecho, el enunciado de esta pregunta surge de la primera frase de un artículo de África Española de agosto de 1913 donde un conflicto jurídico en el cual un marroquí “nacido en las cercanías de Tetuan”, cuyo nombre era Sid-Abd-el-Krim, “se querelló por un delito cometido en perjuicio suyo por un francés llamado Chalou”. Este alegó que el querellante, el tal Sid-Abd-el-Krim era “un extranjero a quien debía obligarse a prestar fianza previa, por los perjuicios que pudiera producir con sus acusaciones”. Sin embargo, el marroquí alegó que no era un extranjero puesto que “el artículo 22 del Convenio franco-hispano de 27 de Noviembre de 1912, los marroquíes residentes en la zona de influencia española están acogidos en Francia a la protección de los agentes diplomáticos y consulares de España”. El pleito concluyó con una sentencia de los tribunales franceses contra Sid-Abd-el-Krim al estimar que este “no podía invocar la nacionalidad española y le exigió, como extranjero no privilegiado por ningún Tratado, una fianza de 300 pesetas”.14

La sentencia de los tribunales franceses dejaba a las claras que los marroquíes del conjunto del Protectorado (zona de influencia española incluida) eran a todos los efectos ciudadanos no franceses, ni españoles. Esto último por la sencilla razón de que el Protectorado era una asignación o misión de ámbito competencial exclusivamente francés y que España simplemente había recibido una zona de influencia y de administración delegada por Francia. Por lo tanto, no podía hablarse a efectos legales de Protectorado español como si fuese un igual al Protectorado francés. Era la zona de influencia española como una subcontrata dentro del Protectorado francés. Otra cosa era lo que los administradores españoles quisieron ejecutar en su ámbito territorial. Por ello, las páginas de África Española valoraron ante la sentencia del Tribunal francés que “fuera más lógico, sobre todo en caso como el sentenciado, en el cual, sólo se debatía una cuestión de procedimiento, proceder con mayor amplitud de criterio y abrir libremente las puertas de los tribunales a los protegidos”.15

En rigor, las autoridades gubernamentales y jurídicas francesas no iban a reconocer ningún marroquí del conjunto del Protectorado la nacionalidad francesa. También porque estamos ante una estructura jurídica, como era la de un protectorado, en la que, en teoría, no se entendía que hubiese una situación jurídico-política de ocupación colonial o imperial. El protectorado contemplaba, aparentemente en el papel, que el reino o estado protegido no perdía su identidad nacional, por lo que a efectos legales los marroquíes del Majzen eran súbditos del sultán de Marruecos y si se había de aceptar alguna nacionalidad (siempre entendiendo el concepto de “nacionalidad” desde el punto de vista político europeo) esta debía ser la marroquí.16

Sin embargo, los africanistas civiles de la LAE no parecían querer entenderlo así. Su idea iba más por el camino de la integración de la población marroquí a las estructuras jurídicas y administrativas españolas. De hecho, estas se iban a cobijar en un factor apuntado por África Española en el mismo número de agosto de 1913 en otro artículo titulado “Nacionalización de moros y judíos”. Según el articulista el Tratado del protectorado “guarda absoluto silencio” sobre el tema de las nacionalizaciones. Pero mientras los franceses intentaron marcar jurisprudencia con el pleito de Sid-Abd-el-Krim, los españoles optaron por acogerse al hecho de que el Tratado no recogía una solución de ningún tipo para la cuestión. De hecho, percutía en que “sobre este importante particular creemos que debieran ponerse de acuerdo ambos Gobiernos contratantes para regimentar de modo equitativo la nacionalización de moros y de judíos en sus respectivas zonas”. Y esta última coletilla es muy significativa en el modo en el cual está expresada: “en sus respectivas zonas”; dando a entender que se podía llegar a una solución en la cual cada administración operase a su modo de ver particular.17

Por otro lado, resulta interesante incidir en la visión que la LAE tenía de la población marroquí: no la identificaba estrictamente con lo “moro”, con toda la ambigüedad que podía tener el concepto (si se refería solo a población árabe o a cualquier etnia o población no árabe de confesión religiosa musulmana), sino que la extendía a la propia comunidad judía (esta también sumamente diversa y compleja). Esta extensión de lo marroquí a lo judío tuvo mucho que ver con la idea de renacimiento de una idea de al-Ándalus, no desde una perspectiva musulmana sino desde un punto de vista español. Se pretendía, por parte de los intelectuales africanistas españoles, rescatar al-Ándalus como un espacio de concordia musulmán-judío-cristiano, aunque bajo égida cristiana (por lo tanto, española) y no desde un predominio árabe-islamista.18

