Guerra Colonial. Colonialismo, procesos postcoloniales y relaciones internacionales

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Leclerc o el breve “tiempo de la ilusión”: emociones sobre Saint Domingue desde la letra impresa

Leclerc or the brief ‘time of illusion’: emotions about Saint Domingue from the printed word

Loles González-Ripoll

Instituto de Historia, CSIC

Recibido: 02/06/2025
Aceptado: 28/08/2025

DOI: https://doi.org/10.33732/RDGC.17.125

Resumen

La llegada de las tropas francesas al mando de Leclerc supuso una breve etapa de aparente tranquilidad y confianza para la política y geoestrategia imperial caribeña así como para los habitantes -blancos en su mayoría- de Saint Domingue huidos de la situación de violencia e incertidumbre quienes vislumbraron la esperanza del regreso. En este trabajo se explorarán las diferentes visiones y las emociones despertadas en lo individual y colectivo, desde dos textos impresos: la Gaceta de Madrid que suministraba información a la metrópoli y los territorios ultramarinos procedente de prensa extranjera y la singular obra, entre la realidad y la ficción, de una norteamericana casada con un hacendado francés y su vano intento de recuperar propiedades en el “tiempo de la ilusión” generado por Leclerc.

Palabras clave
Leclerc, Saint Domingue, Haití, Gaceta, Hassal, Esperanza, Temor, Franceses.

Abstract

The arrival of French troops under Leclerc’s command marked a brief period of apparent calm and confidence for Caribbean imperial politics and geoestrategy, as well as for the mostly white inhabitants of Saint-Domingue, fleeing violence and uncertainty, who glimpsed the hope of return. This work explores the different perspectives and emotions aroused in individuals and communities through two printed sources: the Gaceta de Madrid, which provided information to the metropolis and overseas territories from the foreign press, and the singular work, halfway between reality and fiction, of an American woman married to a French landowner and his vain attempt to recover property during the “time of illusion” generated by Leclerc.

Keywords
Leclerc, Saint-Domingue, Haiti, Gazette, Hassal, Hope, Fear, French people.

“la ilusión de los especuladores fue de tan corta duración como la del general, quien en pocos meses vio desaparecer su ejército y con él la afectada sumisión de los negros que solo esperaban que el clima hiciera sus efectos sobre el ejército blanco para quitarse la máscara”

Francisco Arango y Parreño, Comisión diplomática al Guárico, 1803

“muchos de los antiguos habitantes de la isla que emigraron empiezan a pensar que sus esperanzas fueron demasiado optimistas para regresar tan pronto de la tranquilidad del continente”

Secret History, or, The Horrors of St. Domingo…, 1808

El título de este trabajo alude a la breve empresa del general Leclerc, cuñado y enviado por Napoleón en 1802 para recuperar el orden en Saint Domingue -entonces en buena parte en manos del líder negro Toussaint Louverture desde 1797 comandante en jefe y gobernador-, mientras que la calificación de “tiempo de la ilusión” procede del habanero Francisco Arango (1952: 350), representante de la Cuba azucarera y esclavista, en cuya opinión Francia creyó en el espejismo de recuperar su colonia antillana y volver a la situación anterior a 1791. Pero la ilusión convertida en esperanza por alcanzar un objetivo pretérito y como representación engañosa de la realidad de un mundo ya desvanecido, dan cuenta del peso y valor de lo concebido fuera de parámetros certeros, del desconocimiento de tierras, personas y procesos allende los mares para una metrópoli en la que tradicionalmente habían residido los dueños de las haciendas porque, como se señalaba a la altura de 1792, “es imposible disimularlo: Saint Domingue no es una patria (…) no es tierra más que para la emigración, la ambición sola los conduce, es el único objetivo (…) Saint Domingue ocupa solamente la cabeza del hombre mientras que su corazón permanece ligado a Francia” (Debien, 1947: 11).

La colonia francesa de Saint Domingue había sido, hasta la revolución de 1791, la más floreciente economía azucarera del mundo gracias al trabajo de su población esclava o esclavizada (89 %) -si atendemos a una denominación no esencialista sino coyuntural del sometimiento a que es objeto una persona- frente al minoritario número de mulatos (6 %) y blancos (5 %). De hecho, pocos años antes, en 1787, el texto de un viajero español (Gala, 1787) en la parte francesa de La Española señalaba esta desproporción de sus habitantes y la inexistencia de un servicio militar de defensa que implicara a la población, como un peligro para su futura supervivencia.

