Guerra Colonial. Colonialismo, procesos postcoloniales y relaciones internacionales

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Zamboanga y la lucha contra la piratería en el siglo XIX: comercio, negociación y expediciones

Zamboanga and the Fight against Piracy: Trade, Negotiation and Expeditions

Sergio Roldán Muñoz

UCM-CSIC, Madrid y España

Recibido: 04/04/2025
Aceptado: 18/05/2025

DOI: https://doi.org/10.33732/RDGC.18.120

Resumen

Durante el siglo XIX la piratería en los mares del sur de Filipinas ocupó cada vez más esfuerzos del gobierno de Manila, que deseaba evitar los conflictos internacionales y frenar los daños de esta práctica. Para ello se ensayaron métodos que no se limitaron a la violencia, sino que añadieron prácticas que pudieran asegurar el futuro control del territorio y su integración en la economía colonial. En esto Zamboanga jugó un papel fundamental como puerto militar, zona comercial privilegiada y primer punto de contacto diplomático con los sultanatos filipinos durante el siglo XIX.

Palabras clave
Filipinas, Zamboanga, Sulu, Balanguingui, Piratería.

Abstract

During the 19th century, piracy in the southern Philippine seas increasingly occupied the efforts of the Manila government, which wished to avoid international conflicts and the damage caused by this practice. To this end, methods were tested that were not limited to violence, but also included practices that could ensure future control of the territory and its integration into the colonial economy. In this regard, Zamboanga played a fundamental role as a military port, a privileged commercial zone, and the first point of diplomatic contact with the Philippine sultanates during the 19th century.

Keywords
Philippines, Zamboanga, Sulu, Balanguingui, Piracy.

Esta obra está bajo una licencia internacional Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0. CC BY

INTRODUCCIÓN

La colonización española de Filipinas, que se extendió durante más de trescientos años, atravesó por muy diversas fases en su largo desarrollo; y hubo de hacer frente a una larga serie de problemas de los que los piratas fueron solo uno de los más recurrentes. Para acabar con ellos, Manila puso en práctica estrategias muy diversas que cambiaron al paso que lo hacían los medios a disposición del Estado colonial.

El objetivo de este artículo es analizar cómo se integró la fortaleza de Zamboanga en esas estrategias para acabar con la piratería a lo largo del siglo XIX. En un momento en el que se produjo el cambio de la navegación de vela y remo a la navegación a vapor, y la presencia de terceras potencias en el área aumentó la presión a la que se vio sometida Manila para terminar con este desafío a la autoridad que decía sostener sobre los territorios del sur de Filipinas.

Para ello, examinaremos en primer lugar el contexto de la colonización española en Filipinas y de la fortaleza de Zamboanga. Después pasaremos a la composición y prácticas de los piratas. Finalmente, examinaremos las acciones militares, diplomáticas y económicas que convirtieron a Zamboanga en una pieza clave de los intentos españoles para eliminar la piratería de los mares de Filipinas.

EL CONTEXTO COLONIAL DE FILIPINAS Y ZAMBOANGA

La colonización española en Filipinas se topó desde el principio con la necesidad de darse un sentido. El primer objetivo económico, la exportación de especias a Europa, fracasó y llevó al establecimiento del sistema del Galeón. Siglos después, la decadencia de este modelo por los cambios económicos de la zona y la posterior pérdida del imperio continental americano impulsaron la transformación del sistema económico de la colonia española en Asia. El principal de esos cambios económicos en la zona Asia-Pacífico fue la caída de los precios de la plata en los mercados chinos (Hellyer, 2013: 394; Flynn y Giráldez, 2002), lo que se tradujo en toda la región en la búsqueda de productos que despertaran el interés de China. Dado que esta no se sentía atraída por las manufacturas, la respuesta fueron productos naturales como los pepinos de mar o los nidos de pájaro comestibles, aunque también la seda y, el más conocido, el opio. Estas nuevas posibilidades atrajeron a más comerciantes independientes y a sus potencias de origen, que desplegaron una red de exploradores que debían encontrar lugares en los que obtener estos productos. En este caso el más exitoso fue el Reino Unido, que a través de la Compañía de las Indias Orientales entre el último cuarto del siglo XVIII y la primera mitad del siguiente se hizo con un entramado de asentamientos formado por Penang, Malacca, Singapur, Hong-Kong, Labuán y Sandakan (Tagliacozzo, 2004: 27-31).

En el caso de Filipinas también se produjo una reorientación de su economía, que inició en el último cuarto del siglo XVIII una serie de reformas que la transformaron desde un entrepôt comercial a una economía de carácter exportador (Legarda, 1999). Estos cambios también debieron suceder en otros niveles y especialmente en lo concerniente a la defensa, pues hasta la pérdida de los virreinatos americanos, Filipinas había formado parte de una red defensiva en la que desempeñaba el papel de atraer ataques de otros competidores coloniales (neerlandeses, ingleses). Esto mermaba las posibilidades de estos rivales de atacar otros objetivos en América y Europa (Alonso, 2009: 18). Con la pérdida de los territorios americanos Filipinas dejó de estar integrada en esa red defensiva y tuvo que plantear su propia protección de forma independiente, pues no podría contar con aportes regulares de dinero (envío del situado) y hombres desde Nueva España.

Es en este contexto en el que debemos encajar el papel de Zamboanga en el siglo XIX, en el de un Estado que trata de extender su control sobre un territorio para encontrar nuevas vías de financiación, mientras está cada vez más cercado por otras potencias coloniales, y para el que la piratería no es un problema solo porque interrumpa el comercio, provoque daños materiales o haga perder fuerza de trabajo y tributantes esclavizando a los habitantes; sino porque podía desencadenar la intervención de una potencia extranjera, como se habían dado casos (por ejemplo, el de las acusaciones británicas contra los Qawasim, Al-Qasimi, 1986), que fuera capaz de desplegar una fuerza que España ya no podía exhibir.

