
El virus mortífero; el impacto de la fiebre amarilla en el ejército expedicionario francés de Saint Domingue, 1802
The deadly virus: the impact of yellow fever on the French expeditionary force in Saint Domingue, 1802
Carlos Alberto Murgueitio Manrique
Doctor en Historia, El Colegio de México
Profesor, Departamento de Historia, Universidad del Valle, Cali y Buga, Colombia
Recibido: 14/04/2025
Aceptado: 24/06/2025
DOI: https://doi.org/10.33732/RDGC.17.121
Resumen
Aprovechándose de los acuerdos preliminares a la paz de Amiens, firmados en Londres con su tradicional enemiga la Gran Bretaña, entre octubre y diciembre de 1801, Napoleón Bonaparte, cónsul de la república francesa, organizó y desplegó una formidable fuerza expedicionaria compuesta por 35 navíos de línea y 21 fragatas, que obtuvo la participación española y holandesa, y que movilizó, en su primera fase, a 24,500 soldados de los regimientos europeos de élite, veteranos de las campañas del Rin, los Alpes, y el Nilo, y 4,500 marineros. La operación buscaba retomar el control de la isla de La Española, pues la metrópoli, desconectada del teatro antillano por el bloqueo naval inglés desde 1793, la controlaba a través de Toussaint Louverture. La isla yacía bajo la soberanía francesa y continuó dividida en dos colonias separadas; Saint Domingue y Santo Domingo, pero en diciembre de 1800, el general negro tomó la antigua parte española, y las unificó en una sola entidad política dotándola de una constitución sin el consentimiento de Paris. La campaña de reconquista fue la respuesta de Napoleón a la insolencia de Toussaint de Breda, elevado a gobernador vitalicio. El desembarco francés se efectuó desde febrero de 1802, a finales de marzo las tropas de reconquista derrotaron al ejército indígena, y en mayo el máximo rebelde fue apresado y enviado en junio a Francia. Sin embargo, la campaña de pacificación se frenó desde abril por la aparición de un silencioso y mortífero virus que arrasó a las tropas durante el verano, provocando la derrota militar y el fracaso de dicha empresa.
Palabras Clave
Consulado napoleónico, Saint Domingue, Ejército expedicionario francés, Fiebre amarilla, Informes médicos.
Abstract
Taking advantage of the preliminary peace agreements of Amiens, signed in London with his traditional enemy Great Britain between October and December 1801, Napoleon Bonaparte, consul of the French Republic, organised and deployed a formidable expeditionary force consisting of 35 ships of the line and 21 frigates, which secured Spanish and Dutch participation and which mobilised, in its first phase, 24,500 soldiers from elite European regiments, veterans of the campaigns of the Rhine, the Alps, and the Nile, and 4,500 sailors. The operation sought to regain control of the island of Hispaniola, as the metropolis, cut off from the Antilles theatre by the English naval blockade since 1793, controlled it through Toussaint Louverture. The island lay under French sovereignty and remained divided into two separate colonies, Saint Domingue and Santo Domingo, but in December 1800, the black general took the former Spanish part and unified them into a single political entity, giving it a constitution without the consent of Paris. The reconquest campaign was Napoleon's response to the insolence of Toussaint de Breda, who had been elevated to governor for life. The French landing took place in February 1802, and by the end of March, the reconquest troops had defeated the indigenous army. In May, the rebel leader was captured and sent to France in June. However, the pacification campaign was halted in April by the appearance of a silent and deadly virus that ravaged the troops during the summer, leading to military defeat and the failure of the enterprise.
Keywords
Napoleonic Consulate, Saint Domingue, French expeditionary army, Yellow fever, Medical reports.

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INTRODUCCIÓN
A partir de una revisión exhaustiva, minuciosa y sistemática de los estudios dedicados en las últimas décadas a la Revolución Francesa y a la Era Napoleónica, resulta sencillo percatarse del hecho que los problemas coloniales permanecen desdibujados, apenas son mencionados o se encuentran aún perdidos en “los silencios de la Historia”, tal y como lo dejó expuesto Michel-Rolph Trouillot en 1995. Y es que no solo existe un desequilibrio entre la producción de fuentes y la disposición de los documentos dedicados a la metrópoli y sus colonias, sino que muchas investigaciones como las clásicas de C.R.L. James o Aimé Césaire, se limitaron a explorar los Archivos Nacionales, sin siquiera visitar los depósitos que albergan la información proveniente de las colonias. La cantidad de obras dedicadas a los problemas coloniales es mínima, pues al parecer pocos académicos han mostrado interés en desentrañar los hechos ocurridos en los confines del mundo, lejanos de los centros de poder, en lugares en donde no debería suceder lo importante, y menos una “revolución impensable e imposible” (Trouillot, 1995: 26) como la haitiana.
Leopold Ranke, el padre de la historiografía moderna, planteó que la tarea del historiador consiste en que debe presentar los hechos tal y como son, sin importar cuan condicionados y carentes de belleza puedan ser. Por lo tanto, la historia, como disciplina comprometida “con lo que verdaderamente pasó”, se escribiría con base en los documentos originales y en los relatos de los testigos oculares, cercanos y dignos de fe. Para Ranke “los hechos hablaban por sí mismos y la verdad era más interesante y bella que la ficción” (Ortega y Medina, 2019: 205), en tal sentido la misión del historiador debería de moverse independientemente de sus opiniones e ideas, de su imaginación e inmersión.
Sin embargo, algunas sociedades humanas no emiten textos escritos, y muchas veces los testimonios orales de los testigos oculares resultan parcializados, sesgados e imprecisos. De todos modos, los aportes enunciados por Ranke siguen vigentes en la medida en que aún existen vacíos historiográficos, o silencios, que, intencionales o no, han impedido que se desentrañe la verdad de lo que realmente ocurrió. Tales omisiones pueden ser una manifestación del desdén que han representado tradicionalmente los sucesos ocurridos fuera de Europa, y que han quedado por lo tanto marginados de la historia oficial. Marc Bloch complementó lo expuesto por el alemán advirtiendo que, además de ser los historiadores los responsables de estudiar y analizar las fuentes con rigurosidad, y ojalá en secuencia, con el fin de comprender, indagar e incluso inferir acerca de los hechos, los sujetos, los contextos y las circunstancias, estos deben mantener cierta objetividad, y tratar de despojarse del yo imitando a un sabio (Bloch, 1952: 118). Pues al tener un compromiso con la verdad se hace indispensable comprender el tiempo de los muertos, sus códigos, valores morales, situaciones de vida, mentalidades, y temores ante lo desconocido.
Es por lo tanto un deber para los historiadores americanistas, desentrañar y revelar los episodios transcurridos en el contexto particular del Nuevo Mundo, donde los silencios, omisiones e imprecisiones han persistido sobre los problemas y fenómenos estudiados, y en este caso sobre la Guerra de Independencia Haitiana, lo que ha impedido su comprensión a cabalidad y un juicio serio, despegado de las emociones que suscita.
La novedad de este trabajo es que se centra en la enfermedad de Siam o fiebre amarilla, que irrumpió en medio de la campaña de reconquista y pacificación emprendida por el ejército expedicionario francés de Saint Domingue entre enero y noviembre de 1802, y cuyos efectos devastadores no han sido tratados como se lo merecen. Le Roy Ladurie le dio una lectura ambiental a la Revolución Francesa, y completó, desde su enfoque, un panorama más amplio y profundo de lo que se conocía sobre dicho proceso, teniendo en cuenta las relaciones humanas con el mundo físico, y descifrando la incidencia de los fenómenos climáticos en el hambre y las enfermedades como variables determinantes, que marcan las tendencias más amplias de la historia humana, tales como el auge y la caída de las civilizaciones, la expansión o extinción de los sistemas sociales y políticos enteros.
Sin embargo, ninguna de las memorias escritas en la época, como las de Michel E. Descourtilz, Antoine Dalmas, Pamphile de Lacroix, Antoine Metral y Juste Chanlatte, con excepción de la colección de cartas de Charles Leclerc, le prestaron mayor atención a la enfermedad, y pese a que reconocieron su importancia e impacto en el derrumbamiento moral del ejército y en la consecuente derrota militar francesa, tan solo la abordaron como un fenómeno que estaba ocurriendo mientras se dedicaron a narrar cada detalle de los avances y retrocesos del ejército de ocupación en su guerra contra el indígena, enemigo que varió de formas, pero que persistió en su aspiración de derrotar a su oponente para mantener la libertad conseguida en el verano de 1793 y reafirmada por la Convención Nacional de Paris el 4 de febrero de 1794. Estos testigos oculares, que escribieron sus versiones sobre los hechos de 1802, ni siquiera conocían la procedencia de la fiebre amarilla y por lo tanto se limitaron a especular acerca de su aparición, diagnóstico y tratamiento. Pues, solo fue hasta 1881, que el médico hispano-cubano Carlos Juan Finlay1, descubrió que el mosquito Aedes Aegyptis, de procedencia africana, era el transmisor del virus mortífero que consumió a decenas de miles de británicos y franceses en Saint Domingue (Arnold, 2000: 93)2, los cuales fueron transportados allí en las diferentes oleadas de regimientos de tropa y marinería desplegados por los primeros entre 1793 y 1798, y por los segundos entre 1802 y 1803.
Pocos son los académicos que se han inmiscuido en los pormenores de la reconquista de Saint Domingue, que fue única en su tipo y la primera que experimentó colonia alguna del Nuevo Mundo, tampoco han explorado a saciedad las verdaderas razones de la terrible suerte que tuvo la expedición europea en el trópico. Pierre Branda y Thierry Lentz, en Napoléon, l’esclavage et les colonies, enfatizaron sobre las repercusiones que tuvo la restauración de la esclavitud en Guadeloupe y su impacto en Saint Domingue, dejando de lado a la enfermedad. Mientras autores de la calidad y erudición de Jacques de Cauna ni la menciona en su libro Haïti, l’éternelle révolution. Histoire de la décolonisation (1789-1804). Las recientes obras de Laurent Dubois en Avengers of the New World, y Philippe Girard en The Slaves who defeated Napoléon, reconstruyen meticulosamente los hechos basándose en fuentes documentales ubicadas a ambas orillas del océano Atlántico, pero les dedican solo un apartado a los estragos generados por la fièvre jaune, tratándola de manera superficial, como apéndice de los acontecimientos y no como el eje central que provocó el desenlace.
Este trabajo indaga acerca de las condiciones climáticas y ambientales que favorecieron la aparición de la fiebre amarilla en Saint Domingue desde abril de 1802, estudia su cruel y despiadada naturaleza, la tipología de los pacientes que afectó, y los tratamientos, todos efímeros, a los que fueron sometidos los desafortunados. Asimismo, revela, basado en documentos oficiales, las condiciones en que se encontraban los hospitales y las enormes dificultades que enfrentaron los médicos para atender la emergencia. Los informes emitidos por las autoridades evidencian el total desconocimiento que se tenía sobre la enfermedad. Le atribuían a los padecimientos y virulencia de las fiebres pútridas o vómito negro, a las influencias nocivas del ambiente o “miasmas”, a las exhalaciones inmundas o vapores funestos de la tierra; propios de las marismas, pantanos, riberas y bosques, a la abrupta variación de la temperatura de humedad extrema a calor sofocante, a estar los soldados a la intemperie y a merced de los vientos fríos, a beber agua nauseabunda, o a las penas del espíritu, que venían acompañadas del abuso del alcohol, e incluso al carácter de las personas.
Lo cierto es que la dicha peste, silenciosa y mortífera, desconocida e incomprendida, resultó ser la plaga que generó la inflexión en la guerra, consumiéndose a una rapidez asombrosa y a un ritmo vertiginoso los regimientos de línea europeos, veteranos de las campañas de Alemania, Italia y Egipto. La enfermedad se llevó al menos a 21,000 soldados y marineros, el 50% de los europeos recién llegados (Girard, 2011: 179). Los sobrevivientes de la fiebre y de los campos de batalla, unos 3,000 efectivos sanos y unos 7,000 entre heridos y enfermos, tuvieron que enfrentar la campaña de desarme, que se desarrolló en el verano de 1802, mientras la enfermedad mataba a miles, y luego el levantamiento general provocado por la llegada de noticias que alertaron a los negros sobre la restauración de la esclavitud en Guadeloupe. Como consecuencia, en agosto se presentó la deserción en masa de los regimientos africanos que habían sido reclutados por el mismo Leclerc, seguido de la fuga los cultivadores que labraban los campos, y la traición de los flamantes generales Jean Jacques Dessalines y Henry Christophe, futuros emperador y rey de Haití, quienes, desafectos a la metrópoli, capturaron los últimos baluartes que quedaban en manos francesas y masacraron los reductos de los colonos blancos.