En este sentido, hay que tener en cuenta las iniciativas, desde principios del siglo XX, de Ángel Pulido Fernández de aproximación y reconciliación con el denominado mundo sefardí español y del Protectorado: autor, en 1904, de los libros Los españoles sin patria y la raza sefardí, y Los israelitas españoles y el idioma castellano (intereses nacionales). Pulido fue un personaje singular dentro del panorama político español del primer tercio del siglo XX: profundamente católico, pero de adscripción liberal llegando a ser subsecretario de gobernación en 1906-1907 y vocal del Instituto de Reformas Sociales. En 1910, durante la presidencia de Canalejas, fue nombrado senador vitalicio y, desde esa atalaya, continuó con su política de reconciliación entre católicos y judíos en España. De hecho, fue durante la dictadura de Primo de Rivera, en 1924, que se aprobó el decreto por el cual se permitía a los descendientes de la comunidad judía expulsada de la Hispania de los Reyes católicos el solicitar la nacionalidad española. Es en este contexto que Pulido deviene, entre 1926 y 1932, presidente de la Casa Universal Sefardí, de la cual será vicesecretario el andalucista y arabista Rodolfo Gil Benumeya. Este devino, entre otras funciones, profesor de arte hispanomusulmán y de historia de Marruecos en el Centro de Estudios Marroquíes de Tetuán y en el que fue primer centro marroquí de enseñanza media, el Instituto Libre de Tetuán, que estuvo dirigido por el líder nacionalista Abdelkhalek Torres.19

La dupla Pulido-Gil Benumeya explicita la idea de una construcción cultural hispano-marroquí basada en el referente de al-Ándalus, pero bajo égida cristiano-española. Sin duda, toda esta construcción imaginaria estuvo cargada de numerosas contradicciones, pues el propio Benumeya llegó a ser un polo de conexión entre los espacios filosefardíes, los nacionalistas árabes (tolerados, en cierta forma, a diferencia de los bereberes) y los africanistas militaristas, puesto que fue un colaborador habitual de la Revista de Tropas Coloniales. Siguiendo con las paradojas, cabe decir que Benumeya también fue colaborador, como veremos más adelante, durante los años primorriveristas, de la publicación de la Liga Africanista Española, Revista Hispano Africana. Y lo cierto es que la LAE y el militarismo africanista parecían contemplar en apariencia visiones contrapuestas de cómo abordar la “civilización” de la zona de influencia española en Marruecos20.

Y, ciertamente, la paradoja y las contradicciones fueron una constante de las diferentes propuestas de construcción cultural hispano-marroquí como así puso de manifiesto la propuesta de “enseñanza en el Rif” que elaboró y presentó la LAE en las páginas de África Española de noviembre de 1913: en esta solo hacía referencia a la población infantil y juvenil de confesión musulmana y su notable asistencia a las medersas. En este sentido, el elemento judío no aparecía en ninguno de los párrafos y líneas del artículo. Muy interesante es la descripción corporativa y profesional del elenco de maestros y profesores (siempre en clave masculina) que habrían de ejercer el magisterio en las escuelas de la zona de influencia. Evidentemente, la idea era substituir las medersas por las escuelas nacionales españolas. En todo caso, las medersas debían limitarse a la instrucción religiosa, mientras que las escuelas nacionales habían de destinarse a la educación general básica. Ello quería decir que el elenco de profesores había de ser mayoritariamente español (o peninsular), mientras que “en cuanto a los profesores indígenas, por ahora habrían de ser meros pasantes, hasta que se lograse reunir el número necesario, con suficiencia, para regir las clases que se les hubiera de encomendar. A este fin, entre los moros que en la actualidad reciben educación por cuenta de España, debiera elegirse todos aquellos que reunieran condiciones para el Magisterio y tuviesen vocación para la enseñanza, y costearles la carrera de maestros; hay que reconocer que algo se hace ya en este sentido, pues en la actualidad son dos los jóvenes indígenas que estudian con grande aprovechamiento en la Normal de Málaga”.21