EL PRESIDIO

Situada en la península del mismo nombre en el extremo suroeste de la isla de Mindanao (Imagen 1), la fortaleza de Zamboanga fue la cabeza de puente de España contra el sur de Filipinas durante el siglo XIX, y en especial contra el Sultanato de Sulu. La historia española de Zamboanga empezó en 1634, cuando el gobernador general Juan Cerezo de Salamanca comisionó al capitán Juan de Chaves para la construcción de una fortaleza cuya primera piedra se colocó el 23 de junio del año siguiente (Montero, 1887: 191), en un punto en el que ocasionalmente fondeaban los piratas y que debía servir como atalaya desde la que controlar las incursiones de estos (Bernáldez, 1857: 60). La Real Fuerza de San José, como se llamó, fue abandonada en 1662 ante la amenaza del pirata Koxinga1 de lanzar un ataque contra Manila, que finalmente no se produjo. Tras años de presiones de los jesuitas, que en ese momento se encargaban de la evangelización de Mindanao, fue reedificado en 17192 con el nombre de “Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza” (Díaz-Trechuelo, 1959: 366-368).

Imagen 1. Mapa de Filipinas y principales puntos del sur

Este núcleo español permanente en el sur de Filipinas se vio inmerso en un contexto político regional muy cambiante, con gran variedad de formas de organización política (desde aquellas que podrían considerarse Estados a tribus nómadas), con un componente de enfrentamiento religioso no desdeñable pero que fue perdiendo fuerza con el tiempo; y la acción de agentes externos entre los que los españoles solo eran el más importante de una lista que incluía a ingleses, neerlandeses, estadounidenses, franceses y alemanes. En este entorno la piratería cumplía un papel económico y social fundamental en muchos de los pueblos autóctonos, sobre lo que nos extenderemos en el siguiente punto.

Juan de Císcara, que participó en la reocupación de Zamboanga describió la fortaleza de la siguiente manera: Este castillo se compone de cuatro baluartes, el uno muy capaz con sus orejones, hecho según Arte, y los otros restantes son algo menores y con grandes imperfecciones porque los flancos o traveses colaterales no descubren bien las faces o caras de dichos baluartes por cuyo motivo no pueden darse el uno al otro la recíproca defensa que según Arte deben (Díaz-Trechuelo, 1959: 369).

Es decir, desde el principio la fortaleza adoleció de deficiencias que si no fueron explotadas fue debido a la manifiesta inferioridad del enemigo autóctono. Sin embargo, el jefe de la Comandancia de Ingenieros de Filipinas, Mariano Goicoechea, escribía en la década de 1830 sobre la posibilidad de que una potencia occidental asediara sus murallas: […] si cualquier motivo convenciese a tales enemigos hacerse dueños de Zamboanga podrían verificarlo en poquísimo tiempo y a muy leve coste usando de los medios que entonces indiqué, que para poner aquel puesto en situación de rechazar o hacer costoso el ataque intentado por alguna de las insinuadas potencias era indispensable variar enteramente la planta actual de sus fortificaciones, y reformarlas en su totalidad […]3.

LOS PIRATAS

Con respecto a la piratería, conviene hacer un pequeño alto para reflexionar sobre el término. Su significado en la cultura occidental, con todas sus connotaciones negativas, parece no casar con algunas culturas del Sudeste Asiático, como la joloana, en las que los asaltos marítimos y anfibios eran una parte normal en ellas y se consideraban una ocupación honorable.

Existe una cierta constante en la historiografía durante siglos, y es que las definiciones de piratería suelen tener la prescripción de que estos ataques en el mar o asaltos anfibios no tengan la sanción de un poder estatal, al margen de que luego puedan exigirse otros requisitos que ya dependen de los autores. Llevado esto al contexto de Filipinas en el siglo XIX, parece razonable utilizar el término “piratas” para referirse a ellos, dado que Manila firmó con los Estados del sur una larga serie de tratados en los que se recogían cláusulas por las que estos se comprometían a luchar contra la piratería. Además, en algunos casos estos Estados pidieron ayuda contra los piratas y sus gobernantes negaron que existiera algún tipo de relación entre ellos y estos ataques4, es decir, se negó que estuvieran respaldados por el Estado, haciéndoles así piratas.

Contra esto podría alegarse que los sultanes desconocían el funcionamiento del sistema internacional tal y como lo concebían las potencias occidentales, es cierto, pero si tenemos en cuenta la cantidad de acuerdos que estos sultanes alcanzaron con potencias extranjeras (Estados Unidos, Reino Unido, Francia), a veces a cambio de contraprestaciones económicas que los sultanes sí reclamaron5; o los intentos de estos sultanes por involucrar a terceras potencias en el escenario político para minar la posición española, fundamentalmente el Reino Unido y Alemania (Schult, 2002); es poco creíble que de verdad desconocieran los tratados que estaban firmando.

Pasando ahora a los piratas, ¿quiénes eran? Bien, esta pregunta no tiene una respuesta sencilla. Porque si bien en la mayor parte de las fuentes españolas se habla con frecuencia de “joloanos” o de “moros”, lo cierto es que estas palabras son generalizaciones que opacan la realidad. Una parte de las sociedades autóctonas de Filipinas tenían en la guerra y en los valores asociados a ella una de sus principales características (si en el sur es la joloana una de las más conocidas, en Luzón podemos hablar de los pampangos). Si a este componente le sumamos el geográfico, es decir, la realidad de que Filipinas se trata de un territorio eminentemente insular, no resulta extraño que la expresión de los valores guerreros de algunas de estas sociedades terminara tomando el camino del mar, llevando a cabo combates marítimos, asaltos anfibios, etc. Estas prácticas tuvieron su encaje económico como una forma relativamente barata de conseguir recursos, entrenamiento de marineros y mano de obra esclava. Socialmente esto se traducía en oportunidades de acumular prestigio para los guerreros que participaban, además de riqueza.