Entre la caída de Saint Domingue y el advenimiento de Haití en 1804, convertida en la primera república independiente nacida de una revolución de esclavos vencedores de una potencia colonial y, en parte, silenciada por ello como señalaba Michel-Rolph Trouillot (2017) y han remarcado otros especialistas (Drigny, 2005), sucedieron hechos tan inauditos como para requerir el concurso de diversas fuerzas con discursos y acciones de naturaleza contradictoria. Así, España prestó primero ayuda a los esclavos insurrectos anteponiendo su rivalidad con la Francia revolucionaria que decretó la abolición de la esclavitud en abril de 1794 para restablecerla más tarde bajo la autoridad de Napoleón y apoyar al ejército de Leclerc, mientras Gran Bretaña, paladín del abolicionismo, apoyó la causa de los colonos de Saint Domingue, es decir, al sistema esclavista que representaban. Es por ello, que resulta evidente que la cuestión de la trata y la utilización de la mano de obra esclava en los territorios ultramarinos, además de su libertad o sometimiento, no constituyeron el centro de las preocupaciones o reticencias de los gobiernos metropolitanos para actuar, permaneciendo en primera línea la ambición colonial de todos ellos (Belaubre, Dym, Savage, 2009).

De hecho, en los trece años transcurridos desde los violentos sucesos que condujeron al cambio radical en la jerarquizada sociedad de Saint Domingue con la proclamación de la libertad de los esclavos plasmada en la Constitución de 1801 -año también de la ocupación por Toussaint de la parte española- se produjeron no sólo luchas intestinas entre facciones y frente a ejércitos europeos con continuos canjes en los poderes de la colonia, sino también, procesos paradójicos como la reesclavización de su población negra en 1802 y, más allá del espacio caribeño contagiado de revueltas esclavas, los ecos de las llamadas a la libertad e igualdad por todo el orbe profundizaron los nuevos conceptos políticos surgidos al calor de las primeras revoluciones atlánticas (Fernández Sebastián, 2021).

Hasta el día de hoy, la revolución haitiana es un fenómeno pleno de silencios atronadores merced al impacto que provocaron hechos, discursos, imágenes, ideas, así como rumores e informaciones exageradas -si no adulteradas o tergiversadas, pero siempre interesadas- según el sujeto enunciador, especialmente los poderes coloniales y los hacendados azucareros esclavistas pero también reconociendo la actividad y acción de la población de color libre y la esclavizada1. El temor a lo ocurrido fue responsable de muchas de las inesperadas y duraderas consecuencias (el racismo y la discriminación en la consideración de la población negra como bárbara, por ejemplo) ya que, recordando Ada Ferrer (2004: 179) las palabras de David Brion Davis, “el miedo rara vez supera a la avaricia” y, así, en Cuba -como señaló Consuelo Naranjo Orovio- “compatibilizar temores e intereses fue ardua tarea” (2004: 91).

CONSECUENCIAS DE LA REVOLUCIÓN: HECHOS, DICHOS Y EMOCIONES

Entre los efectos concretos de la inestabilidad y las sangrientas luchas en Saint Domingue se halla la consiguiente huida de pobladores con su inherente influencia material e ideológica en los lugares próximos de recalada. De territorio francés salieron mayoritariamente blancos hacia islas como Cuba y al cercano Santo Domingo español (Deive, 2007), una emigración escalonada de los primeros “individuos precavidos”, como definió Alain Yacou (2004: 223) a los pioneros que abandonaron la isla al estallar la insurrección hacia el puerto de Baracoa, la siguiente oleada más numerosa de colonos pudientes que contribuyeron al fomento de la producción azucarera y cafetalera en Cuba, así como la salida de gentes de variadas profesiones relacionadas con la tecnología, la medicina, etc., necesitadas en la isla española, para culminar en la marcha de colonos tras las victorias de Toussaint Louverture (1798-1802) y el gran éxodo de los últimos propietarios que habían confiado en la posibilidad de restaurar el orden tras el fracaso de la expedición francesa de Leclerc (más de 18.000 refugiados llegaron a Santiago de Cuba en vísperas de la declaración de independencia de Haití por Dessalines), definido por otra especialista como “la primera diáspora haitiana” (Johnson La-O, 2002: 21).

Así pues, mito y realidad se fusionan en un proceso histórico que es factible analizar mediante los términos utilizados y los sentimientos que suscitan, especialmente porque en el momento de la llegada del ejército francés con el mandato de Napoleón de reconducir los destinos de la colonia, el enfrentamiento a lo desconocido traslada nuestra mirada a la también fracasada invasión de España arrancado ya el siglo XIX (Ferrer, 2019). En Haití como en España resonaron los ecos de la revolución francesa y los sentimientos generados, ese “contagio emocional” que prepara para la acción colectiva señalado por Lucien Febvre en Sensibility and history (1973: 24) trabajo fundacional de la historia de las emociones a mediados del siglo pasado. En concreto aplicado a la revolución francesa y sus efectos a largo plazo, William M. Reddy publicó The navigation of feeling, a framework for the history of emotions en el que destacaba cómo “el cambio en estilos y regímenes emocionales pueden promover cambios más estructurales”. Para él, “la etapa napoleónica, que consagra el racionalismo en política, fue un cuestionamiento al sentimentalismo que caracterizó la etapa jacobina -y – por tanto, sus planteamientos políticos” (2001: 141-173). Asimismo, Sara Hidalgo García de Orellán en un trabajo que mapea la historia de las emociones señaló que “el emperador francés consagró una nueva forma política que apuntalaba la razón como su elemento central al tiempo que redefinía el concepto de virtud, que pasó a extenderse como un elemento disciplinador de los sentimientos” (2020: 220).