Sin embargo, una cosa era la teoría y otra muy distinta la realidad. Si no, fijémonos en el caso de Abd-el Krim al Jattabi. Él y su hermano estudiaron en la medersa correspondiente para posteriormente realizar el bachillerato español en Tetuan y Melilla. Incluso su hermano estudió derecho en Madrid y Málaga, y el propio Abd-el Krim fue empleado público como traductor de la administración pública de la zona de influencia española. Toda esta trayectoria no sirvió en su caso para establecer su posible identidad española, sino todo lo contrario. Y la sublevación y establecimiento de la República del Rif entre 1920 y 1927, con el duro golpe del desastre de Annual de 1921 llevaron a la LAE, a través del político liberal y regionalista castellano, Antonio Royo Villanova a manifestar en las páginas de la Revista Hispano Africana de febrero de 1922, que, en el terreno de la educación y del adoctrinamiento español, “algo evidentemente hemos trabajado, pero no lo preciso. Hemos tenido luego una clara percepción de la realidad y de las necesidades de la obra educadora hispano-marroquí; profesores beneméritos como D. Julián Ribera, funcionarios competentes como D. Luciano López Ferrer, africanistas de carácter cultivado y carácter españolísimo como el ilustre tangerino Ricardo Ruíz Orsati, han realizado en este punto una labor patriótica que solo necesita de que sea llevada a la práctica”.22

¿Y qué entendía Royo Villanova que debía ser llevado a la práctica? La respuesta era muy simple, pero de tan simple rayaba lo esquemático y no entraba en la profundidad del problema que era el de la identidad de los propios marroquíes y, aún más, la de los españoles en Marruecos. Así, Royo Villanova destacaba que los franceses habían organizado la educación de su zona a partir de una Dirección General de Instrucción pública con 87 escuelas primarias, una escuela industrial y mercantil en Casablanca y dos escuelas para la mujer en Rabat y nuevamente en Casablanca. Muy lejos de lo que se había ejecutado en la escuela española, donde el problema había sido, entre otros aspectos, el de un migrado presupuesto en instrucción en beneficio de la administración militar. No hay que olvidar que el predominio de Altos Comisarios españoles de carácter militar se extendió hasta 1931.23

En rigor, hasta 1927, el protagonismo de una colonización (que no una protección) de carácter militarizado y en permanente conflicto con las diferentes cabilas limitó extraordinariamente la integración en clave española de la población marroquí de la zona de influencia. En todo caso, de existir esa integración se realizó en algunos sectores a través de la denominada policía indígena y la integración en las tropas de los denominados regulares. Una integración no siempre entendida por los autóctonos como una aceptación de lo español, sino también como una manera de hacer frente a insurrectos rivales de las propias comunidades de las que provenían los futuros policías y soldados indígenas. La realidad era compleja y, a veces, de difícil comprensión para la mayor parte del estamento militar en África: lo fácil, en clave de guerra binaria, era entender que había “buenos” colonialistas y “malos” indígenas. Sin embargo, lo cierto era que dentro del mundo autóctono marroquí existía una pluralidad religiosa, pero también una realidad que confrontaba a diferentes cabilas y familias no siempre bien avenidas.24

DE LA NACIONALIZACIÓN PRIMORRIVERISTA AL ESTABLECIMIENTO DE LA SEGUNDA REPÚBLICA. DE LA LIGA AFRICANISTA ESPAÑOLA A LA ASOCIACIÓN HISPANO-ISLÁMICA

En mayo de 1927, en los estertores de la República del Rif y la consiguiente pacificación de la zona de influencia del protectorado tras trece años de su establecimiento, la Revista Hispano Africana publicó un artículo con el significativo título: “Colonizar es difundir el idioma nacional”. El artículo, firmado por José Salafranca, no hacía mención del protectorado de Marruecos. Lógico. Un protectorado no es estrictamente una colonia: es un estado, en apariencia, soberano bajo protección de una potencia tutora. Ciertamente, un protectorado es percibido por los protegidos como una forma hipócrita de colonización. En el caso del artículo referenciado, Salafranca se refería a Guinea y Fernando Poo como territorios que sí tenían el estatus de colonias. Pero lo importante era el sentido final del artículo: una colonización española en África que parecía tener como objetivo último la nacionalización cultural española del conjunto de los habitantes colonizados a través de la implementación del idioma castellano. Sin referirse a Marruecos, este había sido y seguía siendo una de las líneas de actuación de la política española en el protectorado: la potenciación del castellano en la formación cultural de la población marroquí.25