No obstante, no debemos caer en la idea de que como se trataban de actividades fundamentales para los Estados y sancionadas por sus costumbres había una uniformidad en los piratas. Los Estados del Sudeste Asiático, en general, se trataban de sociedades multiétnicas en las que múltiples formas de vida podían tener cabida, desde el sedentarismo al nomadismo (terrestre y marítimo) y desde el monoteísmo al animismo. En el caso más estudiado, el del Sultanato de Sulu, coexistían tausug, yakanes, samales y bajau, entre otros, pareciendo que durante el siglo XIX existió una división étnica del trabajo, en la que los nobles tausug promocionaban las expediciones piráticas samales. Sin embargo, la realidad fue mucho más compleja y las tripulaciones más heterogéneas de lo que en un principio podríamos imaginar, sumándose a los samales chinos emigrados, desertores del Ejército o antiguos esclavos procedentes de las Bisayas que se habían convertido al islam y habían alcanzado la libertad. A estos tripulantes “extranjeros”, en especial si habían abjurado de la fe católica, se les conoció con el nombre de “renegados” y en ocasiones fueron capturados y sometidos a juicio (Bañas, 1999: 42), aunque no existe un estudio monográfico sobre ellos.

A grandes rasgos, los tipos de ataques que llevaban a cabo los piratas eran dos: asaltos en alta mar o ataques anfibios, cuyas dimensiones podían variar en función de la cantidad de embarcaciones que fueran capaces de reunir. En ambos lo que primaba era, por decirlo de una manera sencilla, la “rentabilidad”, es decir, conseguir lo máximo arriesgando lo mínimo.

En el primer caso, bien por velocidad o bien usando alguna estratagema los piratas conseguían situarse cerca de una embarcación y trataban de abordarla. Una vez situada a una determinada distancia escapar sin combatir era complicado, pues los piratas contaban con la propulsión de las velas y la de los remos que movían esclavos. Una vez abordada los tripulantes eran capturados y sus mercancías saqueadas.

En el segundo caso, tenemos un ejemplo ilustrativo de 1859 en la isla de Leyte. En ese año, desde el 20 al 24 de mayo varios pancos piratas recorrieron la costa de la isla robando y cautivando gente en la visita de Silago (2 cautivos), punta Cobalan (4 cautivos), el pueblo de Cabalian (6 cautivos) y terminaron atacando el pueblo de Cajaguaan. Allí sorprendieron a unos trabajadores, que dieron la voz de alarma. Acudieron las autoridades municipales, pero al no contar con armas de fuego y ser inferiores en número no pudieron evitar que los piratas entraran en las casas y edificios municipales, llevándose herramientas, tinajas de vino, arroz, tabaco, abacá, las campanas de la iglesia e incluso el retrato de Isabel II de la casa municipal6.

Las mercancías y esclavos así obtenidos llegaban luego a los mercados de Joló, el principal (Hunt en Moor, 1837: 50), y otros puntos como Boal, Parang, Patian, Tapiantana, Simonol o Sarangani, además de ventas directas a dattos y empresarios chinos (Warren, 1981: 198). Estos esclavos ponían sus capacidades al servicio de sus amos7, trabajando como artesanos, administradores (St. John, 1862: 215), peones agrícolas, músicos (Wilkes, 1845: 344) o concubinas, aunque en la actividad en la que resultaban más rentables era en la recolección de productos naturales (nidos de pájaro comestibles, madreperla, perlas8) que, después, eran intercambiados por suministros de guerra, opio y telas. Este sistema alcanzó su máximo desarrollo durante la primera mitad del siglo XIX, como explicó detalladamente James Francis Warren (1981), aunque tuvo precedentes en la misma zona en el XVIII (Warren, 2002: 31-34).

ZAMBOANGA, NÚCLEO MILITAR

La fortaleza de Zamboanga fue, después de las de Manila y Cavite, el punto fortificado español más importante de toda Filipinas. Todas formaban parte de un amplísimo sistema de fortificaciones estatales, provinciales y locales de piedra o madera que se desplegó por todas las costas de Filipinas (Javellana, 1997). No obstante, al contrario que algunos de estos establecimientos que solo cumplían una función defensiva, Zamboanga fue pivotando poco a poco hacia el ataque.

El primer objetivo de Zamboanga fue vigilar las expediciones piráticas e impedirlas en la medida de lo posible, y aunque existieron expediciones militares en las que la fortaleza jugó un papel (Montero, 1894: 483), lo cierto es que no fue hasta la llegada de los vapores en 1848 cuando el paso de la defensa al ataque se hizo realmente posible9. Hasta ese momento Zamboanga había formado parte del plan de defensa naval ideado por Pascual Enrile, comandante del Apostadero, en el que se perseguía la protección de las costas, el comercio y los nativos de las incursiones piráticas formando una barrera defensiva de seis estaciones de la Marina Sutil: Zamboanga, Misamis, Caraga, Puerto Mangarin, Antique e isla de Negros (Franco, 1998: 356). Estos puntos debían cubrirse con 12 lanchas cañoneras, 12 falúas y otras 12 embarcaciones de cada tipo en la bahía de Manila para realizar relevos. A estas se añadían dos goletas de apoyo, una situada en Cavite y otra cruzando entre los diferentes puntos continuamente (Franco, 2012: 56-57). Sin embargo, este sistema basado fundamentalmente en la defensa no redujo la piratería lo suficiente, y cada vez se hizo más presente la idea de atacar a los piratas en sus propios escondites.

