Guerra Colonial. Colonialismo, procesos postcoloniales y relaciones internacionales

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“Yo no he venido a Santo Domingo como enemigo”: la invasión de Santo Domingo por Toussaint Louverture (1801-1802), preludio de la expedición de Leclerc a Saint-Domingue

“I did not come to Santo Domingo as an enemy”: Santo Domingo’s invasion by Toussaint Louverture (1801-1802), prelude to Leclerc’s expedition to Saint-Domingue

Antonio Jesús Pinto Tortosa

Universidad de Málaga, Málaga, España

Recibido: 10/03/2025
Aceptado: 27/05/2025

DOI: https://doi.org/10.33732/RDGC.17.119

Resumen

Desde que, en la primavera de 1794, Toussaint Louverture se sumó, con sus tropas, al ejército republicano francés en Saint-Domingue, aspiró a controlar la colonia. Una vez eliminados los obstáculos en su camino hacia la superioridad incontestable en aquel territorio, su siguiente meta era convertirse en dueño y señor de toda la isla de La Española. El objetivo de este texto es estudiar su invasión de Santo Domingo, en el este, que ya pertenecía a Francia de iure desde la paz de Basilea, en 1795, pero que Louverture invadió en 1801, colmando así, de momento, su ambición desmesurada.

Palabras clave
Toussaint Louverture, Santo Domingo, Napoleón Bonaparte, Invasión, Administración negra.

Abstract

In the spring of 1794, Toussaint Louverture, together with his troops, joined the French republican army in Saint-Domingue. His goal was to control the whole colony. Firstly, he got rid of the obstacles that prevented him from doing so; secondly, he aimed at invading Santo Domingo, so he could control the whole island of Hispaniola. In this text, I will study Louverture’s invasion of Santo Domingo, in the East, a French possession since the Basel Treaty in 1795. The black general invaded it in 1801, fulfilling his ambition, at least for the time being.

Keywords
Toussaint Louverture, Santo Domingo, Napoleon Bonaparte, Invasion, Black administration.

Esta obra está bajo una licencia internacional Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0. CC BY

ELIMINANDO OBSTÁCULOS (1794-1800)

Pese a lo controvertido que resulta el papel de Toussaint Louverture en los inicios de la revolución esclava de Saint-Domingue de 1791, en esta investigación sostengo, como en otras publicadas con anterioridad, que su papel inicial fue más bien secundario. Pese a las prevenciones de David Geggus, quien advirtió sobre lo confuso y contradictorio de los testimonios sobre este particular (2002: 120), la evidencia documental y las investigaciones previas animan a pensar que actuó como oficial al mando de Georges Biassou, uno de los primeros caudillos de la insurrección, junto a Jean-François Papillon. Ahora bien, antes de sumarse a los rebeldes habría facilitado la huida de sus antiguos amos a Estados Unidos (Dubois, 2004: 40, 171; Murgueitio Manrique, 2025: 53-91)1, aprovechando además para aguardar a una mayor garantía de triunfo del estallido (Ott, 1973: 58; Geggus, 2002: 90; Nesbitt, 2008b: 146).

Convertido en un caudillo militar de primer orden, ingresó en las Tropas Auxiliares de Carlos IV en la primavera de 1793, junto con los dos generales previamente citados y los contingentes que cada uno comandaba, en adelante al servicio de la Corona española, tras la declaración de guerra entre España y Francia, subsiguiente a la ejecución de Luis XVI. Sin embargo, consciente de que sus posibilidades de ascenso entre los Negros Auxiliares de Carlos IV eran nulas, considerando el peso de los generales Papillon y Biassou, y una vez fracasado un intento de provocar la hostilidad mutua entre ambos, decidió desertar al ejército republicano francés. Su pretexto entonces fue la defensa de la libertad universal de todos los ex esclavos de la colonia, concedida por la República Francesa2, frente a la libertad que España ofrecía solo a los dirigentes negros (Pinto Tortosa, 2021: 197-222). Étienne Laveaux, capitán general interino de Saint-Domingue, medió para facilitar su cambio de bando, efectuado el 6 de mayo de 1794 (Pinto Tortosa, 2022: 140-141; Von Grafenstein, 2023: 29-54; Bar Shuali y Pinto Tortosa, 2023: 215-224).

El historiador estadounidense Thomas O. Ott sostuvo que la mediación de Laveaux se explica por la amistad que, en su juicio, le unía a Louverture desde tiempo atrás (1973: 84). No obstante, a la luz de la evidencia histórica existente, cabe juzgar su afirmación como precipitada: a priori, parece poco probable que existiese tal vinculación entre un francés blanco y un antiguo esclavo. Antes bien, Laveaux siempre habría desconfiado del general negro, pese a que optó por agasajarlo con el fin de atraérselo a la causa republicana. En justicia, ha de reconocerse que tampoco Louverture confió en el oficial francés, evidenciando más bien una cordialidad que escondía, ante todo, la materialización de sus ambiciones personales. De hecho, exigió la entrega de cuatro regimientos, con el fin de reforzar su propia posición, ante la eventualidad de que Francia intentase degradarlo. Mientras tanto, buscaba asimismo el respaldo de los negros de la Provincia del Norte, presentándose como abanderado de la lucha contra la esclavitud (James, 2001: 125; Pinto Tortosa, 2022: 141-142).

Gracias a su habilidad estratégica, el general negro ganó cada vez más peso, lo cual suscitó el temor de la llamada élite «mulata» de la colonia3, pronta a organizar un golpe de Estado en Le Cap Français, capital de la Provincia del Norte. El objetivo de tal maniobra de los libres de color era presionar a Laveaux y obligarle a destituir a Louverture. Urdido por el gobernador de aquella plaza fuerte, Jean-Louis Villate, no solo el golpe fracasó, sino que además sirvió para ensalzar a su víctima potencial, que lo aplastó sin contemplaciones. Ello le mereció el reconocimiento del capitán general interino, el cual lo nombró gobernador de la colonia y general de división (Deive, 1984: 120-121). Laveaux fue tan lejos como para afirmar que Louverture era el salvador de la República y redentor de los esclavos de Saint-Domingue, profetizado por el abad Raynal (Blackburn, 1988: 233). Se dio así la circunstancia de que, deseosos de frenar en seco el ascenso de Louverture, los hombres de Villate consiguieron el efecto contrario (Geggus, 2002: 176)4.