La paradoja de la política civil (a diferencia de la militar) española en Marruecos no fue la de imponer la lengua y la religión católica como símbolos necesarios de la españolización del marroquí. A diferencia de Guinea y de Fernando Poo, los gobiernos españoles de diferente signo (y con lo cual comulgaba la LAE) tuvieron mucha preocupación por respetar las particularidades religiosas de musulmanes y judíos, puesto que el punto de referencia que justificaba la implementación administrativa y política de la zona de influencia fue siempre el recuerdo en positivo de al-Ándalus como espacio geopolítico de encuentro entre las tres grandes religiones mediterráneas. En este sentido, ya finiquitada la dictadura primorriverista y en proceso de restauración del orden constitucional de 1876 suspendido en septiembre de 1923, la Revista Hispano Africana publicó en el número de mayo-junio de 1930 el artículo titulado “En el Pabellón marroquí de Sevilla. Una hospedería para estudiantes musulmanes”.26

El artículo, firmado por Emilio Dugi, abogado, publicista y, posiblemente, libretista de zarzuelas como Los amores de la Inés, describía el impacto “positivo” que había tenido el pabellón marroquí en la Exposición Iberoamericana de Sevilla inaugurada en 1929, especialmente en el objetivo de presentar los valores comerciales de la actuación española en el Protectorado. Ahora bien, Dugi, que también formaba parte del consejo de redacción de la Revista Hispano Africana, resaltaba que paralelamente se había continuado con una política de potenciación de los lazos culturales hispano-marroquíes al establecer la “hospedería para estudiantes marroquíes” que aspiraban a ser los “maestros futuros” del protectorado. Acción que como se puede observar se remontaba a las primeras declaraciones que en este sentido había manifestado la LAE, ya desde 1913, sobre la necesidad de configurar un elenco de profesores musulmanes bajo protección española. Pero Dugi iba más allá y afirmaba que “cuanto decimos de los maestros puede aplicarse, con las mismas premisas, a los médicos y a cuanto se relacione con la vida intelectual del pueblo marroquí”.27

En las vísperas del establecimiento de la Segunda República, en el número de marzo-abril de 1931 de la Revista Hispano Africana, Rodolfo Gil Benumeya, arabista y andalucista vinculado a la LAE, matizaba y esclarecía lo que debía entenderse como el “buen marroquí” o marroquí “civilizado” en un artículo titulado “Introducción a una política árabe”: “Al hablar de los marroquíes conviene recordar que la población indígena se divide en dos partes. Una es civilizada, habla el árabe, habita en las ciudades del litoral y las llanuras, tiene una tradición monárquica y una tradición musulmana de gran religiosidad exteriorizada en el culto celebrado en las mezquitas. Es el “moro” el ciudadano culto y organizado en una nación. Los moros forman el llamado Marruecos andaluz o arabizado. Otra es bárbara, habla la lengua beréber, habita en las montañas, las estepas y los desiertos, vive dividida en tribus, tiene una tradición de superstición que la impulsa a la adoración de santones y cabecillas. Es el “cabileño”, constantemente insurrecto y desorganizado. El moro ha venido de Andalucía por mar, es un descendiente de los españoles musulmanes expulsados por la Inquisición. El beréber ha venido de Egipto y sus desiertos etíopes, por el Sahara. Son dos oleadas que han aplastado la población indígena de las primitivas edades históricas y que aún se disputan el dominio del país. La andaluza tiene más derecho, porque, según parece, la población primitiva de Marruecos era la ibera, aborigen de Andalucía.”28

La descripción realizada por Gil Benumeya resulta todo un alarde de reinvención del pasado hispano-marroquí. En primer lugar, hay que destacar que, según el andalucista, el marroquí “civilizado” tiene su origen en al-Ándalus, es árabe y de vocación urbana. Esto es importante en la medida que el primer tercio del siglo XX entronizó el mundo de las grandes metrópolis urbanas como el símbolo de la modernidad y del progreso. Por esas fechas, ciudades como Tetuán, Larache o Ceuta estaban en plena construcción de sus ensanches más allá de su centro antiguo de carácter netamente musulmán, como así sucedía en el Magreb francés con Casablanca o Argel.29