Con los nuevos vapores se pudieron llevar a cabo dos grandes expediciones (Balanguingui, 1848; Joló, 1851) en las que Zamboanga sirvió como punto de entrenamiento, reunión y aprovisionamiento de las fuerzas que llevaron a cabo estas operaciones, que se saldaron con sendas victorias españolas. De hecho, al calor de estas la intervención española en el sur continuó, y a la fundación de Pollok (Montero, 1895: 218) y a la creación de la provincia de Basilán (Montero, 1888a: 50) en los años siguientes, acompañaron una serie de expediciones lanzadas desde Zamboanga contra islas del Sultanato de Sulu que se pensaba que daban refugio a piratas: en mayo de 1853 Tapiantana y Pilas10; en junio Tonquil, Dong-Dong y Patian11; y también contra la zona de Maluso en Basilán12. Cuando el aumento de los buques de vapor al servicio de Manila creció a partir de 186013, la estrategia de atacar a los piratas en sus propias guaridas aún se hizo más frecuente.

ZAMBOANGA, CENTRO DIPLOMÁTICO

Dada la fuerza del Estado colonial en Zamboanga y la red de intereses que había tejida a su alrededor, este asentamiento también se convirtió, a escala periférica, en un importante centro diplomático. Esto no solo se manifestó de cara a los Estados autóctonos, sino también con los representantes de otras potencias con intereses en la región como Inglaterra, Francia o Estados Unidos14 que la visitaron.

Con respecto a los nativos, Zamboanga fue el punto de contacto principal entre el Gobierno Superior Civil de Filipinas y los diferentes Estados y poderes autóctonos, siendo el punto de partida de numerosas investigaciones sobre sucesos relacionados con piratas o el origen de cartas que los gobernadores del presidio dirigían a los gobernantes de la zona advirtiéndoles sobre la piratería15. Estas comunicaciones resultaban fundamentales para los españoles, puesto que gracias a ellas podían alegar que habían acudido al sultán para pedir su intervención, pero una vez que este no intervenía Manila tenía las manos libres para actuar como mejor lo considerara.

Además, el contacto entre el Estado colonial y los autóctonos tuvo otros efectos en la lucha contra la piratería. Al calor del presidio creció una población heterogénea que buscaba en sus muros protección y en la prestación de servicios a la fortaleza una forma de ganarse la vida. Estas ventajas y el frecuente contacto llevaron a la forja de un vínculo que tuvo en los zamboangueños una de sus máximas expresiones, pues estos se convirtieron en voluntarios apreciados no solo en las expediciones contra la piratería, sino también contra Joló. En la década de 1830, el ya mencionado Mariano de Goicoechea, destacaba su valentía y añadía: […] están acostumbrados a medir sus armas con las de sus pérfidos enemigos […] de esta suerte han adquirido y conservan cierto prestigio, a cuyo favor logran estar exentos de los ataques directos de sus adversarios, quienes para cautivar a algunos de aquellos naturales se ven precisados a recurrir a las emboscadas, sorpresas y acechanzas de que no pocas veces salen escarmentados […]. Eso sí, no dejaba de referirse a los defectos de su carácter: […] La vanidad les ciega miserablemente, […] les hacen creer que es más noble quien menos trabaja […]16.

Algunos zamboangueños, como Alejo Álvarez, llegarían a ser parte muy importante de la estrategia llevada a cabo por los españoles en todo el sur de Filipinas17, que de forma evidente tuvo uno de sus pilares en intentar explotar, igual que se hiciera en América, las rivalidades étnicas para conseguir soldados que lucharan con mayor motivación. Álvarez trabajó para los españoles fundamentalmente como intérprete, aunque también como mediador entre colonizadores y colonizados, y como comandante militar.

No obstante, los zamboangueños no fueron el único pueblo que se mostró colaborativo, sino que el sistema de dominación español, relativamente laxo, también atrajo a poblaciones musulmanas que buscaban protección contra los piratas. Algunos de estos musulmanes también llegaron a enrolarse como voluntarios en expediciones de castigo contra ellos18.

Manila siempre se mostró favorable al pacto con las diferentes etnias del Archipiélago19. No deseaba una guerra que podía resultar muy cara y también tener consecuencias a otros niveles, como la mengua de su prestigio entre los filipinos, y eso trató de aplicarlo también con los piratas. Existieron varios ejemplos de piratas que abandonaron esa vida y terminaron por colaborar con los españoles. Un ejemplo conocido es el del datto Wagas de Simonol, que en 1862 se unió junto con 300 de sus leales a una pequeña expedición española por las costas de Tawi-Tawi y recibió un arma de fuego y 300 pesos como recompensa20.

Generalmente, las sumisiones daban lugar a un acta en la que se daba cuenta no solo de las circunstancias en las que esta había tenido lugar, sino también de los nombres de aquellos que se rendían. Así, por ejemplo, en la rendición del jefe pirata Palawan Dando, que se produjo el 7 de Julio de 1858, el acta recoge que este se presentó en Zamboanga con sus seguidores, armas y embarcaciones, además de con más de sesenta cautivos cristianos como gesto de buena voluntad. Después de Palawan Dando se presentarían otros, haciendo un total de setenta y siete piratas, entre los que se encontraban tres capitanes, un imán y trece principales. A estos se sumaron setenta y una mujeres y setenta y nueve niños para un total de doscientos setenta y siete individuos.

Las razones que realmente llevaron a Palawan Dando y a sus compañeros a rendirse fueron que las fuerzas militares españolas les habían incautado gran parte de lo que poseían y, además, que habían capturado a sus familias en algunas acciones de castigo. Hasta ese momento, la falta de fuerzas marítimas había impedido a los españoles capturar a estos piratas aun con la activa vigilancia desplegada, tal y como admitía el gobernador general Fernando Norzagaray en una carta el Ministerio de Estado y Ultramar fechada en agosto de 185821.