Desde este momento, el oficial negro no pararía de acaparar poder, hasta alcanzar el mando supremo en Saint-Domingue. Probablemente así deseaba evitar, en un futuro cercano, que nuevos gobiernos conservadores en Francia intentasen revertir el orden de cosas instaurado por la revolución esclava, perjudicando seriamente su estatus personal adquirido en el campo de batalla (Pinto Tortosa, 2022: 205). A ello debió de animarle el golpe de Estado perpetrado por la burguesía francesa en julio de 1794 en la metrópoli, conocido como «reacción termidoriana», cuyos principios se reflejaron en la Constitución del Año III, aprobada un año después: sufragio censitario restringido, inviolabilidad de la propiedad privada y división de poderes. Además del poder judicial, en manos de los tribunales de justicia, el legislativo quedaría depositado en dos cámaras: el Consejo de los Ancianos y el Consejo de los Quinientos. Por su parte, el ejecutivo sería detentado por un Directorio de cinco miembros. Cinco años después, apoyándose cada vez más en el Ejército, la burguesía inspiradora del golpe de Estado de Termidor en 1794, alentó la misma maniobra, esta vez de la mano del general Napoleón Bonaparte. Este, en noviembre de 1799, instauró un Consulado de tres miembros: Emmanuel-Joseph Sieyès, Pierre Roger Ducos y el propio corso.

La nueva Constitución del Año VIII (1800) reconocía la autoridad de Bonaparte sobre los otros dos cónsules, además de carecer de una declaración de derechos en su preámbulo, a diferencia de las constituciones revolucionarias que le habían precedido; dos años más tarde, Napoleón se convertiría en cónsul vitalicio. Mientras todo esto sucedía, en Saint-Domingue, Laveaux ya había encumbrado a Louverture, que se había ocupado de devolverle de regreso a Francia en 1797, aparentemente para defender los intereses del gobierno que él mismo representaba ante las autoridades de París. En realidad, la suya no era sino una maniobra para deshacerse de un socio leal, pero cuya autoridad podía hacerle sombra. La siguiente víctima que habría de cobrar el ex esclavo en su ascenso meteórico hacia el liderazgo supremo en Saint-Domingue primero, y en toda la isla después, fue el comisario de la Convención en aquella, Léger-Félicité Sonthonax. En tanto que funcionario de un régimen ya abolido, Sonthonax temía el aciago destino que le aguardaría en Francia, donde se le reclamó. Intentando rehuir su suerte, en 1797 quiso atraerse a Louverture y convencerle de asesinar a todos los blancos de Saint-Domingue, proclamando la independencia de la colonia (Bar Shuali, 2022: 11-41). Para despejar cualquier duda sobre su lealtad a Francia, el ex esclavo envió a sus hijos Isaac y Placide como rehenes a París (Nesbitt, 2008a: 29-31), y se alió con el líder mulato André Rigaud para forzar la marcha de Sonthonax. La expedición de un contingente negro y mulato contra Le Cap Français, el 16 de agosto de 1797, convenció al comisario de la necesidad de huir (Ott, 1973: 88-91; James, 2001: 153-155).

Unos meses más tarde, el 14 de enero de 1798, la metrópolis remitió un nuevo gobernador y capitán general a Saint-Domingue: Gabriel d’Hédouville, investido pues de autoridad superior a Louverture. Arribado a la colonia el 29 de marzo, se entrevistó con Philippe-Rose Roume de Saint-Laurent, agente del Directorio que había sustituido a Sonthonax, tan interesado como él en cortar de raíz el ascenso meteórico de Louverture. El general negro nunca se fio de Hédouville y, desde el principio, no cejó en maniobras para provocar su caída. Decidido a expulsarlo de una vez, para usurpar su puesto y convertirse en el gobernador, de hecho y de derecho, de Saint-Domingue, Louverture se aproximó a Gran Bretaña, representada por el brigadier general Thomas Maitland, con quien comenzó a negociar en julio de 17985. A cambio de su apoyo, Maitland solo solicitaba acceso preferente a los barcos británicos en aquella zona en adelante, comprometiéndose por su parte a devolver los territorios conquistados en Saint-Domingue desde el inicio de la revolución. Así desaparecía también la presencia británica de allí. Con ocasión de este acuerdo, Maitland hizo una predicción que acabaría pronto revelándose certera:

When he overcomes Rigaud he will have a large body of Men at his disposal, and I think he will attempt to reduce the Spanish part of the Island – (I mention this in consequence of what dropped from Colonel Christophe and some other of his officers lately, when talking with him, about the Spanish part) particularly the Town of Santo Domingo – a number of mulattoes have escaped there and have been well received, which displeases him very much6.

Hédouville, temeroso del astro ascendente de Louverture, optó por buscar el respaldo de los mulatos de Rigaud, quien difundió el falso rumor de que el general negro había pactado la entrega de la colonia al ejército británico. En vista del escaso efecto del bulo, a la desesperada, Hédouville capturó al sobrino de Louverture, Moÿse, bajo la acusación de planear una matanza blanca en Fort Liberté. Resuelto a expulsar al gobernador francés de una vez por todas, Louverture organizó una expedición negra que provocó una masacre en Le Cap Français, mientras Hédouville huía de regreso a Francia (Rainsford, 1805; Rodríguez Demorizi, 1958: 405-413; Ott, 1973: 104-106; Benot, 2009: 99-110)7.

El último escollo en su camino hacia el poder absoluto habría de ser el mulato André Rigaud, quien ya había demostrado su escasa fiabilidad, conspirando a su favor y en su contra en tiempos recientes. La rivalidad entre ambos se intensificó durante 1799, al reclamarle el caudillo negro su reconocimiento como general en jefe del ejército republicano francés en La Española8. Debilitado tras la expulsión de Hédouville, Rigaud se negó a ceder en este punto, e incluso se opuso a un acuerdo comercial tripartito entre Louverture, Gran Bretaña y Estados Unidos, del cual fue marginado (Rodríguez Demorizi, 1958: 601-604). Considerándolo como un agente al servicio de la Francia continental, cuyo único objetivo era debilitar su autoridad en la isla, el caudillo negro recabó el apoyo de la mayoría de la población de la colonia, recordando que solo él era el representante legítimo de la autoridad francesa9. Reforzado, además, por el precitado acuerdo tripartito con los gobiernos de Gran Bretaña y Estados Unidos en materia comercial, Louverture se aprestó a la campaña definitiva contra su antagonista, junto a sus lugartenientes, Henri Christophe y Jean-Jacques Dessalines. Tras perder la Grande Goave y la Petite Goave, además de Jérémie, a finales de 1800 Rigaud aceptó su derrota y abandonó la colonia (Pinto Tortosa, 2022, pp. 218-222).