Este pasaje de la historia de Francia en las Antillas, que fue una verdadera tragedia para la metrópoli colonizadora e imperialista, merece la pena de ser revisado, pues no solo de glorias está hecha la historia, y mucho menos la de las revoluciones. Además de las memorias de la época y de la historiografía existente en las tres lenguas principales, se utilizaron documentos originales e inéditos provenientes de Les Archives Nationales d’Outre Mer (ANOM), de Aix en Provence, Francia, exactamente de los legajos CC9A – 31 y 32, y CC9B, los cuales incluyen partes militares, bitácoras de viajes, proclamas y leyes consulares, pero muy especialmente los informes de Hector Daure, prefecto colonial y ordenador en jefe del ejército expedicionario y capitán general interino de Saint Domingue. Así como los de los médicos Jean Vincent de Marciac, cirujano del cuerpo de artillería de Cap Français, y el doctor Peyre, inspector general de salud de la colonia de Saint Domingue, que dan cuenta del significado que tuvo la fiebre amarilla, y que enriquecerán los estudios sobre la temática, tanto desde la historia militar como de la medicina.
MOTIVACIÓN Y ORGANIZACIÓN DE LA EXPEDICIÓN FRANCESA A SAINT DOMINGUE
El momento especial de las preliminares de octubre de 1801, seguidas de la firma de la Paz de Amiens el 25 de marzo de 1802, significó una breve tregua en la guerra mundial que libraban Francia e Inglaterra por la hegemonía comercial (Wallerstein, 2006: 77). Su vigencia, de solo 15 meses hasta mayo de 1803, momento en el que reinició el conflicto abierto en las colonias, tuvo efectos en todos los mares y continentes del orbe, y le permitió a la marina francesa proyectarse por primera vez en diez años, desde 1792, sobre el Caribe y los litorales americanos, aunque de manera frágil y siempre dependiente de los suministros que sus aliados hispanos y los neutrales angloamericanos pudieran brindarle. La oportunidad, muy arriesgada, le permitió al cónsul Bonaparte embarcarse en su “sueño americano”, un plan iluso, desconectado de la realidad, y mal preparado, que consistió en el infructuoso intento de reconstruir un vasto imperio francés en ultramar, incluyendo a las Antillas y el Golfo de México, “el cual se convertiría en un mar francés” (Girard, 2011: 45).
El objetivo de la colonización francesa en esas latitudes nunca fue el poblamiento. La inclemencia del clima; el calor y la humedad, y la presencia de enfermedades tropicales, algunas de ellas mortales, mantuvieron aquellos paraísos inhóspitos habitados por los criollos y un degradé de mixturas y tonalidades, y dedicados casi que exclusivamente a la rigurosa explotación económica. Teniendo como referencia al ministro Colbert, quien para defender el gran comercio de Francia durante el reinado de Luis XIV, se dispuso a conservar solo lo esencial de sus posesiones de ultramar, Bonaparte estaba convencido de que el engranaje dependía de la riqueza de la metrópoli, eje de las actividades e intercambios marítimos, y que las colonias eran tan solo proveedoras de mercancías, suministros y abastecimientos comercializables en el mercado europeo. Inspirado en esos preceptos, Napoleón soñaba en convertir los residuos del antiguo imperio colonial francés, una verdadera constelación compuesta de islas y litorales desperdigados por los mares y océanos, en “una Francia mundial”. Una nación consolidada como potencia continental y dedicada a suministrar géneros coloniales extraídos de sus posesiones a todos los mercados de Europa3.
Según sus cálculos, el centro de su imperio americano confluiría en la isla de La Española, precisamente en Saint Domingue, la tradicional pieza maestra de Francia, que integraría, luego de ser reconquistada y pacificada, a un abanico de posesiones. Estas incluían la isla de Guadeloupe y las selvas de Cayena, situadas en Barlovento, que la metrópoli conservaba aún después de los estragos de la Revolución y de la invasión inglesa de las demás islas, Martinique, Saint Lucie y Tobago, las cuales serían devueltas por “la pérfida Albión”, y las Antillas Menores de Saint Martin y Saint Bartholomé, conjunto al que se incorporaría el inmenso territorio de la Louisiane, que había sido administrado por España desde 1763, pero cuya devolución negoció secretamente el primer cónsul de la república francesa con el rey Carlos IV en el Tratado de San Ildefonso del 1 de octubre de 1800. La ciudad de Nueva Orleans, puerta del río Misisipí y centro comercial de América del Norte, se convertiría en depósito de las mercancías francesas que se comercializarían en los Estados Unidos de América, el virreinato de la Nueva España y la Tierra Firme sudamericana, y en la principal proveedora de madera, carne en pie y granos; trigo y maíz, para abastecer a las Antillas a cambio del azúcar y café (Branda & Lentz, 2006: 71).
No obstante, dicho proyecto descansaba en el éxito de la campaña de reconquista, pacificación, y reconstrucción de la devastada economía de plantaciones de Saint Domingue, cuya deuda civil era 1/3 de la de Francia4. Este era un asunto de gran importancia, un trauma heredado de la Revolución, y que debía resolverse con celeridad, pues “1/4 de los franceses, alrededor de 6 millones de personas “ligadas con la producción y comercialización de los productos coloniales, habían quedado desprovistas de sus medios de subsistencia” (Tarrade, 1972: 45). Hasta 1790 el 37% de las importaciones del reino habían provenido del Caribe, y el 22% de las exportaciones hacia el resto de Europa estaban constituidas por productos manufacturados y confeccionados con materias primas provenientes de las islas (Gillet, 2010: 132). El comercio inter-atlántico empleaba 250 embarcaciones que movilizaban el tráfico antillano, pues el azúcar se refinaba en Nantes y Burdeos, y el algodón se procesaba en todos los puertos. La ausencia de los ingresos y salarios provenientes de Saint Domingue, fue vencido hasta 1800 en los talleres de la guerra, pero con el retorno de la paz podría manifestarse en desempleo, emigración, bandidaje o suicidios. Según las ambiciosas elucubraciones de Barri de Saint Venant, al reconstruirse el esplendor dominguois, la metrópoli adquiriría, “un balance favorable de 70 millones de francos de plata”5, que vivificaría todas las partes del cuerpo social, y sería, por lo tanto, una obra de reparación general (Gaffarel, 1908: 12).
La destrucción de la maltrecha economía de Saint Domingue fue evaluada por el ministro del tesoro y antiguo intendente de la colonia, Barbé de Marbois, en 300 millones de francos de plata, pero su reconstrucción solo sería posible con la reimplantación del orden, que se inauguraría con el “retorno de al menos 7,500 propietarios pequeños y medianos”6, antiguos colonos o habitants, pioneros en el poblamiento de la isla, los cuales la habían hecho prosperar desde finales del siglo XVII, hasta convertirla en la posesión más rica del orbe, pero que durante los años fatídicos de 1789 – 1795, se habían visto forzados a abandonarla para salvarse de las matanzas; primero de la Guerra Civil Colorista, luego del levantamiento de los negros brigantes, incendiarios de la provincia del Norte, y por último del conflicto internacional, que se desató desde febrero de 1793, como consecuencia del regicidio. Los propietarios, ahora devenidos en émigrés, huyeron en desbandada y en varias oleadas hacia distintos puntos del Caribe hispano, inglés o hacia los emergentes Estados Unidos de América, pero aguardaban desde el exilio una movida contundente que les garantizara protección para volver y restablecer sus habitations (Hector & Moïse, 1990: 141)7.
La oportunidad para la reconstrucción material y técnica de un sistema desarrollado de capitalismo agrario en Saint Domingue, se presentó con la promulgación de la Constitución Consular del año VIII, decretada desde el 10 de noviembre de 1799, en la cual Napoleón se abrogó plenos derechos por 10 años, y demostró su preocupación por la posible independencia de la joya de Francia. Fue por eso que rompió la unidad administrativa que ataba a la metrópoli con sus territorios de ultramar, y permitió la existencia de leyes y regímenes especiales y distintos a los de Francia para las colonias, que implicaban hasta el desconocimiento de la ciudadanía plena para los súbditos de ultramar (Girard, 2011: 15), y la prohibición de estos de viajar a la metrópoli. Sin embargo, el primer cónsul advirtió el 25 de diciembre, que respetaría la abolición de la esclavitud en Saint Domingue, Guadeloupe y la Guyane, pero amparándose en la defensa de los hábitos y las costumbres, agregó que no promovería la emancipación general ni en el antiguo Santo Domingo español ni en las colonias del océano Índico; Réunion y Bourbon, ni las que le fuesen devueltas por los ingleses, como Martinique y Sainte Lucie (De Cauna, 2009: 168).
Los acápites relativos a las colonias fueron el resultado de las presiones mercantilistas del lobby organizado por el Club Massiac (Chanlatte, 1824: 44), cuyos miembros eran propietarios ausentistas, y por comerciantes y especuladores criollos, antiguos pobladores, ahora exiliados en Francia, como François Page, Paul Alliot -Vauneuf, Eustache Bruix y Vincent Vienot de Vaublanc. Estos recibieron el apoyo de los convencionalistas Dufay, Serres, Monneron, y hasta de los negros Étienne Mentor y Jean Baptiste Belley, de los valientes e inteligentes empresarios Granié y Kien, interesados en surtir de subsistencias el esfuerzo militar8. El flamante proyecto también recibió el respaldo del jurista Cambacérès, autor del Código Civil, del ministro de Relaciones Exteriores Talleyrand, y de la propia Joséphine Bonaparte, la futura emperatriz de origen martiniqués y propietaria allí y en Léogane, Saint Domingue, de antiguas habitations. Todos se mostraban ilusionados con el restablecimiento del orden, y algunos incluso con la posible restauración de la esclavitud (Branda & Lentz, 2006: 55), sin comprender que los africanos ya habían dejado sus cadenas y ejercían el gobierno de la isla y su defensa.
Denis Decrès, encargado del Ministerio de la Marina y las Colonias, del que dependían numerosas misiones y emanaban amplias competencias, aliado del proyecto, convocó a los antiguos émigrés que habían permanecido leales a la república y radicados en otros territorios franceses (Méziere, 1990: 162), a retornar, reclamar sus bienes y restaurar el viejo orden previo a la Revolución. Los antiguos habitants, alguna vez caprichosos y extravagantes, habían padecido como émigrés privaciones, trabajos e inquietudes, y se mostraron optimistas, aunque en realidad eran ingenuos, pues iban, al igual que los oficiales, soldados veteranos de los regimientos europeos y una nueva generación de la marinería, a encontrarse con la muerte, ya fuese como consecuencia de los rigores de la guerra, de las heridas y enfermedades como la fiebre amarilla, o de la campaña de exterminio que se desataría contra los blancos.
Napoleón pretendía castigar la insolencia de Toussaint Louverture, por su estrecha relación con las potencias enemigas de Francia; Inglaterra desde 1798, y los Estados Unidos de América, en una situación de cuasi guerra con la república, a los que les compraba armas y vendía productos tropicales (Lepkowski, 1964: 87). Con ambas potencias había firmado acuerdos comerciales que obraban a expensas del intercambio con la metrópoli, severamente golpeado por el bloqueo naval. Pero fue la invasión efectuada por el general negro de la antigua parte española de la isla, sin el consentimiento ni aprobación de la metrópoli, y la posterior proclamación de la Constitución el 8 de julio de 1801, los actos que provocaron la planificación y despliegue del proyecto.
La masacre de 300 plantadores blancos, realizada el 23 de octubre de 1801 por una revuelta de cultivadores negros de la provincia del Norte, orquestada por el lugarteniente louverturiano Moïse, fue reprimida por Louverture, y sus líderes castigados con la pena de muerte, pero no pudo evitar retaliaciones de parte de sus aliados, como la evacuación de la legación británica de Port au Prince y el debilitamiento de la alianza del gobierno de los Estados Unidos de América. Así, Louverture quedó debilitado en las vísperas del desembarco, brindándoles a los franceses una justificación adicional para lanzar la expedición. En la nueva coyuntura el inevitable conflicto tomaba la forma de un choque de civilizaciones, ya que todas las potencias esclavistas se habían unido para presenciar la caída de Louverture, el único convencido de mantener la libertad como garantía de la paz en Saint Domingue (Girard, 2009: 94). Según Talleyrand le comunicó al lord Cornwallis, el objetivo principal era el de “destruir a la nueva Argelia que se había levantado en el centro de América” (Gillet, 2010: 142).
La Constitución louverturiana, segunda pieza jurídica de su tipo redactada en Saint Domingue (Benot, 1987: 45)9, aclaraba en su primer artículo “que la colonia pertenecía al imperio francés”, pero en el tercero resaltaba “que la esclavitud quedaba abolida para siempre”, mientras el 28 y 30 promovían a Toussaint a la calidad de gobernador vitalicio y con potestad de escoger sucesor, y el 77 enfatizaba la autonomía que gozaba la posesión, y el derecho de implementar lo dispuesto antes de que Francia tuviera el chance de aprobarlo. Todos temas sensibles y provocadores que solo podían solucionarse con la entrega de Toussaint y su ajusticiamiento. Para dirigir la empresa punitiva sobre la cual descansaba el futuro de Francia en el Nuevo Mundo, el primer cónsul escogió a Charles Victoire Emmanuel Leclerc, destacado militar de las campañas de Italia y Alemania, y reconocido administrador de Lyon y Marsella, esposo de su hermana Pauline desde 1797, y hombre de su entera confianza. Hector Daure, antiguo prefecto colonial en El Cairo y Siria, ejercería como ordenador de los gastos del ejército expedicionario, y el almirante Villaret Joyeuse, en quien recayó el desastre naval de Alejandría, ejercería como comandante de las fuerzas navales de la república y de América, una flota que constaba de 73 navíos, 56 de ellos dirigidos hacia Saint Domingue, de los cuales 13 eran españoles y 6 holandeses.
