Gonzalo Aurelio Esteva y Landero: una figura de la diplomacia mexicana en Italia

Gonzalo Aurelio Esteva y Landero: A Figure of Mexican Diplomacy in Italy

Marisa Margarita Pérez Domínguez

Instituto Mora

Recibido: 18/05/2025
Aceptado: 29/05/2025

DOI: https://doi.org/10.33732/RDGC.16.124

Resumen

En este artículo se aborda el oficio de Gonzalo Aurelio Esteva y Landero, miembro del servicio exterior mexicano en el reino de Italia de 1891 a 1914. Aproximarse al estudio de personajes del cuerpo diplomático no siempre considerados de “primera fila” por la historiografía, abre una veta de estudio por demás útil para conocer y valorar la labor de actores que contribuyeron a la construcción del andamiaje de la política exterior durante el régimen porfirista. La extendida residencia de Esteva en Italia nos habla de un ejercicio vigoroso en los trabajos encomendados, evidenciando la importancia que para México representaba tender puentes confiables y cabildeos eficientes con el entorno vaticano, sobre todo porque las relaciones conciliatorias entre la Iglesia católica y el régimen eran por demás satisfactorias.

Palabras clave
Servicio exterior, diplomacia, México, Italia, iglesia católica.

Abstract

This article addresses the work of Gonzalo Aurelio Esteva y Landero, a member of the Mexican Foreign Service in the Kingdom of Italy from 1891 to 1914. This article focuses on members of the diplomatic service that have not always been considered “first-rate” by historiography, opening a highly area of study for understanding and assessing the work of those who contributed to the construction of the framework of foreign policy during the Porfirian regime. Esteva’s extended residence in Italy speaks to a vigorous commitment to the tasks entrusted to him, demonstrating the importance for Mexico on building reliable bridges and effective lobbying with the Vatican, especially because the conciliatory relations between the Catholic Church and the regime were extremely satisfactory.

Keywords
Foreign Service, Diplomacy, Mexico, Italy, Catholic Church.

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INTRODUCCIÓN

Durante el gobierno del general Porfirio Díaz (1876-1911), la práctica de la política exterior estuvo articulada para generar un contrapeso ante la progresiva supremacía de Estados Unidos en el continente americano. Para menguar este dominio, México se afanó por robustecer las relaciones con las potencias europeas, en virtud de que “la estrategia económica del régimen necesitaba la inversión de capital y lazos con la economía internacional en expansión” (Garner, 2003:157). De esta manera, y para impulsar fuentes financieras transatlánticas, se restablecieron lazos diplomáticos y comerciales con Gran Bretaña, Francia y España, de suerte que el capital europeo restara la dependencia estadunidense. Poco a poco, México lo haría con otros países como Alemania e Italia (Olvera, 2024:31).

La historiografía se ha ocupado oportunamente de las relaciones de México con distintas potencias durante el gobierno del general Díaz, en particular con Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, económicamente importantes para el desarrollo, pero poco se ha incursionado en otros países europeos (Toledo García y Villegas Revueltas, 2017: 605-658), como es el caso de Italia, cuyas relaciones diplomáticas se remontan una vez consumada la unificación geopolítica. En este nuevo contexto, en 1875, México inauguró su legación en Roma y envió a su primer encargado de negocios al reino de Italia (Secretaría de Relaciones Exteriores, 2003:3).

Sin embargo, hasta ahora han sido poco estudiados los personajes pertenecientes al cuerpo diplomático mexicano, andamiaje imprescindible de la política exterior; hombres de carne y hueso, actores con perfiles diversos y experiencias múltiples que ejercieron como representantes en entornos que no siempre les fueron habituales (Toledo García y Villegas Revueltas, 2017: 623-631). En esta trama, en aras de contribuir al conocimiento de la labor de estas figuras, no siempre considerados en el contexto diplomático como de “primera fila”, nos aproximaremos a rescatar el acontecer y oficio de Gonzalo Aurelio Esteva y Landero, enviado de México al reino de Italia de 1891 a 1914.

El quehacer de Esteva en el servicio exterior no ha sido investigado, por lo que este escrito constituye una aportación a esta faceta de su vida. No obstante, el personaje sí ha sido abordado como reconocido escritor e impresor de origen veracruzano, que se incorporó a la esfera diplomática en la administración de Benito Juárez, primero como secretario en la legación en París y luego en Madrid, para luego desempeñarse como Oficial primero de la Sección de Europa. Bajo el régimen de Porfirio Díaz fue nombrado ministro residente de México en Italia, donde ascendió a encargado de negocios, y posteriormente, a ministro plenipotenciario, cargo en el que permaneció hasta que Venustiano Carranza, en su calidad de primer jefe del ejército constitucionalista, encargado del poder ejecutivo, decretó la cesantía de todos los componentes del servicio exterior mexicano, debido a que los inculpó de haber colaborado con el gobierno de Victoriano Huerta (Rosenzweig, 2012:1463)1.

Con base en su expediente resguardado en el Archivo Histórico Genaro Estrada de la Secretaría de Relaciones Exteriores y la Colección Porfirio Díaz de la Universidad Iberoamericana, nos acercamos al desempeño de Gonzalo A. Esteva en la legación, recuperando algunas de las actividades propias de su posición, los protocolos de presentación de credenciales que lo acreditaron frente al reino de Italia, las relaciones adquiridas y labradas con representantes de otros países, su participación en distintos foros como delegado de México, el complejo encargo de Porfirio Díaz para cabildear en los círculos políticos de la Santa Sede, a propósito de la sucesión del arzobispado de México en 1908, así como su tránsito en los convulsos años revolucionarios y las posteriores negociaciones con la Secretaría para su retiro de la carrera diplomática. Se trata, en suma, de hacer visible los trabajos de un diplomático, que, como muchos otros más, trabajaron con compromiso por el gobierno mexicano.

¿QUIÉN ERA GONZALO AURELIO ESTEVA Y LANDERO?

Nació en el puerto de Veracruz en 1843, en el seno de una familia prestigiosa en el espacio político. Su padre, Ignacio Esteva y González, ocupó la secretaría de Hacienda bajo la administración de Mariano Arista, fue Administrador de la Aduana Marítima de Veracruz con Antonio López de Santa Anna y consejero del emperador Maximiliano. Su abuelo, José Ignacio Esteva Bruell, fungió como representante de Veracruz en el Primer Congreso Constituyente, se desempeñó como Intendente de Jalapa y ministro de Hacienda en la presidencia de Guadalupe Victoria. Además, su tío materno, Francisco Landero y Cos, por un tiempo, figuró como ministro de Hacienda durante el régimen del general Porfirio Díaz, además de gobernador de Veracruz (Olivo Lara, 1998: 317).

Si bien la faceta que nos ocupa es la del diplomático, es menester destacar que se trató de un personaje que descolló, como otros miembros de su familia, en el terreno de la escritura, el periodismo y como editor. Es reconocido por su ejercicio en la historia intelectual y periodística de México, al ser fundador de dos periódicos en la segunda mitad del siglo XIX: El Renacimiento y El Nacional. El primero lo creó con Ignacio Manuel Altamirano al finalizar el Imperio, “como un intento por conciliar, mediante las letras, las facciones liberales y conservadoras en pugna”. El Nacional por su parte, dio espacio a plumas acreditadas como Manuel Gutiérrez Nájera, Carlos Díaz Dufoó, Ángel del Campo y Amado Nervo, además de que se distinguió por incorporar apreciables reformas a la prensa habitual, “que lo convierten, en opinión de algunos historiadores, en precursor de la prensa moderna de nuestro País”(Vieyra Sánchez y Adame González, 2020:73). De hecho, algunos estudiosos lo han considerado como “quizá el menos conocido, quizá el más olvidado de los miembros de una familia veracruzana que dio al país a partir de la alborada independiente, actores de la vida política, soldados, comerciantes, profesores y artistas” (Vieyra Sánchez y Adame González, 2020:76).