OBJETIVO SANTO DOMINGO: LA MISIÓN DIPLOMÁTICA DE AGÉ (1800)

En su deseo de convertirse en jefe supremo, no ya solo de Saint-Domingue, sino de toda La Española, Santo Domingo era el último obstáculo que restaba al general Toussaint Louverture (Cordero Michel, 2007: 252). Además de manipular al comisario Roume, que asistió impasible a la última gran acción de armas del caudillo negro, este fue capaz de jugar con los diferentes intereses internacionales en juego, con el fin de presentar su ataque sobre Santo Domingo como un paso «natural», conforme al devenir reciente de la isla. Para contentar, y aplacar, a Francia, justificó la iniciativa como una materialización de la anexión del este, recogida en la Paz de Basilea, que se había pospuesto desde su rúbrica en 1795. Por su parte, a Gran Bretaña y Estados Unidos les convenció de que, anexionando Santo Domingo, buscaba debilitar a Francia en el Caribe. En cualquier caso, no debía descuidar un aspecto mayor: probablemente, los habitantes de Santo Domingo no estaban dispuestos a dejarse someter a una autoridad colonial francesa, máxime si era uno de los antiguos esclavos sublevados en la colonia vecina, diez años atrás.

Ha de reconocerse, empero, que la coyuntura de Santo Domingo era crítica, pues vivía sumida en la incertidumbre institucional desde 1795, cuando se inició la evacuación de autoridades e instituciones coloniales, una vez firmado el tratado de Basilea, dejando en suspenso la anexión. Basilea había traído como gobernador de Santo Domingo al comisario Roume, destinado a Saint-Domingue en 1798. En su sustitución, el Directorio había nombrado para Santo Domingo a François-Marie de Kerversau, quien a su vez ejerció el cargo brevemente, cediendo el testigo a Antoine Chanlatte, affranchi natural de Saint-Domingue, educado en Francia. Precisamente esta inestabilidad debió persuadir a los hispano-dominicanos de que la administración francesa era sinónimo de caos. Roume había aconsejado a Chanlatte que respetase, en lo posible, las instituciones propias del lugar, procurando la amistad de los individuos más relevantes de aquel enclave, entre quienes destacaban el ex gobernador español, Joaquín García, y el dueño de la gran plantación azucarera de Boca Nigua, Juan Bautista Oyarzábal (Rodríguez Demorizi, 1958: 519-522; Moya Pons, 2003: 143)10.

El gobernador Chanlatte no podría seguir los consejos de su antecesor, pues desde el principio tomó conciencia de los pesados obstáculos que figuraban en su camino. Para empezar, Joaquín García, capitán general interino hasta la toma de posesión francesa, manifestó abiertamente su contrariedad por la llegada de un gobernador nombrado por Francia, alegando lo innecesario que resultaba disponer de dos autoridades paralelas (Rodríguez Demorizi, 1958: 277-302, 516-517; Pinto Tortosa, 2022: 222-227). Pese a ello, acabó cediendo, espoleado por la promesa de Chanlatte y de Roume de que los ex esclavos de Saint-Domingue jamás invadirían el este de La Española. Si mala era la posición de García, no era mucho mejor la del propio Roume, cuya autoridad se había visto reducida a la mínima expresión, convirtiéndose en una marioneta manipulada por Louverture. Así y todo, intentó hacer causa común con la metrópoli, influyendo en la carta que Bonaparte remitió al general negro el 25 de diciembre de 1799. En ella, justo después del golpe de Estado de Brumario, que había instaurado el Consulado, con él mismo al frente, el corso describía a Louverture las condiciones del régimen colonial recogido en la Constitución del Año VIII. Conforme a ella, decía Bonaparte, las Antillas quedarían regidas por unas «leyes especiales», que respetarían el nuevo estatus de la gente de color (Nesbitt, 2008a: 37).

Sin embargo, Louverture recelaba tanto de la misiva como de su firmante, pues sospechaba que se trataba de un ardid para ganar su voluntad primero, y planificar después la invasión francesa de Saint-Domingue, que conllevaría, en su opinión, la restauración de la esclavitud. Probablemente la combinación de todas estas circunstancias persuadió al ex esclavo de acelerar los preparativos para invadir Santo Domingo, reforzando así su postura en la isla, y su poder frente a Bonaparte («Letters…», 1910: 64-101; Cordero Michel, 2007: 252). Su plan, por desesperado, implicaba serios riesgos para su propio futuro: además de violar las condiciones del tratado de Basilea, Louverture manifestaba su pretendida voluntad independiente respecto a Francia, anticipándose a la anexión de Santo Domingo, todo ello sin descartar la posibilidad de que la población hispano-dominicana plantease una fuerte resistencia, principiando así otra guerra más de larga duración11. Probablemente para conjurar este peligro, emitió un manifiesto a los habitantes en Santo Domingo, conminándoles a obedecerle, en tanto que representante de Francia en La Española, y recordándoles que la anexión cumplía con la Paz de Basilea (Rodríguez Demorizi, 1958: 559, 569, 566-571).

Roume aún intentó frenar la invasión de este, recordando a Louverture que era él quien debía autorizarla, y que no estaba dispuesto a hacerlo, considerando los pasos seguidos por el general negro. Este puso cerco a Le Cap Français para presionarle a firmar el decreto de anexión, pero ante la resistencia de Roume recurrió a su sobrino, Moÿse, quien le humilló y le insultó en público, advirtiéndole de que suya sería la responsabilidad de la sangre derramada en la ocupación del Santo Domingo español. Ante tal disyuntiva, Roume acabó cediendo el 27 de abril de 1800 (Rodríguez Demorizi, 1958: 530-531, 595). Por su parte, las autoridades españolas restantes en aquel sector de la isla ordenaron la evacuación, a la que se sumaron los propietarios y las familias más destacadas, además de la Real Audiencia; solo quedó Joaquín García, resignado a recibir a los nuevos dueños de la isla (Rodríguez Demorizi, 1958: 561).

Cumpliendo con su promesa de emprender una anexión pacífica, también en abril de 1800, después de la firma del decreto por el comisario Roume, Louverture remitió a Santo Domingo al general Agé, encargado de tomar posesión de la colonia en su nombre. No obstante, el comisionado pudo percatarse desde bien pronto de que su labor diplomática no iba a ser sencilla, pues habría de afrontar los mismos problemas que ya habían dificultado el gobierno del general Chanlatte. Entre ellos, el principal era el representado por Joaquín García, poco dispuesto a negociar con un interlocutor negro la entrega del territorio que él había gobernado hasta ahora. Inicialmente, Agé respondió a la hostilidad hispano-dominicana con más diplomacia: por una parte, mostró el decreto de Roume, autorizando a Louverture a tomar posesión del este de La Española; por otra, entregó una carta de aquel, llamando a la obediencia a las autoridades del lugar, e insistiendo en que los españoles dominicanos podían sentirse afortunados de incluirse en Francia, donde Bonaparte había prometido respetar a la población católica (Ardouin, IV, 1853: 163). Igualmente, insistía Louverture en que se respetaría la vida de todos los vecinos, y pedía a García que entregase todas sus armas y dignidades a Agé, desmantelando, a continuación, los arsenales militares (Ardouin, IV, 1853: 171).