A nuestros ojos, resulta interesante que este análisis sobre cierta filosofía de vida y acción de Napoleón se base en el triunfo de la racionalidad cuando, precisamente, lo que suscitó en 1808 entre la población de España fue una oleada de emociones y sentimientos que imposibilitaron su victoria, algo que ya había experimentado también en carne ajena en Saint Domingue, donde la fuerza de la búsqueda de libertad y de dignidad impidió la victoria de las huestes francesas (Gómez: 2006: 129)2. E, incluso, a sabiendas del fracaso en el Caribe, la reputación de Napoleón en España fue benevolente y su figura admirada como un gran estratega militar hasta que los sucesos de la península le hicieron merecedor del título de anticristo, de “engañador feroz y un usurpador simulado”3.

En las líneas que siguen vamos a adentrarnos en la estancia del enviado Leclerc a Saint Domingue fijándonos en dos tipos de impresos de la época en estrecha relación con el Saint Domingue de 1802-1803: primero, en qué términos se difundió la información de la expedición militar francesa en España y sus territorios ultramarinos a través de la Gaceta de Madrid y, en segundo lugar, la experiencia directa de un colono francés y su esposa norteamericana en el intento de recuperar sus propiedades en el “tiempo de la ilusión” generado por Leclerc.

LA GACETA DE MADRID: UNA INFORMACIÓN ALARMANTE

Además de informaciones de las autoridades como el gobernador del Santo Domingo español, Joaquín García4, de emigrados a las costas de Cuba o de tripulaciones de barcos mercantes, los acontecimientos de Saint Domingue que circularon en el ámbito hispánico se conocieron por la Gaceta de Madrid, la publicación en la que de forma más oficial se recogían noticias de medios periodísticos extranjeros (Ferrer, 2003). En Cuba se leía la Gaceta y, en sus páginas, no así en El Papel Periódico de La Habana 5, se transmitieron avances de los rebeldes, proclamas de libertad y noticias de luchas y muertes que eran corroboradas por los recién llegados, ya que los sucesivos gobernadores de la isla -de Luis de Las Casas al marqués de Someruelos- intentaron conciliar el cierre a las ideas revolucionarias del territorio vecino con la inevitable apertura a las personas que escapaban en compañía de sus familias, capitales e, incluso, esclavos6.

La decisión de Napoleón de enviar una expedición a Santo Domingo para restaurar el orden y acabar con los excesos de los alzados encabezados por Toussaint al mando del marido de su hermana Pauline -quien también viajaría junto a su único hijo al Caribe- empezó a conocerse a finales de 1801 en las páginas de la Gaceta donde se mencionaba “que hace mucho tiempo que no se habían visto aquí preparativos tan considerables”7 de tropas, armas y barcos, un lugar el del puerto de Brest bien conocido por los marinos españoles en diversas épocas de colaboración hispano-francesa.

A inicios de diciembre de 1801 se informaba de que “en la escuadra que se está disponiendo para Santo Domingo irá a aquella isla el ciudadano Coenon, director del Instituto Nacional de las Colonias, y lleva consigo los dos hijos de Santos Louverture que se educaron en el instituto de París”, se daba a conocer la presencia del marino español Federico Gravina que apoyaría la expedición gala y cómo “los militares y los empleados que forman parte de la expedición de Santo Domingo acuden sucesivamente a los puertos en que han de embarcarse. Va mandado las tropas el general Leclerc y bajo sus órdenes los generales Rochambeau, Boudet y otros”8.

Con el anuncio de la llegada de Leclerc a Brest para embarcar se adjuntaba la noticia procedente del periódico francés El Monitor Universal de que “entre los negros de Santo Domingo reinaban disensiones” y “muchos habitantes de Santo Domingo empezaban a recelar que se intentaba ponerlos en estado de sublevación contra la metrópoli”9. La junta de comercio de Burdeos deseaba éxito a Leclerc “del cual han de resultar grandes manantiales de prosperidad y felicidad” restableciendo “en la colonia el buen orden, el trabajo y la seguridad” para que vuelva a ser “un gran medio de poder y de industria nacional”10.