No obstante, de todos los jefes piratas que se rindieron en el verano de 1858 el caso más importante fue el del paulima Taupan. Este, uno de los principales jefes pirata de Balanguingui, sobrevivió al ataque español de 1848 contra la isla (Warren, 2011: 55), guarecida con cuatro fuertes y cuyos defensores obligaron a las fuerzas españolas a emplearse a fondo. Taupan, que en el momento del ataque se encontraba ausente, trató de fundar un nuevo asentamiento pirata en la isla de Paat, pero los españoles intervinieron antes de que este pudiera ser fortificado y arrasaron con las pocas construcciones que se habían levantado a principios de 1849 (Montero, 1888a: 418). Taupan continuó dedicándose a la piratería hasta el año 1852, cuando se presentó en la capital de Mindanao acompañado de sus mujeres, hijos y varios seguidores para acogerse a un indulto. Además de la concesión del indulto también le fueron entregadas tierras en las que asentarse22. Esto hizo que durante un tiempo Taupan no solo se mantuviese apartado de la piratería, sino que colaborara para que más samales hicieran lo mismo: pedir el indulto y asentarse en tierras entregadas por los españoles23. En esta época, incluso, habría desarrollado una estrecha relación con el gobernador de Mindanao en ese momento, Mariano Oscáriz (Arce, 1864: 37).

Sin embargo, Taupan terminó por fugarse y volver a la piratería24. Las fuerzas españolas lo persiguieron durante años, pero solo pudo ser capturado cuando los españoles hicieron prisionera a su familia después de atacar una guarida de piratas en la isla de Simisa (Montero, 1888b: 469). A partir de este punto existen dos versiones. Según James F. Warren (Warren, 2011: 57), Taupan habría sido capturado en 1858 cuando se presentó para un intercambio de prisioneros. Según la documentación, Taupan se presentó después de Palawan Dando para acogerse a un indulto, al verse despojado de la mayor parte de sus posesiones y de su familia25. En cualquier caso, Taupan fue hecho prisionero y deportado a Luzón, donde podría ser vigilado estrechamente por las autoridades españolas. Moriría en Cavite, en 1861, a consecuencia de una enfermedad26 (Warren, 2011: 57).

Esta labor de Zamboanga en el ámbito diplomático, con luces y sombras para los intereses españoles, sirvió también para que se tejiera una red de informantes a lo largo del sur de Filipinas muy valiosa para Manila, que reconoció este mérito cuando decidió devolver la condición de capital de Mindanao a Zamboanga en 187527. La había perdido en favor de Cottabato en 1871, cuando se trató de dar un impulso a la penetración española en la isla de Mindanao (Montero, 1888b: 513).

ZAMBOANGA, POLO ECONÓMICO

Por último, pasando a la dimensión económica, hay que decir que Zamboanga no era solo una fortaleza, sino que al abrigo de esta creció una población que se convertiría en la capital de la provincia del mismo nombre y de la isla de Mindanao28. En ese ámbito más amplio, el Estado llevó a cabo una serie de medidas económicas que, entre otros objetivos, sirvieron para combatir la piratería.

En primer lugar, estas disposiciones afectaron a la situación impositiva de la provincia de Zamboanga. En el sistema fiscal español en Filipinas no era extraño que existieran situaciones de privilegio para algunas provincias, pueblos o etnias. Estas ventajas solían tomar la forma de exenciones o rebajas en ciertos impuestos, tanto aquellos pagaderos en metálico como los que se satisfacían con trabajo personal. Los motivos para su concesión variaban, desde premiar las actuaciones de esos pueblos, personas o etnias en una ocasión concreta a favorecer la sumisión pacífica de los beneficiarios29. En el caso de Zamboanga, gozó de una reducción en el tributo de naturales30 y, hasta muy poco antes de su abolición, de la exención del donativo de Zamboanga. Este impuesto se instituyó en 1635 con la fundación de la fortaleza y como medio de financiarla, consistiendo en medio real por cada tributo entero (Plehn, 1901: 689). Es decir, que no solo Zamboanga tenía unos impuestos más bajos que otras provincias, sino que una parte del presupuesto general estaba previamente adjudicado a ella.

Por otro lado, a esto hay que añadir que, al tratarse de un establecimiento militar y constituirse en capital de la isla, apareció un sector poblacional con unos ingresos regulares y suficientes compuesta de funcionarios y militares, asegurando la posibilidad de una cierta demanda sostenida. Por último, el Estado colonial español intentó fomentar la agricultura de la provincia haciendo repartos de tierras.

Dicho de otra manera, al margen de otras inversiones en forma de infraestructuras, que también se produjeron, el Estado creó en Zamboanga una situación económica privilegiada por medios directos: rebajando el impuesto de naturales, recibiendo el dinero del donativo de Zamboanga y eximiéndola de su pago31, haciendo repartos de tierras y manteniendo una población funcionarial. Es decir, creó un clima económico atractivo, con impuestos bajos y población con capacidad de gasto que podía hacer replantearse a aquellos que practicaban la piratería el cambiar de vida y asentarse cerca del presidio, que les permitiría llevar una vida algo más sencilla.

De cara al exterior, se trató de fomentar de varias maneras el crecimiento de Zamboanga como un punto comercial atractivo, con las miras puestas especialmente en el Sultanato de Sulu, al que se quería arrebatar su comercio y colocar en una posición de dependencia con respecto a Zamboanga. Sin embargo, esto ocurrió a la inversa, porque si bien los productos que se producían en los territorios del Sultanato eran especialmente apreciados por los comerciantes occidentales; lo único que realmente interesaba a los joloanos, entre los que se encontraban muchos de los piratas, eran las armas y el arroz.

Manila no permitió y persiguió la venta de armas desde los territorios que controlaba a Joló, porque era evidente que estas serían utilizadas en las expediciones piráticas contra las que luchaba.