Pese a lo indicado, el capitán general español se mantuvo firme y anunció que solo rendiría Santo Domingo a tropas blancas. La tensión, que parecía escalar sin remedio, se aminoró levemente por la mediación de Chanlatte, quien compartía con Joaquín García su desconfianza de Louverture. Aconsejado por aquel, García decidió recibir a Agé, fingiendo que estaba dispuesto a entregarle Santo Domingo, eso sí, cuando dispusiese de las naves necesarias para embarcar a quienes deseasen evacuarla. También le anunció que la evacuación completa se podría demorar hasta seis meses, lo cual le daba tiempo para maniobrar y demorar la entrega, mientras él mismo y Chanlatte organizaban un complot contra el comisionado de Louverture. En su preparación, confluyeron tres esfuerzos: el del cabildo de Santo Domingo, el del estamento eclesiástico y el de algunos plantadores franceses, emigrados desde Saint-Domingue. Para empezar, estos remitieron varias misivas a Napoleón Bonaparte, pidiéndole que intercediese para evitar la invasión negra de Santo Domingo12. Espoleado por este apoyo sorpresivo de los franceses emigrados a aquel hemisferio de la isla, Joaquín García decidió suspender, de manera unilateral, la anexión, anunciándolo mediante un decreto el 21 de mayo de 180013. El español sabía perfectamente que aquel anuncio era inválido sin la firma del propio Agé, el cual, de manera inusitada, se encontró ante una compleja disyuntiva: o cumplir el mandato de Louverture y finiquitar la anexión de Santo Domingo, o contemporizar con la población local, a riesgo de importunar a su superior.

Consciente de que la posibilidad de enconar a los hispano-dominicanos aún más era alta, si persistía en su lealtad a las órdenes del general negro, Agé intentó ganar tiempo, respondiendo a García que precisaba consultar a Louverture sobre la firma del decreto. Sin embargo, su deseo de tratar el tema con el mando supremo de Saint-Domingue, que debía quedar como un secreto entre él y el gobernador español, trascendió al resto de los habitantes de Santo Domingo, probablemente filtrado por el propio Joaquín García. Exacerbada contra Agé, en quien el odio popular se había ido concentrando a lo largo de las semanas, pues se lo consideraba un mero cable transmisor de Toussaint Louverture; y atemorizada, también, ante la perspectiva de que este último resolviera poner fin a la diplomacia, finalmente, remitiendo a sus tropas para conquistar Santo Domingo a sangre y a fuego; la población atacó el convento de Santa Clara, donde residía el comisionado de Saint-Domingue, con el fin de asesinarlo (Ardouin, IV, 1853: 169). Su situación llegó a revestir tal gravedad, y su vida llegó a correr tal peligro real, que Joaquín García en persona facilitó al diplomático la salida de la capital de la colonia, ordenando que un regimiento de granaderos le escoltase, camino de la frontera. La medida no era, en absoluto, exagerada, pues Agé, de regreso a Saint-Domingue, debía atravesar toda la parte oriental de la isla, en sentido este-oeste, exponiéndose al odio de los habitantes del resto del territorio. Al mismo tiempo, García reforzó las defensas de los enclaves fronterizos, como Azúa, pues los acontecimientos recientes precipitarían la invasión negra (Rodríguez Demorizi, 1958: 531-535)14.

Si bien el gobierno colonial español hizo lo posible para no presumir de la expulsión de Agé, ante el riesgo de suscitar una reacción aún más violenta desde el oeste, la población no compartió su mesura. De hecho, se consideró la marcha del emisario de Louverture como una victoria épica, que se celebró con una misa en la capital, en la que se agradeció la intercesión divina para conseguir tal hazaña. Antonio del Monte y Tejada, un letrado dominicano que ejercería como cronista de excepción de aquellos acontecimientos, describió cómo sus conciudadanos, extasiados tras la conjura, aunque momentánea, del peligro negro, se mostraron convencidos de que ello persuadiría a España de mandar tropas para recuperar aquel territorio, resarciéndose así de la humillación de Basilea, en 1795. Este testigo presencial se lamentaba de la inconsciencia latente tras la actitud evidenciada por el pueblo: «[…] era la animación aparente y transitoria del enfermo próximo a morir, el vivo destello de la llamarada que va a extinguirse en el pábilo que la alimenta» (Monte y Tejada, III, 1890: 169).

Apenas una semana después, las circunstancias vendrían a dar la razón a los pesimistas: el 4 de junio de 1800, Louverture mostró su sorpresa ante el trato a su enviado, y acusó a García de incumplir la palabra dada de entregar la colonia (cit. en Ardouin, IV, 1853: 173-174; Rodríguez Demorizi, 1958: 560-571). En noviembre, mandó arrestar a Roume, acusado de connivencia con los hispano-dominicanos, y lo deportó a Dondon junto a su familia15. El 19 de diciembre anunció a García que se disponía a invadir, provocando la desbandada de los plantadores de la frontera dominicana, que marcharon con sus esclavos (Rodríguez Demorizi, 1958: 534-535; Moya Pons, 2003: 143). La mayoría de habitantes del este se refugió en la capital, y solo algunos se unieron a un ejército que apenas podría resistir el empuje de las tropas negras; allí donde la oposición fue mayor, como en Jayán o Santiago de los Caballeros, la represión sería terrible (Rodríguez Demorizi, 1958: 571-572).

DESARROLLO E IMPACTO DE LA ADMINISTRACIÓN NEGRA EN SANTO DOMINGO (1801-1802)

Resignado a rendir España a Toussaint Louverture, Joaquín García hizo todo lo posible para disponer a los españoles dominicanos, si no a favor, por lo menos en una actitud pacífica frente al destino inevitable. Al mismo tiempo, dio garantías al caudillo negro de que sus gobernados no ofrecerían resistencia a la ocupación negra, si a cambio él renunciaba al pillaje, comprometiéndose a respetar las instituciones y las tradiciones españolas (Ardouin, IV, 1853: 288-310). Su antagonista no tuvo nada que objetar sobre este particular, pues ya le había advertido de que, si encontraba resistencia entre la población, haría a García único responsable de las consecuencias (Ardouin, IV, 1853:293-294). Finalmente, la expedición negra cruzó la frontera, bajo el mando de su sobrino, Moÿse, aunque él mismo se sumó a la marcha poco después (Ardouin, IV, 1853: 289). El general francés François-Joseph Pamphile de Lacroix aclararía más tarde que Louverture se unió al frente ante la noticia de que un comisionado francés estaba por llegar a Saint-Domingue, para reiterarle la prohibición expresa de Bonaparte de invadir Santo Domingo (Lacroix, 1819: 14; Ardouin, IV, 1853: 300-301).