Con la llegada de la expedición a las costas americanas, las noticias fueron en aumento, empezando por señalar la buena travesía realizada para todo el pasaje -incluida la esposa de Leclerc- y mencionando que “la conducta de Louverture era todavía dudosa” (por no saber si se trataba de “un francés leal o a un africano rebelde” en palabras del almirante Villaret); también se recogía el viaje de Gravina al frente de las fuerzas españolas quien describiría poco después “el cuadro horroroso que presenta en la actualidad la ciudad del Cabo consumida por las llamas, (…) la deplorable situación de sus habitantes sin tener donde ponerse al abrigo de la intemperie, reducidos a la mayor miseria y viviendo en las calles entre los escombros y cenizas de sus casas”11.

En la Gaceta aparecía también información oficial de Leclerc y del almirante Villaret, con la idea de una reunión amistosa con Louverture pero desconfiando ambos a la luz de las acciones del dominicano y en la persistencia de librar “del influjo de los africanos feroces a esta colonia que es el fruto de 200 años de trabajo y de prosperidad “12; en febrero, Louverture es señalado por Leclerc como “hombre disimulado e hipócrita” que “nunca cumple lo que promete y solo quiere ganar tiempo” y, por ello, es declarado “enemigo del pueblo francés” junto a Henri Christophe (Clammmer: 2023)13 y se perseguirá sin cesar al líder negro “que ya no es más que un jefe de bandidos”14. El acoso continuará con la incorporación de 350 mulatos refugiados en Cuba que son llevados a Santo Domingo para luchar contra Louverture con el apoyo financiero de La Habana y el logístico de Gravina15. En abril, Leclerc informaba de que aún no había visto “la parte española pero hago ánimo de ir a la ciudad de Santo Domingo” y anunciaba la proximidad de la estación de lluvias de las que esperaba salieran ilesas las tropas por haber “tenido tiempo para hacerse al clima”16. En mayo, en carta a Louverture, Leclerc le ofrecía un trato justo, el descanso merecido “habiendo llevado por tantos años el peso del gobierno de Santo Domingo”, la libertad de retirarse a una hacienda de su gusto y la anulación de su condición de enemigo17. En septiembre, de forma escueta, se informaba de que Toussaint Louverture había sido “conducido y encerrado en el castillo de Joux” en Francia18 y en octubre se hacía público un decreto de julio con la prohibición de entrada de “ningún negro, mulato ni mestizo de uno u otro sexo” al territorio continental de la República19.

A finales de agosto, Leclerc escribía sobre la nueva situación de la colonia, detallando disposiciones gubernamentales sobre comercio y “tranquilidad pública”, además de renombrar diversas fortificaciones en homenaje a militares fallecidos20; por esas fechas se supo también que “quedaban desarmados todos los negros” y que “había cesado casi enteramente la epidemia”21. A principios de octubre se conocía que el contagio continuaba en Santo Domingo y se habían producido numerosos levantamientos aprovechando que los soldados se encontraban enfermos22; finalmente, en enero de 1803 se recibió la noticia de la muerte del general Leclerc sucedida dos meses antes, el 9 de noviembre de 1802 según la Gaceta (informaciones posteriores fechan la muerte siete días antes, el 2 de noviembre) a causa de la epidemia de fiebre amarilla23. Solo hubo de pasar un año para que el 1 de enero Jean-Jacques Dessalines declarara la independencia de Haití proclamando “los sentimientos que animan ahora a los negros” porque “es necesario vivir independientes o morir. Independencia o muerte” y se hacía un llamamiento a la paz con las islas vecinas para no convertirse en “teas revolucionarias”24.

De este modo, la Gaceta fue el hilo conductor de las informaciones que eran completadas con las vivencias directas de emigrados y tripulaciones de barcos llegados a las costas caribeñas, unas noticias que se expandieron entre todo tipo de gentes, población esclavizada incluida, en Cuba y otras islas, con la consiguiente inquietud de ver crearse una república de exesclavos vencedores de una potencia colonial (Dubois, 2004; Girard, 2011).

LA HUIDA CARIBEÑA, DE LA REALIDAD AL PAPEL

En 1808 se publicó en Filadelfia un libro titulado Secret History, or, The Horrors of St. Domingo: In a Series of Letters, written by a Lady at Cape25. Su misteriosa autora sería la norteamericana Mary Hassal, merecedora de múltiples identidades, aunque tras su matrimonio con Louis Sansay, dueño de plantaciones en Saint-Domingue, será conocida como Leonora Sansay. Al parecer, Louis Sansay habría abandonado sus plantaciones en 1795 para, junto a su esposa, regresar a la isla en 1802 a fin de reclamar la propiedad; una estancia sucedida unos meses después de la quema de Cap-Français por el general Christophe y la llegada de las tropas de Leclerc en febrero de 1802 (Drexler, 2007).