En el caso del arroz, el Sultanato necesitaba comprarlo porque no producía la suficiente cantidad para alimentar a una población en aumento gracias a su comercio floreciente. Es decir, Manila podría haber estrangulado a los piratas restringiendo la exportación de arroz al Sultanato. José María Halcón, oficial naval que desempeñó importantes comisiones diplomáticas y cartográficas en Filipinas, sugirió en 1836 restablecer las relaciones comerciales con Cottabato. Esta era una zona de producción arrocera y habría sido un medio de fortalecer la posición de Zamboanga en este aspecto, cortándole una fuente de suministro al Sultanato de Sulu y con ello a los piratas. Sin embargo, la negativa de los comerciantes de Manila a participar (gran parte del arroz que exportaba Zamboanga provenía de Manila) y los enormes beneficios que los comandantes de la fortaleza obtenían vendiendo sus propias reservas hicieron fracasar este plan (Warren, 1981: 100-101). Además, los piratas encontraron un aliado comercial muy potente en el asentamiento inglés de Singapur (fundado en 1819) (Tagliacozzo, 2004: 30), desde donde sí podían obtener armas fácilmente (Warren, 1981: 60-62). La fundación de Labuán en 1846 solo complicó la situación (Tagliacozzo, 2005: 308).

Manila respondió fundando una aduana en Zamboanga en 1831, desde la que se podía comerciar sin tener que viajar primero a Manila, pero el experimento duró 4 años en los que no se redujo el fraude y solo aumentó las trabas al comercio32. Se haría un nuevo intento más de que el papel comercial de Zamboanga creciera en la zona con el Tratado de 1836, en el que se concedieron ventajas comerciales al Sultanato de Sulu, pero este también fracasó al no hacer que los piratas abandonaran los ataques por el comercio (Montero, 1888a: 376).

De hecho, el frente económico contra la piratería terminaría de hundirse a finales de la década siguiente y principios de la de 1850, cuando las grandes expediciones españolas contra los refugios piratas de las Islas Samales y la propia Joló redujeron el comercio entre españoles y joloanos de 500.000 pesos en 1848 a solo 68 en 1853 (Warren, 1981: 107). Los barcos joloanos se dirigieron cada vez más a los puertos coloniales ingleses, donde conseguir armas y pólvora era mucho más sencillo.

Se intentarían muchas otras medidas para hacer progresar la economía zamboangueña, como la apertura de su puerto al tráfico internacional en 1855, que fracasó; o continuar con el reparto de tierras para aumentar la población, que tampoco tuvo especial éxito. Pero entre 1859, con la eliminación de la exención del tributo de Zamboanga, y 1860, cuando este impuesto se asimiló al tributo indígena33, Manila pareció darse por vencida y pasó a métodos más directos: en 1871 se decidió establecer el bloqueo de la isla de Joló.

Esta acción no solo se limitó a restringir los movimientos de los comerciantes joloanos de forma física, sino que también lo hizo de forma material al quemar sus flotas en una serie de desembarcos. El principio estratégico subyacente era claro: si no había comercio los piratas no podrían proveerse de lo necesario para sus ataques ni sus actividades serían rentables.

Sin embargo, los españoles no contaban con el hecho de que una parte de las etnias del Sultanato no eran absolutamente sedentarias (en algunos momentos las operaciones de los samales llegaron a extenderse hasta Timor) (Rutter, 1987: 45), y muchos de sus integrantes, simplemente, buscaron otro lugar en el que asentarse para poder continuar con la piratería. El punto elegido por la mayoría fue la costa de Borneo, donde se aliaron con los habitantes del territorio que ya no eran sus víctimas, sino que pasaron a participar de los beneficios de estas actividades (Montero, 1888b: 583).

Además, el bloqueo tuvo otras derivaciones negativas para los españoles, pues al restringir el comercio aumentaron los beneficios potenciales del contrabando de forma exponencial, atrayendo a una larga serie de aventureros. Estos, en último término, terminarían por implicar a terceras potencias en el área al invocar la protección de sus países de origen cuando eran detenidos por los españoles. Por último, el bloqueo entregó a los chinos la gestión del comercio joloano. Estos lo llevaron a cabo a través de una red de testaferros europeos, aprovechando sus contactos en los diferentes puertos coloniales del área y beneficiándose del empobrecimiento de la clase comercial joloana (Warren, 1981: 121-122).

Debilitada su economía, Joló fue ocupada en 1876. Tras esta ocupación vendrían otras de puntos clave del Sultanato de Sulu, como las de Bongao o Siassi, con el objetivo de fomentar el comercio español y acabar con la piratería, pero ninguna de ellas lo consiguió del todo.

BALANCE DE LA EXISTENCIA DE ZAMBOANGA

La existencia de Zamboanga fue discutida prácticamente desde su mismo inicio, y el gobernador general Hurtado de Corcuera, que durante su mandato continuó las obras iniciadas por su predecesor Juan Cerezo de Salamanca; afirmó que hubiera sido mejor no haberlas empezado (Díaz-Trechuelo, 1959: 363). Estas discusiones se repetirían en los sucesivos intentos de restablecer la fortaleza, hasta que estos tuvieron éxito en el siglo XVIII (Coello, 2019), y en el siglo XIX volverían a surgir. En la década de 1830, Mariano Goicoechea arremetió contra la relajación moral que el presidio había contribuido a instaurar en la población y se inclinó por una reducción de los medios que Manila dedicaba a ese punto, sustituyendo las fortificaciones de piedra por fuertes de madera y estacadas; y eliminando la guarnición para plantear la defensa solo en el mar34. Sin embargo, la fortaleza resistió también a estos enemigos.

Zamboanga y las otras fortalezas que se construyeron durante la dominación española fueron un esfuerzo inmenso del Estado colonial por afianzar su presencia en un territorio, y si bien es cierto que tanto esta como otras (Balabac, Pasanhan) contribuyeron a limitar la acción de la piratería35, no lo es menos que los piratas nunca llegaron a desaparecer del todo de Filipinas en el siglo XIX.