En Brest, L’Orient, Rochefort, Tolón, Cádiz y Flesinga, unos 24,000 soldados de línea y 4,500 marineros, un conjunto mixto y multiétnico que incluía franceses; criollos y europeos, blancos y mulatos; Rigaud, Pétion y Boyer, e italianos, alemanes y egipcios se preparaba para partir (Girard, 2011: 71)10. La fuerza incorporó a los regimientos de veteranos del Loira, del Rin, victoriosos en Hohenlinden, de los Alpes y del Nilo, los cuales fueron organizados en cuerpos de infantería, artillería, y caballería, con sus propias jerarquías y especialidades; mariscales, brigadieres, cañoneros, carabineros, dragones, húsares, y cazadores, y enviados a Saint Domingue en las escuadras que partieron de Europa en dos olas sucesivas. Una vez efectuado el desembarco y el bloqueo naval de la isla, “la mitad de la fuerza formaría la infantería y la artillería, para cuidar los fuertes, baterías, puertos, villas, arsenales y tiendas, y la otra quedaría dispuesta en cuerpos de artillería ligera de cazadores de a pie, para emplearse al servicio de los campos, hurgar los montes y cazar a los enemigos en los parajes donde se refugiasen”11. La caballería o gendarmería, de 4,000 hombres, sería empleada en las campiñas para ejecutar las principales maniobras “contaría como armadura un sable de batalla, un fusil y bayoneta, como los dragones, para combatir a pie si fuese necesario”12. Pero los planes expuestos por Eyroux, contemplaban desatinada e ingenuamente que la tropa podría escoger los caballos que utilizarían en los parajes de la colonia.
El plan de acción, construido a partir del desconocimiento de las condiciones reales que encontraría el ejército expedicionario a su llegada en Saint Domingue, de la improvisación, pues como la expedición a Egipto (Gillet, 2010: 142), fue preparada con un mínimo de tiempo de antelación, y precedida de una acción diplomática con Inglaterra, pero, sobre todo, producto de la subvaloración que se hizo acerca de los adversarios que enfrentarían, consistía en tres momentos.
En los primeros 15 o 21 días, los regimientos europeos tendrían que tomar posesión de los puertos y las áreas planas. La ocupación de esos lugares, debía acompañarse del reclutamiento de una guardia nacional o infantería negra con fusil y bayoneta13, que, dirigida por suboficiales blancos, ayudaría a la movilización de los convoyes y a organizar los carros de artillería. Esta política ayudaría a tranquilizar a los bienintencionados, acostumbrándolos a la presencia del ejército de ocupación, e incentivaría la deserción de los rebeldes para unirse al nuevo orden a través de una amnistía.
El segundo momento consistiría en la reunión de las fuerzas para combatir al ejército de Louverture y sus lugartenientes, quienes habían usurpado la autoridad de la república y del primer cónsul, y que, ocultos en el interior o zona central; en las montañas de Gonaïves, l’Artibonite y el valle de Mirebalais, organizarían la defensa en torno a la fortaleza de Crète a Pierrot, construida por los ingleses entre 1793 y 1798, y ubicada en la orilla derecha del río, y que estratégicamente protegía el camino hacia el monte Cahos. Allí se agruparían entre 4,000 – 5,000 insurgentes que debían ser aplastados, y con ellos quedaría desecha la insurrección, y se garantizaría la seguridad que propiciaría el retorno de los émigrés dispersos por el Caribe.
En tercera instancia, se presentaría la aprehensión de Toussaint Louverture, y su envío a Francia, seguido de la amnistía e incorporación de los demás líderes negros al ejército francés, y del desarme general, que comprendería no solo la vuelta de los cultivadores a las granjas estatales, cuya propiedad y usufructo había recaído en la casta militar negra (Girard, 2011: 22)14, sino su privatización y reconversión en habitations dirigidas por colonos blancos y mulatos. La reconstrucción implicaría lógicamente la permanencia de los Reglamentos para la Agricultura redactados y puestos en funcionamiento por Toussaint Louverture. Un orden draconiano denominado caporalismo agrario (Lepkowski, 1964: 76)15, que consistía en la militarización de la agricultura bajo un sistema de trabajo forzoso pero asalariado, controlado vía represión por una casta militar de antiguos esclavos y cultivadores, que habían abandonado sus herramientas para portar fusiles. Y que era equivalente a la servidumbre, pues los ataba a la tierra.
Así las cosas, los negros seguían siendo esclavos, y la libertad no existía que para los jefes. El nuevo sistema tan solo había cambiado el fuete por el bastón y el sable. Había sido implementado originalmente por Léger Felicité de Sonthonax y Étienne Laveaux después de la emancipación general del 20 de junio de 1793, pero luego fue adoptado por Toussaint de Breda o Louverture, y perfeccionado debido a la propensión de los antiguos esclavos a huir hacia las montañas para dedicarse a la agricultura de subsistencia, a la itinerancia, y a cualquier forma de resistencia con tal de evadir el trabajo en las grandes plantaciones, que asociaban con la esclavitud. Los reglamentos contemplaban castigos para los que no trabajasen, quienes eran tratados como desertores, no quedándoles otra alternativa a los cultivadores que responder con exactitud, sumisión y obediencia a sus deberes a cambio de ¼ del producto” (Branda & Lentz, 2006: 95).
La capacidad productiva de la principal de las Antillas francesas había caído violentamente desde 1789 hasta 1797, debido a la destrucción provocada por la guerra civil, los levantamientos de las dotaciones de esclavos y la guerra internacional, que se tradujeron en incendios y depredaciones de las habitations, la disminución de la población agrícola, la desorganización que afectó la producción, y la decadencia del comercio exterior. Pero desde 1798 Louverture inició la tarea de la recuperación, que, aunque lenta, por el estado lamentable en el que quedaron las provincias del Norte y del Oeste, era notoria para 1801. El gran vencedor fue el café, que se recuperó en un 56.51%, debido a la dimensión de las unidades; medianas y pequeñas, y por requerir pocos brazos. Fue este producto junto al algodón, el que le permitió a Louverture comprarles armamentos a los angloamericanos e ingleses, tan vitales para la guerra de independencia (Dubois, 2004: 119), mientras el cultivo y elaboración del azúcar siguió en franco retroceso, llegando solo al 11% o 13% de los niveles previos a la revolución, y el del añil sufrió una decadencia completa (Lepkowski, 1964: 86)16.
Hector Daure ya había alertado a Leclerc sobre la falta de provisiones y el estado de abandono que podría encontrar la expedición a su llegada en Saint Domingue, y de que, en el caso extremo y no previsto en el que los negros incendiasen las ciudades y dejasen los campos arrasados y reducidos a cenizas, los recién llegados quedarían sin albergues, hospitales y víveres, y absolutamente dependientes de los vecinos y aliados españoles de La Habana y Veracruz, los angloamericanos de Charleston, Filadelfia, Baltimore y Boston, tradicionalmente neutrales y beneficiados por L’Exclusif mitigée (Tarrade, 1972: 455)17, y los ingleses de Jamaica, sus tradicionales enemigos, para la obtención de subsistencias, comercio y crédito. Las advertencias de Daure coincidían con el análisis hecho Charles de Vincent, director de fortificaciones de Saint Domingue desde 1796, quien había formado parte de la constelación de funcionarios blancos de Louverture, y quien ahora estaba convencido de los desastres que se vendrían para la colonia como represalia a la impertinencia del general negro.
Vincent huyó a los Estados Unidos de América con una copia de la Constitución louverturiana de 1801 y la presentó al embajador francés Louis André Pichon, quien la interpretó como una rebelión abierta contra Francia. En Paris, Vincent se la llevó a Napoleón advirtiéndole que la campaña de reconquista sería un error, pues ¾ de las habitations de antaño yacían abandonadas, ruinosas e inútiles, 5/6 partes de los colonos blancos habían muerto o abandonado la isla, los locales no tenían afecto hacia Francia, por lo tanto, no podían ser considerados aliados, y Louverture tenía un gran ejército, capaz de defenderse, con experiencia en el combate, conocedor de la geografía y resistente a las enfermedades. Vincent conocía las influencias mortales que tendría el clima en un ejército recién desembarcado. Y, además, señaló que aun logrando derrotar al ejército indígena, el francés tendría que vérselas con las guerrillas y sostener un combate desgastante, de largo aliento, hasta destruir a aquellos rebeldes refugiados en lugares escarpados y cubiertos de frondosa vegetación.
DESPLIEGUE Y DESARROLLO DE LA RECONQUISTA FRANCESA DE SAINT DOMINGUE
Toussaint Louverture era un hombre maduro que generaba confianza entre su pueblo y los vecinos, era respetado por su humanidad, tenía un encanto propio y maneras elegantes y cordiales, dignas del nieto de un príncipe guineano. A sus 60 años era un hombre maduro y cultivado, “sabía leer y escribir, y conocía varias lenguas y matemáticas” (Métral, 1818: 33). Había iniciado la reconstrucción de Saint Domingue restaurando el imperio de las leyes y la justicia, y construyendo un sistema regular de impuestos, que le dio estabilidad financiera a la colonia tras los estragos generados por la Revolución francesa en su principal teatro antillano. Ejercía un poder enigmático que se manifestaba en la disciplina de los soldados y cultivadores, había restaurado la prosperidad en la agricultura de plantaciones, especialmente del café, y fomentado el comercio con los ingleses y angloamericanos sin romper con Francia (Girard, 2009: 97), pese a que esta no tenía como defender ni alimentar a su principal colonia. Además, era un experto en el arte de la guerra, un veterano que había acumulado experiencias únicas en sus gestas. Desde febrero de 1793 combatió dentro de los regimientos auxiliares negros de Carlos IV contra la Francia revolucionaria, en mayo de 1794, cuando supo que la Convención Nacional de Paris había decretado la emancipación general de los esclavos, cambió de bando y defendió a la República de los españoles hasta la firma del Tratado de Basilea del 25 de julio de 1795 y de los ingleses hasta la evacuación de las tropas británicas dirigida por Thomas Maitland el 31 de agosto de 1798, que fue seguida de la firma de una convención comercial el 13 de julio de 1799. Además, asumió de facto el gobierno de Saint Domingue debido a la expulsión de Gabriel d’Hédouville y la detención de Roûme de Saint Laurent, los antiguos comisarios civiles de la República, y se mantuvo atado a la metrópoli como muestra de lealtad.
Sin embargo, tras los años de servicio a Francia, iba a ser atacado con toda la fuerza por el primer cónsul Bonaparte, quien lo consideraba un enemigo, “C’est un esclave révolté qu’il faut punir, parce que l’honneur de la France est outragé” (Méziere, 1990: 164). Sabía acerca del carácter de quien gobernaba a Francia y a su imperio de ultramar desde las Tullerías, y se preparaba para la llegada inevitable de una fuerza de reconquista nunca antes vista. Conocía de medicina, pues había servido a España como galeno de las huestes dirigidas por George Bissau, y se había percatado de los efectos devastadores que tenían las condiciones ambientales y climáticas de la isla en los europeos. En vista de las circunstancias no le quedaba más remedio que explotar sus conocimientos para infringir un golpe certero a los recién llegados explotando sus vulnerabilidades.
La táctica de la “tierra arrasada” había sido empleada reiterativamente a lo largo de la década desde 1791, inaugurándose su práctica con el épico levantamiento de las dotaciones de esclavos de la llanura del Norte y la destrucción del centro neurálgico de la economía de plantaciones. Recomendó a sus huestes que asaltaran los caminos, arrojaran cadáveres a los manantiales, y destruyeran y quemaran todo para recibir a los que querían esclavizarlos y que estos encontrasen ante sí la imagen del infierno que merecían (Blancpain, 2016: 111). El objetivo era dejar sin suministros a los europeos, que se ubicarían en las costas y amplios litorales, obligándolos a depender del exterior, o a evacuar antes de ser exterminados. Por otro lado, las tropas de línea europeas no estaban preparadas para la guerra de guerrillas, de movimientos con emboscadas y retiradas, ni se acostumbrarían a estar en permanente asedio y acecho, además, desconocían las fiebres mortales que destrozarían sus ánimos y los reducirían a la tumba.
En contraste, “los negros eran una suerte de enemigo que no necesitaba nada, vivían de la nada y no requerían de albergue frente al clima sofocante” (Métral, 1818: 68). El plan contra el invasor tenía instrucciones claras, con el avistamiento de la flota expedicionaria iniciaría, desde las fortalezas, la defensa de las costas y litorales; las ciudades portuarias serían inmediatamente incendiadas y reducidas a cenizas, y los colonos blancos masacrados o tomados como rehenes. Luego, los rebeldes se retirarían a las montañas del interior para acudir a los campamentos y protegerse en esos lugares inviolables donde sabían cómo sobrevivir, para esperar la llegada del verano, momento en el que los invasores europeos, sin comida y diezmados por la enfermedad tendrían que evacuar o morir (Gaffarel, 1908: 13). Inicialmente Louverture contaba entre sus filas un total de 20,650 hombres, 4,800 en la provincia del Norte bajo el mando de Henry Christophe, 11,650 en el Oeste y Sur dirigidos por Jean Jacques Dessalines, y 4,200 en el Este o antiguo Santo Domingo español, encabezados por Paul Louverture, hermano de Toussaint, y Agustín Clervaux (Girard, 2011: 84), pero el desembarco y los acontecimientos que se derivaron de él, generaron un efecto dispersor entre las filas indígenas, y ánimos de traición por doquier. El siguiente mapa (figura 1) muestra en blanco el máximo avance del ejército expedicionario francés de Saint Domingue, y en rojo las zonas dominadas por el ejército indígena.