El inicio oficial de la invasión puede datarse el 4 de enero, cuando las tropas de Moÿse y de Toussaint Louverture avanzaron sobre Azúa y Santiago de los Caballeros, respectivamente. Pese a que había dado su palabra a Joaquín García, Louverture no pudo evitar que sus tropas se entregasen a todo tipo de excesos, lo cual alentó a los hispano-dominicanos a presentar una dura resistencia, que se resolvió, entre otros episodios, con su victoria frente a Moÿse en La Vega16. Lo propio intentó hacer el municipio de Santiago de los Caballeros, pero la capacidad de aguante de sus habitantes se vio desmoronada tras la detención y ejecución de su gobernador, Cayetano Rosón (Rodríguez Demorizi, 1955: 205, 573-574). De igual forma, algunos soldados negros aprovecharon para difundir en las plantaciones, entre los esclavos cuyos dueños se habían quedado, el rumor de que podían sublevarse contra estos, pues la nueva administración aboliría la esclavitud (Ardouin, IV, 1853: 293-294). En contraste con estos efectivos descontrolados, Louverture debió ocupar pacíficamente San Juan, Baní y Azúa, enviando a los prisioneros de guerra a Santo Domingo, para que fueran liberados; solo fue severo con quienes opusieron resistencia (Rodríguez Demorizi, 1955: 207.

En tan solo unos días consiguió avanzar hasta las puertas de la capital, donde se encontraba Baní. Días después, cuando se disponía a tomar la ciudad más importante de la colonia, recibió a los emisarios de Joaquín García: Leonardo del Monte, José de Sterling y Joaquín Colás. Estos le manifestaron su deseo de negociar la rendición, en lugar de aguardar a la llegada de las tropas de Moÿse, temidas por su ferocidad; mientras tanto, muchos vecinos de la ciudad seguían huyendo, gracias al apoyo logístico de Gran Bretaña, dispuesta a embarcarlos hacia otras posesiones españolas en América (Rodríguez Demorizi, 1955: 575). Los intentos de Louverture por frenar la huida fueron inútiles (Rodríguez Demorizi, 1958: 583-585). Como muestra de buena voluntad, empero, envió a Joaquín García a dos vecinos de Azúa, Nicolás González y Jerónimo Díaz, que insistieron en la capital en la conveniencia de rendirse por las buenas. Ahora bien, la actitud del general negro se volvió mucho menos conciliadora, cuando supo que García estaba dilatar la entrega para esperar ayuda militar británica, que le permitiese confrontar a las tropas invasoras. Entonces, molesto por el engaño del que había sido objeto, impuso a Joaquín García la rendición incondicional (Rodríguez Demorizi, 1958: 579-581; 616-617).

Con este propósito, el 15 de enero hizo formar a 1.200 hombres frente a la puerta de Santo Domingo, enviando al comisionado Hébecourt para convencer a García de entregar la ciudad. Finalmente este cedió, no tanto por convicción, cuanto por la escasez de víveres en aquella plaza fuerte, que hizo que la población se encontrase en una situación desesperada. La entrega acabó produciéndose pues el 21 de enero, accediendo a casi todas las peticiones del ex gobernador español, salvo en lo tocante al respeto del culto y el clero, pues advirtió que esta decisión correspondía a Francia (Rodríguez Demorizi, 1958: 589-591). Anunció, eso sí, que respetaría en lo posible a los habitantes, así como sus tradiciones, y el día 25 movilizó a sus tropas, que cruzaron el río Jayna, entrando en la plaza en la jornada siguiente. García, por su parte, vio frustrado su deseo de evacuar a cuanta población pudiese con barcos remitidos desde La Habana, pues solo llegó uno: El Duende, dada la escasa disposición de las autoridades cubanas a desguarnecer su propio puerto, máxime en pleno ascenso de los negros de La Española17.

La anexión debía revestirse de solemnidad, a ojos de Toussaint Louverture, quien deseó organizar un gran acto público para oficializarla; por su parte, Joaquín García intentó en todo momento presentarla no como una derrota de España, sino como el resultado de un acuerdo entre su gobierno colonial y el del territorio vecino. Así se explica, por ejemplo, la ausencia de toda referencia a la derrota sufrida por Santo Domingo. El caudillo hizo su entrada triunfal el 26 de enero de 1801, atravesando la Puerta del Conde, que era la principal de la capital, mientras de fondo se oía las campanas tañer (Ardouin, IV, 1853: 297-298)18. Con él, cruzaron también la puerta los miembros del cabildo municipal, que actuaron como escolta del nuevo mandatario. Entonces, Joaquín García hizo entrega ceremoniosa del mando militar de la plaza, y por ende de la colonia. El testimonio entusiasta de Beaubrun Ardouin contrasta con el del hispano-dominicano Antonio del Monte y Tejada, previamente citado, quien describe el clima general de tristeza e incertidumbre entre sus convecinos (III, 1890: 170). Ha de entenderse que aquel evento representaba para los habitantes del este de la isla la materialización de sus peores pesadillas (Rodríguez Demorizi, 1955: 71).

El caudillo negro tomó entonces la palabra para reconocer el buen seso de los españoles dominicanos, que habían aceptado rendirse pacíficamente, en lugar de resistirse y obligarle a recurrir a la fuerza. Incluso llegó a reconocer que la conquista de aquella mitad de La Española colmaba su ambición (Lacroix, 1819: 18; Monte y Tejada, III, 1890: 171). Seguidamente, marchó junto a los regidores al ayuntamiento, donde se le debía entregar las llaves de la ciudad. Allí acudió acompañado de tropas blancas, mulatas y negras, para asombro de los locales, acostumbrados a ver a la población africana solo en un estado: el de la esclavitud (Monte y tejada, III, 1890: 170). El pendón español fue arriado en el edificio de la corporación municipal, e izada la bandera francesa. En su intento por demostrar que el nuevo gobierno continuaba la labor de la administración española, se pidió a Louverture que jurase su cargo conforme a la fórmula dispuesta para los gobernadores españoles, a lo que él se negó, en tanto que súbdito de la República Francesa (Ardouin, IV, 1853: 299).