Las razones para esta victoria a medias son varias. En primer lugar, nunca se contó con los medios suficientes para la cantidad de frentes abiertos con los que contaban los españoles en Filipinas, porque la piratería no fue el único. Al problema de los piratas se añadían los deberes propios de un Estado, como la construcción de infraestructuras. En segundo término, el desarrollo de los acontecimientos de la Península, que en el siglo XIX vivió una intensa transformación, y que afectaron a Filipinas, con cambios en los gobernadores generales en función del régimen imperante en España y peticiones de dinero que limitaron el margen de maniobra de las arcas filipinas. Por último, el proceso de expansión del dominio español en el Archipiélago que en el siglo XIX siguió en marcha, solapándose la lucha contra la piratería con campañas militares de importancia en el Archipiélago durante algunos años, como el sometimiento de los herederos de Dagohoy en la isla de Bohol (Ricafort, 1829), las campañas contra los igorrotes de la Cordillera en Luzón (Luque y Fernández, 2014), las campañas contra los mayoyaos también en Luzón (Campa, 2016), la represión del Motín de Cavite en 1872 o la rebelión del datto Utto en Mindanao (Ileto, 2007). Todas estas circunstancias hicieron que la Hacienda de Filipinas no tuviera disponibles los medios económicos que el problema de la piratería demandaba realmente, derivando en una escasez de soldados que solo quedó paliada gracias a la construcción de fortificaciones, a que la forma de combate española era más eficaz que la individualista de los piratas y a que los medios técnicos españoles eran superiores. De hecho, el gobernador de Zamboanga Mariano Oscáriz se vio obligado a llevar a cabo desembarcos contra piratas sin apenas ayuda de la Marina, […] sin más recursos marítimos que los agenciados por su celo […]36; y también financió gastos como raciones de arroz para piratas arrepentidos mientras sus parcelas agrícolas comenzaban a producir o el sueldo de un secretario del sultán de Sulu37, que él nombró para que intentara influir en la política de Joló. Todas ellas desaparecieron cuando él abandonó el cargo en 1854, pues Manila se negó a seguir financiándolas38 (Arce, 1864: 40).

El resultado fue que el Estado colonial español extendió su control en el territorio, sí, pero de una forma muy lenta y en gran parte gracias a soluciones de compromiso que hacían que su autoridad fuera, en muchos casos, más teórica que real y que este proceso, como hemos explicado con el paulima Taupan, no estuviera exento de reveses.

En segundo término, hay que referirse a la geografía. La naturaleza insular del territorio dificultaba mucho que la autoridad española pudiera llegar a todas partes y que fuera mucho más caro hacerlo, dado que para llegar a ciertas áreas del territorio siempre era necesaria una embarcación, con todos los costes asociados que esto conllevaba (combustible, tripulación, etc.).

Por último, simplemente no era realista esperar que la piratería fuera abandonada cuando aquello que la causaba seguía existiendo. Primero, el interés en los mercados por los productos que se conseguían gracias a ella. Segundo, sociedades cuya economía estaba basada en la esclavitud. Tercero, el tráfico de armas que pertrechaba a los piratas. Por último, la rentabilidad de una actividad que no tenía rival en esos términos, y mucho menos si se comparaba, por ejemplo, con la agricultura y el trabajo que requería. De forma muy optimista los españoles esperaban que conocer formas de vida sedentarias haría a los piratas abandonar sus formas de vida tradicionales39

En definitiva, la lucha de Zamboanga contra la piratería fue una causa noble, pues entre sus objetivos estuvo el acabar con la esclavitud, pero también fue una guerra que, en las circunstancias en las que se libró, no pudo llegar más lejos de lo que lo hizo.

FINANCIACIÓN

Este capítulo se ha desarrollado gracias a una beca predoctoral, PRE2020-094898, enmarcada en el proyecto de investigación: “Los cónsules extranjeros en Filipinas y el mar de China, siglo XIX”, PID2019-106311GB-100, Ministerio de Ciencia e Innovación 2019.

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1 Para más información sobre este personaje consultar: Clements, 2004.

2 Según Wenceslao Retana (1897: XVIII), la intención del padre Francisco Combés cuando su Historia de las Islas de Mindanao, Iolo, y sus adyacentes (1667) fue demostrar la utilidad de conquistar Mindanao.

3 En NAP-CCHS, Mic. 1681937, libro 129.

4 AHN, Ultramar, 5192, Exp. 38, doc. 1.

5 AHN, Ultramar, 5163, Exp. 6, doc. 1.

6 AHN, Ultramar, 5180, Exp. 28, docs. 1-3.

7 Otro ejemplo curioso de esta función de la piratería como captadora de talento la encontramos en la narración de su viaje a Joló (1842) escrita por el estadounidense Charles Wilkes (1845: 341), en la que cuenta la anécdota de que la contabilidad de los dattos de la ciudad estaba escrita en holandés, porque el encargado de llevar los libros era un joven malayo de Ternate que había sido capturado por los piratas.

8 La pesca de perlas, en particular, era una actividad muy peligrosa, tal y como relata el viajero Edmond de Plauchut (1869: 958): […] Mientras caminaba por la playa, me encontré con un grupo de cautivos en un estado de emaciación aterradora. Me acerqué a darles un poco de tabaco. Me dieron las gracias con asombro, luego pronto los vi, azotados por el junco, sumergirse en medio de un mar infestado de tiburones y emerger con los ojos inyectados en sangre […].

9 Estos barcos fueron comprados en el Reino Unido, donde ya se habían alquilado otros con propulsión a vapor para el bloqueo de la costa del Cantábrico durante la Primera Guerra Carlista. Al Elcano, el Magallanes y el Reina de Castilla uniría más tarde el Jorge Juan, de mayores dimensiones y que se construyó en Ferrol en 1850. Estas embarcaciones estuvieron en servicio hasta 1868 (Manera et al., 1981: 300-301).