La obra, entre un texto histórico y uno de ficción, expresa los avatares vividos entre 1802 y 1805 por dos hermanas envueltas en los turbulentos años de la revolución de los esclavos en Saint Domingue y los hechos derivados del intento de recuperación del territorio por el ejército francés; está compuesta por treinta y dos cartas enviadas, en su mayoría a Aaron Burr -polémica figura de la política de Estados Unidos, vicepresidente con Thomas Jefferson y abolicionista que mató en un duelo a Alexander Hamilton- y en ellas se describen los acontecimientos de los que la autora, esa “dama en Cap François”, fue testigo en Saint Domingue y a su paso por Cuba y Jamaica (Cauna, 1994) en la búsqueda de refugio al igual que muchos otros residentes del Santo Domingo francés. Como ha señalado Elzbieta Skolodowska (2009: 36), el libro de Hassall tiene la doble distinción de ser, quizás, el primero en mencionar la experiencia de la diáspora franco-haitiana en Cuba, así como de representar esta experiencia desde la óptica de una mujer que, a su regreso a Estados Unidos, no dejó de escribir y de relacionarse con figuras prominentes de la época como Francisco de Miranda, con quien mantuvo alguna correspondencia de carácter amoroso en 1805, como señala Mónica Bolufer en un reciente trabajo (2025: 174).

De la gestación del viaje del matrimonio Sansay conocemos que a principios de 1802 Leonora Sansay es enviada por su marido a Washington para pedir ayuda a Aaron Burr a fin de conseguir cartas de recomendación y pasaportes para viajar a Haití y poder reclamar sus propiedades. Así presentaba Burr la persona de Leonora a un primo suyo que podía facilitar los trámites necesarios: “Madame Sansay zarpará con su esposo hacia Santo Domingo (creo que al Cabo) en unos días. Es la dama de la que quizás me haya oído hablar con el nombre de Leonora, casada hace unos dos años con el Sr. Sansay, un reputado comerciante francés, anteriormente de esa isla pero residente en Nueva York desde hace algunos años. Le ruego que le entregue al Sr. Sansay una carta de presentación muy afectuosa al General Rochambeau. Podrá hablar muy bien de su talento, sus conocimientos y sus logros. Habla y escribe francés y tiene más sentido común e información que todas las mujeres que se pueden encontrar en Santo Domingo (Kline y Wood Ryan, 1983, II: 702).

Finalmente, la pareja embarcó a finales de mayo o principios de junio de 1802 hacia Haití y resultado del viaje es el libro que publicó en 1808 tras regresar a Filadelfia, un texto que surge de este contexto de guerra y desesperación en el que una forma colectiva de coerción al esclavo desaparece en permanente identificación con la situación de sometimiento de otro colectivo dependiente de los hombres como eran las mujeres. Leonora se ocultará en el texto al depositar en el personaje de Clara –la hermana de Mary, autora ficcional de las cartas y su alter ego– sus sentimientos y vivencias. Clara está casada con un hombre llamado St. Louis al que no soporta y a quien abandona en la vida y en el papel, por lo que asistimos, así, a la transformación de Clara-Leonora de víctima a liberada, un paralelismo que se ha querido ver en la propia realidad histórica de lo que acontece en Saint Domingue (Burham, 2011: 180).

Como señalé en un artículo de hace unos años (González-Ripoll, 2015), el matrimonio Sansay de la historia (Leonora y Louis) llegaría a Saint Domingue el 7 de junio de 1802, coincidiendo con el día en que el máximo líder de la lucha revolucionaria y jefe máximo de la colonia desde 1800, Toussaint Louverture, tras ser detenido por Leclerc, era embarcado con destino a Francia donde moriría un año después, un hecho que la autora expresa que causó “un gran regocijo” (1808: 5). Louis Sansay encaja dentro del pequeño porcentaje (6 %) del sector blanco de Saint Domingue que dejó su plantación en manos de Toussaint, se refugió en Nueva York y, tras el nuevo giro dado por Napoleón a la colonia con el restablecimiento de la esclavitud, regresaba para recuperar el patrimonio perdido. Sin embargo, en esta nueva etapa de restauración del régimen francés, ese “tiempo de la ilusión” para algunos, la violencia se agravó bajo el mandato de Donatien Rochambeau, sucesor de Leclerc e iniciador de una feroz persecución de los negros de la colonia para sustituirlos por esclavos recién llegados incontaminados de ideas revolucionarias de libertad e igualdad.