Si bien Esteva transitó arropado por sus relaciones familiares e intelectuales, pudo labrar su propia trayectoria, aunque definida por cierta indeterminación política entre el respaldo al Imperio de Maximiliano y la defensa del programa liberal, “situación que marcó su vida de forma negativa, pues, aunque desde 1867 trató de reintegrarse a las filas liberales, estos no dejaron de recordarle sus servicios en el gobierno del archiduque austriaco, y de estigmatizarlo por provenir de una familia con miembros del grupo conservador”. Los conservadores, por su parte, juzgaban que era adepto de sus concepciones, y por ello había secundado el Imperio, pero al enfilarse con el liberalismo lo acusaron de perjuro, principalmente cuando se mostró afín a la aspiración presidencial de Benito Juárez en 1870. Empero, Esteva argumentó su actuar manifestando que sus empeños siempre “buscaron el bienestar, el progreso y el desarrollo de la patria más allá de los grupos políticos, por lo que haber trabajado en el gobierno monárquico no significaba que profesara el conservadurismo” (Vieyra Sánchez y Adame González, 2020:77-78).

Sin abandonar las actividades periodísticas y literarias, Esteva tuvo la oportunidad de incursionar en la actividad política y diplomática, cuando durante el gobierno de Benito Juárez fue nombrado secretario en la legación en París y luego en Madrid, y con ese carácter visitó gran parte de España, Francia, Inglaterra, Escocia, Holanda, Alemania, Bélgica, Austria, Italia, y posteriormente, Estados Unidos y Canadá (Olivo Lara, 1998:317).

Concluida su misión, el 4 de septiembre de 1871, por su desempeño, “patriotismo, ilustración y demás cualidades” recibió, a través de Ignacio Mariscal, el nombramiento de Oficial primero de la Sección de Europa de la cancillería con un sueldo de dos mil pesos anuales, de acuerdo con la ley de presupuesto vigente (EGAE/AHRE)2. Pocos días después tomó posesión de su compromiso. Sin embargo, al inicio del año siguiente, solicitó la separación del cargo, tras ser designado jefe de Hacienda en el estado de Jalisco (EGAE/AHRE). Entre 1873 y 1874 fungió como diputado por Jalapa, Jalacingo y Veracruz; en 1875 fue senador, y en 1876, continuó desempeñándose en el congreso. Las referencias con relación a las actividades de Esteva durante este periodo se conocen, como señalan Lilia Vieyra Sánchez y Dulce María Adame González, por las noticias de la prensa de la ciudad de México, como El Federalista, La Voz de México y El Siglo Diez Nueve (Vieyra Sánchez and Adame González, 2020:79).

Sin dudar de las cualidades que por su trayectoria y formación poseía, sobreseguro en las responsabilidades que ocupó obraron también sus lazos familiares e intelectuales en Veracruz y la Ciudad de México, así como su prestigio, bien ganado, en el ámbito periodístico y editorial. Se trataba de un personaje con credenciales sobradas para ejercer puestos de relevancia.

EL NOMBRAMIENTO EN ITALIA: LA PRESENTACIÓN DE CARTAS CREDENCIALES Y LOS PROTOCOLOS

En 1891 la Secretaría de Relaciones Exteriores experimentó grandes cambios (Guerrero, 1993:185-189)3. A finales de ese año, el encargado de despacho, Ignacio Mariscal, se dirigió a la Comisión permanente del Congreso de la Unión para informar que el presidente Porfirio Díaz había designado a Gonzalo A. Esteva ministro Residente (Secretaría de Relaciones Exteriores, 2024)4 de México en Italia, es decir, representante oficial con funciones diplomáticas, por lo que era necesaria la licencia de la Cámara de Diputados, a la cual pertenecía. La aprobación fue otorgada en abril de 1892, y días después, su nombramiento fue ratificado por el Senado (EGAE/AHRE). Esta distinción ciertamente debió responder a los resultados presentados durante su paso por la legación en París y Madrid y la Sección de Europa, experiencia muy apreciada para proceder a trasladarlo como delegado en Italia.

Cumpliendo con los requisitos protocolarios, Porfirio Díaz se dirigió a su “Grande y Buen Amigo”, el rey de Italia, Humberto I, comunicándole que con el ánimo de mantener y fomentar las relaciones de amistad que felizmente existían entre los Estados Unidos Mexicanos y el reino de Italia, había distinguido, a causa del fallecimiento de Manuel Díaz Mimiaga que se desempeñaba en el cargo, a Gonzalo A. Esteva como ministro residente, quien destacaba por “su trayectoria, ilustración y desempeño” (EGAE/AHRE).

Con base en las formalidades del caso, Ignacio Mariscal giró instrucciones al encargado de negocios Ad interim, Juan B. Híjar y Haro, a fin de que hiciera entrega a Esteva de la legación en Italia. El recién nombrado funcionario comunicó de su llegada a Roma, donde fue informado que el día anterior, el rey y la reina habían partido para Alemania a “pagar” una visita que debían a los emperadores, pero que estarían de regreso en unos ocho o diez días. Que tan pronto retornaran solicitaría al soberano, por conducto del ministro de negocios extranjeros, la audiencia obligatoria para la presentación de cartas credenciales (EGAE/AHRE).

El 28 de junio de 1892, en la legación de México, Esteva tomó protesta de su nuevo cargo conforme al artículo XX de la ley del 7 de mayo de 1888, firmando la constancia para efectos legales. El 5 de julio notificó a la secretaría que fue recibido por el rey de Italia, entregando las cartas que lo acreditaban como representante de los Estados Unidos Mexicanos. Para la ceremonia, al uso, fue acompañado hasta el palacio de Luisinal por el conde Roidieatti di Brezzolo, maestre de ceremonias, ocupando uno de los lugares de gala del rey; detrás del funcionario mexicano, le seguía el personal de la legación portando sus uniformes. En el palacio real la guardia militar le hizo los honores, y en la antesala de los salones del rey le esperaba el general Palavicini, el conde Visone, una de las más altas personalidades marciales de Italia, además de senador, el ministro de la real corte y el marqués Loijatino. Ya en presencia de “su majestad”, en el gran salón del trono, el rey le estrechó la mano, “adelantando, graciosamente a mi encuentro, mientras yo le hacía los saludos que marca el ceremonial de esta corte”, y “con la más exquisita benevolencia y con la cordialidad más bondadosa, tuvo a bien acogerme, y conversar conmigo por más de tres cuartos de hora”, preguntando por el presidente Porfirio Díaz y expresando sus votos, cordiales y amistosos por la prosperidad y la grandeza de México (EGAE/AHRE).

Como en el ceremonial de las recepciones a los enviados diplomáticos no se les permitían los discursos, Esteva se limitó a presentar sus cartas credenciales. Acto seguido, el rey invitó a pasar al primer y segundo secretario de la legación, los señores Híjar y Pacheco, respectivamente, para conversar por un cuarto de hora, acompañado de un “refresco” de champagne. Terminado el protocolo, Esteva se retiró a sus habitaciones de El Gran Hotel Continental, en donde obsequió con un “refresco de champagne helado” al conde de Brezzolo que lo acompañó (EGAE/AHRE).

Cumplidas las formalidades, Esteva, consecuente con la etiqueta de la corte, solicitó audiencia con cada uno de los representantes diplomáticos acreditados en Roma. Remitió su currículo a cada uno de los plenipotenciarios, encargados de negocios, secretarios, agregados civiles y militares de todas las misiones, lo mismo que a los ministros de la Corona, subsecretarios de estado y presidentes de ambas cámaras. Empero, no pudo concretar con el ceremonial de solicitar audiencia a la reina, al príncipe de Nápoles, heredero de la Corona, y a los “príncipes de la sangre”, pues se encontraban en su expedición veraniega con sus respectivos séquitos; regresarían a finales del otoño o principios del invierno. Según comunicó a la secretaría, tuvo una generosa acogida por parte de los embajadores de Alemania, Francia, Rusia y Turquía, y quedaba a la espera de presentar sus respetos a los de Inglaterra y España, que se hallaban fuera de Roma, en las estaciones balnearias (EGAE/AHRE).

En diciembre, por conducto del marqués Nicolini Alamani, Esteva tuvo noticias de que tendría audiencia con la reina. El día fijado, el diplomático, en su landó, con uniforme y condecoraciones, se dirigió al palacio Luisinal, donde fue introducido a las habitaciones de la soberana, quien lo recibió de pie. Al respecto expresó: “la reina es tan atractiva, como bella, virtuosa, inteligente y culta, adorada de la Nación y respetada de la Europa”; “me acogió con la afabilidad, la gentileza y la gran dignidad” acostumbrada, me “habló con toda la gracia de su inteligencia superior tan viva como bien cultivada” (EGAE/AHRE).