Figura 1. Carte d’une partie du Saint Domingue (ANOM CC9A – 1 de marzo de 1803)

El primer convoy de las naves que transportaban los regimientos del ejército expedicionario francés llegó a Samaná, en la península oriental de la isla de La Española, el 29 de enero de 1802, después de 46 días de travesía oceánica. Las embarcaciones fueron avistadas por Louverture, quien dándose cuenta de las intenciones dio la orden de incendiar todo lo que podía ser defendido. El desembarco, que fue efectuado desde el 2 de febrero sobre varios puntos de la isla de manera simultánea y a la vez secuencial, tuvo desenlaces distintos dependiendo de las circunstancias. François de Kerversau tomó Santo Domingo con solo dos fragatas y 450 hombres, y gozando del apoyo de la población hispana provocó la rendición de Paul Louverture y de Clervaux, recuperando la capital y a Santiago de los Caballeros el día 10. El mismo patrón se repitió en la provincia del Sur, donde el coronel d’Henin sometió a Léogane con 22 dragones, y 60 reclutas del batallón de Elba tomaron Jacmel (Chanlatte, 1824: 50). Leclerc recurrió a sus aliados mulatos, quienes lo habían acompañado desde Francia y detestaban a Louverture; André Rigaud, Alexandre Pétion, Pierre Boyer y Juste Chanlatte para convencer a Jean Joseph Laplume y a Dieudonné de deponer las armas y rendir Petite Goave, Jérémie y Les Cayes de Saint Louis a Bonaparte.
En la provincia del Oeste, Jean Boudet, héroe de Marengo, consiguió conquistar intacta a Port Républicain o Port au Prince, construida en madera, tras la rendición de las baterías de Fort Bizoton, pero no pudo impedir el secuestro de 300 pobladores blancos, quienes fueron llevados al interior como rehenes por el negro Lamartiniere. La provincia del Norte fue la que mayor resistencia presentó. El general Donatien Rochambeau, comandando a 1800 soldados, fue recibido con fuego de 150 piezas de cañón en Fort Liberté, antigua Fort Dauphin, pero la tomó y desde allí emprendió el camino en dirección al poniente. Mientras, en Cap Français, Henri Christophe se rehusó a recibir a los franceses, y el día 7 de febrero mandó a incendiar y a destruir sus edificios principales; el arsenal, atarazanas y almacenes, el hospital de la Providencia, el palacio de gobierno, la iglesia de Notre Dame de la Place d’Armes, y las casas situadas en la Place de la Fédération, que eran de piedra, haciendo explotar el almacén de la pólvora.
Christophe dejó en ruinas al Cap, “de 800 casas solo 60 quedaron en pie” (Méziere, 1990: 194), pero al menos 1,000 civiles blancos fueron salvados de la masacre ordenada por el antiguo esclavo cocinero sancristobaleño. En los días siguientes los franceses, con un destacamento de 1,200 hombres bajo el comando de Jean François Debelle, lanzaron una operación simultánea y coordinada de tierra y mar desde las ruinas del Cap. Tomaron la isla de Tortuga, Port de Paix, la cual fue incendiada por Jacques Maurepas, y luego las villas de Jean Rabel y Môle Saint Nicolas en la península norteña, mientras el regimiento dirigido por Étienne Desfourneaux se adentró hacia el Sur, recuperó Acul y Plaisance y le arrebató Gonaïves a Dessalines, lugar clave para resguardar las comunicaciones interprovinciales.
En ese momento Leclerc disponía de fuerzas muy superiores a las de Louverture; compuestas por 28,500 hombres de los regimientos veteranos europeos y de la marinería, que se fueron juntando en la isla hasta el 17 de febrero, cuando llegaron los últimos navíos de la flota provenientes de Cádiz y Flesinga con los regimientos alemanes. A estos efectivos se sumarían otros 3,600, que llegaron en abril, y 7,961 más en diferentes envíos entre junio y octubre, que incluyeron a los regimientos polacos, osea 40,061 en 1802. Luego, en 1803, un año después del primer desembarco, otros 16,000 efectivos llegaron a Saint Domingue, para sumar un total de 56,061.
Sin embargo, los extranjeros encontraron dificultades mayores a las que caracterizaban a los frentes de Europa e incluso a la campaña de Egipto y Siria, donde las ciudades no habían sido devoradas por el fuego, y pese a las condiciones adversas había disposición de alimentos, albergues y hospitales. Saint Domingue era un medio desesperante por el calor, la humedad y los insectos, y, además, se había convertido en un desierto. Así lo plasmó el prefecto colonial Hector Faure a su llegada, “el ejército esperaba arribar a una tierra amiga, y encontró un ambiente de disputa a hierro y fuego, el terreno hecho cenizas, ningún lugar para servir de asilo, ni del cual obtener subsistencias”18. La carnicería, que duró 72 días, y que fue más larga y difícil que cualquier otra por la fatiga y privaciones, continuó con combates brutales y masacres perpetradas por ambos bandos contra población civil inerme.
Los franceses retomaron los puertos y litorales, pero los negros rebeldes continuaron dominando las montañas, desde donde observaban los movimientos de sus adversarios, tramaban las emboscadas nocturnas, y retomaban posiciones degollando a los soldados que iban en las vanguardias. Los europeos acababan de desembarcar y ya estaban al límite, y para colmo de los males, al calor, la humedad y las lluvias torrenciales, a las cuales no estaban acostumbrados, se sumó el cansancio producido por la acumulación de jornadas sin descanso en suelo extraño, y cargando pesados equipajes en caminos de barro, sin mulas ni caballos19. Solo tenían víveres suficientes para tres meses20, por lo que pronto estarían dependiendo del comercio aliado de La Habana y Veracruz, y del neutral proveniente de Charleston, Filadelfia o Boston, para tramitar créditos y comprar provisiones pagas a través de letras de cambio. La venta de propiedades era impracticable, por lo que el derecho romano, “que contempla que la cosa persista en poder de aquel que la posee, no aplicaba en ese cadáver de cenizas”21. Como las devastaciones y el pillaje acabaron con todo, no había forma de imponer cargas a las exportaciones de los bienes agrícolas, y Leclerc tuvo que levantar impuestos, confiscar los bienes de los rebeldes y capturar una parte del tesoro público para sostener la expedición y complacer a Bonaparte, acostumbrado a que la guerra se financiase a sí misma con las depredaciones y las cargas tributarias impuestas a los conquistados. Pero en Saint Domingue no había quedado nada, y lo poco que había era insuficiente para cubrir las necesidades, y mucho menos una ocupación prolongada en la que había que pagar a las volubles tropas auxiliares negras.
En su fuga emprendida hacia el interior desde Gonaïves, Jean Jacques Dessalines, reconocido por su audacia y ferocidad, mandó a ejecutar a su paso por Saint Marc, la Petite Riviere, Verretes y Mirebalais, entre 400 y 700 colonos blancos y a sus animales domésticos, los cuales fueron dejados sin sepultura, contaminó las fuentes de agua, y mandó a quemar Léogane, población que sirvió de límite a las hogueras. Los restos del ejército louverturiano, dispersado y menguado en días y semanas por las deserciones, la amnistía ofrecida por Leclerc, y el reclutamiento de los negros en nuevos regimientos auxiliares (Métral, 1818: 96), se había reducido a la mitad, y ya sumaba a inicios de marzo en total unos 10,000 soldados, de los cuales 2,000 eran de caballería. Estaba compuesto tanto por caporales como por cultivadores, hombres y mujeres provenientes de una multitud de naciones africanas; bambaras y mandingas, éwés, yorubas e igbos, y claro, negros criollos, que se reunieron en las montañas de la provincia del Oeste.
El refugio, ubicado en las alturas del Grand Cahos, macizo que servía de frontera con el antiguo dominio español, fue escogido por el depuesto general, para albergar a su familia, las de sus lugartenientes y soldados, a los prisioneros blancos tomados como rehenes, el arsenal y los tesoros. El sitio estaba estratégicamente protegido, pues, en las colinas del lado derecho o nororiental del valle del río de l’Artibonite, existía una empalizada “rodeada por una zanja de 15 pies de altura y profundidad y un seto de madera de Campeche” (Métral, 1818: 102), construida y adecuada por los ingleses entre 1793 y 1798, sobre la que se levantaba la fortaleza de Crête a Pierrot, diseñada para resistir cualquier asedio, incluso una persecución de este nivel.
El general Jean Hardy fue el encargado de dirigir la campaña del interior contra Louverture, Dessalines y sus reductos, y ordenó la alineación de los movimientos en una rigurosa sincronía y desde todos los flancos para confluir sobre Crête a Pierrot, base principal del sistema defensivo indígena. El 27 de febrero Leclerc, en su campamento de Gros Morne obtuvo la noticia de la rendición de Maurepas en Port de Paix, que por efecto provocó la adhesión a los franceses de las bandas de cimarrones de Makajoux, Jolicoeur, Louis Dau, Jean Pierre Dumesnil y Gingembre (Girard, 2011: 122), las cuales operaban en los caminos que de Port de Paix y Cap Français confluían en Gonaïves. Así, quedaron unidos los pueblos montañosos que se extendían desde Haut du Cap hasta Ennery; Petite Anse, Limonade, Dondon, Marmelade, Limbé, Plaisance y Port Margot, y abierta la ruta que aseguraría el transporte de las tropas y armamentos franceses, así como el abastecimiento terrestre entre las principales ciudades; Cap Français y Port au Prince.
Desde Fort Dauphin o Fort Liberté, en la desembocadura del río Massacre, en el Noreste de la provincia del Norte, el regimiento de Rochambeau, se introdujo vía San Rafael de Angustura y San Miguel de la Atalaya, antiguas poblaciones hispanas de la meseta central, atravesó las montañas y descendió a la Riviere de Couleuvres, lugar en donde se presentó un violento combate, para luego situarse en las inmediaciones de Crête a Pierrot. Mientras, el grueso del ejército expedicionario avanzaba desde Gonaïves, guiado por Debelle y Dugua, y la vanguardia de Boudet, que se desplazó desde Port au Prince. Entre el 4 y el 9 de marzo se desarrolló la primera fase de la batalla que lleva el nombre de la fortaleza, en la que 1,500 rebeldes, bien apertrechados y armados de 9 cañones, arremetieron contra los soldados europeos que amenazaban con tomar la fortaleza. Estos cayeron accidentalmente en el foso que la rodeaba, y allí fueron ultimados con las descargas. En esa oportunidad la derrota francesa arrojó 600 muertos de entre la tropa, 50 de ellos oficiales de los batallones de línea 19 y 74, además de los heridos, a los cuales hubo que amputar y mutilar sin anestesia, con tal de evitar las infecciones y la aparición de la gangrena. El 11 de marzo se dio otro intento dirigido por Dugua que trajo resultados igual de infructuosos, pero menos lamentables.
Leclerc y Boudet, reunidos en el sitio de Verretes, tuvieron que cambiar de táctica para asediar a Crête a Pierrot y forzar la rendición de los ya hambreados indígenas. El bombardeo intenso comenzó el 23 de marzo, y al día siguiente los rebeldes salieron de la guarnición, y unos 250 entre los que se encontraban Dessalines, Christophe, Belair y Lamartiniere lograron escapar. Durante esas semanas murieron más de 1,200 insurgentes, pero otros 1,400 franceses fueron asesinados o heridos en combate, incluyendo a 3 generales del estado mayor (Méziere, 1990: 192). El propósito de Louverture, “de hacer la victoria más funesta que la derrota”, se había cumplido, pues los franceses le arrebataron la inexpugnable fortaleza, pero a un costo enorme. A tan solo dos meses del desembarco los franceses acumulaban 4,000 muertos y 4,500 heridos estaban en los hospitales, por lo que solo contaban con dos tercios de los recién llegados, unos 10,000 hombres de las tropas de línea europeas, y 7,000 auxiliares negros recién reclutados, y que le costaban 3 millones de francos (Leclerc, 1937: 172).