El triunfo del colectivo negro y mulato liderado por Dessalines quien declaró la independencia de Haití en enero de 1804, forzó al definitivo «gran éxodo» de los últimos propietarios que habían confiado en la restauración del orden francés en la isla. Para Philippe R. Girard (2011: 260) los escritos de Hassal/Sansay traslucen, además, una dimensión poco señalada sobre la expedición de Leclerc y su relación con la élite blanca de plantadores ya que ésta última, favorable en principio a la llegada del ejército francés a su territorio, acabó sintiéndose amenazada ante la actitud de los militares con sus mujeres a quienes, tras arrebatar la colonia a Toussaint, también retuvieron.

Desde el principio del viaje narrado en Secret History, la autora se muestra ansiosa por regresar a Estados Unidos, su patria y la de las hermanas en las epístolas del texto, transmitiendo una sensación de encierro, de hallarse confinadas en un lugar muy distinto del que provienen. En su periplo, la primera recalada será Cap François que en 1803 Dessalines rebautizó como Cap Haitien y convertido en el último reducto de los franceses.

Así, en la primera de las catorce cartas escritas desde Saint Domingue, la autora recoge su llegada a Le Cap en un barco compartido con algunas familias francesas que tras dejar la isla al principio de la revolución regresaban esperanzadas para recuperar vidas y haciendas. Sin embargo, la realidad se impuso y Le Cap es mostrada como una ciudad arruinada, incendiada desde febrero de 1802 por Henri Christophe siguiendo órdenes de Toussaint, con explosiones continuas que habían obligado a mujeres y niños a salir de sus casas y buscar refugio en las montañas, un lugar que ofrece un panorama “desolador” siendo “antes un jardín” (1808: 2, 18).

En la obra aparecen figuras prominentes de la sociedad haitiana que las hermanas tienen oportunidad de conocer como el general Leclerc cuya dolencia ya parece advertirse al ser descrito como “pequeño, su cara es interesante pero tiene un aspecto de mala salud” (1808: 6). Su esposa Pauline, conocedora de la existencia de las dos estadounidenses manifestará el deseo de conocerlas y será Mary la que vaya a visitarla. Leemos en la obra que la hermana de Napoleón vive “en una casa en la montaña hasta que pueda haber una en el pueblo preparada para recibirla” y se siente ofendida por las damas de Le Cap -un sentimiento que nuestra autora ve justo- quienes, “desde un orgullo malentendido no la esperaron a su llegada porque habiendo perdido sus ropas no podían deslumbrarla con sus galas” (1808: 6-7). Pauline Bonaparte la recibe en una sala oscurecida por persianas venecianas, reclinada en un sofá a cuyos pies estaba el militar haitiano Jean Pierre Boyer, entonces formando parte del ejército napoleónico, con quien se divertía (1808: 7). La dama francesa es descrita como “pequeña” -al igual que su marido quien según menciona se ha ido a Fort Dauphin, donde se haya la guarnición de navíos para apoyar a Rochembeau (Roussier, 1937: 95)- “rubia, de ojos azules y cabello rubio. Su rostro expresa dulzura pero carece de brío. Tiene una boca voluptuosa y se vuelve interesante por un aire de languidez que se extiende por todo su cuerpo” (1808: 7-8). Al final de la reunión, le regaló a la esposa de Leclerc una medalla de plata de Washington que pareció gustarle mucho.

Habrá otras referencias a ”Madame Leclerc” en el texto, de nuevo incidiendo en su comentada amistad con Boyer fruto probablemente del aburrimiento, en su matrimonio organizado por el cónsul francés, su reacia actitud a viajar al Caribe, la presencia de su pequeño hijo al que parece querer mucho y, sobre todo, la empatía mostrada por la autora por una mujer acostumbrada a los placeres de París en un lugar donde no hay vida social ni diversiones y a quien no le gusta leer ni toca ningún instrumento (1808: 11).

La desconfianza hacia Leclerc por parte de la población de Saint Domingue también es reflejada en Secret horrors, en la idea de que había puesto demasiada confianza en los negros (1808: 8). Como señala Laurent Dubois (2004: cap. 16) al mismo tiempo que luchaba contra bandas rebeldes lideradas por oficiales de origen africano, Leclerc dependía del ejército colonial, la institución que debía destruir por la amenaza que representaban los soldados republicanos negros. Es por ello que para mantener su lealtad y apoyo aseguraba que el gobierno de Bonaparte no tenía intención de restaurar la jerarquía racial ni la esclavitud. La pronta muerte de Leclerc, cuyo cuerpo embalsamado fue trasladado a Francia junto a su esposa e hijo, puso al general Rochambeau al frente del gobierno de la isla y la autora refiere que “es considerado como el guardián, como el salvador del pueblo” (1808:21), un hombre “de rostro agradable, boca dulce y una sonrisa encantadora pero no presta atención particular a ningún objeto. Su uniforme era de tipo húsar y muy brillante; calzaba botas rojas, pero su persona es mala, es demasiado bajo; una figura parecida a Baco que no concuerda con mi idea ni de un gran general ni de un gran hombre” (1808: 23-24). La autora refiere la admiración que el general francés sentirá por su hermana Clara que, aprovechando su amistad, le pidió un pasaporte para pasar a Cuba que, finalmente, obtuvieron.