Pero no únicamente el funcionario mexicano debía seguir con el protocolo establecido, pues también su esposa tuvo que ceñirse al reglamento de visitar a las consortes de embajadores y ministros extranjeros, y a las de los secretarios y agregados, conforme a la etiqueta diplomática de la corte. Acompañada de su cónyuge, visitaron a las damas de honor de la reina, y según el ceremonial acostumbrado, Esteva solicitó, por conducto del ministro de negocios extranjeros, audiencia con la reina para presentarla.

El diplomático ofrecía una disculpa a las autoridades de la secretaría por la minuciosidad con la que citaba los actos protocolarios en la corte italiana, pues juzgaba que esos detalles pudieran parecer, para las costumbres mexicanas, nimios y frívolos, aunque creía que era indispensable dar cuenta pormenorizada de ellos hasta el extremo, de suerte que se conociera de los actos oficiales que debía realizar como representante, en contraste a como se realizaban en México.

Conviene señalar que la labor de Esteva se desarrolló en un contexto dominado por regímenes monárquicos, como era Europa en aquel entonces. Por ello, la minuciosa crónica de sus actos protocolarios ofrece indicios valiosos sobre la manera en que se llevaban a cabo los asuntos políticos entre esos reinos y nuestra república hacia finales del siglo XIX.

LAS RELACIONES TEJIDAS DESDE LA LEGACIÓN

Entre las responsabilidades de Esteva estaba el fomentar vínculos que coadyuvaran las relaciones con México. En este encargo, pudo gestionar recibir la visita del comendador Rattazzi, ministro de la Casa Real, quien según fue informado, nunca lo había hecho con ningún representante de América, lo que “probaba la alta estima en que tenía a México y su gobierno”, sobre todo tratándose de un personaje distinguido en Italia, que además gozaba de la “intimidad” del rey. Si bien el diplomático no refirió los pormenores de la citada entrevista, no es difícil conjeturar la disposición del reino por estrechar relaciones a través de su representación (EGAE/AHRE).

Por otro lado, la etiqueta oficial y diplomática de la corte señalaba que cuando el rey regresaba de algún viaje, los jefes de misión tenían el deber de pedir audiencia privada para expresar al soberano la deferencia de su retorno. Durante su primera presentación, el 28 de diciembre de 1893, Esteva destacó el interés que el monarca demostró por conocer minuciosamente la situación que regía en México. Humberto I se inclinó por enterarse a detalle sobre la producción agrícola, industrial y minera, el comercio, la administración pública, los ingresos y egresos fiscales, las leyes, la marina y el ejército. Se expresó con gran distinción y respeto sobre Porfirio Díaz, encomendándole le comunicara que el gobierno italiano le había otorgado la insignia de la Gran Orden de San Mauricio y San Lázaro, “como prueba de estimación a un camarada de armas, a un soldado como yo”. El rey manifestó que el presidente era “un hombre superior, que debe ser amado en México, porque a él le debe vuestro país, que es ya una gran nación, la paz, la prosperidad en el interior y el respeto exterior de que goza” (EGAE/AHRE).

Las palabras expresadas por el soberano con relación al general Díaz resultaban elocuentes, de reconocimiento a la gestión del “Héroe de la paz”, reelecto el año anterior. México gozaba de estabilidad política, con instituciones afianzadas; “el orden y el progreso” habían hecho posible la normalización de las relaciones con el exterior, sentando las bases del desarrollo económico, abriendo al país a la inversión y el despegue era más que sabido a nivel internacional.

En circunstancia similar, pero a finales de 1894, Esteva fue nuevamente recibido en palacio. En esa ocasión, conforme a la etiqueta, ambos personajes estuvieron vestidos de civil, el rey de jaquet y el diplomático de redingote. El representante mexicano señaló que lo encontró “algo cambiado físicamente”, con una semblanza que revelaba las preocupaciones graves que le causaban las cuestiones políticas que agitaban a Italia, pero5que moral e intelectualmente era el mismo: “sencillo, amable, franco, sincero, leal y espontáneo, casi republicano”. Que le acogió afectuosamente y expresó que su presencia le era muy grata; con benevolencia le llamó Mon cher al recibirlo y a la despedida (EGAE/AHRE).

Se refirió con afán, interés y afecto sobre la persona de Porfirio Díaz, pero lo que más destacó el diplomático en su informe a la secretaría, fue la serie de preguntas que le hizo acerca de las acciones del presidente de México, sus costumbres y su vida. El soberano manifestó el deseo de que ambos países estrecharan no sólo sus relaciones políticas, sino las comerciales, que, con gran lucidez, demostró serían ventajosas para ambas partes, y aplaudió la alusión de Esteva sobre la conveniencia de una línea directa de navegación por vapor entre Veracruz y Génova, sin embargo, no se tiene evidencia de gestiones al respecto.

También le interrogó sobre los efectos de la depreciación de la plata, tema fundamental para México; acerca de las medidas que para atenuar las circunstancias tomaba el gobierno mexicano; sus consecuencias favorables para la explotación de ciertos artículos y contrarias para el comercio de importación. En este sentido, el rey se extendió “con gran tino y penetración de espíritu”, sobre la necesidad que había para las naciones el monometalismo plata y bimetalismo, así como la pertinencia de luchar en pro del metal blanco. Después de casi una hora de conversación el diplomático indicó haber quedado complacido por la cordialidad y el interés que demostró hacia la persona del presidente Díaz y hacia México, así como las ideas que emitió en pro de la plata, metal que interesaba vivamente a nuestro país (EGAE/AHRE). El parte fue recibido con beneplácito en México, pues Ignacio Mariscal le expresó que don Porfirio valoraba la distinción del gobierno italiano por cultivar y estrechar las cordiales relaciones.

Y así fue, pues en agosto de 1898, el gobierno italiano elevó la categoría de su legación en México, acreditando un Enviado Extraordinario y ministro Plenipotenciario, en lugar de uno Residente. En reciprocidad, tras la aprobación de la comisión permanente del Congreso de la Unión, Porfirio Díaz, nombró a Esteva en la misma condición en Italia. Su promoción significó la presentación de nuevas cartas credenciales. Con motivo de estos cambios, el presidente mexicano se dirigió a Humberto I en los siguientes términos

Grande y Buen Amigo:

Animado del deseo de estrechar las cordiales relaciones que felizmente existen entre los Estados Unidos Mexicanos y el Reino de Italia, he tenido a bien promover a la categoría de Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario al Señor Don Gonzalo A. Esteva, quien actualmente se halla cerca de Vuestra Majestad con el carácter de Ministro Residente. Su ilustración y las demás cualidades que en él concurren, me hacen confiar en que hasta ahora habrá desempeñado sus funciones conforme a mis deseos, y en que Vuestra Majestad continuará dispensándole su benevolencia y dando entera fe y crédito a todo lo que en nombre de los Estados Unidos Mexicanos le manifieste, muy especialmente cuando le exprese los votos que hago por la prosperidad de Italia y por la felicidad de Vuestra Majestad y de Su Real Familia.

Con sentimientos de alta externación (sic) el invariable afecto, soy

de Vuestra Majestad buen amigo

Porfirio Díaz (EGAE/AHRE)

Dos años después, en julio de 1900, Humberto I de Italia fue asesinado por un anarquista en Monza, y le sucedió su hijo Víctor Manuel III. Debido a los lamentables acontecimientos, y para continuar en su encargo, Esteva solicitó nuevas cartas credenciales para presentarlas ante el Ministerio de Negocios Extranjeros. Al igual como lo hiciera con el difunto rey, el general Díaz se dirigió al soberano en términos de gran amistad. El protocolo, salvo pequeños detalles, fue el mismo que el de su antecesor. El plenipotenciario señaló que sostuvo por más de media hora una interesante conversación con el rey, confirmando el juicio que sobre él se había formado hacía algún tiempo; el de “un príncipe de grande inteligencia y de un espíritu observador y muy cultivado y erudito”.