No menor fue la tensión con ocasión de la entrega de las llaves de la ciudad, que Joaquín García depositó sobre la mesa, en lugar de sobre las manos del general negro, quien rechazó recibirlas así:

Monsieur le président, lui dit Toussaint, j’aurois l’air de les prendre; veuillez avoir la bonté de me les remettre vous-même entre les mains; je ne suis pas venu à Santo-Domingo en ennemi, mais comme l’homme d’un gouvernement ami et allié du vôtre, pour réclamer l’execution d’un traitré solennel (Guillermin, 1811: 7)19.

Una vez instaurado en el poder en Santo Domingo, Louverture se esforzó por demostrar que su autoridad emanaba de la propia voluntad de los habitantes de aquel territorio, en lugar de ser el resultado de una campaña militar y, por consiguiente, de la imposición forzosa (Cordero Michel, 2007: 251-258). Sus coetáneos, sobre todo entre la administración francesa, recelaron de esta actitud, y se resistieron a dejarse persuadir por la aparente muestra de buena voluntad del general negro hacia sus nuevos súbditos (Lacroix, 1819: 21). Cuando se aseguró de que el nuevo estatus quo de la colonia había quedado garantizado, regresó a Saint-Domingue, no sin antes nombrar dos gobernadores para la parte este de la isla: Paul Louverture, su hermano, asumiría el mando en el distrito de Santo Domingo; y el general Pagéot haría lo propio en el distrito de Santiago de los Caballeros.

Cuando hubo regresado al oeste, desafió abiertamente la autoridad de Napoleón Bonaparte, aprobando, contra los dictados de este último, la Constitución de Saint-Domingue (Cordero Michel, 2007: 253; Kaisary, 2015: 393-411). Sabedor de que su iniciativa sería muy mal recibida por el cónsul, Louverture se apresuró a incluir en el texto constitucional algunas disposiciones que, a priori, debían agradar a la metrópoli. Por ejemplo, definía Saint-Domingue como un territorio perteneciente a la República Francesa, que habría de quedar regido por «leyes especiales»; así y todo, el margen de autonomía de la colonia dentro de Francia sería amplio. En su descargo ha de reconocerse también que, fiel a su intención inicial de respetar las leyes, tradiciones e instituciones de Santo Domingo, no había incluido a este territorio en su texto constitucional. Por el contrario, la antigua posesión española quedaría también sujeta a leyes específicas, referidas a aspectos tan concretos como el culto católico, la sociedad civil, la servidumbre civil, la administración de justicia, etc. Yendo más allá, Louverture incluso quiso reconocer el derecho de los habitantes del lugar a compensaciones económicas por las pérdidas sufridas durante la campaña de conquista (Monte y Tejada, III, 1890: 171; Nesbitt, 2008a: 46; Nabajoth, 2007: 262).

Entre las medidas más destacadas que aplicó en suelo dominicano, ha de subrayarse las siguientes: primeramente, para transformar la base de la economía dominicana, obligó al campesinado a practicar la ganadería intensiva, con el fin de disponer de un excedente que pudiese emplearse en el comercio con otras colonias. Además, de esta forma acababa con la economía tradicional local, centrada en una ganadería extensiva y una agricultura de subsistencia que, a su juicio, fomentaban la vagancia y no contribuían a la prosperidad del lugar, pues se hallaban orientadas al autoabastecimiento (Moya Pons, 1995, pp. 90-116)20. Del mismo modo, el decreto del 8 de febrero, emanado del propio general negro, restablecía, o instauraba, según se mire, la economía de plantación, fomentando el cultivo de azúcar, cacao, café y algodón21. Hubo reclamaciones de permisos para roturar tierras nuevas, pero Louverture las rechazó, alegando que la prioridad residía en poner en cultivo y aumentar la productividad de las parcelas ya roturadas, en lugar de aumentar la superficie cultivable (Pinto Tortosa, 2022: 243-253).

En tercer lugar, con miras a fomentar también al desarrollo comercial, centrado en la intensificación del tráfico de mercancías entre el oeste y el este, el ex esclavo pensó en desarrollar la infraestructura de comunicación del este. Centró sus esfuerzos en la mejora de los caminos existentes, y en la construcción de otros alternativos, que conectasen la capital de la colonia con Dajabón, en la frontera dominico-haitiana, del lado dominicano. De este modo, pensaba, se agilizaría el tráfico de ganado desde el este al oeste, donde se emplearía para el cultivo; y la remisión de productos agrícolas en sentido opuesto (Lacroix, 1819: 20). Considerando que la paridad monetaria era indispensable también para contribuir a la intensificación del tráfico mercantil entre los dos hemisferios de La Española, Louverture equiparó el tipo de cambio entre las monedas de ambos territorios22. De manera paralela, suprimió los impuestos de exportación desde Santo Domingo a Saint-Domingue, sustituidos por una única tarifa del 6 %. En cuarto lugar, con el decreto del 27 de enero de 1801 impidió la partida de tres embarcaciones a La Habana con refugiados de Santo Domingo, prometiéndoles el respeto de sus propiedades, para evitar la ruina absoluta de las plantaciones, algunas de ellas de gran relevancia, como era el caso de Boca Nigua (Pinto Tortosa, 2013: 1-23).

Los testigos presenciales, tanto de Saint-Domingue como de Santo Domingo, reconocieron los efectos positivos de estas iniciativas, que repercutieron en una mejora del nivel de vida en el este, visible en aspectos tan tangibles como, por ejemplo, la mayor cantidad de carruajes en la capital (Ardouin, IV, 1853: 20). Resta por analizar, no obstante, una cuestión capital para entender el calado y el sentido de la administración negra en Santo Domingo: la esclavitud. Varios son los cronistas y testigos de la época, y un poco posteriores, como Thomas Madiou, sostuvieron que la esclavitud había quedado abolida en el este de la isla (Madiou, II, 1847: 86). Frank Moya Pons (2003: 148) y Emilio Cordero Michel (2007: 253), entre otros, suscriben esta interpretación. Otros testigos contemporáneos, en cambio, además de las fuentes, parecen negar tales hechos. Por una parte, Beaubrun Ardouin se apoyó en la ausencia de evidencia escrita que apoyase la supresión de la esclavitud por Toussaint Louverture (IV, 1853: 304). De resultas de ello, él consideraba que la esclavitud se mantuvo durante esta primera administración negra en Santo Domingo: así, el general negro respetaba las instituciones locales, e incentivaba a los plantadores deseosos de marcharse para que cambiasen de parecer.