10 Según un informe de Urbistondo al presidente del Consejo de Ministros, fue el gobernador de Zamboanga, José María de Carlés, quien dirigió personalmente las operaciones. Los expedicionarios encontraron que los habitantes de Tapiantana habían huido, pero quemaron sus casas y confiscaron 2 falconetes, objetos de cobre y algún ganado. En Pilas, sin embargo, los habitantes les recibieron de forma amistosa, algo que Urbistondo atribuía a que había corrido la noticia del castigo a Tapiantana (AHN, Ultramar, 5163, Exp. 6, doc. 1). La expedición, salida de Zamboanga en el Elcano el 11 de mayo, estuvo compuesta por 2 compañías del Regimiento de la Princesa (AHN, Ultramar, 5163, Exp. 11, doc. 2).

11 Las operaciones se extendieron desde el 25 al 30 de junio, y con algo más de 200 hombres embarcados en el Magallanes, 2 lanchas cañoneras, 1 falúa y varias embarcaciones ligeras se tomaron 553 prisioneros de ambos sexos y diferentes edades, la mayoría de Dong-Dong. Aunque lo más destacado fue la destrucción de la isla de Patian. En AHN, Ultramar, 5163, Exp. 7, doc. 1.

12 Desde el 15 al 20 de junio se visitaron varios pueblos no sometidos estableciéndose contacto con sus moradores. Solo en Maluso estos abandonaron sus casas y huyeron al monte. Los españoles en respuesta destruyeron su fuerte, pero respetaron las casas. En AHN, Ultramar, 5163, Exp. 7, doc. 1.

13 Se encargaron nuevos buques de vapor a astilleros ingleses en 1858, en concreto 4 goletas de hélice con casco de hierro y 18 cañoneros también de hélice (Manera, 1987: 273). Llegaron a Filipinas en 1860 (Montero, 1895: 328).

14 Algunos de ellos dejaron testimonio publicado de su visita: Wilkes (1845), Belcher (1848), Keppel (1853), Marryat (1848).

15 Carta fechada en Zamboanga de 28 de enero de 1846, del gobernador Cayetano Figueroa al sultán: […] Espero, pues, que animado de estos recomendables sentimientos haréis los mayores esfuerzos por seguir mereciendo tan distinguida protección, dando público y evidente testimonio de ellos; para lo que, me prometo, no perderéis ni un momento de vista que el medio más oportuno y digno de vuestro noble carácter es el de proteger los súbditos españoles, vuestros hermanos, impidiendo con todo vuestro poder el cautiverio que hacen los samales, con reprobada y pertinaz contumacia en el archipiélago filipino […]. En NAP-CCHS, Mic. 1681937, libro 129.

16 NPA-CSIC, Mic. 1681937, Libro 129.

17 Otras etnias del Archipiélago también demostraron una extraordinaria fidelidad a los españoles. De estas puede que las más estudiada haya sido la de los pampangos (Larkin, 1972; Fernández, 2014; Borao, 2013)

18 AHN, Ultramar, 5194, Exp. 1, doc. 3.

19 Con respecto a territorios musulmanes podemos encontrar un estudio detallado en: Togores, 2001.

20 AHN, Ultramar, 5190, Exp. 41, doc. 1.

21 AHN, Ultramar, 5172, Exp. 15, docs. 1-3.

22 AHN, Ultramar, 5163, Exp. 7, doc. 1.

23 AHN, Ultramar, 5164, Exp. 29, doc. 3.

24 AHN, Ultramar, 5165, Exp. 20, doc. 2.

25 AHN, Ultramar, 5172, Exp. 15, docs. 1-3.

26 A juzgar por lo recogido en una carta del sultán de Sulu, Diamarol Alham, a Manuel MacCrohon, Oscáriz se hizo cargo de las hijas y mujeres de Taupan. En AHN, Ultramar, 5331, Exp. 3, doc. 3.

27 AHN, Ultramar, 5231, Exp. 10, doc. 11.

28 El crecimiento de poblaciones alrededor de fortalezas fue un rasgo típico del colonialismo español en Filipinas (Gomá, 2014: 260).

29 En un memorial del año 1856 el funcionario Blas Ginart daba un ejemplo de estas situaciones excepcionales: Desde los primeros tiempos de la conquista se concedieron privilegios a los descendientes de los Cándalas por línea recta de varón: a los verdaderos cebuanos residentes en el pueblo de San Nicolás, Maga y Talisay de la provincia de Cebú: a los moradores de Iligan, Misamis y Dapitan y a los naturales de Zamboanga, en remuneración de servicios que prestaron a los Españoles, AHN, Ultramar, 2590.

30 AHN, Ultramar, 2590.

Por Real Orden de 11 de agosto de 1851 se fijó el tributo en 12 reales de plata, menos en la isla de Mindanao (Montero, 1895: 155).

31 Existían zonas que también estaban exentas por su pobreza, como las Islas Batanes, o porque también se trataba de hacerlas más atractivas, como Caraga o Nueva Guipúzcoa, AHN, Ultramar, 2586.

32 AHN, Ultramar, 5162, Exp. 67, doc. 2.

33 AHN, Ultramar, 5309, Exp. 15, doc. 2.

34 NPA-CSIC, Mic. 1681937, Libro 129.

35 Tanto fue así que a España se remitieron partes hablando de la tranquilidad de las aguas de Filipinas: AHN, Ultramar, 5159, Exp. 47, doc. 5. AHN, Ultramar, 5161, Exp. 41, doc. 17.

36 AHN, Ultramar, 5172, Exp. 50, doc. 21

37 AHN, Ultramar, 5172, Exp. 29, doc. 8.

38 En 1856 el secretario del sultán conseguiría que el Estado le asignara un sueldo. En AHN, Ultramar, 5172, Exp. 29, doc. 3.

39 El gobernador de Mindanao Mariano Oscáriz mandó que más de 500 prisioneros de las campañas de junio de 1852 contra Tonquil, Dong-Dong y Patian fueran conducidos a Basilán para “dulcificar sus costumbres”, con la esperanza de que por medio del trabajo conocieran “la desdichada situación en que hasta ahora han vivido”. En AHN, Ultramar, 5163, Exp. 7, doc. 1.

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