Que después de informarse con interés de la salud del presidente Díaz, de su reciente reelección, del estado floreciente del país, su Constitución, leyes y códigos de justicia, pudo apreciar que el soberano conocía perfectamente México, pues le habló de la bandera nacional, la significación de sus colores, del águila, el ejército y de su armamento, la marina de guerra, evocando la visita que realizó al buque “Zaragoza” en Génova, a propósito de las fiestas Colombinas, realizadas en 1892. También le habló de los proyectos que la secretaría de Hacienda mexicana había pedido a algunos constructores navales italianos para dos cañoneros “transportes”, y por último, lo cuestionó sobre las monedas mexicanas antes y después de la Independencia, diciéndole que una vez tuvo en sus manos una con una efigie del emperador Iturbide, propiedad del conde Courtopassi, y que no había logrado encontrar ninguna otra igual, por lo que la suponía muy rara. Este interés respondía a que su majestad era un numismático muy distinguido, un “verdadero profesor en esa ciencia”. Esteva concluía que era un gran conocedor de la historia contemporánea de México, de su evolución social, económica y política; que estimaba al país en todo su valor, su “colosal transformación” como lo hizo también su progenitor (EGAE/AHRE).

Con el afán de acrecentar las relaciones de México con otros países acreditados en Italia, Esteva acostumbraba a asistir a los banquetes ofrecidos por los reyes, los embajadores, ministros y encargados de negocios, a los bailes de la corte y las recepciones y comidas en las embajadas de Inglaterra, Alemania y Francia, como también las ofrecidas en las legaciones de Portugal y del Brasil, muy probablemente porque las relaciones eran de más interés para la agenda mexicana. También concurría a otras recepciones y veladas diplomáticas, como las que ofrecía el ministro de Negocios Extranjeros. Señalaba que en todas partes habían sido recibidos con distinción, pero que ello se debía sobre todo por el respeto al gobierno mexicano. En este contexto, dejaba constancia que los embajadores de Francia, España y Alemania, así como los plenipotenciarios de Estados Unidos, los de Argentina, Brasil, Perú y Chile, le tenían una especial deferencia, aunque destacaba que las relaciones con los representantes de Estados Unidos eran las mejores, no sólo con los acreditados en la corte italiana, sino también con el delegado en Lisboa (EGAE/AHRE).

Sin lugar a duda, las recepciones y convites fueron el espacio idóneo para establecer relaciones no sólo con el entorno cercano a la corte, sino con sus pares; vínculos diplomáticos adquiridos de gran utilidad para México en más de un sentido. Sin embargo, y a pesar de que todo parecía una vida de “glamour”, al poco tiempo de residir en Roma, el funcionario pronto comenzó a padecer las calamidades del clima veraniego, y así lo comunicó a la secretaría poco después de su llegada, al dar cuenta que se encontraba enfermo, y mucho más su esposa, a consecuencia de las altas temperaturas de la ciudad, excepcional en ese año, y que provocaban fiebres miasmáticas, entre otras afecciones graves, por lo que solicitó trasladarse por unos días a Nápoles con su familia, de donde se trasportaría a Génova a propósito de una visita oficial a las solemnes fiestas Colombinas. Sumado a este argumento, explicaba que, como era costumbre, en esa época del año el parlamento solía estar “clausurado”, la corte y casi todos los ministros del gobierno italiano, como los representantes extranjeros, se ausentaban de Roma desde comienzos de junio. Por tal motivo y como de momento no existía pendiente en la legación que exigiera su presencia, consideraba que podía continuar sin interrupción el despacho desde Nápoles (EGAE/AHRE).

De aprobarse su solicitud, la legación estaría a cargo del primer secretario y el agregado informaría su ausencia al ministro de negocios extranjeros, con el cual aseguraba estar en “términos muy lisonjeros”, pues le había dado diversas pruebas de ello en el corto tiempo de su estancia. Para lo anterior, pedía le apuntaran las “pequeñas” vacaciones conforme al reglamento diplomático, teniendo en consideración los argumentos antes mencionados (EGAE/AHRE).

El clima veraniego parecía insoportable, por lo que, en esa estación del año, Esteva solicitaba licencia con goce de sueldo para trasladarse a los aires de países situados más al norte, sobre todo por la delicada salud de su esposa. Para gozar de este beneficio, siempre consultaba en manos de quien dejar la legación durante su ausencia, aunque indicaba haber hablado sobre el particular con el secretario general de Negocios Extranjeros, que procediera como lo hacían otros colegas, dejando a un “simple” encargado de los archivos, y no uno de negocios, pues el ministerio real seguiría entendiéndose con él, aunque estuviera en el extranjero, como lo hacían, por ejemplo, Perú y otros países. En estos casos, señalaba que no había pendientes sustanciales, ni proyectos que tratar hasta noviembre, pues todo movimiento se suspendía en Roma, el verano era “temporada muerta”; los ministros y miembros del cuerpo diplomático se marchaban desde comienzos de julio, a semejanza del propio rey y su familia, por lo que no había nada que exigiera la presencia de un titular de la legación en la corte.

LA LEGACIÓN Y LA IGLESIA CATÓLICA

A principios de 1905, Esteva comunicó a la secretaría que muchos de los compatriotas residentes en Roma y otros en tránsito, acudieron a la legación a presentar sus felicitaciones con motivo del Año Nuevo. De entre ellos, destacó la presencia de una comisión de los padres y alumnos del colegio de los Misioneros Josefinos, así como una delegación de estudiantes del Colegio Pío Latino Americano, con Herbileño González al frente, quien expresó, a nombre de la comunidad, una alocución que vale la pena transcribir:

Colegio Pío Latino Americano. Roma 1905

Ilmo. Señor Ministro:

Una vez más los mexicanos residentes en esta ciudad venimos a augurar a nuestra patria tan dignamente representada en vuestra honorabilísima persona, un nuevo año de felicidad y de progreso. Las excepcionales cualidades de nuestro simpático presidente, justamente reconocidas por las actuales eminencias políticas del mundo civilizado, nos permiten levantar orgullosa nuestra frente y exclamar: somos mexicanos, somos hijos de aquella Nación católica y valiente, que gracias a la prudencia y fina táctica de su Primer magistrado ha sabido conservar intactos su fe y su integridad nacional. Saludamos con una mirada, amados compatriotas a las Repúblicas hermanas de América Latina, contemplamos sus bandadas teñidas de sangre fratricida; si volvemos nuestra vista a la vieja Europa, no es menos desgarrador el espectáculo que esta nos presenta. La guerra, el proletariado, la anarquía, el socialismo siembran millares de víctimas por todas partes. Entre tanto, nuestra casa México, libre de todos estos males, marcha por la vía del progreso llena de juventud hacia el brillante porvenir que le espera. Ninguno de nosotros ignora que todo esto se debe al hombre providencial, al grande estadista, el valiente soldado que ha logrado realizar el sublime ideal que su elevada inteligencia ha concebido, y que le ha hecho merecer con justicia el honroso epíteto de “Héroe de la Paz”. Entre los cooperadores de la obra grandiosa del general Díaz ocupan sin duda un lugar muy distinguido los hombres que como Ud. han sabido dar honor a nuestra Patria en las naciones extranjeras y mantenerla en el elevado concepto que con justicia merece. Que Dios Nuestro Señor se digne conceder largos años de tranquilidad y de progreso a nuestra patria; que prolongue la vida y llene de bendiciones a nuestro Jefe, a vos, su dignísimo representante y a nuestra honorable familia. Estos son los votos que la colonia aquí reunida hace de corazón (EGAE/AHRE).

Resulta relevante que en la prédica expresada en nombre del alumnado mexicano “piolatinista”, se reconociera sin tapujos la adhesión y “simpatía” hacia el general Díaz, ponderando la forma en que había conducido al país; al estadista que los personificaba. Distinguiendo al soldado que permitía al país vivir fuera de “los males”; el que miraba hacia el progreso y el porvenir. Se reconocían como hijos de una “Nación católica y valiente”, a pesar de que era sabido que los actos públicos del culto católico estaban prohibidos por la Constitución mexicana de 1857, lo que corrobora que, a pesar de las severas críticas, el régimen gozaba de buenas relaciones con la Iglesia católica, institución fundamental para el buen desarrollo del gobierno. No sobra decir que en este Colegio se formaban los sacerdotes que ocuparían, en un futuro cercano, un sitio en el Episcopado mexicano; se trataba de una nueva generación eclesiástica que tomaría las riendas en América Latina.