Hasta su marcha, en la nueva situación que aparenta calma, nuestra autora siente un lejano temor y escribe: “los negros han sentido durante diez años la bendición de la libertad, porque ciertamente es una bendición como quiera que se adquiera, y no se les privará fácilmente de ella” (1808: 25); al mismo tiempo recoge el sentir de antiguos habitantes de la isla que habían emigrado y empezaban “a pensar que sus esperanzas eran demasiado optimistas y que habían regresado demasiado pronto de los tranquilos retiros que encontraron en el continente” confiando en que un ejército de miles de hombres reconducirían rápidamente la situación. Y algunos iban más allá recordando la época de Toussaint y lamentando el cambio por sentirse “menos vejados por los negros que por aquéllos que habían venido a protegerlos” (1808: 33-34).

Del nuevo gobernador se refieren atrocidades, exigiendo dinero a los vecinos a cambio, incluso, de la muerte mientras se dedica a organizar bailes, incluso en los momentos más delicados de su mandato; la autora concluye que ha perdido la confianza de la gente por no ocuparse de las tropas y oprimir al pueblo (1808: 68). Nuestra autora confiesa haber sido testigo de la muerte de tres negros en una hoguera, un acto cruel que todo el mundo señala y que no cree sea un buen ejemplo ya que “no dejarán de tomar represalias contra los primeros prisioneros que tomen” (1808: 100).

¡Con qué alegría dejaremos esta tierra de opresión¡, leemos al final de la última carta escrita desde Le Cap (1808: 104) cuando las hermanas salen hacia Baracoa en una travesía de tres días para, después, seguir a Santiago de Cuba donde se halla el marido de Clara decidido a comprar una plantación y establecerse en esta ciudad hasta poder regresar a Saint Domingue.

CONTRADICCIONES DE UNA SOLUCIÓN PENDIENTE

La situación en Santo Domingo se vio afectada por los acontecimientos en Europa al reanudarse la guerra con Inglaterra y Rochambeau se encontró con el bloqueo naval británico que le obligó a capitular en noviembre de 1803 y en enero del año siguiente se proclamaba el nuevo estado de Haití, cuya vida independiente es un proceso largo y doloroso hasta la actualidad. Los restos del ejército francés, dispersos entre Jamaica, Cuba, Estados Unidos y Santo Domingo serían expulsados en 1809 marcando el final de la frustrada expedición de Leclerc. La derrota francesa, desconcertante por tratarse de un ejército enfrentado a “esclavos rebeldes descalzos (Girard, 2011: 273) radicó en numerosos factores pero, sobre todo, en la contradicción de un discurso humanitario, fraterno e igualitario en Europa que se olvidó con la espuma de las olas. Como remarca Phillipe Girard, Francia “no logró mantener de su parte a las numerosas personas de color que durante mucho tiempo apoyaron los ideales que encarnaba” (2011: 274), una cuestión que, además de un factor político, es -fue- emocional porque tocó sensibilidades, identidades y dignidad personal.

En definitiva, las informaciones que se conocieron a través de la prensa, como se ha visto en La Gaceta de Madrid y las visiones entre la realidad y la ficción en la insólita obra de una norteamericana en Haití sugieren metáforas de situaciones de dependencia y sujeción tanto de individuos (esclavos, mujeres, campesinos) como de sociedades (metrópoli, colonia) y también de su búsqueda de libertad y progreso hasta el día de hoy.

BIBLIOGRAFÍA

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1Laurent Dubois y Richard Lee Turits (2019: 319) han expresado cómo en esta región caribeña “experiencias, prácticas y esperanzas han sido malentendidas, pasadas por alto o silenciadas en su historia a lo largo del tiempo”.

2 Alejandro E. Gómez se acercó a la historia de las sensibilidades señalando que el trauma de la revolución de Haití podría estudiarse en términos de psicología clínica a partir de una “ansiedad colectiva coyuntural” y una “lógica del miedo” que conllevaron medidas de carácter preventivo e imágenes sobredimensionadas en las mentes de la población blanca.

3Diario de Madrid, jueves 18 de agosto de 1808, nº 11, p. 42.

4 García, Joaquín, “Informe de la revolución esclava de Saint-Domingue a la Corona española”. Archivo General de Simancas (España), Secretaría del Despacho de Guerra, legajo 7149, expediente 74, documento 439.