Leclerc había conquistado el país, algo que no pudieron alcanzar ni España ni Inglaterra, que le disputaron a Francia el dominio de su preciada colonia entre 1793 y 1798. Una vez concluida la campaña contra las huestes del ejército rebelde de Louverture, éste, según las advertencias de Bonaparte, debía deportar al caudillo y a sus oficiales negros rumbo a Francia; a Tolón, a Córcega o a Fort de Joux, y a los blancos que acompañaron a los insurgentes como funcionarios y colaboradores a las prisiones de Cayena, en la Guyana, por tratarse de separatistas desleales a su patria y agentes de los ingleses y angloamericanos. Sin embargo, Leclerc solo cumplió con detener y exiliar al depuesto general, por considerarlo peligroso y por tratarse de su figura, un botín de guerra para complacer el ciudadano primer cónsul, su cuñado, mientras amnistió y premió a los lugartenientes, primero a Christophe en abril (Leclerc, 1937: 173)22, y después a Dessalines en mayo, y los encargó de dirigir la policía rural de las provincias del Norte y Oeste, cuyas funciones eran las de desarmar a los cultivadores y reimplantar los reglamentos de trabajo forzoso o la servidumbre propia el caporalismo agrario. Tres legiones de gendarmería estarían dirigidas a restablecer la seguridad de las áreas rurales, a proteger la reorganización de las propiedades, asistir al desarme general de los campesinos armados, y a obligarlos a retornar, en calidad de cultivadores, a las faenas agrícolas, estableciendo un sistema de pasaportes internos para evitar fugas. Dicho desarme fue satisfactorio en el Sur y el Oeste, pero en el Norte las partidas de rebeldes se negaron bajo la premisa de que, “un fusil era el único garante de la libertad”.
Christophe y Dessalines, así como muchos otros, decidieron entregarse y capitular, prefiriendo traicionar a su mentor con tal de dejar de vivir en las montañas como brigantes. También Clervaux, Maurepas, Belair y Paul Louverture fueron seducidos a abandonar a Toussaint de Breda, y lo hicieron sin reparo. En Cap Français todos los anteriores entregaron los pequeños restos del ejército negro, y, revelaron la localización de los arsenales de Louverture (Girard, 2011: 142). Desde entonces todos fueron denominados “aliados de Francia”. Así las cosas, a Louverture no le quedó más remedio que entregarse con su guardia personal en el Cap entre el 1 y el 2 de mayo, donde fue recibido con muestras de amor y veneración por parte de una multitud que lo proclamaba “héroe de la libertad”, y su paso acompañado con salvas de artillería de mar y tierra. Leclerc lo recibió en un hotel al borde del mar, le ofreció la libertad, una pensión como antiguo general y un retiro digno en su hacienda Sancey en Ennery, a 30 leguas del Cap, aunque dicho acuerdo fue incumplido semanas después debido a los señalamientos de los que fue víctima por parte del propio Dessalines, quien lo denunció de estar implicado en el levantamiento de las bandas cimarronas de Sylla, Sans Soucci, Macayá y Petit Nöel Prieur.
Siguiendo las órdenes de Leclerc, el 10 de junio Louverture fue aprehendido por Jean Baptiste Brunet, por conspirar un “complot contra la república”, embarcado con su esposa e hijos en Gonaïves y enviado de vuelta a Cap Français, desde donde fue remitido a Brest en el navío L’Héros el día 15 de junio de 1802. Al llegar a Francia el 14 de julio, fue enviado a Fort de Joux, en el Jura, donde murió el 7 de abril de 1803. Pese al éxito que parecía haber tenido la expedición después de haber desembarcado, derrotado a los rebeldes y capturado a su máximo líder, en realidad la combinación entre el desastre provocado por la fiebre amarilla y el enemigo que no daba tregua fueron letales (Dubois, 2004: 281), “el clima se los estaba devorando, el fuego no les dejaba asilo, la guerra no daba reposo, y su sangre fluía sin gloria” (Métral, 1818: 112), pues los héroes del Loira, del Rin y de El Cairo, en vez de haber cruzado el océano para liberar a los esclavos y acometer un deber revolucionario, habían llegado para someter por igual a nativos y africanos. Pero, en vez de avanzar y ascender a las montañas buscando los pisos térmicos más favorables, con mejor clima y libres de los bichos, los europeos habían preferido establecerse en los puertos, cuyas plazas, desperdigadas por el inmenso litoral y expuestas a los mosquitos y a las fiebres pútridas, debieron ser vigiladas extenuantemente a la espera de que se presentase una nueva insurrección que no tardó en aparecer.
LA FIÈVRE JAUNE Y LA DESTRUCCIÓN DEL EJÉRCITO EXPEDICIONARIO
Así como la peste negra se consumió al 40% de la población de Italia y Francia entre 1346 – 1351 y 1361 – 1369, y marcó una etapa importante del proceso de unificación microbiana, integrando en un fondo común y compartido a la humanidad del Viejo Mundo, y la viruela, se encargó del genocidio bacteriológico de más del 80% población nativa del Nuevo Mundo en los siglos XVI y XVII; la fiebre amarilla, de carácter violento, rápido y agresivo, y la mayoría de las veces con desenlace mortal para la víctima, cruzó el océano Atlántico en forma de polizón en las embarcaciones dedicadas a la trata de esclavos africanos. Tráfico de carne humana que incrementó exponencialmente a finales del siglo XVII y durante el siglo XVIII, coincidiendo con la expansión de la agricultura de plantaciones y la conversión de las Antillas en un nicho bacteriológico y virológico africano.
La fiebre amarilla o ictericia, es un virus hemorrágico transmitido por el mosquito hembra del Aedes Aegyptis, su contagio es sutil e invisible, por lo general nocturno, comúnmente pasa desapercibido, y a menudo genera terribles estragos, por lo que se deben tener todas las precauciones para impedir su propagación. Tan solo fue hasta 1886, cuando el infectólogo hispano cubano Carlos J. Finlay, nacido en Camagüey, descubrió el agente externo transmisor de la enfermedad, por lo que en la época en que se desplegó la expedición napoleónica no se conocía ni el origen de la enfermedad ni existía tratamiento alguno que pudiera frenar dicho mal.
La “fiebre pútrida”, nombre que se le daba a la enfermedad en ese entonces, era conocida en África como una especie de malaria o paludismo, pero más fuerte y mortífera, y su presencia impidió a los europeos entrar tierra adentro hasta avanzado el siglo XIX, pues la muerte arreciaba en las costas. La primera noticia que se dio sobre ella en el Nuevo Mundo fue en Barbados en 1647, y luego en Guadeloupe, antes de pasar a Cuba y regarse por las costas mexicanas (Arnold, 2000: 91). Fue descubierta para la ciencia francesa por el médico Poupée Desportes, cuando, entre 1733 y 1743, estudió el desarrollo de la denominada enfermedad de Siam (Desportes, 1770: 24)23, en Saint Domingue, enfocándose en los efectos que tenía la variación climática anual en su aparición e intensidad, y registrando los estragos que dejaba entre la población extranjera, recién llegada y sin inmunidad. Los criollos, sin importar el color del pellejo o epidermis, al haberla padecido en la niñez, volvían a la isla después de estar ausentes durante años, y no presentaban contagios mortales, (Arnold, 1996: 72)24. La enfermedad tenía un patrón, aparecía, se desarrollaba y después de unos meses se desvanecía, y pese a esparcirse con facilidad, no era contagiosa, “pues se reunían a los heridos y enfermos en la misma sala y compartían ropas de cama sin ser lavadas ni perfumadas, y no había transmisión”25.
En sus observaciones, además de señalar que la enfermedad tenía preferencias al atacar solo a los primates, afligir a los sanos por sobre los heridos, y a los extranjeros, especialmente a los recién llegados y a los marineros, Poupée Desportes enfatizó que en los años en los que la estación lluviosa de la primavera era seguida por sequías extremas y calurosas en el verano, y fuertes vientos del Oeste, el contagio y la mortalidad se disparaban. Con esto confirmó que el clima y la enfermedad seguían ciclos. En 1733 y 1734, fue agresiva y se llevó a la mitad de los marineros recién desembarcados, mientras entre 1735 y 1738, fue de carácter esporádica debido a las temperaturas moderadas. Entre 1739 y 1743, volvieron las sequías desde abril y la peste fue muy maligna, “aparecieron las úlceras gangrenosas en las heridas y ningún método curativo servía”26. De esta manera quedó en evidencia que el ciclo de virulencia de la enfermedad se correspondía con el fenómeno climático que se repetía cada siete u ocho años. También concluyó que los brotes reinaban durante un periodo determinado de cuatro meses, o sea, durante el verano, y desaparecían súbitamente entre agosto y octubre. Fue así como la temporada del verano dominguois llevó entre sus habitantes el nombre de “pútrido”, por los calores sofocantes, la aparición de fiebres de mal carácter; biliosas e infamatorias, y la presencia de gran cantidad de insectos de todas las especies.
Charles Arthaud, de Nancy, sucesor de Poupée Desportes, y fundador de la patología tropical, completó el trabajo iniciado por su mentor, y recopiló su propia experiencia de vida en Cap Français, Léogane, y Limbé, cantón donde era dueño de una plantación entre 1770 y 1783. Su obra, Traité des Pains, inspirada en las investigaciones del botánico Charles Plumier sobre la flora americana, describió la fiebre amarilla; las llagas, los síntomas y evolución de la peste, e incluso formuló posibles tratamientos con el uso de plantas medicinales y remedios naturales (McClellan III, 1992: 138). Como Poupée Desportes, Arthaud era partidario de la idea de que era el ambiente el que precipitaba la enfermedad. En ello coincidía el médico criollo Lafosse, de la Société Royale de Paris, quien dirigía los experimentos de inoculación para el tratamiento de la viruela, quien señalaba, teniendo como referencia al basurero de Saint Marc, que, el agua contaminada era la causante de las “fiebres pútridas”, como resultó ser cierto para la proliferación del cólera. Según Arthaud, entre 1760 y 1780, la isla de La Española se transformó en un nicho bacteriológico propicio para los patógenos africanos debido al incremento de la trata proveniente especialmente del África Occidental; Sierra Leona y Senegal, donde pululaba la enfermedad (Kotar & Gessler, 2017: 40).
Entre 1781 y 1783, cuando, en medio del desempeño de la Guerra Americana Cap Français recibió a 25,000 soldados y marineros franceses y españoles, y sus hospitales estaban bien provistos y abastecidos, se registró un leve brote de la enfermedad, pero los pacientes fueron esparcidos y menguó la virulencia. Luego, en 1785, fiebres de este tipo, malignas y biliosas provenientes de América, azotaron L’Havre y Hamburgo. En 1791, de las enfermedades navales tratadas en los hospitales de Brest, L’Orient y Rochefort, la fiebre amarilla fue la que registró la más alta tasa de mortalidad, y en el verano de 1793, Boston Filadelfia y Nueva York sufrieron los mismos estragos como efecto de la llegada de los émigrés, que huyeron de la destrucción del Cap en más de cien embarcaciones.
Los médicos ingleses también tuvieron que lidiar con la peste africana. John Huxham atribuyó las fiebres pútridas a la humedad presente en la neblina y los pantanos, y luego, el cirujano John Hunter midió la mortalidad anual de las tropas recién llegadas a Jamaica en 25%, siendo los meses del verano los más complicados. Según este último, las demoras en la ejecución de las campañas militares solían ser letales, pues cuando aparecía la enfermedad y morían los soldados de línea europeos, los rebeldes africanos se escondían en las montañas y aguantaban hasta seis semanas en los climas templados, y volvían a acechar las plazas del litoral cuando el brote desaparecía (Arnold, 1996: 69). Benjamin Moseley escribió un tratado dedicado a los males tropicales y a su impacto entre los británicos entre 1787 y 1788, y Colin Chisholm, en 1794, estudió el impacto de la infección de la fiebre amarilla entre los regimientos enviados a Saint Domingue, encontrando que entre septiembre de 1793 y 1795 murieron entre 10,000 y 12,500 efectivos, y que hasta 1798, momento de la retirada inglesa, las pérdidas alcanzaron entre 45,000 y 50,000 soldados. En esa oportunidad la fiebre azotó, aunque en menor envergadura a Caracas, Cartagena y Portobelo en Tierra Firme, y Veracruz, Nueva Orleans y Pensacola, en el Golfo de México.
Resulta increíble entonces que las alertas emitidas por los médicos franceses entre 1780 y 1791, la traumática experiencia de las fuerzas de ocupación inglesas de Saint Domingue entre 1793 y 1798, y las noticias que llegaron desde los puertos de la América española y la anglosajona a Europa, no le hayan servido al ciudadano primer cónsul para evitar el desastre que vendría y destruiría su sueño de reconquistar el Nuevo Mundo. Napoleón se mostraba tan confiado que ni siquiera había enviado suficientes suministros y equipos médicos con la expedición para atender una emergencia previsible (Girard, 2011: 105). Tal vez su arrogancia, costumbre de subvalorar a sus oponentes africanos o indígenas, o más bien su ignorancia en estos asuntos terminaron llevándolo a errar estrepitosa e irremediablemente.
Jean Vincent de Marciac, cirujano del cuerpo de artillería de Cap Français, antiguo propietario o habitant de Saint Domingue, fue uno de los 250 médicos que tuvieron que enfrentar los rigores del nuevo azote que apareció a finales de marzo e inicios de abril de 1802. Marciac escribió, en tributo a su experiencia y observaciones durante la expedición, el manual denominado Dissertation sur la fièvre jaune, que fue presentado ante la Escuela de Medicina de Paris el 12 de agosto de 1806. Alli, Marciac desentrañó la naturaleza de la enfermedad, especuló acerca de las posibles causas y expuso detalladamente en qué consistía el tratamiento, que como se ha dicho no sirvió de remedio. La siguiente portada (Figura 2) corresponde a la presentación del manual referido de autoría de Jean Vincent de Marciac.