En segundo lugar, el minusvalorar al bereber era resaltar negativamente el carácter de la que había sido la República del Rif: un símbolo de la antimodernidad. Paradójicamente, todo lo contrario de lo que llegaron a pensar los separatistas catalanes del Estat Català de Francesc Macià que envidiaron a los rifeños por poseer su propia aviación militar, cuando los “legionarios” de l’Avi apenas llegaron a ser 150 hombres y pesimamente armados y adiestrados para su proyecto insurreccional de noviembre de 1926, coincidente con la fase de la guerra del Rif caracterizada por la colaboración hispanofrancesa contra Abd-el Krim.30

Debe apuntarse que la LAE debe ser percibida y analizada como un precedente monárquico de la Asociación Hispano-Islámica surgida en 1932. Debe destacarse que no existe una continuidad orgánica entre la LAE y la AHI. De hecho, la LAE, como plantean sus siglas, Liga Africanista Española, tenía un proyecto netamente africano, mientras que la AHI apostó por orientarse más hacia el mundo Mediterráneo árabe-islámico. Con todo, sí que podría destacarse un punto de conexión entre la LAE y la AHÍ: Rodolfo Gil Benumeya, el arquitecto de la dualidad del “árabe civilizado” y el “bereber rural”. Benumeya mantendrá esta idea durante los años republicanos, y no debe olvidarse que fue también un intelectual conectado con los militares africanistas con los que colaboró durante la dictadura de Primo de Rivera en la Revista de Tropas Coloniales (la cual había tenido como director a Francisco Franco) y también con la Casa Universal de los Sefardíes presidida por el mencionado en páginas precedentes, Ángel Pulido.

En sus últimos números, la Revista Hispano Africana, y en concreto en su número de mayo-junio de 1931, se hizo eco del manifiesto de apoyo del Jalifa de la zona de influencia española hacia el gobierno provisional de la proclamada Segunda República: “Prometemos solemnemente nuestra colaboración para cuantas reorganizaciones sean necesarias y que no afecten a nuestros sentimientos religiosos, ya que todas las reformas sociales tienden a mejora general y no individual, y de las que han de coparticipar protectores y protegidos, unidos por interés común que hace de los dos una sola familia, y la historia árabe nos lo ha fijado en sus anales”31.

La reproducción de este mensaje bien recibido por la misma Liga Africanista Española, da muestras del accidentalismo de la misma LAE sobre el régimen político que debía imperar en España o sobre su adaptabilidad a las diferentes coyunturas: Monarquía, Dictadura o República siempre y cuando el gobierno correspondiente siga las pautas intervencionistas y de discurso de la LAE en África. Y, finalmente, el mensaje del Jalifa era a los ojos de los intelectuales y miembros de la LAE una misiva de lo que debía suponer el “marroquí civilizado” y el buen entendimiento entre protegidos y protectores: “Al documento, al que el Gobierno provisional ha dado la adecuada respuesta, acompañan determinadas peticiones, que responden al anhelo de mejora que sienten los marroquíes del mismo modo que los españoles. Son peticiones que el Gobierno habrá de estudiar en momento oportuno, llevando a ese estudio el más vehemente interés por el acierto y la cordialidad que debe existir entre protectores y protegidos.”

CONCLUSIÓN: ESPAÑA ENTENDIÓ LA ZONA DEL PROTECTORADO COMO UNA COLONIA

Se desprende de lo escrito en las páginas precedentes una gran paradoja de la actuación de la administración española en su zona de influencia del Protectorado: toda su teorización sobre el ideal de “ciudadano” o lugareño marroquí se fundamentó en la convicción política de que Marruecos (o, al menos, la zona de influencia española) no era un Protectorado, sino una colonia. O, mejor dicho, actuaron las autoridades españolas prescindiendo del hecho legal de que Marruecos era, en realidad, un estado soberano bajo protección y que, en consecuencia, sus habitantes naturales eran “ciudadanos” marroquíes, y que su jefe de estado era, en el papel de las leyes internacionales, el correspondiente sultán.