Si bien en el expediente del ministro plenipotenciario no ubicamos otros alcances con relación a las dependencias del ámbito religioso, no por ello significa que no existió un trato estrecho, sobre todo porque en las instituciones en Roma se encontraban muchos jóvenes mexicanos estudiando la carrera sacerdotal, alumnos prometedores que eventualmente ocuparían una posición cardinal en la jerarquía católica, tema por demás sustancial para el gobierno de los Estados Unidos Mexicanos.

En el archivo de Porfirio Díaz se encontró correspondencia confidencial entre el mandatario y Esteva, que por su contenido de carácter privado no dejó registro en el expediente de la secretaría de Relaciones Exteriores. Se trata de un episodio poco conocido de la labor del diplomático y que se relaciona con la sucesión del arzobispado de México en 1908 (Pérez de Sarmiento, 2020:76-85)6, debido al fallecimiento de Próspero María Alarcón y Sánchez de la Barquera. En esa ocasión, don Porfirio se dirigió al ministro plenipotenciario para que cabildeara en la Santa Sede, para que el nombramiento de la silla arzobispal recayera en un integrante de la jerarquía episcopal que le fuera próximo, armónico a sus empeños; con quien pudiera cimentar un trato de avenencia, en aras de continuar impulsando la concordia con la Iglesia y su jerarquía, lo que afianzaría la gobernabilidad del país, el robustecimiento del Estado y el régimen liberal.

En epistolario “reservado”, don Porfirio instruyó al diplomático veracruzano para que cabildeara en favor del arzobispo de Yucatán, Martín Tritschler y Córdova, el miembro más joven del Episcopado. Para acatar las indicaciones, Esteva echó mano de los vínculos y relaciones adquiridos desde su llegada a la legación y agenció una entrevista con el ex delegado apostólico en México, el cardenal Domenico Serafini, para pulsar el escenario. El prelado italiano fue muy franco, pues señaló que para garantizar la elección del candidato propuesto, era imperioso se efectuaran trabajos para que figurara en la terna del Cabildo, pues de lo contrario, no podría actuar en su designación7.

Esteva también se valió de un amigo cercano que, según expresó, era “conocedor de las personas y cosas del Vaticano y bien visto en él"(EGAE/AHRE)8. Se trataba del canónigo de la basílica de Santa María la Mayor, quien le corroboró la buena disposición del cardenal Rafael Merry del Val (Archivo Histórico Genaro Estrada, Expediente personal de Gonzalo A. Esteva, El Abogado Cristiano, 1908)9 (ex compañero de Tritschler durante sus estudios en Roma) de actuar en favor del arzobispo de Yucatán. Empero, para poder obtener resultados eficaces, era imperativo le cursaran "cartas de recomendación de dos o tres arzobispos o al menos de dos obispos", pues afianzarían y dotarían de empuje la candidatura.

El plenipotenciario también pudo obtener testimonio de los propósitos del delegado apostólico en México, Giuseppe Ridolfi. Al respecto, señaló que, si bien contaba con algunos soportes en el vaticano, su influencia se había menoscabado debido a recientes denuncias de enriquecimiento; que hasta ese momento no se tenía referencia de que hubiera recomendado a persona alguna para ocupar la vacante, pero que, si en algún momento el delegado le causaba alguna contrariedad, Esteva aseguraba que podría hacerlo "entrar en orden" desde Roma10, compromiso que demostraba el alcance de las influencias que, a través de sus contactos, podía ejercer en los círculos “diplomáticos” de la Santa Sede.

La labor política para la sucesión del arzobispado de México comenzó a cobrar fuerza en la Ciudad Eterna. Entre los involucrados en el cabildeo, aludía a A. Vivanco, quien, según Esteva, operaba en favor del obispo de León, José Mora y del Río, pero que su táctica se basaba en el descrédito de aquellos que suponía competidores “respetables”, entre los cuales figuraba Martín Tritschler, a quien definía como un individuo aquejado del corazón y sentenciado a una pronta muerte si se trasladaba a la ciudad de México (Boletín de los Alumnos del Colegio Pio Latino Americano, 1904:48)11. Sin embargo, el diplomático conceptuaba que Vivanco no disfrutaba de gran autoridad ni de influencia en el contexto vaticano, pues según sus fuentes, era calificado de "ligero, hablador, chismoso y enredador", en fin, no le parecía una persona confiable. Pese a lo anterior, anunciaba al presidente que la candidatura de Tritschler persistía, aunque manifestaba que no había que bajar la guardia, pues en el vaticano "nada es seguro, sino hasta que se hizo"12.

El presidente Díaz respondió que no ejecutara una excesiva presión con la candidatura de Tritschler, aunque apuntó la conveniencia de que en Roma se entendiera que el arzobispo de Yucatán, como también el de Oaxaca, monseñor Gillow, serían gratos para el gobierno mexicano13. La afirmativa no deja de llamar la atención, pues colocaba a su viejo aliado Gillow a la par del joven Tritschler, muy probablemente porque en este último también veía “cualidades” que permitirían una buena relación entre el Estado y la Iglesia; un entendimiento entre las partes.

Con relación a las instrucciones de don Porfirio, Esteva prevenía que los arzobispos Eulogio Gillow, Atenógenes Silva y Álvarez Tostado, de Michoacán e Ignacio Montes de Oca y Obregón, de San Luis Potosí, no ostentaban una gran reputación en la Santa Sede. Pero hacía hincapié en el caso del prelado oaxaqueño, de quien decía que por informes de un personaje "autorizado y respetabilísimo" en el vaticano, su candidatura no tendría buena recepción, pues obraban en su contra "graves prevenciones", lo que desvelaba que no se le valoraba a título personal y tampoco como eclesiástico; que se le había investido para la arquidiócesis de Antequera sin conocerlo bien y que "ahora no se le nombraría ni obispo". Notificaba que de momento el proceso se había interrumpido, debido a la cantidad de enredos y confabulaciones alrededor del mismo, pero que proseguía actuando de acuerdo con las pautas indicadas, exteriorizando en Roma lo que el gobierno mexicano "vería con buenos ojos, en bien de la paz pública, y nada más, y eso como cosa mía particular", afirmaba14.

A fines del mes de agosto, Esteva reportó a don Porfirio que los cardenales Rafael Merry del Val y José de Calasanz Vives y Tutó, cardenal diácono de San Adriano, continuaban operando en favor de Tritschler15. No obstante, en octubre, después de los arduos afanes de gestión y consulta, comunicó al presidente que el ex delegado en México, Domenico Serafini, le notificó que el arzobispo de Yucatán no aceptaba el cargo, entre otros motivos, por padecer una grave afección cardiaca. El diplomático no concebía cómo el vaticano aceptaba válida esa justificación, motivo por el cual ya se contemplaba como posibles candidatos al obispo de León, José Mora y del Río y al arzobispo de Guadalajara, José de Jesús Ortiz y Rodríguez. Afirmaba también que, si estas propuestas no resultaban gratas al gobierno mexicano, en Roma tomarían en consideración al que éste indicara dándole preferencia, a excepción de Montes de Oca, Gillow y Silva, pero sobre todo al arzobispo de Linares (Monterrey), Ruiz, por considerarlo peligroso para la buena armonía con el gobierno, si es que por alguna razón fuera nombrado16.

Frente a la negativa de Tritschler, el general Díaz insistió en la candidatura de Gillow, pero Esteva le reiteró que por los motivos antes expresados, era imposible. Mencionaba haber exhortado al prelado de Yucatán para que aceptara el cargo, y guardaba la esperanza de que el Vaticano también lo hiciera, pero que Tritschler exponía temor de perder la vida en la capital mexicana, debido a su enfermedad. Dada la situación, todo indicaba que el nombramiento recaería en José de Jesús Ortiz y Rodríguez, de Guadalajara17.