Figura 2. Dissertation sur la fièvre jaune por Jean Vincent de Marciac (ANOM CC9B – 1806)

Para entonces, la fiebre amarilla era una enfermedad mortal para los europeos no aclimatados al trópico, era imperfectamente conocida, pues el modo de tratarla no había cambiado en décadas sin obtener resultados, y el estado del arte o recursos disponibles no eran precisos. Según sus observaciones, basadas en los 25 años que había vivido en la colonia, el fenómeno al que estaba asistiendo era inédito para los franceses, pues las causas no existían antes del incendio del Cap27. Atribuía las causas de la infección a las variables ambientales. Siguiendo los postulados de Poupée Desportes en su Histoire des Maladies de Saint Domingue, del profesor Desgenettes en Précis des Maladies d’Orient, y del doctor Derèze, quien relacionaba los brotes de la fiebre pútrida en el vecinazgo de animales muertos en estado de descomposición. En su análisis de la situación quedaba claro que el engrandecimiento de la enfermedad y el grado de devastación que la acompañó, estuvo íntimamente relacionado con el lamentable estado en que el ejército expedicionario había encontrado a la colonia desde el desembarco.
Todo faltaba en Saint Domingue, solo se percibía tristeza, un resentimiento concentrado entre los africanos, y el terror exasperado de las tropas francesas ante el panorama desolador. Fatigados por la travesía oceánica, los soldados fueron expuestos a una combinación de elementos que los devastaron, el calor devorador, los ambientes húmedos y vientos cálidos provenientes del Oeste, las largas vigilias, y la desprotección, obligados a ubicarse en albergues improvisados e inapropiados, impregnados de las inmundicias y exhalaciones fétidas que eran comunes en las ciudades portuarias. Además, estaban mal alimentados, con comida salada y excesivamente condimentada de especias extrañas para sus estómagos28, pues como se ha dicho, la producción de alimentos era insuficiente para alimentar a la población tras las quemas, saqueos y sacrificios de ganado propinados por los negros. A lo anterior habría que agregar el frecuente abuso de licores perniciosos, como la tafia y los vinos de mala calidad, que traían efectos en el comportamiento y la salud.
Además, los hospitales estaban mal provistos para enfrentar una emergencia de este calibre. Desprovistos de edificios y utensilios, imperaba la improvisación y la espontaneidad. Así quedó consignado por Marciac en su informe el 26 de mayo, cuando, encargado del hospital de la Petite Anse, describió el sitio insalubre en el que se había acondicionado el edificio para atender a los heridos y enfermos. Éste yacía ubicado al borde del mar, junto a los esteros y con agua estancada cubierta por manglares, “un hábitat perfecto para que pulularan insectos de todas las especies, y las miasmas que infectaban la villa y rada, donde los individuos que residían eran propensos a sufrir malestares de todo tipo y tenían un color amarillo pálido”29. El hospital, construido en los escombros de un antiguo almacén de azúcar, no contaba con fuentes de agua potable, la que había estaba contaminada o corrupta. El panorama no variaba en los hospitales de las principales ciudades; Cap Français y Port au Prince. En la primera el edificio ubicado en las alturas, y que había sido parcialmente consumido por las llamas, lucía destruido. El lugar de acopio de los enfermos, mutilados y moribundos, en realidad era “un galpón amplio con el suelo cubierto de paja y bagazo de caña. Allí yacían amontonados y acostados, en igualdad, sin distinción de grado, virtud o valor, y sin las mínimas condiciones necesarias para su tratamiento, sometidos a la humedad y al calor extremo” (Métral, 1818: 130). En la segunda, que no había sufrido un incendio devastador, el hospital estaba mal ubicado, como el de la Petite Anse, rodeado de olores nauseabundos, agua insalubre, repleto de bichos, y privado de viento.
En abril de 1802 o Floreal del Año X de la república francesa se presentaron las primeras víctimas de la epidemia en la habitation Labatut, en Haut du Cap. Esta vez la enfermedad tendría una intensidad aterradora, mucho mayor que en los años previos, ya que, en una sincronía perfecta se presentaron las condiciones para la desgracia; el elevado número de europeos recién llegados coincidió con el ciclo climático y biológico que se repetía cada siete años. Marciac aprovechó para hacer un seguimiento sistemático de la enfermedad.
Según su diario el mal iniciaba en el cerebro con un dolor de cabeza violento, fiebre ardiente, una sensación de fuego en el pecho, dolor de estómago y extremidades, ojos llorosos, vómito y deposiciones de la materia en forma espesa, de color verde y con sangre, supresión de la orina, ausencia de apetito, sudor abundante, y lengua y garganta seca. El segundo día, la piel se tornaba amarilla, aparecían los gránulos del color de la sangre debajo de la piel, continuaba el calor interno y la orina se tornaba roja. La respiración se hacía difícil y una corteza negra espesa cubría la boca; labios y dientes. El tercer día los excrementos y vómitos del paciente se tornaban color negro y sangre, las orinas tenían una consistencia rara, cubierta de una película oscura, y el sueño se tornaba turbulento, con pesadillas seguidas de insomnio crónico, ansiedad y dificultad en la movilidad. El cuarto día los enfermos sufrían ataques; convulsiones y delirios, comas, presentaban la mirada moribunda, y emitían sollozos lastimeros. La piel se secaba acompañada de sudoración fría, y los pacientes asistían al colapso de sus fuerzas y a percibir el olor a cadáver que ellos mismos expelían. Los párpados se hundían, las manchas en la piel se volvían gangrenosas, y la temperatura del cuerpo agonizante descendía sintiéndose frio en los pulmones y la lengua, y castañeo de dientes. El quinto día el paciente moría, pero si resistía 10 o 15 días los chances de sobrevivir incrementaban30.
En pocos días la cifra de los enfermos alcanzó niveles inéditos, más desastrosos que nunca. La enfermedad se llevó a los europeos de todos los rangos por igual; oficiales superiores, soldados y marineros, administradores, funcionarios y empleados31. El Dr. Peyre, Inspector General de Salud en la colonia francesa de Saint Domigue y médico de Leclerc, registró la pérdida de “30 a 50 hombres diarios en el Cap, y su incremento a 200 y 350 en mayo, de los que solo salían 50 individuos”32. Lo que significaba que el rango de mortalidad era del 80%. Algo espeluznante si agregamos que, “el mes de Germinal o marzo había costado 1,200 hombres, el de Floreal o abril 1,800, y el de Plarial o mayo otros 2,000”33. En la carta de Leclerc a Decrès, ministro de la Marina y de las Colonias, fechada el 8 de mayo, le comenta acerca de la devastación arrolladora que arrojaba la enfermedad, y que había 3,600 soldados en los hospitales, quedando solo 13,808 efectivos activos de las tropas europeas (Leclerc, 1937: 151). El pronóstico del Dr. Peyre era muy desalentador, pues durante todo el verano siguió el ritmo vertiginoso de los contagios y las muertes. Alertó que la peste tendió a ser más mortífera en el Norte34, y detectó la presencia de gran cantidad de insectos, especialmente de mosquitos, traídos por los vientos cálidos del Oeste, aunque no los relacionó con la fiebre amarilla.
Para agosto tan solo quedaban 10,000 europeos en armas, y teniendo en cuenta el número de los muertos que se registraron ese mes tan solo en los hospitales de la provincia del Norte; en Môle Saint Nicolas se contaron 677, en los de Port de Paix, Port Margot y Plaisance 874, y en Fort Limbé 392, la suma de fallecidos llegó a 1,959 hombres (Leclerc, 1937: 225), a los que tendríamos que agregar una cifra significativa, al menos otros 1,000 para cubrir al resto de la isla. En septiembre la mortandad continuó con el mismo furor y las fuerzas expedicionarias se fueron extinguiendo, pese a la llegada de 3,600 efectivos de refuerzos en abril, y otros 7,961 más en las diferentes oleadas que se dieron entre junio y septiembre, entre ellos los regimientos polacos, particularmente inadecuados para el clima y muy débiles frente a los estragos de la epidemia (Métral, 1818: 134). Lo que quiere decir que, de los 40,061 hombres desembarcados hasta entonces, unos 23,000 murieron de fiebre amarilla, un 57%, y otros 7,000 en los combates, el 17.5%, quedando solo unos 10,000 sobrevivientes en noviembre, incluyendo a los heridos, mutilados y enfermos, el 25 %, o ¼ de los extranjeros.
El tratamiento al que eran sometidos los pacientes fue expuesto detalladamente por el doctor en medicina Vincent de Marciac, un criollo descendiente de habitants que había estudiado en la Escuela Real de Cirugía de Paris y ejercido como practicante tanto en Francia, como en su nativa Saint Domingue. Entonces maestro en cirugía del Cuerpo de Artillería de Cap Français, estuvo a cargo de decidir el plan de acción y administrar el suministro de los remedios y medicamentos a los enfermos. El tratamiento consistía en el uso de baños y lavados con ácido nitroso, infusiones de agua fría o láudano líquido, el suministro de quinina en polvo, que servía de agente contra la fiebre, y la pulpa de tamarindo, naranja, limón o piña, o té de camomila como suero y prevenir las infecciones. Para combatir la acidez estomacal se usó la sal de Glauber o sulfato de sodio, y el tartrato de potasio, un laxante contra el estreñimiento que habían usado los ingleses en su momento. Como anti vomitivo el licor mineral de Hoffman, y para calmar y adormecer a los enfermos se distribuyeron bebidas excitantes como el vino de Madeira y el opio35. Además, los recintos donde eran albergados los enfermos y heridos antes de su evacuación, muchas veces campamentos improvisados y a plena intemperie, eran aspergidos con vinagre, éter y alcohol, y regados con granos de alcanfor, pero todo lo que se empleó para evitar y combatir la peste fue inútil.
Pronto los hospitales más importantes, los de la Marina, que estaban situados en Cap Français, Santo Domingo, Môle Saint Nicolas y Port au Prince, los dos últimos adecuados por los ingleses, se llenaron y no dieron abasto. Para evitar la expansión del brote, pero sin saber qué hacer, los médicos tomaron estrictas medidas de seguridad para el ingreso de enfermos y heridos empleando un sistema de firmas de los funcionarios y cirujanos de cuerpos, que indicaba la naturaleza de los síntomas que presentaban los pacientes; fiebres, heridos, venéreas y sarna36. El objetivo de los controles era el de reportar las enfermedades y definir los tratamientos que se seguirían, los instrumentos y plantas medicinales que se suministrarían, e incluso registrar para la ciencia, la secuencia de la enfermedad y su relación tanto con los fenómenos meteorológicos, como con los conocimientos ofrecidos por la topografía médica, encargada de mapear los avances de la enfermedad y tratar de contenerla en los puertos, radas y lugares que la armada frecuentaba37. Sin embargo, los cirujanos, enfermeros, farmaceutas, ayudantes y estudiantes, siempre fueron insuficientes, y aquellos que llegaron de Europa murieron al mismo ritmo que los soldados y marineros.
La fiebre amarilla continuó arrasando, y si en Floreal o abril había diezmado a todos los rangos del ejército expedicionario, en Plarial o mayo las pérdidas habían sido incalculables, y en Fructidor o agosto se abandonaron los enclaves más lejanos, para Vendimiario o septiembre, el ejército se había reducido tanto que Leclerc había ordenó la evacuación de los establecimientos intermedios; Gonaïves, Port de Paix y Fort Dauphin, cuyas facilidades fueron trasladados a Haut du Cap, y, las de Les Cayes, Saint Marc y Jérémie, a Port au Prince.
En Pluvioso u octubre, las hordas rebeldes se introdujeron en el Cap por el flanco de Fort Belair, incendiaron lo que quedaba del hospital y degollaron a los enfermos38, y en Brumario o noviembre, los franceses efectuaron la última distribución de provisiones; pan, carne, vino, arroz y legumbres, acto que fue seguido por las campañas de secuestro de los guardias y empleados que habían sobrevivido a la carnicería, y el saqueo de los grandes depósitos de suministros y armamentos que se hallaban en Port au Prince. Los extranjeros no tuvieron más remedio que huir al asilo de la isla Tortuga o Tortue. En Nivoso o diciembre de 1802, la campaña terminó con un ataque súbito de los indígenas, quienes arremetieron contra los reductos de los colonos blancos, víctimas del terror y la fiereza de los levantados, seguido del sacrificio de los convalecientes, médicos, cirujanos y enfermeros39.