Así, una cosa era qué se podía entender qué era el “buen” marroquí o el “mal” marroquí, puesto que estas consideraciones no necesariamente afectaban a la carta de naturaleza de estos como súbditos del sultán. El problema surgía cuando todos los planes educativos de la administración española para la zona de influencia partían de la base de incorporar, implementar e imponer el modelo educativo del gobierno español al conjunto de la población de la zona de influencia. No solo eso, la LAE puso de manifiesto una vertebración del cuerpo de profesores organizado al entorno de docentes especialistas españoles auxiliado por técnicos marroquíes, los cuales, tras un proceso de aprendizaje técnico, se incorporarían a una estructura educativa de carácter español. Por ello, se puede afirmar que el gran proyecto cultural de la LAE estribaba en “españolizar” a la población magrebí de la zona de influencia siguiendo parámetros que ya se aplicaban en lo que sí eran formalmente colonias, como eran Guinea o Fernando Poo.

¿Llegó a ser aceptada en su totalidad por la administración y el gobierno español la propuesta educativa y cultural de la LAE? No exactamente. Formalmente, la administración española en la zona de influencia actuó frente al Majzen aceptando lo que por ley se entendía que era un Protectorado. Pero, al mismo tiempo, las actuaciones militares, administrativas civiles y culturales actuaron hacia la línea de entender el Marruecos español como una colonia, como un espacio de soberanía española. De hecho, la constitución republicana de 1931 concebía el Protectorado como una especie de autonomía del estado español, desmintiendo la idea de que Cataluña fuese la única autonomía legal en la España de 1931-1936. De hecho, en el artículo octavo se establecía que “Los territorios de soberanía del norte de África se organizarán en régimen autónomo en relación directa con el Poder central”32.

¿Cómo se podía compatibilizar “régimen autónomo” con “estado protegido”? Aunque constitucionalmente se planteara la primera opción, los tratados internacionales desmentían la idea de “régimen autónomo”, a no ser que por el mismo se tuviese una concepción lo suficientemente laxa que pudiese significar tanto la idea de una “autonomía” político-administrativa como la que se implementaría en Cataluña con el Estatuto de 1932, como, por otro lado, la de una parte de un estado protegido que tenía, según la constitución de 1931, “relación directa con el Poder central” español.33

La Guerra Civil de 1936-1939 dejó bien a las claras que tanto “nacionales” como “leales” implicaron a “ciudadanos” y/o “súbditos” marroquíes de la zona de influencia como si esta fuese territorio nacional español, subvirtiendo el espíritu de la letra de los acuerdos internacionales. Un factor que, por ejemplo, poco le iba a importar a la diplomacia británica, cuyo gran deseo era la permanencia de España en el Norte de África como contrapeso a la presencia de Francia.34 Todas estas consideraciones de tipo administrativo sobre cuál debía ser el rango legal por el cual debían ser caracterizados ante la ley los pobladores autóctonos de Marruecos contrastaban con la imagen tópica que, sobre el conjunto de la población marroquí, se extendió y difundió realmente a lo largo de las diferentes coyunturas políticas que tuvieron lugar entre 1913 y 1939: esa imagen real, surgida de las mismas entrañas de la administración del Protectorado, estuvo marcada por grandes dosis de racismo, las cuales se hicieron extensibles durante la misma Guerra Civil entre los sectores políticos del bando republicano al identificarlos con su “apoyo” y colaboración con el bando nacional. Más aún, la retórica militar de los nacionales se sumó en un mar de contradicciones siempre presente desde la misma existencia del Protectorado y especialmente en la administración militar. El guerrillero rifeño, entre 1909 y 1927, podía ser considerado un salvaje sanguinario incapaz de adoptar las “nobles” prácticas de la guerra tradicional; una imagen sanguinaria que tuvo su momento álgido en la debacle de la Comandancia de Melilla de 1921. Y, sin embargo, los militares nacionales asumieron y fomentaron contradictoriamente durante la Guerra Civil las prácticas militares no “convencionales” adoptadas por las unidades de marroquís que combatieron al servicio de Franco.35

FINANCIACIÓN

Este estudio forma parte del proyecto de investigación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades PID2022-138969NB-I00: “La dictadura de Primo de Rivera y la Segunda República española en sus relaciones con el panarabismo y el panislamismo (1923-1937)”.