Por otra parte, David Nicholls (1974: 15-38) llamó a la prudencia en la interpretación de las afirmaciones de los dos historiadores haitianos susodichos. En el caso de Ardouin, sostenía Nicholls, en tanto que historiador «mulato», esto es, «libre de color» o affranchi, desearía desprestigiar a Louverture, convirtiéndole en un instrumento de los blancos dominicanos, que le habrían presionado para mantener la esclavitud. Madiou también desearía subrayar la excepcionalidad del caso haitiano, enfatizando su componente de clase y raza. Ahora bien, como anticipaba, los documentos españoles al menos parecen dar la razón a Ardouin y quienes, en su línea, defienden que la esclavitud se preservó en Santo Domingo bajo la administración negra. Para empezar, el nuevo gobierno remitió abundantes esclavos a la plantación de Boca Nigua, además de mantener a numerosos negros y libres de color en el ejército hispano-dominicano, también en condiciones de mano de obra forzada, ante la amenaza inminente de un ataque francés. Una vez disipado este temor, su plan era venderlos como esclavos, en sentido estricto (Pinto Tortosa, 2012: 63-89)23. Podría argumentarse que los españoles también tenían motivos para difundir, oficialmente, que la esclavitud no se había violado, en un intento por congraciarse con la metrópoli, con la que siempre soñarían en reunirse en el futuro inmediato, como acabó sucediendo en 1809 (Pinto Tortosa, 2015: 179-200).

En cambio, parece poco probable que el cónsul de Estados Unidos en Saint-Domingue, Edward Stevens, albergase interés alguno de este tipo; él también afirmó, aludiendo al régimen colonial impuesto por Louverture en Santo Domingo: «The negroes are not to be suffered to quit the plantations»24. Ello sería acorde con la opinión positiva que mereció a Antonio del Monte y Tejada (III, 1890: 171) la administración negra, llegando a calificar a Louverture como «el negro más distinguido de todos los que han ejercido el mando en la isla». Pese a ello, la historiografía, construida sobre fuentes contrastadas acerca de este problemático episodio, parece concluir que la esclavitud quedó suprimida en Santo Domingo (Nessler, 2016: 135). Sobre el decreto de Louverture sobre la mano de obra del año 1800, en el cual definió la agricultura como la principal fuente de ingresos de Saint-Domingue, convirtiendo a los antiguos esclavos en «cultivadores», habría que detenerse. Cierto es que, de un lado, en apariencia, su estatus legal no parecía distar de la antigua esclavitud, salvo en el concepto empleado para designarlos (Nesbitt, 2008a: 38-39, 48-49; Manigat, 1973: 203-228). De este modo, además de evidenciar su deseo de congraciarse con los habitantes de Santo Domingo, el ex esclavo parecería demostrar algo más: en tanto que affranchi cuando estalló la revolución esclava, él mismo aspiraría a alcanzar el estatus de un blanco, lo cual implicaría tener plantaciones y esclavos negros (McD. Beckles, 2000: 869; Patterson, 2000: 33-41; Geggus, 2002: 119, 125). De otro lado, sin embargo, ha de reconocerse que los cultivadores sí podían abandonar las plantaciones, previa autorización del propietario o administrador; su trabajo, pese a ser extenuante, era remunerado; tenían la consideración legal de libres; y, finalmente, no eran sometidos a malos tratos (el uso del látigo, por ejemplo, quedó prohibido).

CONCLUSIONES

Los episodios históricos analizados en estas páginas permiten afirmar que, si hay un primer sustantivo que se pueda aplicar, entre otros, a la caracterización de la carrera militar de Toussaint Louverture, ese es la «cautela». Su carácter precavido, además de una supuesta lealtad a su antiguo dueño, le movió a no sumarse a la revolución de 1791 hasta que no estuvo seguro de sus posibilidades de triunfar. Ese mismo cuidado, junto al caudillaje militar de Jean-François Papillon y Georges Biassou, su superior directo, le aconsejó permanecer en la sombra hasta 1794. En adelante, si existe otro sustantivo que defina su ascenso, es la «ambición», sumada a una capacidad de cálculo encomiable. La estrategia y la ambición le movieron a explotar la rivalidad entre los dos generales negros citados, para beneficiarse y ascender él mismo, al servicio del rey de España, en el otoño de 1793. El fracaso de su plan, y el riesgo de su propia vida, le animaron a pretenderse defensor de la libertad universal, abrazando en la primavera de 1794 a la República Francesa.

A partir de este momento, su ambición y capacidad de cálculo alcanzaron límites inusitados, sin encontrar, en apariencia, obstáculo alguno que pudiera frenar su ascenso. De ello fueron testigos, o víctimas, Étienne Laveaux, François Galbaud, Léger-Félicité de Sonthonax, Philippe Roume, André Rigaud, Thomas Maitland, Joaquín García, y finalmente Napoleón Bonaparte. En este último caso, su huida hacia adelante se explicaría por su conciencia de que, iniciado el desafío a París, solo podía continuar su escalada para afrontar el choque contra la metrópoli en la mejor posición posible. Su pecado fue la incapacidad de percatarse de que ese enemigo era demasiado grande: expulsado de Santo Domingo por la expedición del general Charles Victor Emmanuel Leclerc en 1802, se retiró a la plantación de Ennery; tanto él como Christophe y Dessalines negociaron, por separado, las condiciones para el alto el fuego con los franceses. Posteriormente convocado a una reunión con el general Gaspard Jean-Baptiste Brunet, sufrió la traición de sus adversarios, que le hicieron prisionero y le condujeron a Francia (Girard, 2011: 154-157). Su muerte, en la prisión europea de Fort-de-Joux, en abril de 1803, le privó de alcanzar lo que siempre ansió: no tanto la independencia de Haití, liderada por Jean-Jacques Dessalines, y materializada el 1 de enero de 1804; cuanto tener la misma vida y el mismo estatus que los blancos.

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1 Él mismo era ya libre cuando la revolución comenzó.

2 Conforme al Decreto de la Convención emitido el 4 de febrero de 1794 (Blackburn, 1988: 222-223; Popkin, 2010: 377).

3 Cuando se emplea el calificativo de «mulato», se alude a los libres de color u affranchis. Se sigue así la tesis de Trouillot, según la cual las distinciones de color en la sociedad de Saint-Domingue/Haití son inexistentes, correspondiendo más bien a categorías sociales (1990: 109-136).

4 Archivo Histórico Nacional (en adelante AHN), Estado (en adelante E), legajo (en adelante l.) 3407(1). Joaquín García, capitán general de Santo Domingo, informa a la corona sobre la conspiración contra Laveaux, urdida por Villate en Le Cap Français. Santo Domingo, 22 de diciembre de 1795.