Acostumbrados a los brotes graves de esta enfermedad desde la época colonial los blancos criollos habían empleado en el pasado en envío de los enfermos a las montañas, “donde el aire fresco restablecía las fuerzas, lugares sanos en los que las personas gozaban de una salud robusta y vivían mucho tiempo sin sufrir de nada”40. Desde mayo, durante la asamblea convocada por Leclerc en el Cap, y que juntó a todos los oficiales de salud, varios de los presentes le aconsejaron establecerse lejos de los “miasmas contagiosos”, en las montañas cercanas a la ciudad, para mantenerse a salvo, e incluso le recomendaron establecer los hospitales en las habitations Métayer y Dessobry, ubicadas en las cimas, a un cuarto de legua de la ciudad, pero para entonces ya era tarde. Desde julio los franceses quedaron inmovilizados en los puertos y a merced del virus, sin poder mover a sus hombres, y dependientes casi que exclusivamente de los regimientos de auxiliares de negros “aliados”, dirigidos por los antiguos lugartenientes de Louverture; Christophe y Dessalines quienes, además de someter a Leclerc a un drenaje financiero (Dubois, 2004: 282), no eran de fiar y esperaban el momento adecuado para activar una nueva traición.
La situación que atravesaba la colonia francesa de Saint Domingue, reducida a su mínima expresión luego de haber sido recuperada en su totalidad por el ejército expedicionario, resultó agravada por la llegada de las noticias provenientes de la isla de Guadeloupe. La ley consular del 20 de mayo de 1802, había reversado los efectos del decreto libertario de 4 de febrero de 1794 de la Convención Nacional, restaurando la trata y la esclavitud en ultramar. La movida fue justificada por la intensión de retomar el orden y la prosperidad de las colonias, que era incompatible, según ellos, con la libertad de los africanos (Branda & Lentz, 2006: 110). Además, el decreto de Bonaparte del 13 de julio, ratificó la decisión autorizando a los gobernadores generales de las Antillas francesas a restablecer la esclavitud cuando se considerase favorable (Leclerc, 1937: 213).
En medio de ese contexto, en el que se rumoraba sobre el eventual retorno de la detestada institución a Saint Domingue, algunos deportados trasladados allí desde Guadeloupe, hechos prisioneros por los franceses al haber participado en los desórdenes de Pointe à Pitre, que se registraron ese verano, comentaron a sus semejantes desde las bodegas de las embarcaciones, sobre la guerra que se estaba librando entre la esclavitud y la libertad (Dubois, 2004: 287). La medida tomada por el consulado no solo ocasionó la suspensión del comercio americano, que era vital para lo que quedaba de Saint Domingue, cuyos almacenes estaban agotados debido al cruel abandono que sufría la isla, sino que provocó el rompimiento de los líderes negros con Leclerc, que lo abandonaron en octubre para unirse a los rebeldes y conducir la campaña de independencia.
Entre el 4 y el 9 de agosto, cuando la noticia llegó y se regó desde Cap Français hacia todos los rincones de la provincia del Norte, inició el levantamiento de las bandas rebeldes de Lafortune y Tempête, cuyos campamentos estaban localizados en Gros Morne, y la insurrección de los negros cultivadores de Port Margot, Jean Rabel, Port de Paix y Gonaïves. El 25, las tropas auxiliares negras del Norte, que habían sido reclutadas por Leclerc, desertaron masivamente y se enrolaron en las guerrillas de Sans Soucci, Petit Noël, Sylla, Pompée, Macayá, Cangé, Sanglaou, Gingembre, Cacapoule, Va-Malheureux y Yayou (Blancpain, 2016: 117). El mismo fenómeno se replicó en el Oeste, donde Charles Belair tomó las riendas de la insurrección concentrando sus fuerzas en el macizo de Cahos, mientras, en el Sur, Léogane, Jérémie y Les Cayes, que habían sido sitiadas desde junio por entre 8,000 y 10,000 forajidos, y defendidas por pequeñas brigadas armadas de piezas de cañón dirigidas por el creole Pageot, fueron destruidas por los negros que se preparaban para atacar los fuertes41. La resistencia popular tomó la forma de una hidra de mil cabezas, pues las insurrecciones rurales estallaron por todo el país, lo que a su vez llevó a que se conformara un gran frente antiesclavista. Oleadas de desertores del ejército francés se fueron llevando tras de sí a soldados negros por pelotones, compañías y batallones completos. El siguiente mapa (Figura 3) muestra el plano de la fortaleza de Limbé, que sirve de ilustración para representar los baluartes construidos por los franceses hasta 1789, y por los ingleses entre 1793 y 1798, que sirvieron como sistemas defensivos usados por el ejército indígena para evitar el avance de los regimientos franceses hacia las montañas.
Figura 3. Plan Figuratif de la Grande coupé de Limbé (ANOM CC9A)

El 14 de septiembre, las poblaciones de Dondon, la Grande Riviere, Marmelade y Sainte Sussane, situadas en las montañas de la provincia del Norte, fueron retomadas por los indígenas, mientras Leclerc iniciaba la defensa de Haut du Cap y de la misma villa de Cap Français con un reducto de 2,000 hombres, y el general Brunet trataba de mantener la estratégica posición de Limbé. Ese mes, se registraron 1,000 muertos en combate de entre las filas expedicionarias, entre ellos una parte sustancial del Estado Mayor francés; Hardy, Dugua, Debelle, Le Doyen, el comisario Despéroux, y el prefecto colonial Bénezech. Mientras, la enfermedad seguía matando a miles de soldados, 3,000 en septiembre, aún después de concluir el verano, “ni el campo, ni los riscos, ni el mar fueron refugio útil contra el azote destructor. La peste reinaba en el aire que respiraban” (Métral, 1818: 131), y no solo en tierra se sentían los efectos, pues las embarcaciones encalladas también se quedaron sin sus tripulaciones. Estas dejaron de ser blancas al tenerse que reemplazar por mulatos y negros (Girard, 2011: 177).
La isla de Tortue había sido escogida por Leclerc para construir su refugio, por tener una posición ventajosa y fácil de defender, y por ser, además, una de las regiones más productivas en víveres de todo tipo. Allí estaba construyendo una base que le serviría de asilo y hospital, pero que aún estaba en obra. Los edificios, bien aireados y con acceso a agua de buena calidad, tendrían, según él, capacidad para recibir a 3,000 enfermos42. No obstante, a partir de la revuelta general de los negros, los europeos enfermos fueron trasladados espontánea y urgentemente a los diferentes puertos desperdigados por el amplísimo litoral con tal de salvar sus vidas, y sin provisiones ni medios para cubrirse de las injurias del tiempo.
Después de efectuar los trayectos, de unas 15 leguas desde Cap Français, y distancias mayores desde otros puntos, muchos morían en las playas y bosques sin encontrar abrigo. El Hospital de Palmiste, en la Tortue, administrado por M. Giraud, pero protegida por solo 50 soldados frente a los brigantes ya reunidos, no tenía la capacidad para recibir un volumen tan elevado de pacientes, y las autoridades tuvieron que distribuir a 500 de los recién llegados entre las casas de los negros, “mal cubiertas y cerradas, expuestas a la humedad y a la obra de los mosquitos hambrientos durante las noches”43. La pequeña isla, “el refugio”, ya estaba plagado de insurgentes, se había convertido en un lugar de muerte. Sin clemencia, los enfermos y el personal médico fueron degollados por los rebeldes, incluidos M. Giraud y su esposa, M. Carl, médico del hospital, el farmaceuta M. Trinquet.
La muerte de casi el 60% del ejército expedicionario por fiebre amarilla, alrededor de 23,000 en 1802, significó la derrota militar más formidable sufrida por el consulado napoleónico, superando de lejos a la campaña de Egipto, y causó consternación en Europa y el todo el Nuevo Mundo. Para los hombres y mujeres de la época era algo inimaginable, que por primera vez sucedía, y que amenazó la propia estructura del sistema de dominación existente en el Caribe. La rebelión general de los negros, a la que atrajeron los multaos, incluso algunos de los que habían desembarcado con Leclerc en febrero, como Pétion y Chanlatte, inició un proceso irreversible de liberación, que conduciría a esa parte de la isla a la emancipación definitiva de Francia.
El saldo de las víctimas europeas en 1802 era el siguiente; de los 28,500 que habían llegado entre enero y febrero, así como de los 3,600 que lo hicieron en abril, y de los 7,961 adicionales que arribaron entre julio y octubre, de un total de 40,061 soldados desplegados en Saint Domingue, unos 23,000 habían muerto de fiebre amarilla (Métral, 1818: 137)44, y fueron enterrados en fosas comunes. Para noviembre 7,000 habían muerto en combate, 6,000 se contaban entre los heridos y enfermos, y solo 4,000 hombres estaban en capacidad combatir. El panorama dejado por la enfermedad era desolador, todos los regimientos habían sufrido enormemente, por ejemplo, del séptimo de línea, que originalmente había estado compuesto por 1,395 hombres, 107 estaban en los hospitales, y solo 83 saludables, del onceavo, conformado inicialmente por 1,900 soldados, 201 estaban enfermos y 163 activos, y del regimiento 71, de 1,000 hombres, 133 estaban siendo atendidos, y solo 19 estaban en servicio (Méziere, 1990: 105). Las víctimas del personal de la salud sumaban 700, y de los 250 médicos, cirujanos y farmaceutas que habían desembarcado con la expedición, 119 habían fallecido o sido asesinados45.
Los últimos bastiones o bolsas de colonos blancos quedaron reducidos y dispersos en el territorio, teniendo que conformarse con vivir bajo una constante amenaza, sin la posibilidad de recibir protección alguna, y a merced del espíritu de venganza y furia que los negros desatarían contra ellos para compensar las masacres y otros vejámenes practicados por las tropas de ocupación contra la población civil inerme; ancianos, mujeres y niños, y los cómplices de la rebelión.
Bandas de brigantes compuestas por cimarrones, campesinos, cultivadores, comandantes de dotaciones y talleres, soldados y desertores de los batallones, tomaron las villas y poblados, incendiaron las habitations, degollaron y exterminaron a sus habitants, y se apropiaron de las casas y negocios46. La antigua joya de Francia, su principal colonia en el orbe, se convirtió en un país enemigo. Quedaba claro que la reconstrucción de la agricultura de plantaciones tipo 1789, proyectada por Bonaparte, resultaría imposible con las ciudades quemadas, los ingenios demolidos y las plantaciones devastadas, sin colonos leales ni mano de obra cultivadora y asalariada, por lo que su sueño americano tuvo tarde o temprano que ser desechado.
CONCLUSIONES
Desde el inicio, una especie de fatalismo caracterizó a la expedición de Saint Domingue. Pese a que el desembarco había traído el trauma de los incendios de algunas ciudades, algo que no había estado contemplado en los planes iniciales, la reconquista desplegada fue un éxito; la marina francesa forzó la rendición de las ciudades portuarias, y la mitad del ejército original antes de la llegada de los refuerzos, unos 12,000 hombres, dirigidos de manera coordinada desde los diferentes puntos hacia la Crête a Pierrot, logró liquidar la resistencia del ejército indígena de Louverture. Dicha campaña librada en marzo, fue costosa en vidas y no significó el ascenso de Leclerc y de su alto mando militar al altiplano, para establecer un cuartel en las montañas, y así evitar los estragos generados desde abril y durante el verano por las condiciones climáticas y bacteriológicas adversas para los europeos, y que aparecieron en las tierras bajas del litoral.
La fiebre amarilla, que fue especialmente devastadora y virulenta, al confluir los factores ambientales propicios con la llegada de decenas de miles de europeos, se consumió a un ritmo vertiginoso e irreparable alrededor del 60% de los soldados de los regimientos disciplinados entre marzo y noviembre. El desarme obligatorio de los negros cultivadores, emprendido desde mayo por Leclerc, tras la remisión de Toussaint Louverture a la prisión de Fort de Joux, gozó del apoyo de los lugartenientes negros Christophe y Dessalines, quienes también debieron de ser deportados según los planes originales de Bonaparte, para que cumplieran penas realizando trabajos en caminos o en las galeras, o ser recluidos en las mazmorras, para evitar una segura traición y su dirección de la guerra de independencia, que fue lo que ocurrió.
Las primeras señales de rebelión fueron reprimidas con severidad por los franceses; perpetrándose actos de terror, como fusilamientos, ahogamientos masivos, y matanzas de inocentes, pero la frágil tranquilidad de la colonia se acabó cuando los negros fueron persuadidos por las recientes noticias provenientes de Guadeloupe, de que la ley del 20 de mayo de 1802, restablecía la trata y la esclavitud, revocando el decreto libertario del 4 de febrero de 1794, legado por la Revolución, y violado el sagrado principio de que “todos aquellos negros que hubiesen defendido las colonias contra los enemigos, y hubiesen prestado servicios al Estado, serían considerados libres”. Por tal motivo no fue posible desarmarlos efectivamente, pues, las medidas tomadas en el exterior destruyeron todo avance y enervaron los espíritus. El ejército expedicionario francés fue derrotado contundentemente por las fiebres pútridas, y colapsó entre agosto y septiembre, cuando inició la guerra de independencia haitiana y se dio la evacuación de los reductos europeos de Cap Français y Port au Prince hacia Môle Saint Nicolas y Tortuga, al no poder contener el avance de las guerrillas sobre los últimos bastiones que permanecían bajo la dominación extranjera.