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_______________________________

1Madariaga, María Rosa de (1988) fue una de sus primeras aportaciones en este sentido. También existió una imagen negativa del “moro” desde la perspectiva del bando republicano durante la Guerra Civil de 1936-1939: Gómez Canseco, Luis (2023).

2El Aidi, Abdellatif (2021).

3 La distinción entre lo bereber y lo árabe en: Pennell, C. R. (1986). Rachid Raha, Ahmed y Moga Romero, Vicente (1998) o Moga Romero, Vicente y Rachid Raha, Ahmed (2000). Mateo Dieste, Josep Lluís (1997: 107 y ss.

4Morales Lezcano, Víctor (1976). Martín Corrales, Eloy (2002b). Villanova, José Luis (2004). Gómez Rey-Benayas, Adrián (2024).

5Campos Serrano, Alicia (2021).

6Iglesias Amorín, Alfonso (2016).

7Macías Fernández, Daniel (2013).

8 El propio nacionalismo marroquí realizó un juego de contraposiciones entre ambas figuras: Velasco de Castro, Rocío (2019).

9 “Un día en Zinat. Hablando con El Raisuni”. África Española, 15 de septiembre de 1913. Un clásico sobre la rebelión de Abd-el Krim: Woolman, David S. (1968). También: Madariaga, Mª Rosa de (2009).

10 “Muley Ahmed er Raisuni ha muerto”. Revista Hispano-Africana, abril de 1925.

11Iglesias Amorín, Alfonso (2022).

12Casielles Hernández, Laura (2020). Sin embargo, la imagen que siempre predominó entre la opinión pública española fue la del “marroquí sanguinario”: Tejera Pinilla, Carmen (2016).

13Dahiri, Mohamed (2013) y López García, Bernabé (2013).

14 “La nacionalidad de los rifeños”. África Española, 15 de agosto de 1913.

15 Ibid.

16 Una reflexión sobre el marco jurídico a aplicar en Marruecos en función de si era entendido como protectorado, colonia o “pseudo-colonia” en Pérez-Prendes Muñoz-Arraco, José Manuel (2013) y Carrasco González, Antonio Manuel (2013).

17 “Nacionalización de moros y judíos”. África Española, 15 de agosto de 1913.

18Bolorinos Allard, Elisabeth (2021).

19Pulido Fernández Ángel (1904) y (1905). Kenbib, Mohammed (2016).

20Macías Fernández, Daniel (2013). Ver también el estado de la cuestión sobre el africanismo militar de Macías Fernández, Daniel y García Pujades, Sergio (2021). González González, Irene (2017).

21 Saco Maureso, Juan. “La enseñanza en el Rif”, África Española, 15 de noviembre de 1913.

22 Royo Villanova, Antonio. “El Protectorado y la enseñanza”, Revista Hispano Africana, febrero de 1922.

23 Ibid.

24Wyrtzen, Jonathan (2015). Martín Corrales, Eloy (2007). La complejidad de la realidad cultural y social de la población marroquí contrastaba con una interpretación del mundo castrense español donde se priorizaba un discurso testosterónico (nacionalismo viril en palabras de la profesora Gemma Torres Delgado) y racialmente simplista del heroísmo militar: ver los artículos Torres Delgado, Gemma (2017a), (2017b), (2017c) y (2020).

25 “Colonizar es difundir el idioma nacional”, Revista Hispano Africana, mayo de 1927.

26 Dugi, Emilio. “En el Pabellón marroquí de Sevilla. Una hospedería para estudiantes musulmanes”, Revista Hispano Africana, mayo-junio de 1930.

27 Ibid.

28 Gil Benumeya, Rodolfo. “Introducción a una política árabe”, Revista Hispano Africana, marzo-abril de 1931. Gellner, Ernest y Micaud, Charles (1972). Peyron, Michael (2021).

29Reyes Ruiz, A. (2024). Bravo Nieto, A. (2006).

30Ucelay-Da Cal, Enric (1980).

31 “La intelectualidad musulmana de nuestra Zona ante el Gobierno de la República”, Revista Hispano Africana, mayo-junio de 1931.

32 “Constitución de 1931” en https://www.congreso.es/constitucion/ficheros/historicas/cons_1931.pdf (Consultado por última vez el 14 de julio de 2025).

33 Ibid.

34Paz, Abel (2000).

35Martín Corrales, Eloy (2002a).

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