La decisión papal continuó postergándose y algunos miembros del Episcopado mexicano redoblaron esfuerzos de cabildeo en favor de sus candidatos. Tal fue el caso del obispo de Chiapas, Francisco Orozco y Jiménez, quien se esforzaba con "promesas, regalos, empeños y dinero” para que el favorecido fuera el piolatinista Leopoldo Ruiz y Flores, iniciativa que dificultaba aún más el proceso18. En estas circunstancias, el plenipotenciario expuso que era una desgracia la negativa de don Martín, "que, ya designado, fue consultado, y se rehusó a aceptar el nombramiento, que se habría hecho ya". Creía al indicarlo que el presidente Díaz ya contaba con él para el arzobispado de México y no alcanzaba a comprender las razones por las que se había negado a ceder,

destruyendo un trabajo a su favor de meses, de paciencia, habilidad y empeño, hasta lograr el apoyo del Cardenal Merry del Val, y de otros. Ese trabajo fue obra de Monseñor Serafini, en primer lugar, de Monseñor Ciecolini, en segundo, y después de otros reservados y seguros amigos míos, y eso sin comprometer el nombre de Usted [Díaz], ni del Gobierno [mexicano], y tomando yo toda la responsabilidad moral del asunto, como debía19.

Desarticulado todo el esfuerzo por el mismo Tritschler con su negativa, continuaba Esteva, el nuevo trabajo de cabildeo se complicaba más, temiendo que el resultado fuera contrario a lo que Díaz esperaba. También opinaba que si León XIII estuviera vivo, obligaría al arzobispo de Yucatán a aceptar, "pues decía (y decía bien), que un sacerdote, alto o bajo, debía estar dispuesto siempre al sacrificio", pero que Pío X era profusamente magnánimo y no deseaba que nadie se sacrificara, "más que él, Tritschler, da por principal razón de su negatividad el que la altura de la ciudad de México sobre el nivel del mar lo expone a la muerte, enfermo él del corazón". El diplomático continuaba sin comprender una réplica así, ni en un sacerdote, ni en un soldado, pues “además, cualquier día muere uno, de lo que menos se espera, para tomarle apego a la existencia, sobre todo no teniendo mujer, ni hijos, a quien hacerles falta. Lo que se debe procurar es morir bien, y en buena postura. Un buen sacerdote debe ser tan valiente como un buen soldado, y así ha habido sacerdotes mártires como soldados heroicos”20.

Empero, el plenipotenciario tenía la esperanza de poder triunfar con la candidatura del arzobispo de Guadalajara, José de Jesús Ortiz y Rodríguez, como primero lo había hecho por Tritschler, pero comenzaba a dudar, pues declaró: "dos veces no se gana una batalla". Mucha razón tenía, pues el 2 de diciembre el obispo de León, Guanajuato, egresado del Colegio Pío Latinoamericano, José Mora y del Río, comunicó a Porfirio Díaz que el delegado apostólico le notificó que el sumo pontífice lo había designado arzobispo de México21. Con relación a la noticia, el diplomático discurrió que debió haber sido electo monseñor Ruiz y Flores, arzobispo de Linares, porque por él estaba la mayoría de los cardenales, y que en este segundo intento monseñor Serafini, “que tanto había trabajado victoriosamente por Tritschler, se desanimó cuando, por dos veces, éste se negó a aceptar". Aclaraba que, si bien continuó sosteniendo la candidatura del arzobispo de Guadalajara, fue entonces cuando se "tomó como transacción a Mora, a quien se creyó grato a Usted, y que, Usted recordará fue uno de los candidatos propuestos a Usted en mi telegrama relativo, cuando Usted prefirió a Ortiz". Ante los hechos consumados, únicamente expresó lo siguiente a Porfirio Díaz:

Siento haber perdido la partida la segunda vez. La gané con Tritschler la primera, y éste es la causa del mal resultado final. Mala idea me da de él su conducta en esta ocasión, prefiriendo la vida regalada y de mimos de su Diócesis de Mérida, a ir a servir a su Patria y a la Iglesia en un puesto delicado como el de México: tal vez Mora lo hará mejor22.

Para cerrar este episodio, Esteva concluía que era una lástima que para casos como el que acababan de transitar, el gobierno mexicano no contara con un agente de confianza y de capacidad, con inteligencia en el Vaticano, como lo tenían Estados Unidos y otras naciones, que no estaban representadas en la Santa Sede (Bustos Cerecedo, 1977:204).

Como mencionamos anteriormente, de este episodio no quedó registro en el expediente de Esteva, por su carácter confidencial. Sin embargo, gracias a la correspondencia con Porfirio Díaz, se conoce otra de las facetas de nuestro personaje, el de cabildero en la sucesión del arzobispado de México, donde procedió con destreza, echando mano de las relaciones que había tejido desde su nombramiento en Italia. Su labor fue exitosa, pero lamentablemente sus trabajos se vieron truncados ante la negativa del candidato que don Porfirio deseaba.

LOS AÑOS REVOLUCIONARIOS

A principios de 1910, Esteva comunicó a la secretaría que recibió una carta de un señor Spiller, pidiendo su autorización para inscribirlo como vicepresidente del Congreso Universal de Razas, que tendría lugar en Londres en julio del siguiente año. Por tal motivo, y a reserva de informarse sobre las condiciones y circunstancias del evento; “con la asistencia de hombres de ciencia que tuviera toda la seriedad y la respetabilidad convenientes”, consultaba si podía aceptar la invitación. Mariscal autorizó, siempre que a su juicio era importante para México (EGAE/AHRE).

Después de la renuncia de Porfirio Díaz a la presidencia, en junio de 1911, el diplomático avisó sobre una “misión” en Grecia, donde fue acogido con “simpatía y benevolencia por Su Majestad el Rey y la Reina de los Helenos”, y que como prueba de estimación le confirieron la Gran Cruz de la Orden del Labrador, la más alta distinción que se podría otorgar a un extranjero (EGAE/AHRE). En abril de 1912, el Congreso de la Unión confirió la licencia para admitirla y utilizara.

Poca información se consignó en el expediente de Esteva durante el gobierno de Victoriano Huerta. Únicamente se tiene registro de que, a principios de 1914, “suplicó” a la secretaría le proveyera su sueldo y gastos para la Legación, los cuales no habían sido cubiertos desde diciembre del año anterior (EGAE/AHRE).

Tras la salida de Victoriano Huerta, Venustiano Carranza, encargado del poder ejecutivo, decretó la cesantía de todos los miembros del servicio exterior; los revocó por haber ofrecido sus servicios al huertismo, en consecuencia, no podían permanecer en sus puestos. La complicada labor de renovación de las embajadas y legaciones que México mantenía en el extranjero recayó en manos de Isidro Fabela Alfaro, nombrado nuevo oficial mayor, encargado del despacho de la secretaría de Relaciones Exteriores. Si bien no ha sido posible ubicar la fecha exacta del decreto de cese, Rosenzweig lo ubica en la segunda quincena del mes de agosto, con base en información publicada en el periódico El Liberal (Rosenzweig, 2012:1463)23.

La disposición de Carranza tomó varias semanas en conocerse en el extranjero, y pasaría un par de años para que los funcionarios abandonaran sus respectivas sedes. Lo anterior, salvo algunas excepciones, debido a que la secretaría no notificó prontamente a los afectados, evitando establecer cualquier comunicación directa. De hecho, la aplicación del cese quedó en manos de los agentes confidenciales y comerciales, a quienes se “les instruyó que tomaran el control de las legaciones y consulados. Sin embargo, en agosto de 1914, Carranza tenía agentes tan sólo en Estados Unidos, Inglaterra, España y Francia”, donde el reemplazo se ejecutó con relativa celeridad y casi sin incidencias, a pesar de que el nuevo gobierno aún no contaba con el reconocimiento internacional (Rosenzweig, 2012:1464-1465).

En algunas naciones europeas el relevo fue más difícil, pues la escasez de recursos económicos y humanos del gobierno mexicano impidió la pronta sustitución y retorno de los funcionarios, además que el inicio de la Primera Guerra Mundial entorpeció las comunicaciones. A estos obstáculos se sumó el rompimiento entre los grupos revolucionarios, lo que provocó el recelo de algunos representantes, como fue el caso del personaje que nos ocupa, a quien como para otros más, los enviados constitucionalistas representaban únicamente a una de las facciones que se disputaban el poder en México.

La posición de Italia fue que los antiguos diplomáticos continuarían en sus posiciones hasta que no reconocieran al gobierno de Carranza. Esta circunstancia complicó y dilató su permanencia, generando desconcierto en el ministro, que siguió en funciones.