5 National Archives and Record Administration (en Adelante NARA), Record Group (en Adelante RG) 59, Microfilm (en Adelante M) 28, Diplomatic and Consular Instructions of the Department of State, Roll (en Adelante R) 5. Comunicación que dirige Rufus King al Departamento de Estado, 15 de diciembre de 1798. Maitland había sido enviado un año antes para ocupar la parte francesa de la Isla, y también se vio impelido a negociar considerando los estragos que la guerra, junto a la fiebre amarilla, estaba haciendo en sus tropas.

6 The National Archives (en Adelante TNA), War Office (en Adelante WO), 1/74. El general Maitland anticipa el siguiente paso de Toussaint Louverture, una vez derrote a Rigaud. Port Républicain, 26 de noviembre de 1799: «Una vez haya derrotado a Rigaud, contará con muchos hombres a su disposición, y pienso que intentará ocupar la parte española de la isla – (lo digo a raíz de lo que capté en alguna conversación reciente con el coronel Christophe y otros oficiales sobre la parte española) en concreto la ciudad de Santo Domingo – Muchos mulatos han escapado allí y se les ha dado la bienvenida, lo cual le molesta». Traducido por el autor.

7Ibid. Declaraciones de un testigo presencial. Le Cap Français, 25 de octubre de 1798; AHN, E, l. 15, expediente (en adelante e.) 54, documento (en adelante d.) 1. Reporte desde La Habana sobre la marcha de Hédouville de Saint-Domingue. 1 de diciembre de 1798.

8 TNA, WO, 1/771, pp. 253-260. «An account of the Disturbance that took place in this Island in the year 1799». 12 de enero de 1800.

9 Archivo General de Indias (en adelante AGI), E, l. 2, e. 11, d. 1a. Correspondencia de Toussaint Louverture pidiendo apoyos para su guerra civil contra Rigaud. Léoganne, 12 de julio de 1799.

10 Las instrucciones de Roume a Chanlatte, recogidas en el texto de Rodríguez Demorizi, se dictaron en Le Cap Français, el 3 de octubre de 1799. Moya Pons sostiene que Roume intentó frenar al general Louverture en su deseo de anexionar Santo Domingo, emplazándole a la llegada de una expedición auxiliar francesa para emprender aquella campaña.

11 El argumento que Louverture esgrimió, y que se repetiría en sucesivas agresiones de Santo Domingo desde el oeste, fue la existencia de expediciones de castigo y saqueos españoles en la frontera (Girard, 2011: 39).

12 NARA, RG 59, Dispatches from the United States’ Consuls in Cap Haïtien, 1797-1906, R 2/1799-1800. Edward Stevens remite un informe a Timothy Pickering sobre la anexión de Santo Domingo. [Le Cap Français, abril-mayo de 1800).

13 AHN, E, l. 59, e. 14, d. 2b. «Manifiesto histórico de los hechos que han precedido a la ymbación [sic] del territorio de la parte española de Santo Domingo por Toussen [sic] Louverture». Puerto Cabello, 22 de enero de 1800.

14 Emilio Rodríguez Demorizi recoge aquí la misiva de Joaquín García a Mariano Luis de Urquijo, secretario de Estado de Carlos IV, remitida desde Santo Domingo, a 28 de mayo de 1800. Un García amedrentado, consciente de la repercusión de la actitud de todos los españoles dominicanos, bajo su autoridad, con Agé, pedía ayuda a España, advirtiendo que, de no recibirla (y, aun así), Louverture bañaría la colonia en sangre. Tal era su desesperación que, en su misiva a Madrid, fue incapaz de percatarse de que la Corona española no podía prestarle auxilio, porque oficialmente Santo Domingo ya no le pertenecía (Pinto Tortosa, 2022: 230).

15 Schomburg Center for Research in African Culture (en Adelante SCRAC), John Kobler – Haitian Revolutionary Collection (en adelante JK – HRC), caja (en adelante c.) 1. Comunicación de Louverture a Roume. Le Cap Français, 5 de Frimario del Año IX (25 de noviembre de 1800).

16 TNA, Colonial Office (en adelante CO), 14 recto (en adelante r)-17 vuelto (en adelante v). W.L. Whitfield informa a Edward Corbet sobre la manera de conducirse de las tropas de Toussaint Louverture en los pueblos anexionados cerca de la frontera con Saint-Domingue. Port Républicain, Santo Domingo, 21 de enero de 1801.

17 AHN, E, l. 59, e. 14, d. 1b. Informe remitido a la Corona sobre la entrada de las tropas de Louverture en Santo Domingo. Sin fecha; AHN, Ultramar (en adelante U), l. 6232, e. 18, d. 1. Petición de barcos de Joaquín García al comandante de la Real Armada en La Habana. Santo Domingo, 22 de enero de 1801; d. 3. Respuesta del alto mando de la Armada desde La Habana. 5 de marzo de 1801.

18 TNA, CO 245/1/10. Informe británico sobre la entrega de Santo Domingo a Toussaint Louverture. Canon Hill, 2 de abril de 1801.

19 «Señor presidente, dijo Toussaint, parece que las voy a coger [las llaves de la ciudad], por favor, tenga la bondad de dármelas usted mismo en mano; yo no he venido a Santo Domingo como enemigo, sino como el hombre de un gobierno amigo y aliado del vuestro, para reclamar la ejecución de un tratado solemne». Traducido por el autor.

20 AHN, E, l. 59, e. 14, d. 9. Toussaint Louverture dirige un manifiesto a los españoles dominicanos. Santo Domingo, 27 de enero de 1801.

21 Los cultivos tropicales, concretamente el azúcar, habían sido objeto de unas primeras experiencias fracasadas en el siglo XVI, en parte por los medios convencionales empleados, por la calidad de los suelos y por la escasa demanda internacional del producto aún a aquellas alturas (Cassá y Rodríguez Morel, 1993: 101-131). Los principales afectados fueron tanto el cacao como el azúcar.

22 AHN, E, l. 59, e. 14, d. 6. Manuel de Guevara informa sobre las medidas de Toussaint Louverture a Joaquín García. Caracas, 26 de enero de 1801.

23 AHN, E, l. 60, e. 9, d. 1a. «Diario de lo ocurrido en Santo Domingo desde el 1º de enero de 1802 [1801] hasta el 20 del mismo, con motibo [sic] de la llegada del General negro Toussaint Louberture [sic]».

24 NARA, RG 59, M 9, Dispatches from the United States’ Consuls in Cap Haïtien, 1797-1906, R 1/1799-1800. Edward Stevens informa a Timothy Pickering sobre el plan de Toussaint Louverture acerca de la esclavitud en Santo Domingo, una vez acometida la anexión de aquel sector de la isla. Le Cap Français, 27 de abril de 1800. «No se habrá de sufrir que los negros abandonen las plantaciones». Traducido por el autor.

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