El deceso de Leclerc, el 2 de noviembre, tras padecer la fiebre amarilla, desmotivó la empresa, pero no la concluyó. Con los reductos que sobrevivieron el general Rochambeau retomó los esfuerzos y continuó la campaña de reconquista desde el 24 de febrero de 1803, aprovechando la llegada de considerables refuerzos, otros 16,000 soldados de línea europeos, que fueron sacrificados en un nuevo e infructuoso intento. Rochambeau, antiguo plantócrata, patrocinó los odiosos excesos; reinstauró la corvée, ejecutó vejámenes de todo tipo, y con su actitud despiadada y cruel provocó el abandono de los últimos mulatos que continuaban del lado de la república, quienes en desbandada se situaron del de los negros. En esta segunda incursión, el área de dominio francés fue mucho más reducida, incluyó solo 5 de las 25 unidades administrativas, mientras las demás continuaron bajo control del ejército insurreccional o en manos de los campesinos agricultores, rebeldes e independentistas.
El 28 de junio de 1803, una vez roto el Tratado de Amiens, la Royal Navy se movilizó desde Jamaica y bloqueó los puertos de Saint Domingue, de tal manera que los franceses quedaron cercados por los negros desde las montañas, y por los ingleses del lado del mar. La salida de Rochambeau se efectuó el 19 de noviembre, fecha en que se selló la estruendosa derrota del ejército napoleónico. De los 56,061 soldados y marinos europeos empleados en la reconquista de la isla entre 1802 – 1803, 30,000 murieron de fiebre amarilla (7,000 en 1803), alrededor de 21,000 fallecieron víctimas de los combates y heridas, y solo unos 5,000 sobrevivieron, muchos de los cuales se refugiaron en los Estados Unidos de América, otros fueron evacuados y hechos prisioneros por los ingleses, y solo 1,200 regresaron a Francia.
BIBLIOGRAFÍA
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1 Resulta importante mencionar que en las tres guerras coloniales que España mantuvo contra los rebeldes independentistas cubanos, la Guerra de los Diez Años (1868-1878), la Guerra Chiquita (1879-1881) y la Guerra del 98, 1895-1898); la historiografía ha demostrado que fallecían más soldados por las enfermedades, entre ellas la fiebre amarilla, que en los campos de batalla. Revisar la conferencia impartida en el Ateneo de la Habana por Octavio Montoro, entre el 6 de noviembre y el 30 de diciembre de 1940, titulada, “El Dr. Carlos J. Finley”, en: Figuras cubanas de la Investigación científica”, La Habana, Biblioteca Nacional José Martí, 1942, págs. 277-312. También, Pedro M. Pruna, “La vacunación homeopática contra la fiebre amarilla en La Habana, 1855”. Asclepio, CSIC, 1991, y, “La Real Academia de Ciencias de La Habana (1861-1898)”. Madrid, CSIC, 2002, además de Eduardo Torres Cuevas: “Los orígenes de la ciencia y con-ciencia cubana. La Habana, Editorial Ciencias Sociales, 1995, y, más recientemente, el artículo de J. Tuells & P. Massó, titulado, “Colonialismo, trasiegos y dualidades: la fiebre amarilla”. Vacunas 7(4), Universidad Miguel Hernández (Alicante), 2006.
2 Entre 1793 y 1798 los británicos perdieron 80,000 efectivos en las Antillas, ½ como consecuencia de la fiebre amarilla. En 1802, Napoleón perdió en 10 meses 40,000 hombres del ejército expedicionario de Saint Domingue.
3 El Consejo de Estado esperaba recuperar la ventaja que tenía Francia antes de la catástrofe de la Revolución. Buscaba vender los géneros coloniales a 100 millones de europeos. Archives Nacionales d’Outre Mer (ANOM) CC9A – 32. Escrito por Barri Saint Venant, 26 de julio de 1802. Mémoire sur la dette civile de Saint Domingue.
4 ANOM CC9A – 32. Escrito por Barri Saint Venant, 26 de julio de 1802. Mémoire sur la dette civile de Saint Domingue.
5 ANOM CC9A – 32. Escrito por Barri Saint Venant, 26 de julio de 1802. Mémoire sur la dette civile de Saint Domingue.
6 ANOM CC9A – 32. Escrito por Barri Saint Venant, 26 de julio de 1802. Mémoire sur la dette civile de Saint Domingue.
7 Las habitations son unidades de producción compuestas al mismo tiempo por bienes rurales o la plantación, y una gran manifactura o taller comercial. Se trata de complejos agro – industriales.
8 ANOM CC9A – 32. Carta anónima para Denis Decrès, ministro de la Marina y las Colonias, 21 de enero de 1803. Instruction pour les Commissaires des Genres de l’Armée, sur les subsistances militaires.
9 La Asamblea Colonial de Saint Domingue, establecida por los habitants y sus clientelas blanquistas en Saint Marc, redactó la Constitución del 4 de abril de 1790, la cual buscaba separarse de Francia y entregarse a los ingleses, con tal de impedir la aplicación de las leyes igualitarias.
10 Las embarcaciones transportaban familias enteras; mujeres y niños de los oficiales, ingenieros, funcionarios, secretarios y escribanos, médicos, enfermeros y veterinarios, además de caballos y mulas, y venían sin suficientes suministros alimenticios, y la total ausencia de equipos médicos y medicamentos, que, erróneamente fueron dejados en los puertos europeos.
11 ANOM CC9A – 32. Escrito por Eyroux, antiguo gendarme, 26 de julio de 1802. Composition d’une forcé armée pour rétablir et maintenir la sureté, la tranquillité et l’ordre de Saint Domingue.
12 ANOM CC9A – 32. Escrito por Eyroux, antiguo gendarme, 26 de julio de 1802. Composition d’une forcé armée pour rétablir et maintenir la sureté, la tranquillité et l’ordre de Saint Domingue.
13 ANOM CC9A – 32. Escrito por Eyroux, antiguo gendarme, 26 de julio de 1802. Composition d’une forcé armée pour rétablir et maintenir la sureté, la tranquillité et l’ordre de Saint Domingue.
14 La nueva figura del general terrateniente o latifundista, del cual Louverture, Dessalines y Christophe eran los ejemplos más emblemáticos, coexistía con la de los propietarios blancos y mulatos, era el rasgo fundamental del orden louverturiano.
15 El sistema, denominado “caporalisme agraire”, de origen militar feudal, conservaba las grandes propiedades, ya fuese bajo la administración “pública” o la privada, y organizaba la producción, administraba la disciplina y mantenía rígidas jerarquías, con el fin de mantener a los cultivadores atados a la tierra.
16 El azúcar producido en 1800 era de 64, 236.526 libras, mientras en 1789 había sido de 225’687.952.
17 El sistema de L’Exclusif consistía en una serie de disposiciones y regulaciones en el control comercial, empleados por la metrópoli y por sus agentes en los puertos coloniales. La tesis partía del principio de que no debía existir dentro del sistema competencia extranjera en los géneros cultivados o producidos por la metrópoli. Solo las compañías privilegiadas por la corona podían encargarse de abastecer los mercados de las Antillas. Sin embargo, desde la consagración del tratado comercial del 20 de marzo de 1778, firmado por Luis XVI con los insurgentes en medio de la Guerra Americana, las colonias francesas, y especialmente Saint Domingue, quedaron abiertas al comercio de Nueva Inglaterra para asegurar las subsistencias de los ejércitos y tripulaciones francesas acantonados en los puertos antillanos. Fue así como la misma Francia fomentó el intercambio de harinas, armas y municiones, madera, pescado y carne con el nuevo país.
18 ANOM CC9A – 31. Escrito por Hector Daure, Compte rendu à l’Administration General de Saint Domingue.
19 “Los rebeldes se habían llevado todos los animales de las habitations a sus campamentos de las montañas. Con mucha dificultad se pudieron organizar algunas carretas con mulas abandonadas, por lo que existía una necesidad urgente de importarlas de Caracas”. ANOM CC9A – 31. Escrito por Hector Daure, prefecto colonial y capitán general encargado de Saint Domingue, sin fecha, Compte rendu à l’Administration General de Saint Domingue.
20 Las raciones diarias constaban de trozos de pan o galletas, carne salada o fresca, tocino, arroz y una pinta de vino. También se distribuía aguardiente entre la tropa durante las marchas forzadas y trabajos extraordinarios. ANOM CC9A – 32. Escrito por el ministro de la Marina y las Colonias, Decrès, 21 de enero de 1803, Instruction pour les Commissaires des Genres de l’Armée, sur les subsistances militaires.
21 ANOM CC9A – 32. Escrito por Barri Saint Venant, 26 de julio de 1802. Mémoire sur la dette civile de Saint Domingue.
22 El ejército de Christophe sumaba 3,000 oficiales con hombreras y 12,000 cultivadores armados.
23 La fiebre amarilla fue denominada como enfermedad de Siam debido al color amarillento que presentaba la epidermis de quienes la padecían.
24 La resistencia de los negros a la fiebre era una protección genética. La enfermedad se desarrolla una sola vez, y la víctima queda inmune. Los africanos recién llegados a Saint Domingue o a Jamaica ya la habían padecido en África.
25 ANOM – CC9B. Escrita por Jean Vincent de Marciac, cirujano del Cuerpo de Artillería de Cap Français, 12 de agosto de 1806. Dissertation sur la fièvre jaune.
26 ANOM – CC9B. Escrita por Jean Vincent de Marciac, cirujano del Cuerpo de Artillería de Cap Français, 12 de agosto de 1806. Dissertation sur la fièvre jaune.
27 ANOM – CC9B. Escrita por Jean Vincent de Marciac, cirujano del Cuerpo de Artillería de Cap Français, 12 de agosto de 1806. Dissertation sur la fièvre jaune.
28 ANOM – CC9B. Escrita por Jean Vincent de Marciac, cirujano del Cuerpo de Artillería de Cap Français, 12 de agosto de 1806. Dissertation sur la fièvre jaune.
29 ANOM – CC9B. Escrita por Jean Vincent de Marciac, cirujano del Cuerpo de Artillería de Cap Français, 12 de agosto de 1806. Dissertation sur la fièvre jaune.
30 ANOM – CC9B. Escrita por Jean Vincent de Marciac, cirujano del Cuerpo de Artillería de Cap Français, 12 de agosto de 1806. Dissertation sur la fièvre jaune.
31 ANOM CC9A – 31. Escrito por Hector Daure, prefecto colonial y capitán general encargado de Saint Domingue, sin fecha, Compte rendu à l’Administration General de Saint Domingue.
32 ANOM CC9A – 32. Escrito por el Dr. Peyre, 28 de diciembre de 1802, Mémoire sur le service de santé de la Marine et les Colonies.
33 ANOM CC9A – 32. Escrito por el Dr. Peyre, 28 de diciembre de 1802, Mémoire sur le service de santé de la Marine et les Colonies.
34 ANOM CC9A – 32. Escrito por el Dr. Peyre, 28 de diciembre de 1802, Mémoire sur le service de santé de la Marine et les Colonies.
35 ANOM – CC9B. Escrito por Jean Vincent de Marciac, cirujano del Cuerpo de Artillería de Cap Français, 12 de agosto de 1806. Dissertation sur la fièvre jaune.
36 ANOM CC9A - 32. Escrito por J.M. Voisin, inspector general de Cap Français, 8 de agosto de 1803, Armée de Saint Domingue. Hôpitaux de la Marine. Instruction sur le Service des Hôpitaux pour les Armées de Terre et de Mer.
37 ANOM CC9A – 32. Escrito por el Dr. Peyre, 28 de diciembre de 1802, Mémoire sur le service de santé de la marine et les colonies.
38 ANOM CC9A – 31. Escrito por Hector Faure, sin fecha, Compte rendu à l’Administration General de Saint Domingue.
39 ANOM CC9A – 31. Escrito por Hector Faure, sin fecha, Compte rendu à l’Administration General de Saint Domingue.
40 ANOM – CC9B. Escrito por Jean Vincent de Marciac, cirujano del Cuerpo de Artillería de Cap Français, 12 de agosto de 1806. Dissertation sur la fièvre jaune.
41 ANOM CC9A – 32. Escrito por M. de Coutard, junio de 1802, Détail des évènements arrivés a Saint Domingue pendant les sièges de Léogane et Les Cayes, 1802 – 1803.
42 ANOM – CC9B. Escrito por Jean Vincent de Marciac, cirujano del Cuerpo de Artillería de Cap Français, 12 de agosto de 1806. Dissertation sur la fièvre jaune.
43 ANOM – CC9B. Escrito por Jean Vincent de Marciac, cirujano del Cuerpo de Artillería de Cap Français, 12 de agosto de 1806. Dissertation sur la fièvre jaune.
44 Otros autores amplían el número de muertos por el vómito negro a 40,0000, “En lisant l’histoire des médecins et des pharmaciens de la marine et les colonies, de Pierre Pluchon et ses coauteurs”, (Kernéis, 1986: 449).
45 ANOM CC9A - 32. Escrito por J.M. Voisin, inspector general de Cap Français, 8 de agosto de 1803, Armée de Saint Domingue. Hôpitaux de la Marine. Instruction sur le Service des Hôpitaux pour les Armées de Terre et de Mer.
46 ANOM CC9A – 32. Escrito por M. de Coutard, junio de 1802, Détail des évènements arrivés a Saint Domingue pendant les sièges de Léogane et Les Cayes, 1802 – 1803.