Para las legaciones en Austria-Hungría, Portugal e Italia, el comisionado de los reemplazos fue Juan Sánchez Azcona, quien tuvo que afrontar los aprietos financieros para los traslados, así como la insuficiencia de personal de apoyo. Sin embargo, a finales de 1915, cuando el gobierno estadunidense reconoció de facto al gobierno carrancista, la situación cambió; los funcionarios que permanecían en sus sitios tuvieron que presentar su renuncia y entregar las oficinas a su cargo (Rosenzweig, 2012)24. En este contexto, en febrero de 1916, Gonzalo A. Esteva, hizo entrega de la legación a Isidro Fabela.

Un porcentaje importante de los diplomáticos destituidos retornaron a México, otros más permanecieron en los países en donde estaban destinados o se trasladaron a otro, ante el temor de represalias. En el caso de Esteva, que no entregó la legación a los constitucionalistas cuando se le reclamó, sino hasta que el gobierno de Carranza obtuvo el reconocimiento internacional, tomó la decisión de permanecer en Italia; llevaba más de dos décadas de residencia y seguramente se sintió más seguro; ya no era un hombre joven y había labrado relaciones de amistad desde su nombramiento en la legación. Indudablemente se sintió más arropado que en su propio país.

Por instrucciones expresas del nuevo gobierno, salvo excepciones, los diplomáticos dejaron de recibir sus salarios y se les negó la cobertura de sueldos atrasados. El reclamo de éstos sería un largo camino; la secretaría de Relaciones Exteriores, en general, hizo oídos sordos a las insistentes solicitudes.

En 1918, el general Eduardo Hay se hizo cargo de la legación, y para poder presentar cartas credenciales, solicitó a la secretaría las cartas de retiro del último ministro efectivo, Gonzalo Esteva (EGAE/AHRE). En abril de 1919, el presidente Venustiano Carranza se dirigió al rey Víctor Manuel III comunicándole lo siguiente:

Grande y Buen amigo:

Tengo la honra de comunicar a Vuestra Majestad que, he decidido poner término a la Misión que con el carácter de Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de México, desempeñaba ante el gobierno de Vuestra Majestad el señor Gonzalo A. Esteva.

Espero que el señor Esteva, durante su permanencia en esa Corte, haya patentizado a Vuestra Majestad los sentimientos de cordial amistad que el Gobierno y el Pueblo mexicano ha tenido siempre a la Nación Italiana.

Esta oportunidad me proporciona la satisfacción de renovar a Vuestra Majestad los sentimientos de la muy alta estima con que soy de Vuestra Majestad.

LEAL Y BUEN AMIGO

Dada en Palacio Nacional de México (EGAE/AHRE).

EL RECLAMO DE SUS DERECHOS

La separación oficial de Esteva de la legación mexicana fue en febrero de 1916. Empero, no hay noticia de sus ocupaciones en los siguientes años en Italia. La primera noticia sentada en su expediente durante ese periodo data del 9 de Junio de 1921, cuando escribió al presidente Álvaro Obregón, solicitando el pago de los sueldos y gastos que el Gobierno le quedó debiendo como “Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario”.

De igual forma, reclamaba la pensión que por la ley entonces vigente le correspondía. Indicaba que la secretaría había dejado pasar el tiempo sin dictar acuerdo a sus requerimientos, para declarar después que no tenía derecho “al pago de su crédito por no haberlo reclamado dentro de los cinco años que disponía la ley, que no conocía, era la de 1901”. Añadía que al mismo tiempo se desechó su derecho a la pensión, argumentando que no cumplía los treinta años de servicio; según exigía una ley de 1921, cuya expedición “parecería que esperó aquella oficina para resolver sobre la solicitud elevada a Usted, y por Usted pasada a la referida Secretaría, con mucha anterioridad a la existencia de esa ley”. Reiteraba su desconocimiento a la legislación de 1901, cavilando que concernía a otro género de reclamaciones, pero no a la suya. Concluía reflexionando que, “ningún gobierno es serio y honrado, si desconoce el derecho de los servidores de la nación a ser resarcidos del tiempo y del trabajo prestados en provecho de esta”, e interrogaba ¿a qué gobierno podía yo dirigirme en los tormentosos días de lucha entre los mismos revolucionarios?, disputa que se inició apenas finalizado el gobierno del general Huerta, donde todo era conspiración y anarquía y cuando “Usted, [Obregón], venció a Villa, y Don Venustiano Carranza volvió a la capital, y durante todo el gobierno de este jefe las desastrosas condiciones del Erario permitían reclamar algún crédito con esperanza de pago, ¡No, seguramente!” (EGAE/AHRE).

Argumentaba que su derecho a la pensión se fundaba en leyes y disposiciones oficiales en vigor mientras fungió ministro, emanadas de varios gobiernos anteriores y del que entonces había. Que tales códigos y preceptos, que existían en todos los países cultos, venían a ser como un “contrato sagrado entre los gobiernos y sus funcionarios y empleados diplomáticos en el extranjero, que así no quedan abandonados y en la calle, cuando con el transcurso de los años, o por otros motivos, llega la hora de su retiro”. Consideraba que era lo justo y que era tiempo de reparar y considerar su asunto (EGAE/AHRE).

El presidente turnó el asunto a la secretaría. Al no obtener respuesta, Esteva se dirigió de nuevo a Obregón exponiendo que cuando fue retirado de su cargo, alcanzaba un saldo a su favor y a cargo del erario nacional, por falta de pago de sueldos y gastos de pesos oro, por la cantidad 35,281.19, como constaba en las cuentas de la legación, en los libros de contabilidad que entregó a Isidro Fabela, comisionado de Carranza, cuando recibió el archivo y los muebles de la oficina en Roma (EGAE/AHRE).

La solicitud se fue prolongando y, en 1922, el jefe del departamento de contabilidad y glosa de la secretaría escribió al abogado consultor del despacho, refiriendo que Gonzalo Esteva solicitó el pago por gastos que “dice dejó de percibir durante el periodo de agosto de 1914 a febrero de 1916”. Señalaba que se le contestó, según oficio del 29 de julio de ese año, que no era procedente su reclamación, en virtud de que, de acuerdo con la ley del 31 de mayo de 1901, había prescrito. Añadía que, en una nueva nota al presidente, el interesado se quejaba que la secretaría había dejado pasar el tiempo para declarar después que el crédito había prescrito, por haber transcurrido más de los cinco años a la ley antes citada. El funcionario aclaraba que no fue así, pues los cinco años habían transcurrido desde el 9 de junio de 1921, fecha en que Esteva había realizado su primera gestión sobre el pago de la cantidad de que trataba. Añadía que el peticionario declaraba no conocer la Ley de 1901, que en su artículo 12 prevenía de manera terminante que toda reclamación contra el erario prescribía a los cinco años (EGAE/AHRE).

Las gestiones continuaron, y en abril de 1924, nuevamente la instancia correspondiente de la secretaría se dirigió al abogado consultor enviando un escrito con anexos, para ser dictaminado, presentado por Pablo Escandón, quien solicitaba el pago por concepto de sueldos y gastos para Esteva. En 1926, la secretaría reiteró que la reclamación había prescrito.

Ese mismo año, Esteva insistió al presidente Plutarco Elías Calles, con la esperanza de que su solicitud fuera atendida. Argumentaba ser “el hijo primogénito del primogénito de su abuelo Don Ignacio Esteva, a quien el gobierno de Usted ha mandado levantar estatuas por sus servicios a la Patria”. Que llevaba viviendo en Roma veinticinco años, donde fue enviado para representar a México; que carecía de recursos y que era amparado por su único hijo. Reclamaba se le hiciera justicia y se le concediera lo adeudado por sus fieles servicios a la patria, sobre todo a su avanzada edad. Nuevamente el asunto fue turnado al abogado consultor de la secretaría, quien manifestó que, después de solicitado el expediente del demandante, no encontró “ningún dato útil para juzgar de la justificación de su pretensión”. La consideración fue desechada en abril de 1926 (EGAE/AHRE).

Después de estas gestiones infructuosas, Gonzalo Aurelio Esteva y Landero, falleció en Roma el 15 de febrero de 1927, a la edad de 84 años.