5 En octubre de 1792 recogía en sus páginas el primer artículo sobre la insurrección de los esclavos –proveniente de otro periódico-, un poema sobre la revolución francesa en agosto de 1793 y, en varias entregas, un reglamento de 1785 para los ingenios de la colonia francesa en mayo de 1794.

6 Someruelos pensaba sobre los franceses, a la altura de 1809 (según copia de una carta del marqués de Cárdenas de Monte Hermoso al gobernador marqués de Someruelos en poder de Rafael Gómez Roubaud), que son “falsos, pérfidos y petulantes” y que aunque “han mejorado en alguna parte nuestra agricultura y nuestras artes y que por este título fueron bien admitidos en esta isla, conforme a las órdenes en que VS se hallaba y la necesidad de exigir el fomento de esta colonia; (…) la experiencia nos ha hecho conocer que son mayores los males que nos han traído que los bienes de que disfrutamos, porque ¿de qué sirven estos, cuando han sembrado e introducido la inmoralidad y la irreligión con un exceso de que no hay idea? No hay francés que no viva públicamente amancebado y que no exija con petulancia que se les admita de administradores con la condición de llevar sus mancebas sin ruborizarse de semejante proposición”. Habana, 11 marzo 1809. En Jean Lamore, 1993: 59-65.

7Gazeta de Madrid, nº 119, martes 29 de diciembre de 1801, p. 1301.

8Gazeta de Madrid, nº 111, martes 1 de diciembre de 1801, p. 1214, viernes 4 de diciembre de 1801, nº 112, p. 1221 y martes 8 de diciembre de 1801, nº 113, p. 1230.

9Gazeta de Madrid, nº 116, viernes 18 de diciembre de 1801, P. 1264.

10Gazeta de Madrid, nº 117, martes 22 de diciembre de 1801, P. 1278.

11Gazeta de Madrid, nº 27, viernes 2 de abril de 1802, pp. 312 y 316.

12Gazeta de Madrid, nº 28, martes 6 de abril de 1802, p. 328.

13Gazeta de Madrid, nº 30, martes 13 de abril de 1802, p. P. 349.

14Gazeta de Madrid, nº 40, martes 18 de mayo de 1802, p. 479.

15Gazeta de Madrid, nº 48, martes 15 de junio de 1802, pp. 583-584.

16Gazeta de Madrid, nº 51, viernes 25 de junio de 1802, p. 621.

17Gazeta de Madrid, nº 55, viernes 9 de julio de 1802, p. 665.

18Gazeta de Madrid, nº 79, martes 28 de septiembre de 1802, p. 971.

19Gazeta de Madrid, nº 87, martes 26 de octubre de 1802, p.1079.

20Gazeta de Madrid, nº 90, viernes 5 de noviembre de 1802, p.1116.

21Gazeta de Madrid, nº 91, martes 9 de noviembre de 1802, p.1127.

22Gazeta de Madrid, nº 101, martes 14 de diciembre de 1802, p. 1242.

23Gazeta de Madrid, nº 7, martes 25 de enero de 1803, p. 67. En Jacobo de la Pezuela, Historia de la isla de Cuba, vol. III, Madrid, Carlos Bailly Bailliere, 1878, p. 341, leemos: “Leclerc, doliente como muchos, trasladóse a buscar algún alivio con su esposa Paulina Bonaparte entre las brisas que suelen mitigar el ardor de aquella temperatura en la Tortuga, isla adyacente y septentrional de la de Haití (…). Ocupábase allí en disponer que se reconcentrasen en el Guárico los restos de sus fuerzas, cuando en la flor de sus años le arrebató la epidemia en primero de noviembre. Después de referir las campañas de Leclerc el historiador francés Norvins [Jaques Marquet Norvins publicó varios libros sobre Napoleón en París] añade estas palabras: La historia moderna no recuerda ejemplo de desastre semejante en proporción al número y al tiempo. En efecto, habían desaparecido en nueve meses de aquel suelo implacable 13 generales, 2.250 oficiales, 8.000 marinos, 2.000 empleados y 25.000 soldados, sin contar un número considerable de colonos que habían vuelto a sus hogares para ser sorprendidos y degollados por los negros”.

24Gazeta de Madrid, nº 44, viernes 1 de junio de 1804, p. 483.

25 El título completo es Secret History, or, The Horrors of St. Domingo: In a Series of Letters, written by a Lady at Cape Français to Colonel Burr, Late Vice-President of the United States Principally During the Command of General Rochambeau, Philadelphia, Bradford &Inskeep, R. Carr printer, 1808. La primera versión en francés apareció en 1936, en Haití, en una imprenta de Port-au-Prince con el título de Le Cap Français vu par une américaine (Mary Hassal), traducida por Horace Pauléus-Sannon (1870-1938), autor de varios libros sobre Haití y la figura de Toussaint Louverture.

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