CONCLUSIONES

Aproximarse al estudio de los miembros del cuerpo diplomático a finales del siglo XIX y principios del XX, abre una veta de estudio por demás útil para conocer y valorar la labor de personajes que contribuyeron a la construcción del andamiaje de la política exterior mexicana.

La extendida residencia de Gonzalo Aurelio Esteva y Landero como representante en el reino de Italia, habla de un ejercicio eficaz en los trabajos encomendados, de ilustración y aprendizaje en el quehacer diplomático, lo que manifiesta responsabilidad y esmero por rendir buenos resultados. De igual manera, evidencia la importancia que para México representaba tender puentes confiables y cabildeos eficientes con el entorno vaticano, sobre todo porque las relaciones conciliatorias entre la Iglesia católica y el régimen eran por demás satisfactorias. En ese sentido, Esteva ocupó un sitio privilegiado, al grado de mantener con el presidente correspondencia confidencial de un asunto no menor para el Estado mexicano, relación que no solía ser común. Su capacidad de interactuar y resolver asuntos tan delicados, como el de la sucesión del arzobispado de México en 1908, también refiere su habilidad en las gestiones de alto calado y solución a temas complejos y de gran discreción, lo que da cuenta de la magnitud de relaciones adquiridas durante su gestión.

El perfil de escritor e impresor reconocido, proveniente de una familia con relevante presencia en diversos ámbitos de su natal Veracruz y, luego, en la ciudad de México, nos habla de un hombre con sobradas cartas credenciales para conducirse en la esfera diplomática y política. Esteva logró desenvolverse de manera óptima en el entramado diplomático europeo que, por aquel entonces, consistía en un espacio predominantemente monárquico y que lo obligó a especializarse en protocolos y prácticas muy ajenas a la forma de hacer política en México.

Sin embargo, y a pesar de la experiencia adquirida durante su paso por la legación mexicana, su tránsito en los convulsos años revolucionarios y las posteriores negociaciones con la secretaría para su retiro, resultaron fallidos. Al cese de los miembros del servicio diplomático con Venustiano Carranza, bajo el argumento de haber servido al gobierno huertista, como el deterioro de las relaciones de la Iglesia con el Estado, probablemente, en el caso de Esteva, pieza importante en las relaciones con el vaticano y la jerarquía católica, no obraron en su favor.

BIBLIOGRAFÍA

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Fuentes primarias

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Colección Porfirio Díaz. Archivo Histórico de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.

_______________________________

1 El autor señala que el decreto de cese fue la segunda quincena de agosto de 1914. Apunta que en El Liberal del 20 de agosto de ese año, Isidro Fabela, manifestó, sin precisar la fecha, que quedaba “suspendido el Cuerpo Diplomático que gobiernos precedentes acreditaron en el extranjero”.

2 Expediente personal de Gonzalo A. Esteva (1871-1926). Archivo General (L-E-972), Archivo Histórico Genaro Estrada, Secretaría de Relaciones Exteriores. En adelante EGAE/AHRE. El expediente consta de 361 documentos sin numeración consecutiva, por lo que se citará completo.

3 Dentro de los aspectos de reforma interna de las secretarías en 1891, destacaron los cambios realizados en la Secretaría de Relaciones Exteriores. De acuerdo con la nueva disposición, los negocios a su cargo eran los siguientes: correspondencia a la propia secretaría, relaciones con las naciones extranjeras, conservación de tratados autógrafos de los documentos diplomáticos y de las cartas geográficas referidas a los límites de la República, legaciones y consulados, extradiciones, legalización de firmas de documentos que produjeran efectos en el exterior y de documentos del exterior que tuvieran efecto en la República, nombramiento y renuncia de los secretarios de Estado, Gran Sello de la Nación, ceremonial y Archivo General de la Nación. Esta secretaría inauguró también la institución del servidor público, así como la disposición relativa a la sustitución del cargo de oficial mayor por el de subsecretario. Se considera que entre 1891 y 1910 la secretaría se consolidó en el contexto del estable orden porfirista.

4 Las misiones diplomáticas se dividían en cuatro categorías: Misiones especiales y plenipotenciarias, legaciones extraordinarias y plenipotenciarias, legaciones de ministro residente y legaciones de encargado de negocios, siendo que los agregados militares o navales aparecían como personal asimilado, sin figurar en el escalafón diplomático.

5 A comienzos de 1894, un alzamiento en Sicilia motivó que se declarara el estado de sitio en dicha región.

6 Gran parte de la información de este apartado ha sido retomada de un trabajo previo sobre el exilio de Martín Tritschler en La Habana, Cuba.

7 Colección Porfirio Díaz, en adelante CPD, Gonzalo A. Esteva a Porfirio Díaz, Roma, Italia, 11 de mayo de 1908, legajo XXXIII, doc. 8147-8149.

8 La trayectoria y relaciones del Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario en Italia eran de gran relevancia, como lo demuestra “Los datos para el escalafón del personal diplomático mexicano”.

9 Según esta fuente, el Papa estaba sometido a la voluntad del jesuita Merry del Val, que su voluntad estaba totalmente en sus manos, y decía “¡Pobre pueblo católico en las manos de un jesuita!”.

10 CPD, Gonzalo A. Esteva a Porfirio Díaz, Roma, Italia, 11 de mayo de1908, legajo XXXIII, doc. 8147-8149. En esta carta también le comunicaba que en sus conversaciones con monseñor Serafini, le señaló que el papa siempre se lamentaba que Porfirio Díaz no le contestara a su carta de notificación a propósito de su exaltación al Solio Pontificio; que Esteva le había explicado las razones que obraron para proceder de esa manera, pero que lamentablemente el Santo Padre no se formaba un juicio exacto de aquella situación y no comprendía por qué no lo hizo como sí lo hicieron todos los demás soberanos y jefes de Estado.

11 No debe desestimarse esta razón, con la cual Martín Tritschler rechazó su preconización como arzobispo de México. Pocos años antes, en 1904, su hermano Alfonso falleció en Puebla a causa de un ataque al corazón.

12 CPD, Gonzalo A. Esteva a Porfirio Díaz, Roma, Italia, 23 de junio de1908, legajo XXXIII, doc. 9697.

13 CPD, Porfirio Díaz a Gonzalo A. Esteva, Ciudad de México, 15 de julio de 1908, legajo XXXIII, doc. 9698.

14 CPD, Gonzalo A. Esteva a Porfirio Díaz, Roma, Italia, 22 de agosto de 1908, legajo XXXIII, doc. 12783.

15 CPD, Gonzalo A. Esteva a Porfirio Díaz, Roma, Italia, 29 de agosto de 1908, legajo XXXIII, doc. 12772.

16 CPD, Gonzalo A. Esteva a Porfirio Díaz, Roma, Italia, 17 de octubre de 1908, legajo XXXIII, doc. 15541.

17 CPD, Gonzalo A. Esteva a Porfirio Díaz, Roma, Italia, 26 de octubre de 1908, legajo XXXIII, doc. 15549.

18 CPD, Gonzalo A. Esteva a Porfirio Díaz, Roma, Italia, 2 de noviembre de 1908, legajo XXXIII, doc. 15551.

19 CPD, Gonzalo A. Esteva a Porfirio Díaz, Roma, Italia, 8 de noviembre de 1908, legajo XXXIII, doc. 15558-15561.

20 CPD, Gonzalo A. Esteva a Porfirio Díaz, Roma, Italia, 8 de noviembre de 1908, legajo XXXIII, doc. 15558-15561.

21 CPD, José Mora y del Río a Porfirio Díaz, León, Guanajuato, 2 de diciembre de 1908, legajo XXXIII, doc. 16291.

22 CPD, Gonzalo A. Esteva a Porfirio Díaz, Roma, Italia, 4 de diciembre de 1908, legajo XXXIII, doc. 16687.

23 En aras de llenar este vacío, Rosenzweig ha realizado un estudio del conjunto de funcionarios a partir de agosto 1914, así como del proceso mediante el cual el régimen carrancista tomó posesión de las representaciones de nuestro país en el exterior. Su aportación, abre una veta que invita a estudiar a estos personajes que quedaron atrapados en una situación que tomaría algún tiempo restituir, debido a las divisiones políticas internas y las condiciones económicas durante esos años.

24 Lo anterior lo hicieron a medida que los gobiernos de los países en donde estaban acreditados también reconocieron a Carranza o asumieron una actitud favorable.